El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 21 La petición de Óvid Esben #2
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Chapter 21 La petición de Óvid Esben #2

Incluso antes de cruzar el umbral, percibieron el olor putrefacto que desprendía el interior de la casa. Xalara frunció el ceño y arrugó la nariz; Víliam entró compartiendo el mismo gesto. La puerta se cerró tras ellos emitiendo un chirrido, estremeciendo a los muchachos y dejándolos a oscuras.

—¿Señor Esben? ¿Dónde está? Encienda la luz, por favor —pidió Xalara mientras estiraba un brazo para intentar tomar contacto con Víliam.

Una vela se encendió detrás de ellos, sostenida por la mano temblorosa de Óvid.

—No hay luz en esta casa —explicó con un tono siniestro y enfadado.

El pulso de Xalara volvió a dispararse al comprender que tal vez había sido un error entrar en la casa y confiar en ese hombre.

—Seguidme.

Óvid pasó al lado de los jóvenes, dejando tras de sí un hedor tan fétido como el que había dentro de la casa.

Era difícil distinguir uno del otro, si es que existía alguna diferencia.

Xalara se cuestionó si debían seguirlo o huir de allí cuanto antes, y notó que las mismas dudas acuciaban a Víliam tras consultar su rostro. Aun así, decidió seguirlo.

Cuanto más se adentraban en la casa a través del sórdido pasillo, más complicado resultaba despegar sus botas del pegajoso tablado.

—Xalara, no sé si deberíamos… —musitó Víliam, que estaba tan cerca de ella que parecía una ampliación de su cuerpo.

La chica no contestó y siguió avanzando.

Al doblar una esquina del pasillo, perdió de vista a Óvid y aceleró el paso para seguirlo. La casa era más grande de lo que parecía vista desde fuera.

—¡Venid! —los llamó Óvid desde una habitación.

Los muchachos entraron en lo que aparentaba ser una sala de estar, donde Óvid se afanaba en encender más velas que no evitaron que la estancia continuase demasiado oscura.

Aunque viendo cómo estaba, era mejor que permaneciera en la penumbra, pues había tanta suciedad acumulada como en una pocilga.

Una mesa de baja altura estaba repleta de botellas de vino semivacías, algunas en posición vertical y otras tumbadas.

Estas últimas habían dejado su huella en la alfombra, teñida con manchas que se adentraban profundamente en su tejido.

Pero lo más inquietante y contra lo que no podían competir ni la suciedad ni el olor nauseabundo, era lo que cubría las paredes.

Decenas de fotografías de los herederos fugados, incluidas la de la ya fallecida Jeisa Suard, estaban fijadas en las cuatro paredes con cuchillos de diferentes formas y tamaños.

Acompañando a las fotografías, las paredes gritaban con inscripciones despectivas hacia la Orden de los Herederos.

Completando la siniestra decoración, había numerosos símbolos de la Orden pintados y tachados de forma inquietante.

—Bienvenidos a mi acogedora morada —anunció Óvid tras terminar de encender de forma meticulosa todas las velas, dejándose caer en uno de los desportillados sillones, generando polvo en suspensión—.

Os ofrecería un té o algo, pero solo tengo vino y no pienso compartirlo con nadie —declaró con una pizca de sarcasmo antes de beber el poso de una botella.

Xalara se bajó la capucha.

—Podéis sentaros, no muerde —dijo Óvid, señalando con la vista un sofá biplaza que tenía enfrente.

La muchacha se sentó y notó asqueada que se quedaba adherida al asiento. Después, con una mirada, instó a un reacio Víliam a sentarse, quien finalmente acabó haciéndolo.

Los tres se quedaron sumidos en un silencio incómodo. Óvid miraba fijamente a Xalara, con unos ojos muy azules y hundidos. Ella miraba de reojo a Óvid y al suelo, mientras que Víliam se perdía en la inquietante decoración de las paredes.

—¿Vas a estar toda la noche callada, o vas a hacerme esas preguntas tan necesarias? —preguntó Óvid de una forma un tanto tosca.

—Sí, eh… —dudó Xalara—. Me gustaría saber… ¿Dónde piensa usted que pueden estar ahora los herederos fugados?

—Vaya, empiezas con la pregunta más complicada de todas —admitió—. Yo creía que primero me preguntarías por lo que le pasó a mi familia, sé que esos idiotas de la taberna os lo han contado.

—Sí, eso por supuesto —contestó algo apabullada.

Xalara entendió que Óvid quería compartir su dolor con alguien, y que les había tocado a ellos hacer de pañuelo para llorar.

—Para eso voy a necesitar un poco más de vino, aguardad un momento.

Óvid se levantó y salió de la estancia con su característico paso renqueante.

—Creo que deberíamos irnos —susurró el chico—. Este hombre está loco, mira las paredes.

—Este hombre tiene un dolor y una culpabilidad muy grandes en su interior, y solo desea poder sacarlo todo para vivir en calma el resto de sus días —explicó Xalara, que sentía empatía por ese hombre, al fin y al cabo, esos sentimientos no distaban mucho de los suyos.

—Puede ser, pero nosotros no estamos aquí para eso.

—Ten paciencia, puede que, si lo escuchamos, después se preste a ayudarnos.

Esben regresó con una botella de vino sin abrir, cubierta de polvo y telarañas.

—Esta es una buena cosecha, sí señor —dijo mostrándoles la botella con orgullo—. La reservaba para una ocasión tan especial como esta.

El hombre volvió a sentarse, descorchó la botella y vació más de un tercio sobre su boca de forma ininterrumpida, aunque gran parte del contenido se lo derramó por la ropa.

Los muchachos cruzaron miradas.

—Bien —comentó Óvid, y se limpió la barbilla con el dorso de la mano—.

Todo ocurrió el veinticuatro de abril del seiscientos noventa y ocho después de la Unificación, precisamente mañana se cumplen diecisiete años.

Está claro que el destino os ha enviado hasta aquí por ese motivo —hizo una pausa—.

Aquel día yo salí de casa temprano, volvíamos a ser libres y necesitaba un trabajo para poder alimentar a mi familia.

Así que fui a la fábrica de aparatos eléctricos donde trabajaba anteriormente para recuperar mi antiguo empleo —Xalara ató cabos enseguida, y creyó que ese era el verdadero motivo por el cual no tenía luz en la vivienda—.

Cuando regresé a casa por la tarde, me encontré a los herederos, pero ellos no me vieron a mí.

Estaban sentados aquí, en estos mismos sillones, comiéndose mi comida y bebiéndose mi vino, tan contentos.

Yo salí fuera y pedí ayuda. No tardaron en llegar varios cuero negro, quienes entraron sin que los herederos se diesen cuenta, los acorralaron y los arrestaron.

Óvid posó la botella de vino en la mesa, se levantó del sillón y cogió un platillo con una vela.

—Venid.

Atrapados por la narración de Óvid, los jóvenes lo siguieron nuevamente por aquel oscuro pasillo.

Orientados por la temblorosa luz de la vela, llegaron hasta unas escaleras de madera que parecían a punto de desmoronarse, viendo el deteriorado estado en el que se hallaban.

Aunque titubeantes, subieron tras Óvid. Los escalones crujían de manera preocupante, y Xalara creyó que se partirían por la mitad cada vez que los pisaba.

El piso superior no estaba tan sucio como la planta baja.

En un corredor angosto cuyo techo estaba repleto de humedades, había varias puertas cerradas.

Óvid abrió una que quedaba a la derecha y se apartó para dejarlos pasar.

Los muchachos entraron temerosos de que los encerrase, pero él entró tras ellos e iluminó con la vela la habitación.

—Aquí es donde dormían mis cuatro hijas —dijo acercándose a unas literas—. Adaria, Trova, Dalne y Seria —las nombró, señalando una a una las literas en orden descendente, luego se quedó callado contemplando las camas vacías y deshechas.

El dormitorio contrastaba con el resto de la casa, porque a pesar de tener algunas telarañas en las esquinas del techo, las paredes blancas estaban impolutas, y había una estantería repleta de peluches y muñecas perfectamente colocadas, las cuales, por otra parte, producían inquietud,

pues daba la sensación de que los seguían con la mirada.

En un escritorio había lápices de colores y algunos dibujos infantiles.

Óvid se apartó de las literas y se acercó a la pared opuesta, iluminando varios cuadros con fotografías de las niñas. En algunas también aparecía el propio Óvid y la que se presumía que era su esposa.

—Estas eran mis niñas, y me las arrebataron.

Xalara creyó que Óvid rompería a llorar, pero no lo hizo, era como si sus ojos se hubiesen secado hace mucho tiempo.

—Tengo la habitación igual que el día en que se fueron, no me he atrevido a tocar nada, ver sus camas deshechas es como creer que pudiesen regresar en cualquier momento. Pero sé que jamás volverán a ocuparlas y nunca más las arroparé y les leeré un cuento antes de dormir.

Xalara sintió un fuerte impulso de abrazar a aquel hombre, pero se contuvo; quizás era ella la que más necesitaba ese abrazo.

—Ellos las mataron, y también a mi esposa y a mi suegra —dijo rechinando los dientes—. Eran inocentes y las mataron; solo por ser de tercera clase.

—Lo…

—No digas lo siento, eso no me sirve de nada, solo quiero venganza. Mírame y dime qué ves —Xalara lo miró, pero no dijo nada—. Lo que ves es un anciano precoz al que apenas le quedan fuerzas para subir las escaleras. Lo que necesito de ti no es tu consuelo, sino la fuerza que te ofrece la juventud.

Óvid salió del dormitorio y esperó a que los muchachos lo hiciesen, volviendo a cerrar la puerta con mucha delicadeza, como si dentro hubiera alguien durmiendo y no quisiera despertarlo.

Bajaron las escaleras y volvieron a transitar de nuevo por el pasillo del piso inferior.

Óvid los condujo hacia una puerta que se encontraba al final del pasillo.

Cuando la abrió, ante ellos surgió una estrecha escalera, bastante empinada y que iba hacia abajo, haciendo evidente que aquello era un sótano.

La chica creyó que Óvid terminaría rodando escaleras abajo, dada la torpeza que demostraba al descender los escalones.

El sótano tenía el techo más alto que el resto de la casa, algo muy poco habitual.

Estaba oscuro, sin embargo, Xalara se percató de que, en una esquina, colocadas sobre una pequeña cómoda, había seis velas encendidas que iluminaban unas fotografías de las hijas, esposa y suegra de Óvid, en cuyos marcos dorados destellaba deformado el fuego de las velas.