Chapter 21 La petición de Óvid Esben
—Perdonen que interrumpa su partida —dijo Víliam—. ¿Quién es ese hombre que está en aquella mesa de la esquina?
Xalara miró hacia el lado contrario, molesta porque su amigo iniciase una conversación con aquellos hombres sin haberla consultado; pero él era así de impulsivo.
—Te aconsejo que no te inmiscuyas en los asuntos de ese hombre —dijo el único de los que jugaban a las cartas al que aún no habían escuchado hablar.
—¿Por qué?
—¿No me has oído? No preguntes más por él.
—No pasa nada, el viejo Óvid hace tiempo que ha dejado de ser un peligro para nadie —terció el más joven de ellos, evidenciando que era el más locuaz del cuarteto—. Se llama Óvid Esben. Es un hombre muy solitario y bebedor, hace años que no pronuncia más de tres palabras seguidas.
Esa descripción ya la había oído antes Xalara, pues el tal Óvid Esben parecía un calco de Huberto Cóbelpot.
—También es verdad que no siempre fue así —aclaró el de las patillas largas y esponjosas.
—¿Qué quiere decir? —inquirió Víliam, decidido a obtener más información.
—Óvid es el único superviviente de su familia. Los herederos, esos que andan sueltos por ahí, mataron a sus seres queridos. Cuando ocurrió todo, él estaba fuera de casa, y al regresar se encontró a sus cuatro hijas, su mujer y su suegra muertas en el sótano de su casa.
—Y no solo las mataron —intervino el más joven de nuevo—. Antes las torturaron, dejando sus cadáveres en un estado casi irreconocible. Se ensañaron con las pobres.
Xalara sintió náuseas al imaginar que le hubiesen hecho lo mismo a su madrina.
—Como podrás comprender, eso es algo que enloquecería a cualquiera —volvió a decir el de las patillas—.
Antes era un hombre muy amable y gracioso; ahora es una persona solitaria cuya única compañía es el vino.
Vive en la más absoluta de las pobrezas, a pesar de la gran suma de dinero que le dio el Gobierno como compensación por los asesinatos.
Solo sale durante las noches, y lo hace para venir hasta aquí y ponerse de vino hasta arriba.
Cuando cierran la taberna, él se va sin decir nada y vuelve al día siguiente, siempre a la misma hora.
Está tan acostumbrado a beber que ni siquiera se le nota cuando lo hace.
Apostaría a que por sus venas corre vino y no sangre —agregó con una sonrisa burlona.
—Y por todo eso es mejor que te olvides de él —volvió a advertirle el hombre que habló al principio de la conversación—. Porque lo único que puedes obtener son problemas.
—Lo más normal es que no saques nada, pero bueno —terció el más joven—, yo te aconsejaría lo mismo, aléjate de él.
—Huye de los problemas, ellos siempre terminan encontrándote, no es necesario que tú los busques, hallarán la manera de acercarse a ti, pero al menos no se lo pongas fácil —reflexionó el hombre de las patillas largas, y continuaron con la partida de cartas.
—¿Has oído lo que han dicho? —preguntó Víliam a su amiga.
—Sí —contestó algo distraída, con la vista clavada en el espejo, observando a Óvid Esben.
—Tenemos que hablar con él —sugirió Víliam—. Ese hombre es el único que puede ayudarnos.
—Es demasiado peligroso —razonó Xalara.
—¿Hasta ahora hemos hecho algo que no lo sea? —replicó el muchacho—. Yo también tengo miedo, pero hemos entrado aquí para esto, ¿no?
Óvid Esben no interrumpía el contacto visual con los muchachos ni para beber vino de su copa.
—Voy a ir a hablar con él —dijo Víliam, haciendo ademán de levantarse.
—No —dijo Xalara—, esperaremos a que se vaya y lo abordaremos en la calle, donde nadie nos vea.
Víliam miró a Óvid Esben sin espejo de por medio.
—¿Crees que te ha reconocido y que por eso no deja de mirarnos?
—No lo creo —opinó Xalara, sin estar del todo convencida.
De pronto, con tanto sigilo que los muchachos ni se dieron cuenta, la tabernera se colocó a su lado.
—¿Pensáis pagar los cafés en algún momento? —preguntó, empleando el suficiente volumen para que toda la taberna pudiera oírlo.
—Señora, verá… respecto a eso… —balbució Víliam.
—Si no me pagáis ahora mismo, llamaré a los cuero negro —les advirtió la tabernera—. El cuartel solo está a dos calles de aquí.
—Déjeme que le explique, por favor —insistió Víliam.
Xalara ya no sabía cómo ocultar su rostro, y sudaba más de lo que nunca lo había hecho. En ese momento todos miraban hacia ellos.
—No hay explicaciones que valgan, quiero mi dinero y lo quiero ahora.
Víliam abrió la boca, pero ya no supo qué decir. Parecía haber comprendido que se enfrentaba a ese tipo de personas que no dan su brazo a torcer por mucho que les insistas.
—¿Y tú? Chica misteriosa, ¿tampoco tienes dinero? —dijo la tabernera, clavando los ojos en Xalara, que miraba con fijeza a la mesa—. Por qué no nos muestras a todos tu cara de ladrona.
—Si me dejase explicarle —intervino Víliam, intentando atraer la atención de la tabernera hacia él.
—¡Borian! —gritó la tabernera, proyectando su voz hacia la barra, donde había un chico de más o menos la edad de Xalara—. Ve al cuartel y avisa a los cuero negro. Diles que tenemos un par de ladronzuelos en la taberna.
—No será necesario —dijo la voz exánime y rasgada de un hombre que apareció por detrás—. Yo pagaré sus cafés.
A Xalara no le hizo falta levantar la vista para saber quién era. Viendo la expresión de asombro en los demás y el olor a rancio que impregnó su olfato, supo enseguida de quién se trataba.
Los hombres que jugaban a las cartas retomaron su partida; igual que el resto de clientes, pues todos volvieron a sus asuntos. Nadie miraba directamente a Óvid Esben.
—¿Cuánto es? —preguntó Óvid.
—Do… dos mupios y cuarenta céntimos —farfulló la tabernera, que de un momento a otro había perdido su actitud fanfarrona.
Óvid hundió la mano en su bolsillo y depositó tres billetes de un mupio sobre la mesa.
—Enseguida le traigo la vuelta.
—Quédate con el cambio —dijo Óvid.
—Gracias —contestó la tabernera, volviendo hacia la barra con paso apresurado.
Víliam miraba a Óvid con cara de estupefacción.
—Muchas gracias, le prometo que le devolveré el dinero.
—No te preocupes por eso. Y tú —dijo mirando a Xalara, que seguía con la mirada hundida en el tablero de la mesa—, para intentar pasar desapercibida estás llamando mucho la atención, ¿no te parece?
—No sé de qué me habla —respondió Xalara.
—¿No lo sabes, Xalara Verdreven?
La chica tragó saliva al oír su nombre.
—Yo no soy esa.
—Ya, y yo no soy el hombre extraño que se sienta cada noche en la misma mesa para beber vino, y al que todos miran de soslayo —en su dicción se notaba la dificultad que tenía para terminar las frases largas—. Supongo que has entrado aquí en busca de respuestas.
—Le aseguro que no sé de qué me habla —insistió Xalara.
—Si buscas respuestas yo puedo dártelas, venid conmigo.
—Xalara, quizás deberíamos… —susurró Víliam.
—Que yo no soy esa —Xalara ardía de rabia.
—Sabe quién eres, ¿de qué nos vale seguir mintiendo?
—Haz caso a tu amigo y no levantes la vista, estos idiotas podrían reconocerte —terció Óvid—. Se creen que no sé lo que hablan de mí a mis espaldas… hum…
El hombre de las patillas largas, que acababa de recibir nuevas cartas, miró con disimulo a Óvid, pero bastó un simple cruce de miradas para que el de las patillas, apocado, apartara la vista de inmediato.
—Salgamos de la taberna, aquí tu secreto no está seguro.
Óvid Esben salió a la calle, con un paso lento y desgarbado. Xalara no se levantó.
—Creo que deberíamos ir con él, si alguien puede ayudarnos es ese tipo —dijo Víliam, que ya se había levantado.
Xalara se tomó un momento para meditar antes de levantarse camino de la puerta; seguida muy de cerca por Víliam. Fuera, los esperaba Óvid en las escaleras de acceso a la taberna.
—Has sido muy osada al entrar ahí sabiendo quién te persigue, ¿o debería decir muy necia? —exclamó Óvid en voz baja.
Xalara levantó la mirada, pues no tenía sentido seguir ocultando su identidad a alguien que ya la había descubierto.
—¿Por qué sabe que me persiguen?
—Es incuestionable, ¿no crees? —dijo Óvid—. Todos piensan que te han secuestrado los herederos, pero como no estás con ellos, es fácil adivinar que de alguna forma lograste escapar.
Víliam trató de intervenir, pero Xalara no se lo permitió, adelantándose a él.
—Necesitamos preguntarle algunas cosas.
—Eso ya lo sé, pero aquí no, las calles no son seguras. En un pueblo como este, las ventanas tienen ojos y las paredes oídos, vayamos a mi casa, allí nadie nos molestará.
Óvid los condujo por una calle que se alejaba de la plaza principal.
Víliam consultó a su amiga con la mirada, antes de que ambos siguieran a ese hombre que acababan de conocer.
Al menos podían estar seguros de que no era alguien partidario de los herederos, después de lo que estos le hicieron a su familia.
Les costaba mantener el paso lento de Óvid.
Xalara aprovechó para fijarse de forma detenida en su aspecto.
Óvid Esben era un hombre que aparentaba más edad de la que seguro tenía.
Alguna vez fue un joven alto, pero ahora caminaba muy encorvado, arrastrando los pies en cada paso.
Su complexión delgada y semblante níveo le otorgaban un físico fantasmal.
Su ropa ajada parecía como de otra época y estaba repleta de manchas de vino resecas.
Caminaron durante bastante tiempo, y no es que hubieran ido muy lejos, sino que el paso renqueante de Óvid les hizo tardar demasiado.
Llegaron a una calle estrecha donde había varias casas, pero ninguna en el estado de abandono que ostentaba la casa en cuya puerta, Óvid se acababa de detener.
Una hiedra había cubierto casi toda la fachada, las ventanas estaban tapiadas con tablones y el tejado parecía estar a punto de derrumbarse.
Óvid realizó la fórmula de apertura para abrir la puerta y entró en la casa sin invitarlos a seguirlo.
—¿Crees que deberíamos entrar? —preguntó Víliam con incertidumbre.
—¿Para qué hemos venido hasta aquí entonces? —respondió Xalara con un toque de impaciencia—. Vas a volverme loca con tus altibajos de osadía.
—No lo sé, no me gusta nada. Mira qué casa.
—No juzguemos por las apariencias —dijo Xalara, y avanzó hacia la puerta, pero antes de atravesarla, se aseguró de que Víliam la seguía.