Chapter 21 La petición de Óvid Esben #4
—Nada —mintió ella, sin dejar de agitarse mientras lloraba.
—¿Estás segura?
—Sí, segura.
—Algo así solo lo había visto una vez, y aquel hombre descendía de los arlayinos.
—¿A qué se refiere con que descendía de los arlayinos? —preguntó Víliam, cada vez más perplejo.
Óvid regresó al taburete y se sentó nuevamente en él.
—Tras la Unificación, seguía habiendo numerosos ciudadanos de Árlay que no desaparecieron con su Reino.
Durante algún tiempo, fueron perseguidos para ser ejecutados y acabar con su raza.
No obstante, muchos lograron ocultar su verdadero origen y convivir entre los demás, llegando incluso a formar familias, cuyos descendientes heredaron algunos de sus poderes.
A lo largo de los años, esta comunidad se fue convirtiendo en una minoría, ocultando sus extrañas habilidades por miedo a las consecuencias.
Hoy en día aún quedan algunos, pero la mayoría ni siquiera llegan a descubrir lo que son.
—¿Qué tiene que ver eso con Xalara? —inquirió Víliam, haciendo las preguntas que ella se callaba.
—¡Basta de cháchara! —replicó Óvid, levantándose del taburete para acercarse a la chica—.
Quiero pedirte algo, Xalara. Quiero que encuentres a esos herederos y los mates por mí.
Deseo que lleves a cabo la venganza que yo ya no puedo ejecutar.
Tengo mucho dinero, millones de mupios escondidos.
Si logras hacerlo, te prometo que todo ese dinero será tuyo, y yo podré reunirme al fin en paz con mi familia.
¿Lo harás? —añadió agachándose y acercando mucho su rostro al de la muchacha.
—Lo siento, pero yo no estoy aquí para eso —respondió Xalara, torciendo el gesto debido al insoportable hedor de su aliento.
Con una velocidad sorprendente, Óvid apartó a Víliam y arrancó un cuchillo de la pared que sostenía una foto de Jeisa Suard, poniéndoselo a Xalara en el cuello, a la vez que la inmovilizaba con fuerza contra la pared.
Víliam intentó defenderla.
—No te acerques o le rajo el cuello —los ojos azules de Óvid parecían reflotar en sus hundidas cuencas.
El chico se detuvo y levantó las manos en señal de paz.
—Cálmese, Óvid, vamos a hablar.
—¡Ya hemos hablado bastante! —exclamó—, o matáis a esos herederos en mi nombre o yo os mataré a vosotros. Tú pareces más inteligente que este idiota, chica. Júrame que lo harás.
—Óvid, yo…
—¡Júralo! ¡Qué lo jures! —tronó Óvid, empapando de saliva el rostro de Xalara.
El filo del cuchillo ya comenzaba a perforar su garganta, haciendo brotar un fino hilo de sangre.
—Señor Esben, tranquilícese, vale, vamos a hablarlo —le pidió Víliam, muy nervioso.
—Retrocede cinco pasos o la mato ahora mismo.
Víliam obedeció.
—Júralo, muchacha, júralo si no quieres morir.
—¡Dile que lo juras, Xalara, díselo!
—¡Tú cállate, quiero oírlo de su boca!
Xalara notaba el cuchillo hundiéndose en su gaznate.
—Lo juro —musitó.
—¿Qué?
—Juro que mataré a los herederos —repitió Xalara en voz más alta.
—Ya se lo ha jurado —intervino Víliam—. ¡Suéltela!
—No, no te creo —siseó Óvid, apretando los dientes—. Te voy a matar…
Xalara vio sinceridad en la expresión de sus ojos. Víliam miró a su amiga asumiendo que estaba a punto de perderla.
—Begagxio —los labios de Xalara susurraron la palabra, y el cuchillo empezó a separarse de su garganta y acercarse a la cara de Óvid. Él, al darse cuenta, se ayudó de la otra mano para hacer más fuerza.
La chica alzó sus manos en dirección al cuchillo.
Tenía más fuerza que Óvid y poco a poco cambió la dirección del arma hasta colocar la punta del filo delante del ojo izquierdo del hombre.
Con un último grito de esfuerzo, el cuchillo se hundió hasta la empuñadura en la cuenca del ojo de Óvid Esben, que cayó hacia atrás, ya sin vida.
Xalara se quedó paralizada observando el cadáver, que tenía un ojo muy abierto y el cuchillo clavado en el otro.
—Vámonos, Xalara —dijo Víliam, agarrándola por el brazo para que se pusiera en pie.
—Lo he matado —dijo afligida, sin poder dejar de mirar el macabro rostro de Óvid.
—No has tenido elección, eras tú o él.
—He matado a un hombre. ¿Qué he hecho?
—Vámonos de aquí, por favor.
Xalara se notaba demasiado débil para correr, así que se dejó llevar por su amigo, que la ayudó en todo lo que pudo para salir de la casa y abandonar las calles del pueblo.
Regresaron a la clandestinidad que les otorgaba el lugar donde habían cenado y donde tenían escondidas sus pertenencias.
Xalara, no sin antes recoger su espada, se tumbó en la piedra, tapada con una manta hasta la cabeza, teniendo la mirada perdida y sin decir ni una sola palabra. Víliam no la presionó para hablar.
—Lo habría hecho —farfulló de pronto Xalara, una hora después—. Él me habría matado.
—Sí, lo habría hecho —reafirmó Víliam, que ya se había quitado la ropa que robaron, volviendo a adquirir su aspecto como miembro de la élite, y se sentó al lado de Xalara.
—Y yo lo he matado a él…
—No te mortifiques por ello, hiciste lo que tenías que hacer para salvar tu vida. Óvid estaba loco.
—Mataron a toda su familia, a sus niñas; no hay nadie que pueda soportar algo así.
Víliam asintió y le ofreció una botella de agua, ella bebió un poco.
—Yo lo vi —dijo Xalara, que había decidido contárselo a su amigo.
—¿A quién?
—Vi cómo mataban a sus hijas.
—No te entiendo —dijo el muchacho, frunciendo el entrecejo.
—Antes, cuando me desmayé en el sótano… Óvid tenía razón, vi cómo los herederos mataban a sus hijas.
—¿Me estás diciendo que viajaste al pasado? —dedujo Víliam.
—Sí, y no es la primera vez —reconoció la muchacha.
—¿No? —preguntó escéptico, poniendo el tapón a la botella que Xalara le acababa de devolver.
—Me pasó cuando me encontré contigo en el río y también cuando me atacaron los nuk…
—Ya, Xalara… pero no creo que…
—Ya sé que no crees que me atacaran, ni tampoco lo que vi esta noche, pero es cierto, es lo que pasó.
Transcurrieron unos cuantos segundos de silencio antes de que Xalara decidiese romperlo.
—Al final todo ha sido para nada —dijo Xalara afligida—. Hemos robado a una pobre gente y he matado a un hombre por nada, por absolutamente nada.
—Eso no es del todo cierto —repuso Víliam, y fue hasta la mochila, de la cual sacó un papel enrollado y se lo entregó a Xalara.
Ella lo desplegó, comprobando que lo que tenía entre sus manos era un detallado mapa de Las Cinco Comarcas.
—¿Cómo lo has…?
—Cuando me quedé al margen en el sótano, vi el mapa estirado encima de una cómoda. Lo cogí sin que os dieseis cuenta, lo enrollé y me lo metí por dentro del jersey.
—Esto lo cambia todo —dijo Xalara, sin mostrar demasiado entusiasmo.
Víliam sonrió con orgullo.
—Por cierto… —dijo el chico e hizo una pausa—. Siento mucho lo de tu madrina. Si quieres hablar… ya sabes que aquí me tienes.
—No quiero hablar de ello —repuso Xalara, mientras las lágrimas llenaban nuevamente sus ojos.
—Respecto a Óvid… —dijo Víliam en voz baja, por miedo a su reacción—¿Crees que nos buscarán cuando encuentren su cadáver?
—No creo que lo encuentren —contestó Xalara fingiendo naturalidad mientras observaba el mapa—. Por lo menos no en mucho tiempo. Le tenían miedo, ya lo viste en la taberna. Seguramente se alegrarán de no verlo más.
—Sí, pero nos vieron salir con él. Ya oíste a esos hombres, todos saben que Óvid tenía una fortuna otorgada por el Gobierno como compensación por el asesinato de su familia.
—Nadie vio mi cara, y a ti nadie te conoce. Además, al amanecer nos alejaremos de Falens. Ahora déjame, quiero estar sola —dijo mientras intentaba adoptar una posición cómoda con el fin de conciliar el sueño.
Víliam asintió y se dirigió hacia otro trozo de roca, para darle a Xalara el espacio que ella le había demandado, pero se detuvo.
—Te quería. Estoy seguro de que Aura te quería muchísimo, y que en algún momento comprenderás que todo lo que hizo fue por tu bienestar.
Xalara no pudo rebatirlo, pues el llanto que pugnaba por salir al exterior le había provocado un nudo en la garganta impidiéndole hablar.
El chico finalmente la dejó sola, y ella dio permiso a sus lágrimas para llorar la muerte de su madrina, mientras las imágenes de los buenos momentos pasados junto a ella se agolpaban en su memoria.
Así lo hizo hasta que cayó en un sueño intranquilo aunque profundo.
Cuando despertó al amanecer, aspiró una gran bocanada de aire fresco, y fue como si inhalase los recuerdos de lo que había sucedido la noche anterior.
Todo en ese lugar parecía indiferente a su sufrimiento, incluido Víliam, que dormía apoyado sobre una roca a tres metros de distancia.
Xalara quiso volver a dormirse, al menos durmiendo podía tomarse un descanso de su propia y embotada mente.
Xalara se despojó del abrigo que había robado y metió la mano en el bolsillo de su cazadora vaquera para extraer el mapa de Las Cinco Comarcas; ya casi no recordaba que lo tenía.
—Estás despierta. ¿Cómo te encuentras? —preguntó Víliam un rato después, todavía sin desperezarse.
—Tenemos que cruzar el río Verien si queremos llegar a Bibrébem, eso está claro, y creo que el mejor lugar para hacerlo y no ser vistos es este —dijo Xalara, omitiendo una respuesta directa mientras señalaba con el dedo un punto en el mapa.
Víliam se levantó y se sentó a su lado.
—Supongo que ya no tenemos otra opción que no sea la de ir a la Mansión Nórebol —asumió contrariado, sin llegar a ver el lugar exacto que su amiga señalaba en el mapa.
—No, no la tenemos —confirmó rotunda y apesadumbrada al mismo tiempo.