El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 21 La petición de Óvid Esben #3
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Chapter 21 La petición de Óvid Esben #3

Óvid encendió varias velas adicionales, todas ellas dispuestas en bases de lámparas ancladas a las paredes, sustituyendo lo que alguna vez fueron bombillas.

Si la decoración de la sala de estar les pareció a los muchachos cuanto menos inquietante, la ambientación del sótano no se quedaba atrás.

Allí había muchas más fotografías de los herederos, también clavadas a la pared mediante cuchillos.

Además, había imágenes que mostraban la prisión de Ívelmer desde distintos ángulos de vista, junto a planos que Xalara supuso que serían de la prisión.

También había decenas de recortes de periódicos.

Todos presentaban noticias sobre los herederos, incluyendo las portadas de los últimos días en las que figuraba el retrato de Xalara.

Varias de las fotografías, portadas y artículos de periódico, estaban entrelazados por gruesos hilos de color rojo, creando una especie de croquis.

—Llevo todos estos años recabando información sobre esos malnacidos, si hay algo que quieras saber sobre ellos, estás en el lugar indicado.

Xalara le dedicó una sonrisa alentadora a Víliam, que se había quedado algo rezagado y, en ese momento, observaba pasmado la pared repleta de imágenes y documentos gráficos. La chica no estaba segura de si él la había visto sonreírle.

—¿Qué sabes acerca de los herederos fugados? —preguntó Óvid con un gesto ansioso.

—Pues, no mucho, la verdad —contestó Xalara con la mirada fija en un objeto enorme, que estaba tapado con unas sábanas viejas y en el cual acababa de reparar.

Óvid se acercó aún más a la pared y señaló una fotografía de Orfeus Eslamánder, vestido con el mono de presidiario.

—Orfeus Eslamánder, cuarenta y tres años, de la élite, soltero, fue heredero raso.

Es desconfiado, cruel, vengativo, frío y manipulador.

Está obsesionado con el clasismo. Tenía muy mala relación con su padre, quien estaba en contra de las ideas clasistas de su hijo, lo que le llevó a sentir un gran afecto por su tío paterno, quien sí era partidario de sus ideas.

Mató a su padre meses antes de hacer lo mismo con el presidente Loukas Frí, que era buen amigo de su padre. Venera la figura del Lórdezeit.

»Briana Kéitel —dijo señalando su fotografía—, cuarenta y un años, de la élite, soltera, llegó a ser Heredera Guardiana de la Comarca del Noroeste, cargo que obtuvo tras la muerte de su padre en la Guerra Civil de Bibrébem.

Es una mujer que no siente ningún tipo de empatía por cualquier persona que no sea su hermano, tampoco experimenta remordimiento o vergüenza por sus actos.

Disfruta y se deleita torturando a personas de la tercera clase, a los que odia profundamente.

Su voracidad y falta de escrúpulos la convierten en una gran líder.

»Jerom Kéitel —señaló su retrato—, cuarenta y un años, de la élite, hermano mellizo de Briana Kéitel y casado con Hermética Dónnovus por orden de su padre.

Es un sádico clasista, bastante perturbado y nada inteligente.

No siente el miedo y es capaz de cometer cualquier atrocidad con tal de defender los ideales de su familia.

Igual que su hermana, también disfruta con la tortura, pero sin llegar a esos extremos.

Constantemente presume de su pertenencia a la familia Kéitel.

Está bajo el control de su hermana, a la que ensalza y de la que posiblemente esté enamorado.

»Jeisa Suard, ojalá se pudra en su tumba —dijo, arrancando la fotografía y prendiéndole fuego con la vela, para después tirarla al suelo mientras se consumía por las llamas.

Xalara estaba atónita ante el derroche de información que manejaba Óvid Esben sobre los herederos. Era evidente que estaba obsesionado con ellos, pero no veía la forma en cómo todo eso podría ayudarla a ella.

—Durante todos estos años —prosiguió Óvid—, planeé la forma de entrar en Ívelmer para acabar con ellos, pero era imposible. Sin embargo, su salida de prisión me brinda una oportunidad única.

—¿Una oportunidad única para qué? —preguntó Xalara, anticipando la respuesta.

Óvid miró fijamente a la joven, que le apartó la mirada.

Después se dirigió hacia el objeto de gran tamaño oculto bajo unas sábanas y las retiró hacia un lado, revelando lo que se ocultaba debajo.

Un órgano musical, al parecer bastante antiguo, apareció ante los ojos curiosos de los muchachos, cuya reacción reflejaba su sorpresa ante lo inesperado de lo que estaban viendo.

El instrumento tenía dos pisos de teclas, y los tubos se elevaban hasta casi rozar el techo.

Óvid se sentó en el taburete, y sin volver la mirada dijo:

—Compuse este tema cuando mataron a toda mi familia.

Cerró los ojos, respiró profundo y sus dedos comenzaron a deslizarse hábilmente por las teclas.

El órgano llenó la habitación con unas notas musicales que se asemejaban bastante al llanto de varias niñas pequeñas.

Era tal la habilidad de Óvid, que el instrumento sonaba como si lo estuviesen tocando varias personas a la vez.

Sin duda era la melodía más triste que Xalara hubiese escuchado jamás, pero al mismo tiempo sonaba muy hermosa.

Miró a Víliam y vio ese mismo sentimiento reflejado en su gesto.

La música evocó en Xalara sentimientos hacia su madrina y su desgraciado final, lo que la llevó a no poder contenerse más.

Las lágrimas brotaron de sus ojos, abrasándole el rostro.

Víliam se dio cuenta y se acercó a ella, poniendo una mano en su hombro.

Pero Xalara necesitaba algo más, así que se fundió en un cariñoso abrazo con su amigo.

—Aura ha muerto, la asesinaron —sollozó Xalara, siguiendo abrazada a Víliam—. Destrozaron su cadáver, ha muerto por mi culpa.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo leí en el periódico, antes, en la taberna.

Xalara se separó de Víliam y se apoyó en la pared.

—Lo sie…

Pero ella no pudo terminar de escuchar el lamento de su amigo.

Otra vez esa extraña sensación de ingravidez, de no sentir su propio cuerpo. La misma sensación que ya había experimentado en el río de Yadarme después de encontrarse con Víliam, así como también en el bosque la noche en que sufrió el ataque de los nukternozes.

No se había movido del sótano, pero en el techo, donde antes había solo oscuridad, ahora colgaban varias bombillas encendidas.

En el órgano, a pesar de estar ahí, ya no había nadie sentado frente a él pulsando sus teclas.

Oyó unos débiles gimoteos a sus pies, y cuando bajó la mirada, se encontró a seis personas que yacían amordazadas en el suelo, cubiertas de sangre y magulladuras.

Se agachó para intentar socorrerlas, pero sus manos atravesaban los cuerpos como si estuviesen hechos de vapor. A su espalda escuchó una risa burlona.

Cuatro herederos perfectamente uniformados pero sin máscara, estaban sentados en un banco de madera, comiendo y bebiendo con actitud de júbilo, como si estuvieran en medio de una celebración.

Xalara reconoció a esos herederos al instante, centrando su atención en la única a la que no habría reconocido de no haber visto su rostro minutos antes en las fotografías de la pared del sótano.

Se trataba de Jeisa Suard, y no pudo entender cómo una chica con un rostro tan afable pudo haberse entregado para fines tan malévolos.

Xalara se hartó de sus risas y se abalanzó contra los herederos con el puño cerrado; se vengaría de su madrina y lo haría allí mismo.

Sin embargo, su furia traspasó a los herederos sin que ellos lo notasen.

Ella volvió a intentarlo, pero solo golpeaba al aire y desistió.

Entonces gritó de rabia, de impotencia, de frustración.

Gritó hasta quedarse sin fuerzas para seguir haciéndolo.

Sin previo aviso, Orfeus Eslamánder se levantó y atravesó el cuerpo de Xalara, que estaba de espaldas a él. Luego desenvainó su espada y cogió a una de las niñas del suelo. Era la más pequeña de todas y apenas podía abrir los ojos de lo hinchados que los tenía.

—No, a ella no, máteme a mí y deje a las niñas —suplicó la madre con un tenue susurro, haciendo un vano esfuerzo por levantarse.

Los otros tres herederos, que continuaban sentados en el banco, encontraron la súplica muy graciosa.

Orfeus escupió sobre la madre, y con un sutil movimiento de su espada lanzó un haz de luz a la niña, acabando con su vida al instante.

—¡Me toca! —anunció la voz grave de Jerom Kéitel.

—Vale, pero no olvides que en el sorteo me gané la oportunidad de matar a dos de estas asquerosas tercera clase, tú solo a una —mencionó Orfeus, como si se tratase de un juego, y se apartó para dejar el sitio a Jerom, que emitió un gruñido de desacuerdo.

Jerom alzó a otra niña, esta vez a la más mayor de todas. Xalara no podía permitirlo y por eso se abalanzó con los brazos abiertos hacia el heredero, decidida a detener esa atrocidad; qué ingenua había sido una vez más.

—Bien hecho —lo felicitó su hermana, y le dio un beso en la mejilla.

Jerom rio como un niño al que acababan de congratular por conseguir un gran logro.

Jeisa Suard se levantó, masticando algo viscoso.

Xalara tuvo que apartarse para evitar que la heredera la traspasara.

Jeisa era un poco más baja que ella y debía de tener una edad parecida en ese momento.

La heredera miró a la izquierda, donde estaba Xalara, quien tuvo la rara impresión de que los ojos color avellana de Jeisa se habían fijado en los suyos. Suard apuntó con su arma a otra niña.

—¡¡Basta, déjala, no!! —bramó Xalara.

El sótano se tornó de nuevo oscuro sin la presencia de las bombillas que colgaban del techo, remplazadas por la temblorosa luz de las velas que apenas iluminaban la mitad del rostro de Víliam.

Él estaba arrodillado en el suelo, mirándola.

Xalara, tumbada bocarriba, se incorporó bruscamente, gritando y llorando, aferrándose al brazo de su amigo.

—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —farfulló Víliam, muy asustado.

Ella asintió en silencio tras comprobar que ni la familia de Óvid ni los herederos se encontraban ya en el sótano.

—Xalara, tus ojos…

—¿Qué les pasa? —preguntó después de palpárselos.

—Se volvieron opacos —comentó Víliam—, de una forma muy extraña. Y te pusiste rígida…

Xalara se quedó sin palabras, incapaz de explicar aquello que le sucedía.

Óvid se levantó del taburete y se acercó a ellos.

—¿Dónde has estado? —le preguntó a Xalara.

—¿Qué quiere decir? —se extrañó Víliam.

—¿Qué has visto? —insistió.