El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 20 El pueblo de Falens #3
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Chapter 20 El pueblo de Falens #3

Xalara iba delante y, a través de una ventana, vio a una familia que estaba reunida en torno a la mesa mientras cenaban, lo que hizo que sintiese un estallido de abandono en el pecho que a punto estuvo de hacerla derramar una lágrima.

Xalara observaba con mucha curiosidad y atención todas las viviendas en busca de algún tendedero.

Pronto pudo comprobar que las casas de ese pueblo eran bastante diferentes a las de Yadarme.

En Falens, eran todas de ladrillo y no tenían vigas de madera en las paredes, lo cual hacía que se vieran con un aspecto mucho más moderno.

Después de recorrer varias calles del pueblo, su plan fue poco a poco desinflándose.

A decir verdad, era una estupidez pretender que alguien pudiese tener la ropa secando por la noche y a la intemperie.

Viraron a la derecha y se introdujeron en la calle más ancha que habían transitado hasta ese momento, Víliam agarró a Xalara por la cazadora y tiró de ella hacia atrás.

—Mira —dijo el chico, señalando con el dedo una ventana del segundo piso de una casa donde colgaba una cuerda con ropa.

—Está a una altura muy elevada, es imposible cogerla —se lamentó Xalara.

—Lo será para ti —expuso Víliam—, yo puedo usar la arlasofía y cogerla sin problema.

Xalara se dijo a sí misma que todo lo que hacían era por el bien común, aunque ese razonamiento no la hizo sentirse mejor.

—Cógela, yo vigilo.

Víliam estiró su brazo derecho, con la palma de la mano abierta hacia la cuerda y pronunció:

—Begagxio.

La cuerda se estiró cuando el muchacho la atrajo hacia él ayudándose de la fórmula arlasófica. Pero no lograba soltarla, pues estaba amarrada a la pared mediante unos ganchos de acero.

—No puedo —se quejó Víliam tras sumar la mano izquierda para tirar con más fuerza—, está muy atada. Tal vez si tú me ayudases…

—Nunca he realizado esa fórmula, ni casi ninguna en realidad.

—Te he visto realizar la fórmula volter y dominarla en muy poco tiempo, esta es mucho más sencilla —apuntó Víliam—. ¿Por qué no vas a poder hacerla?

Xalara se colocó al lado de Víliam y se arremangó, aunque no sabía muy bien el motivo.

—Tienes que estirar el brazo y…

—Sé cómo se hace —dijo Xalara, frunciendo los labios con desagrado.

—Pues vamos a ello.

Los chicos estiraron los dos brazos y abrieron las palmas de sus manos, pronunciando la fórmula al unísono.

Enseguida tomaron contacto con la cuerda (Xalara lo logró a la primera y lo supo porque volvió a sentir ese cosquilleo tan característico en sus manos) y cerraron sus puños atrayéndola hacia ellos para romperla.

Dieron varios tirones, pero el nailon de la cuerda no cedía a su empuje.

De repente, Xalara dejó de hacer la fórmula y comenzó a reír.

—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Víliam, visiblemente irritado.

—Somos tontos —dijo Xalara—. Estamos intentando romper la cuerda, cuando podríamos simplemente tirar de la ropa y soltarla de las pinzas.

Víliam miró a Xalara y después a la ropa, antes de volver a mirar a su amiga. Ambos estallaron en carcajadas, y Xalara tuvo que ponerse una mano delante de la boca para tratar de ahogar su risa.

—¿Qué miras? —preguntó ella.

—Nada —dijo Víliam—, me gusta verte reír.

El comentario hizo que volvieran a recuperar la seriedad y comenzaron a descolgar la ropa, atrayéndola hasta caer sobre sus pies, con la esperanza de que nadie la viese flotando.

Tenían que ir soltando una a una todas las prendas para ver con cuáles se quedaban, en caso de servirles alguna.

En eso sí que tuvieron suerte, pues además de ser ropa tanto de hombre como de mujer, eran de más o menos sus tallas.

Se apartaron a una zona donde la luz de la farola no incidía de forma directa para poder ponerse la ropa.

Xalara se enfundó en un abrigo largo de color gris y con capucha, además se ató un pañuelo naranja al cuello que, aparte de ayudar a ocultar sus facciones, le quedaba bastante bien.

Víliam no necesitaba esconder su rostro y tan solo tenía que disfrazar su atuendo de la élite.

Con alguna dificultad que otra, mientras observaba disimuladamente y atraído la nueva apariencia de Xalara, se puso encima de la ropa que ya llevaba puesta, unos pantalones vaqueros muy desgastados y un jersey de lana marrón con un remiendo en el codo derecho; su nuevo atuendo le confería madurez.

Los dos se miraron y Xalara se colocó la capucha, mostrando su aspecto definitivo ante Víliam. No se podía negar que así sería muy complicado que alguien la reconociese. La ropa que no se pusieron, la dejaron amontonada en la puerta de la casa donde la habían sustraído.

—Ahora tenemos que buscar una taberna y entrar —dijo Xalara mientras se alejaban de forma apresurada.

—Eso no lo mencionaste como parte del plan —apuntó atónito.

—¡Claro que lo hice! —repuso Xalara—. Te dije que prestaras toda tu atención.

—¿Entrar en una taberna? —preguntó Víliam sorprendido—. ¿Quién eres tú y cómo te has deshecho de Xalara Verdreven? —agregó con un tono socarrón y una media sonrisa.

—Vamos —lo apremió la chica, la tensión de su rostro hacía evidente que no era el momento para chascarrillos.

Ahora deambulaban por el pueblo con un poco más de libertad, gracias a sus nuevos atuendos. Xalara esperaba no encontrarse con los dueños de la ropa que habían robado o con alguien que reconociese las prendas, porque entonces su plan se destrozaría enseguida.

Cruzaron varias calles y doblaron algunas esquinas, pero no encontraron lo que estaban buscando hasta que llegaron a una pequeña plazoleta que precedía a una plaza mucho más grande.

Allí había una taberna con la pared exterior recubierta de madera, y un cartel iluminado en forma de copa de vino que colgaba de un farolillo sobre la puerta.

El nombre del negocio, pintado sobre la entrada, estaba tan desgastado que no se distinguía con claridad.

Lo que más convenció a Xalara es que la taberna solo tenía dos pequeñas ventanas con los cristales bastante difusos y las cortinas echadas, por lo que nadie podría verlos desde fuera.

Así tan solo tendría que preocuparse por los clientes del interior; como si eso no fuera suficiente.

—Entraremos en esta —informó Xalara, deteniéndose delante de la puerta.

—¿Estás segura? —preguntó Víliam, que ahora parecía más preocupado que la propia muchacha—. En la siguiente plaza hay otra más grande.

—Por eso entraremos en esta —explicó Xalara.

—Nos la vamos a jugar… —dijo Víliam, colocándose al lado de su amiga.

—Lo sé…

Xalara no quiso esperar más, porque sabía que si lo pensaba de nuevo, se echaría atrás. Así que subió los tres escalones que precedían a la entrada. Al abrir la puerta, se activaron unas campanillas que provocaron un gran estruendo, echando por tierra cualquier opción de pasar desapercibidos.

Aunque no eran muchos, todos los clientes volvieron la cabeza para fijarse en ellos.

Xalara se ajustó el pañuelo y agachó la mirada, tratando de mantener su identidad en secreto.

Enseguida, la normalidad se restableció en el local y nadie pareció alterarse lo más mínimo por la presencia de los muchachos.

Xalara recuperó la respiración que por un momento había retenido y se acercaron a la barra, donde una mujer con un mandil largo de color negro y un semblante tosco, secaba unos vasos de cerveza con un paño.

Xalara dio la espalda a la barra y comenzó a otear la taberna sin saber muy bien qué era lo que estaba buscando.

Las paredes estaban forradas por una madera muy parecida a la del exterior, pero con un aspecto mucho más nuevo.

Unas cuantas lámparas con forma de farolillo estaban ancladas a las paredes, proporcionando una tenue luz que recordaba al resplandor del fuego.

En el cristal de un tablón de anuncios, vio su cara dibujada en un cartel que ponía: «Desaparecida».

La similitud del dibujo con su rostro resultaba sobrecogedora.

No se quedó mirando su retrato durante mucho tiempo seguido, por miedo a que alguien notase algo extraño en su comportamiento.

—Buenas noches —dijo Víliam—. Nos gustaría tomar dos cafés, si es tan amable.

Xalara dio una ligera y disimulada patada a su amigo, sabiendo que no tenían dinero para pagarlos, pero él pareció no sentirla.

—No os había visto nunca por aquí —dijo la tabernera, con una expresión ceñuda—. ¿De dónde sois?

«¿Qué te importará?» —pensó Xalara, con todos los músculos del cuerpo en tensión.

—Somos de un pueblo de la Comarca del Suroeste —respondió amablemente Víliam con una mentira.

—¿Qué le pasa a tu amiga, hermana o lo que sea? ¿Tiene frío?

Xalara se estremeció al sentir la atención sobre ella.

—Sí, es que está algo resfriada, ya sabe, demasiados cambios de temperatura en los últimos días… —la excusó Víliam.

Xalara fingió un estornudo para respaldar esas afirmaciones.

—No es que haya habido demasiados cambios de temperatura últimamente que digamos… —discrepó la tabernera.

—Ya, bueno, pero es que a ella le afectan mucho.

La tabernera dejó de observar a Xalara.

—¿Dos cafés, me dijiste?

—Sí, por favor.

—Está bien, ahora os los sirvo.

La tabernera se fue por una puerta pequeña, y Xalara aprovechó para coger un periódico que reposaba sobre la barra.

—Será mejor que nos sentemos a una mesa para tomar los cafés que no podemos pagar. Aquí estamos demasiado expuestos —susurró Xalara con reticencia al oído de su amigo. Ya que este había pedido dos cafés, al menos se los tomarían aparentando normalidad para ganar tiempo.

Los muchachos se sentaron en una mesa situada detrás de una columna que tenía un espejo muy estrecho, ubicada más o menos en el centro de la estancia.

Un par de minutos después, una cafetera y dos tazas, volaron desde la barra hasta su mesa, dirigidas mediante arlasofía por la tabernera.

Las tazas se posaron sobre el tablero, y la cafetera sirvió café a los chicos antes de regresar flotando en sentido inverso.

Esto llamó bastante la atención de Xalara, puesto que no estaba acostumbrada a presenciar ese tipo de servicio.

A pesar de acudir casi a diario a la taberna de Burlen, allí nunca se servía el café de esa manera, ya que Jonatan no tenía licencia para usar la arlasofía.