Chapter 20 El pueblo de Falens #4
—Espero que el calor del café alivie tu resfriado, muchacha —exclamó la tabernera desde la barra, con un tono que para nada reflejaba amabilidad.
Xalara se sobresaltó al darse cuenta de que se refería a ella, y tosió un poco como respuesta.
El aroma del café causó una agradable sensación de bienestar en Xalara. Cuando tomó un sorbo, supo que era el mejor café que había probado, aunque en ese momento recordó que ella casi nunca lo tomaba, porque no solía sentarle demasiado bien a su digestión.
Después de vaciar a sorbos media taza, depositó su atención en el periódico, comprobando que no era un ejemplar de Las Comarcas, sino que se trataba del diario El Arlasofo, que era el más vendido con diferencia en la ciudad de Bibrébem y, al parecer, también en el resto de la Comarca Central.
Era la primera vez que tenía ese diario en sus manos, por lo que comenzó a leerlo con más curiosidad si cabe.
Lo primero que quiso verificar fue la fecha que figuraba en la esquina superior izquierda de la portada: 23 de abril del 715 d.U. Habían pasado catorce días desde que huyó de casa, cuando esta era atacada por los herederos y se consumía por las llamas.
Catorce días, y sin embargo, a ella le parecía que hubiese transcurrido toda una vida.
La imagen que ocupaba casi toda la portada era un montaje donde aparecía el escudo del Gobierno resquebrajado por la mitad, bajo el titular:
«UN GOBIERNO PARTIDO EN DOS».
No quiso profundizar en ese tema, pues la política le producía un aburrimiento sublime.
Su vista se deslizó por la portada hasta llegar a la parte más baja de la plana, donde, al lado de las fotos de los herederos fugados, aparecía su propio rostro dibujado.
Resultaba desagradable que la hubiesen colocado con ellos como si fuese una criminal, aunque si lo pensaba bien, tenía cierta lógica, puesto que todos creían que había sido secuestrada por los herederos.
Al lado de las imágenes apuntaba: «Más información en la página 12».
Víliam estaba sentado frente a Xalara, callado, asiendo la taza con las dos manos y con la mirada clavada sobre una mesa en la que cuatro hombres jugaban a las cartas. La muchacha también prestó oídos a la conversación que mantenían.
—Muchos siguen creyendo que los herederos vendrán por aquí, como hicieron la última vez —dijo un hombre regordete, con el pelo blanco y unas patillas muy largas y esponjosas.
—Va, tonterías —opinó el que parecía el más joven del cuarteto, quien dejaba asomar su prominente barriga por debajo de la camisa mientras barajaba las cartas—.
Aquí fue donde los cazaron la última vez, no serán tan idiotas de volver, eso seguro.
Si algo han demostrado esos malnacidos es que no tienen una pizca de tontos.
Por eso no los encuentran, son más listos que los cuero negro, ya os lo digo yo.
—¿Y la chica secuestrada? ¿Creéis…?
—La chica está muerta —dijo de nuevo el más joven—. Dejad de engañaros a vosotros mismos. A estas alturas ya deben haberla matado, descuartizado y tirado sus trozos bajo un árbol cualquiera.
—O los habrán quemado —dijo otro—, así nadie la encontrará nunca.
—No creo que se molestasen demasiado en deshacerse de los restos, esa gente no tiene ningún tipo de escrúpulo —dijo el más joven mientras repartía las cartas.
Xalara y Víliam volvieron a compartir la mirada, y la muchacha se recolocó la capucha.
—¿Has adivinado algo en ese periódico? —susurró Víliam impaciente.
—No —respondió Xalara—, pero tengo que mirar en la página doce, donde al parecer hablan de los herederos, y de mí.
—Está bien, pero date prisa. No me gusta este sitio.
Xalara se estremeció al ver cómo Víliam, quien no había dejado de dar la lata con que debían entrar en los pueblos, ahora estuviese más asustado que ella misma, que era realmente la que corría el riesgo de ser reconocida.
Abrió directamente el periódico por la página doce, donde aparecía su retrato y debajo el título: «Xalara Verdreven, desaparecida el nueve de abril en su casa tras ser atacada por los herederos». Continuó leyendo la noticia:
Xalara Verdreven, de dieciocho años, fue vista por última vez el día ocho de abril.
Sin embargo, con toda seguridad, su desaparición se produjo al día siguiente, durante el ataque de los herederos al pueblo de Yadarme en la Comarca del Noroeste, y en el cual destruyeron la casa donde vivía la joven.
Se da por sentado que Xalara fue secuestrada por los herederos, después de que estos matasen a su madrina (con la que convivía la desaparecida) y cuyo cadáver fue hallado a la mañana siguiente del ataque, destrozado y tirado entre unas hierbas al lado de la casa en ruinas.
Hasta ahora se desconoce el verdadero motivo por el cual pudieron llevarse a la joven, pero cuanto más transcurre el tiempo, menos esperanzas hay de encontrarla con vida.
Xalara cerró bruscamente el periódico.
No podía ser… Estaba muerta, su madrina estaba muerta y habían destrozado su cadáver.
Las paredes de la taberna se derrumbaron sobre ella, el techo cayó sobre su conciencia, e incluso el mismo cielo con todas sus fulgurantes estrellas, acababa de desplomarse aplastándola sin reparo.
Una parte suya esperaba esa noticia, pero una cosa era esperarla y otra muy distinta confirmarla.
Jamás en su vida había experimentado un sentimiento tan desgarrador.
Dejó de percibir sus sentidos; no veía, no oía, ni tan siquiera podía notar el intenso aroma del café, tan solo existía su moral hecha pedazos junto con la visión del cuerpo mutilado de su madrina.
Segundos después, escuchó su nombre como si llegase desde un lugar muy lejano. Sus sentidos regresaron, y se dio cuenta de que Víliam la miraba con profunda preocupación mientras le sostenía las manos.
—¿Estás bien?
—Sí, sí, estoy bien —contestó, sin ser muy consciente de lo que decía.
—Estás temblando, y te has puesto muy pálida de repente, creía que te estaba dando algo. Tienes las manos heladas y sudorosas.
—No me pasa nada, estoy bien, solo un poco mareada —dijo apartando las manos de las de su amigo. Al hacerlo, notó que le temblaban del mismo modo que lo hacían sus piernas.
—¿Qué decía la noticia?
—Na… nada —farfulló Xalara—, solo que siguen buscándome y que creen que estoy muerta.
—No te gires —le advirtió Víliam—, pero ese hombre que está apartado en la mesa de la esquina, lleva un buen rato observándonos.
Xalara comprobó, gracias al espejo que había en la columna, que, efectivamente, los ojos de aquel hombre que sujetaba con su mano una copa de vino, estaban clavados sobre ella.