Chapter 20 El pueblo de Falens #2
—Bueno, después de tantas malas noticias y decepciones… me he dejado llevar y me he agarrado a un hilo de optimismo.
—¿Solo por eso me haces abrigar falsas esperanzas?
—Lo siento…
—A mí también me lleva rondando una idea desde hace algún tiempo y no por eso la hago pública a las primeras de cambio —protestó Xalara.
—Pues este es el momento de que la compartas, ya que estamos…
—Hace algunos años, Aura me regaló un libro sobre brebajes arlasóficos, y leí que existía uno muy peculiar, creo que se llamaba el transportador.
El caso es que, si lo bebes, adquieres la capacidad de trasladarte a cualquier lugar de una forma muy parecida a como lo hacen las estaciones de traslado.
Pero lo mismo da si no tengo ni idea de cómo se fabricaba o de si realmente existe.
—Según tengo entendido, esos brebajes solo son leyendas urbanas, pero quién sabe, podría ser verdad… —dijo Víliam con escepticismo, aunque dejando una coletilla de duda para intentar animar a la chica.
—Dejémonos de falsas esperanzas y sigamos caminando —dijo Xalara con resignación.
Así lo hicieron durante toda la mañana, sin apenas detenerse, pero a un ritmo mucho más lento de lo habitual.
Las fuerzas eran cada vez más escasas y, además, estaban en medio de uno de esos páramos donde no había absolutamente nada.
Para colmo, era el lugar donde más calor hacía desde que salieron de Yadarme, y no iban especialmente sobrados de medios para hidratarse.
Al mediodía, se sentaron a descansar un poco.
—Xalara…
—¿Qué? —respondió cortante.
La muchacha estaba sentada sobre la tierra, con las rodillas encogidas hacia el pecho y la cabeza hundida entre ellas. Víliam parecía tener miedo de seguir con aquella conversación, porque carraspeó y tardó unos segundos en responder.
—Hay que entrar en algún pueblo y preguntar a alguien cómo ir a Bibrébem, o hacernos con un mapa. Podría entrar yo solo, tú no tienes por qué hacerlo.
—¿Has vuelto a intentar recordar cómo se realizaba esa supuesta fórmula? —preguntó Xalara desdeñosa, ahorrándose contestar a la sugerencia.
—No he vuelto a pensar en ello, pero…
—Pues deberías volver a hacerlo.
Xalara se levantó y reemprendió la marcha.
—Escucha, por favor —insistió Víliam yendo tras ella.
Al parecer, Xalara no lo escuchaba, hasta que se giró dando a entender que sí lo hacía.
—¡Sí, ya lo sé! No tengo ni idea de dónde estamos, ni de si vamos en la dirección correcta, ¡no soy tan idiota como para no verlo! —tronó Xalara—. No dejo de pensar en cómo solucionarlo, pero entrar en un pueblo no pasa por una de las soluciones.
—Entonces ya me dirás cómo vamos a hacerlo…
—Soy muy lista, ya se me ocurrirá algo.
Víliam se quedó sin argumentos para contradecirla, o al menos no quiso exponerlos, evitando dañar todavía más la moral de su amiga, porque no añadió ni una sola palabra y se limitó a seguirla.
Por la tarde, entraron en una zona de valles y en la lejanía, perdidas aún en un horizonte difuso, atisbaron grandes colinas que anunciaban el final definitivo de la llanura por la que habían transitado durante los últimos días.
Cuando el sol terminaba de esconderse en el oeste, decidieron poner punto y final a la caminata por ese día, en un lugar situado cerca de la cima de un pequeño valle, donde, aunque se tratara de una formación natural, el suelo rocoso parecía esculpido en forma de asiento.
Víliam se dejó caer sobre la roca y se desprendió de los zapatos para aliviar sus maltrechos pies. Mientras que Xalara subió a la cima del valle para reconocer el terreno, pero sobre todo, porque necesitaba estar sola unos minutos.
Se sorprendió al ver que al otro lado del valle había un pueblo situado a menos de medio kilómetro de distancia.
Junto a sus pies, vio que yacía un folleto tirado entre las hierbas, al lado de una botella de alcohol rota y los vestigios de una pequeña hoguera.
El folleto había perdido gran parte de su color original debido al desgaste del sol y la humedad, pero aún era legible:
«Ven a pasar la noche más especial del año con nosotros. Disfruta del mejor ambiente festivo durante el Día de la Libertad en el acogedor pueblo de Falens».
Aún había más información en el folleto, pero carecía de sentido lo que hubiera debajo de aquella frase escrita con letras más destacadas que el resto.
Al leer el nombre del pueblo, sintió como si su corazón hubiese dado un vuelco en el pecho hasta ponerse del revés, provocando que la sangre no regara todos sus sentidos, dejándola paralizada, sin poder desviar la vista del nombre en el papel.
Una mano sobre su hombro la hizo salir de aquella especie de trance.
—¿Qué miras? —preguntó Víliam.
Xalara volvió a dirigir su atención hacia el pueblo, como si se tratase de un espejismo.
—¿Eh?
—Te preguntaba… —insistió Víliam, pero se calló al ver el pueblo.
—Creo que… —Xalara suspiró antes de terminar su respuesta—Debemos entrar en ese pueblo de ahí abajo.
Víliam desvió la mirada hacia Xalara, preguntándose si había escuchado bien a su amiga o solo se trataba de un error de comunicación.
—¿Disculpa?
—He dicho que hay que entrar en ese pueblo.
—¿Qué tiene de especial para hacerte cambiar radicalmente de idea? —inquirió el muchacho.
—Es Falens.
—Ah, ya.
—No lo entiendes —objetó Xalara con expresión perpleja, sorprendida de que Víliam no conociera su historia—. Es ahí donde hace diecisiete años fueron capturados los Kéitel y Eslamánder, junto con Jeisa Suard —añadió.
—¿En serio? ¿Este es el pueblo donde los arrestaron? —cuestionó Víliam—. No tenía ni idea.
Xalara negó poniendo los ojos en blanco.
—Deberíamos entrar —insistió ella una vez más—.
Puede que sea peligroso, pero también podríamos encontrar información valiosa sobre los herederos.
Al fin y al cabo, este lugar debe significar mucho para ellos, incluso puede que hayan pensado en volver.
Es una posibilidad remota, lo sé —se apresuró en aclarar viendo la expresión de recelo de Víliam—, pero podría ser factible.
Y también porque ya no sé dónde buscar algún tipo de información que nos ayude a encontrarlos —admitió para sus adentros.
—Sinceramente, si yo fuera ellos, no volvería a este pueblo, porque si ya me capturaron aquí una vez… —dedujo el chico.
—Sí, ya. Pero hay algo que me dice que debemos entrar.
—Pues entonces, ¿quién soy yo para contradecir a tu perspicaz instinto? —dijo Víliam, y emprendió el descenso hacia el pueblo.
—Espera.
—¿Qué pasa ahora? —se detuvo.
—¿No pretenderás entrar así sin más?
—Si te parece pido permiso.
—Creo que todavía no me has entendido bien —dijo Xalara—. Cuando te hablé de la posibilidad de entrar, lo dije en plural; yo también voy.
—Vaya, esto sí que es un giro inesperado —admitió Víliam incrédulo, aunque también con un deje de burla.
Xalara no quiso reconocer que le aterraba tener que entrar en el pueblo. Sabía a lo que se exponía haciéndolo, si alguien la reconocía…
—Tenemos que idear un plan. Debemos pensar muy bien cómo vamos a hacerlo —la muchacha volvía a recuperar la actitud de inmensa cautela que tanto la había caracterizado a lo largo del viaje—.
Hay que evitar que alguien pueda reconocerme, es bastante probable que haya carteles con mi cara y presencia de los cuero negro.
Tenemos que disfrazarnos de alguna manera, deberíamos hacernos con algo de ropa diferente.
Víliam la dejó hablar y se limitó a asentir a todo lo que decía, pero, a juzgar por su expresión, no parecía estar de acuerdo con el plan, o tal vez ni siquiera estuviese prestándole atención.
—Antes deberíamos cenar algo, ¿no? —saltó Víliam cuando la muchacha se calló—. No sabemos lo que nos vamos a encontrar allí, así que es mejor hacerlo con algo de comida en el estómago.
—Cenemos antes —asintió Xalara—. Por cierto, ya podemos confirmar que estamos en la Comarca Central.
Después de la cena, Víliam estaba deseoso por adentrarse en el pueblo.
Xalara no dejaba de cortarle el entusiasmo, instándolo a repasar una y otra vez las instrucciones del plan que había forjado durante la cena.
Sin duda alguna, tenía miedo de que el carácter desbocado e impaciente del muchacho pudiera ponerlos en aprieto una vez que estuvieran dentro del pueblo, y no tenía intención de ir hasta asegurarse de que él se sabía el plan a la perfección.
Curiosamente, la parte más complicada del plan era tener que dejar escondidas las espadas allí, porque sería imposible pasar desapercibidos en el pueblo si ambos iban armados.
A Xalara le costó mucho separarse de su espada, pues tenía miedo de perderla también, igual que había sucedido con el libro.
Por todo ello, hasta más de dos horas después de haberlo propuesto, no aprobó la entrada en Falens.
Un cielo negro adornado por una infinidad de fulgurantes estrellas, custodió a los muchachos en su trayecto hacia el pueblo.
En poco tiempo se encontraron inmersos en una callejuela en la cual, la iluminación de cualquier tipo brillaba por su ausencia. Las casas que flanqueaban la calle estaban bastante derruidas, y Xalara creyó que ese era el motivo por el que allí no había ninguna farola.
Cuando dejaron atrás la umbría callejuela y se internaron de lleno en el pueblo, el pulso de la muchacha se disparó hasta redoblar su ritmo normal.
A bote pronto y sin poder confirmarlo con certeza, habían tenido suerte, pues tanto la calle donde ellos se encontraban como las colindantes estaban desiertas.
Era la hora de cenar, y Xalara conjeturó que esa sería la verdadera causa.
De hecho, durante las noches, las calles de los pueblos solían estar escasamente transitadas, por lo menos en la Comarca del Noroeste, probablemente no ocurriese lo mismo en la Comarca Central, ya que sus pueblos eran más grandes y estaban más habitados.
—¡Qué silencio! —susurró Víliam, que ahora parecía más cauteloso—. Hemos tenido mucha suerte.
—Sí, pero la suerte se termina —arguyó Xalara en voz baja.
Los dos muchachos, con sumo sigilo, caminaban pegados a las casas.