Chapter 20 El pueblo de Falens
Al mismo tiempo que sus desgastados pies iban sumando kilómetros, las horas fueron construyendo días.
Sin la certeza de que seguían la ruta correcta y con la constante sensación de estar tomando un rodeo, los muchachos fueron dejando atrás vastas llanuras que alternaban entre paisajes boscosos de pino y encina, y páramos totalmente áridos.
En su camino, se encontraron con pueblos desperdigados que les obligaron a cambiar el trayecto en varias ocasiones.
Gracias a las noticias de la radio, los dos sabían que el rostro de Xalara se había hecho público y no debían arriesgarse a que la reconocieran.
Al menos así pensaba la muchacha, dado que Víliam no compartía la misma opinión, y aunque no lo manifestara abiertamente, continuaba creyendo que la mejor opción era pedir ayuda al Gobierno.
La primera jornada de viaje tras abandonar el refugio evanescente, fue en la que menos distancia avanzaron, pues iban prestando atención a cada detalle reseñable que se encontraban en el camino, tratando de hallar cualquier tipo de rastro que hubiesen podido dejar los herederos,
ayudándoles a esclarecer su paradero.
A medida que avanzaban hacia el sur, las temperaturas, sobre todo las nocturnas, se iban tornando cada vez más agradables.
No obstante, pasar las noches a la intemperie seguía siendo una tarea complicada, pues continuaban turnándose para dormir y el descanso nunca llegaba a ser del todo satisfactorio.
Durante el tercer día de travesía, tuvieron que enfrentarse a un gran escollo, cuando una tormenta descargó sobre ellos una lluvia torrencial.
Lo menos preocupante fue el haber acabado empapados.
De hecho, fue algo que agradecieron, pues les sirvió para deshacerse de toda la mugre acumulada después de tanto tiempo privados de un baño.
Sin duda, lo peor fue el lodazal que se formó como consecuencia de la lluvia.
Sus pies se hundieron en el fango, llegando incluso más allá de la altura de los tobillos, por lo que tuvieron que realizar un gran esfuerzo para escapar de aquella trampa que amenazó con dejarlos atrapados.
Pero con diferencia, lo peor de todo, al menos para Xalara, era el no haber hallado señales del enemigo.
Su frustración la hacía sentirse como una estúpida que se dedicaba a perseguir sombras en un lugar donde no existía la luz.
Creía que la suerte le había dado la espalda, aunque eso no fuese ninguna novedad en su vida.
Cuando intentó alejarse todo lo posible de los herederos, estos la encontraron en el lugar más improbable, y ahora que era al revés, ahora que ella trataba de encontrarlos, parecía como si esos canallas se hubiesen desvanecido por completo.
Por momentos, Xalara llegó a cuestionarse si abandonar el refugio evanescente había sido una decisión acertada por su parte.
Desde que lo hicieran por primera vez, no habían vuelto a mencionar nada acerca de El Fantasma del Tiempo, el cual parecía haberse convertido en un tema tabú para ambos.
Sin embargo, la sensación de que un espectro invisible los vigilaba y los perseguía, se había convertido en una constante para Xalara.
Especialmente durante las guardias nocturnas cuando Víliam dormía, en las cuales no dejaba de mirar el reloj temiendo que sus manecillas se descontrolaran en cualquier segundo.
Cada vez que se visualizaba de pie frente a la puerta de la Mansión Nórebol, un estremecimiento recorría todo su cuerpo.
Tampoco la opción de enfrentarse a los herederos era un escenario más apetecible.
Estaba inmersa en una encrucijada, hacia cuyo desenlace transitaba por un camino construido de incertidumbre, sin ninguna certeza a la que aferrarse.
A todo ello también había que sumarle el problema de la comida, la cual tenían que racionar a conciencia para no empezar a sufrir los síntomas de inanición que sin duda no tardarían en llegar,
dado el esfuerzo al que eran sometidos sus cuerpos durante las largas travesías a pie y el escaso combustible que le proporcionaban.
En una ocasión, se toparon con varios conejos que salían de una madriguera, y Víliam había desenvainado su espada con la intención de cazarlos.
Pero en el último momento, Xalara desvió el ataque y evitó que pudiese matar a alguno de ellos.
El muchacho se había enfadado por ello y se pasó varias horas sin dirigirle la palabra.
Xalara estaba dispuesta a morir de hambre antes de asesinar a un animal a sangre fría; aun así, comprendía la actitud de Víliam.
Al atardecer del cuarto día tras haber abandonado el refugio evanescente, se encontraron con el pueblo más grande hasta el momento.
A medida que avanzaban hacia el sur, los pueblos se volvían más numerosos y de mayor tamaño.
Alejada del resto, se hallaba una casa a orillas de un tortuoso arroyo.
Después de observarla durante un buen rato, opinaron que la vivienda estaba vacía y Víliam propuso entrar en busca de alimento.
Xalara, aunque reacia en un principio, terminó aceptando la propuesta.
Un rato después, Víliam regresó con algunas provisiones y una promesa.
Pues se comprometió, en un intento por calmar la angustia de su amiga, a que en algún momento volvería para pagarles la comida a los dueños de la casa, de hecho, aseguró que les habría dejado dinero de no haber perdido su cartera cuando buscaba a Xalara por el bosque de Yadarme.
Aunque la chica prefirió evadir una discusión, no quedó satisfecha con su alegato, pues era consciente de que esa circunstancia jamás se cumpliría.
Mientras caminaban, apenas se dirigían la palabra.
No obstante, cuando se detenían a comer o al llegar el final del día, se sumergían en intensos debates sobre el itinerario a seguir.
Pero cuanto más discurrían para hallar el mejor camino hacia la capital, más sentían que se desviaban de él.
Xalara desestimaba todas y cada una de las ideas de Víliam.
A pesar de ello, no se las reprochaba, porque sabía que lo único que pretendía hacer su amigo (aún le resultaba muy extraño volver a llamarlo así) era ayudar, y vio que la desesperación que se reflejaba en su rostro lo llevaba a proponer absurdas alternativas.
Había momentos en los que Xalara recordaba con inusitada claridad el encargo de Huberto: «Toda la sociedad y su sistema de vida está en juego».
«Protégelos, con tu vida si es necesario».
¿Por qué le habían cargado sobre los hombros la responsabilidad de toda una sociedad si ella nunca se había sentido parte de ningún colectivo?
¿Por qué ahora notaba como si le hubiese fallado a todas esas personas que no conocía?
Deseaba tener a todos esos rostros anónimos enfrente para gritarles que ella no quería cargar con el peso de sus vidas.
Con el paso del tiempo, el pesimismo se fue instalando en su interior y amenazaba con vencerla definitivamente.
Xalara no podía engañarse a sí misma, la idea de ir a la Mansión Nórebol era una auténtica locura.
Por más vueltas que le daba siempre llegaba a la misma conclusión.
Había sido demasiado presuntuosa al creer que podrían robarle el libro al mismísimo Lórdezeit, o a su fantasma, cualquiera de las dos opciones era lo suficientemente tenebrosa como para no seguir adelante.
Pero miraba a Víliam y sabía que la acompañaría hasta el abismo, que moriría junto a ella si fuese necesario, y eso, en cierto modo, la reconfortaba y la empujaba a seguir adelante, el saber que pasara lo que pasase, no lo iba a enfrentar sola.
Aunque era muy egoísta arrastrarlo con ella a un destino fatal.
Los pensamientos melancólicos también encontraban cabida en su saturada mente.
A veces se acordaba de lo acogedora y cómoda que era su habitación, con su cama acolchada, sus cálidas sábanas y su suave edredón de color arena; y pensar que antes deseaba con todas sus fuerzas abandonar aquella casa…
Era consciente de que muy probablemente ahora todo eso solo fuesen cenizas.
Igual que todos sus libros, gracias a los cuales había podido viajar por tantos lugares distintos sin tener que moverse de su dormitorio.
Siempre creyó en la idea de que no existía nada más maravilloso que una gran historia, y muchos ni siquiera llegaban a abrir un libro a lo largo de su vida, privándose de esa sensación tan placentera que produce leer.
Ahora, experimentaba la extraña sensación de ser la protagonista de una de esas historias, y no le agradaba.
Las historias que solía leer en los libros solo eran letras sobre un papel en blanco y, por el contrario, ella era una persona vulnerable de carne y hueso.
Tal vez algún día, siempre y cuando lograse la hazaña de salir con vida de todo aquello, tendría la oportunidad de escribir su propia historia.
Era la mañana del quinto día después de haber dejado atrás su estancia en el refugio evanescente, y no sabía cuánto tiempo llevaba allí sentada sobre una piedra redonda esperando a que Víliam volviese de aliviar el vientre, cuando unas voces la sacaron de su ensueño.
Levantó la vista y vio que su amigo corría hacia ella terminando de subirse los pantalones.
La muchacha, alertada por lo que pudiese llegar a continuación, se puso en pie de inmediato y desenvainó su espada.
—¡Ya lo tengo! —gritó Víliam.
—¿Has visto a alguien?
—Tranquila, no es eso —dijo Víliam, resollando—. Me refiero a que ya sé cómo guiarnos para ir a Bibrébem.
—¿Sí? No me digas —dijo Xalara suspicaz mientras volvía a envainar la espada.
—Ahora, mientras estaba… En fin, el caso es que me he acordado de una fórmula de la cual nos habló el profesor en la academia de arlasofía cuando me saqué la licencia —dijo Víliam entusiasmado—.
Era una fórmula que no aparecía en el manual oficial, una fórmula que creaba una luz que te indicaba el camino, algo así como una especie de guía.
—¿Y a qué esperas para hacerla? —dijo Xalara con frenesí.
—Hay un problema, como no.
—¿Cuál?
—No recuerdo qué palabra había que utilizar, ni tampoco el movimiento exacto con las manos.
—Vale, resumiendo, que no tenemos nada… —se lamentó Xalara, cabizbaja.
—Sí, claro que sí, ya me acordaré, tarde o temprano me vendrá. Aunque también creo recordar que era muy difícil de realizar y que además duraba muy poco tiempo activa.
—Lo dicho, tanto alboroto para nada… —profirió una vez más Xalara.