El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 19 La reunión del Consejo #4
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Chapter 19 La reunión del Consejo #4

—Es muy sencillo. ¿Quién es su mano derecha? —Alexios se quedó callado, contemplando la silla que había ocupado Andris, y que precisamente se encontraba situada a su derecha.

—¿Qué pasa con él? —preguntó el presidente, entendiendo la indirecta que le había lanzado Perseus.

—¿No lo ha interrogado como ha hecho conmigo?

—No lo considero necesario.

—¿No? ¿Por qué? —preguntó Perseus de forma exasperante.

—Porque confío plenamente en él desde que éramos unos niños.

—Pues quizás debería replantearse su confianza.

—Si tiene algo que decir…

—Sí, claro que tengo algo que decir, por supuesto —profirió Perseus—. Andris Bóstoul es quien está detrás de la fuga de Ívelmer.

—¿Cómo te atreves a…?

—Lo que tiene en su mano derecha es un frasco de veneno, un veneno que le va consumiendo lentamente y de forma inconsciente. Usted es la marioneta de Bóstoul, y tarde o temprano le cortará los hilos, cayendo al suelo sin poder moverse.

—No eche la culpa a los demás para intentar salvarse.

—Si no me cree, infórmese a dónde sale por las noches el vicepresidente, investigue lo que le digo.

—No quiero oír ni una sola palabra más, ¡capitán! —bramó Alexios alzándose en su silla.

La puerta se abrió de inmediato, apareciendo tras ella Ázur.

—Sí, señor.

—Llévese a este hombre a las mazmorras del Palacio, donde quedará encerrado bajo custodia hasta la realización de un juicio que se celebrará antes de quince días.

En él se le juzgará por ser el cómplice en la fuga de los herederos.

Perseus, desde este mismo instante, queda despojado de su cargo y su sueldo en el Consejo.

Ázur tomó por el hombro al acusado y lo levantó de la silla.

—Está perdido, presidente, acuérdese de esto cuando atisbe sin remedio su final —dijo Perseus sin alterar el tono de su voz, a la vez que recogía el bastón de encima de la mesa.

—Lléveselo de mi vista —ordenó Alexios haciendo un gesto con la mano.

—Soy inocente y se demostrará en el juicio. El problema no lo tengo yo, sino usted. —manifestó Perseus, con una voz tan serena que producía escalofríos, antes de abandonar el despacho siendo llevado por Ázur.

Cuando se quedó a solas, Alexios, cuyo rostro de pronto se había tornado inexpresivo, fue consciente de la orden que acababa de ejecutar y la repercusión que traería consigo.

¿Acaso se había dejado llevar por la ira y no por el sentido común como había sido siempre su modo de actuar desde que era el presidente?

Había enviado a prisión (aunque realmente se tratase de una celda del Palacio de la Sede) a su consejero de defensa y justicia, acusado de ser el cómplice de la fuga de los herederos, y, lo peor de todo, es que lo había hecho sin tener pruebas fehacientes de su culpabilidad,

y por ello se sentía culpable.

Muy pronto, las paredes de su despacho se le empezaron a venir encima, por lo que decidió ir a contarle a Andris lo que acababa de suceder.

Salió a la Gran Escalinata antes de que Ázur hubiera regresado de encerrar a Perseus y volviese a custodiar la puerta.

No se detuvo hasta llegar ante los aposentos de Andris, ubicados en el punto más alto de la torre lateral sur.

Picó en la puerta dando varios golpes con los nudillos, y Andris la abrió al mismo tiempo que terminaba de abotonarse su gabardina de color beige.

Alexios creyó ver una prenda de color negro bajo la gabardina, algo que no era muy propio de él.

—Vaya, qué sorpresa, no todos los días se tiene el honor de que el presidente llame a tu puerta —el habitual tono socarrón de Andris estaba cargado de reprimenda.

—Tenemos que hablar —dijo Alexios, utilizando una entonación grave.

—Entra entonces —le invitó Andris sin demasiado ímpetu.

—¿Vas a algún sitio?

—Ya sabes… —respondió haciéndose el interesante.

—Sí, claro —dijo Alexios, fingiendo una sonrisa.

—¿Qué te ocurre? Pareces preocupado —apuntó Andris, consultando el reloj de forma nerviosa.

—Y tú parece que tienes prisa.

—No, qué va. ¿Qué era eso que tenía que decirte Bábet?

—Nada importante —mintió Alexios.

—¿Y para nada importante, era necesario echarme de tu despacho?

—Lamento tener que romper tus planes para esta noche, pero tienes que quedarte aquí —dijo Alexios titubeando—. He encerrado a Perseus en una celda del Palacio

—¿Cómo? —Andris se sorprendió tanto, que sus narinas y sus ojos multiplicaron su tamaño de forma simultánea.

El presidente se dejó caer en una silla que había cerca de la puerta, sobre algo duro y alargado que se ocultaba bajo una manta y que Andris se apresuró en apartar.

—Lo he acusado de ser el cómplice de la fuga de los herederos, y Ázur se lo ha llevado a las celdas del Palacio por orden mía.

—¿Pero ha reconocido ser él?

—No, lo ha negado.

—¿Entonces?

—Intuición…

—¿Qué? ¿No dijiste que hasta que no hubiese pruebas reales no ibas a hacer nada?

—Ya, pero he cambiado de opinión. En la guerra hay que tomar medidas drásticas, y esto es una guerra —expuso Alexios severamente.

—Es una medida muy valiente por tu parte —dijo Andris, pero no estaba claro si lo hacía en un tono de felicitación o de reprensión, algo que resultaba bastante desconcertante para Alexios.

—Quiero que envíes una misiva a Orsius informándole de lo ocurrido.

Quiero que le digas que el acusado de momento permanecerá en las celdas del Palacio de la Sede en calidad de preso político, quedando bajo mi supervisión y responsabilidad, y que por ahora y hasta nueva orden, el Departamento de Seguridad y Defensa no podrá intervenir en su situación.

—Esto provocará un escándalo mediático —avisó Andris.

—Soy consciente de ello —apuntó el presidente.

—¿Quieres que se lo ocultemos a la prensa? Podría mover algunos hilos y…

—No —dijo Alexios, acordándose de la marioneta que había mencionado Perseus—. Envía la carta a Orsius, ponte a ello de inmediato.

—Sí, enseguida —dijo Andris.

—¿No te quitas la gabardina? —comentó Alexios.

—¿Eh? No, tengo algo de frío y hay que mandar la carta cuanto antes —alegó Andris.

—Mañana a primera hora te espero en mi despacho —el presidente se puso en pie—. Tenemos que encontrar pruebas que inculpen a Perseus antes del juicio.

—Ten confianza, has dado un paso muy importante, estamos muy cerca de acabar con todo esto.

—Espero no haberme equivocado… —masculló Alexios mientras salía por la puerta.

Volvió a la Gran Escalinata, pero no se dirigió hacia sus estancias, sino que descendió hasta la puerta que daba acceso al Salón de Conferencias, por la parte donde se encontraba el estrado, una puerta que era conocida con el sobrenombre de «Puerta Presidencial».

Tan solo el tenue alcance del resplandor que producían las farolas de la plaza evitaba que el salón se encontrase sumido en la más absoluta oscuridad.

Alexios miró de reojo a la Silla Presidencial, bajó del estrado y, con sus pasos reverberando en las paredes y el techo de la enorme estancia, cruzó el salón hasta el otro extremo.

Luego subió por las escaleras de madera y se asomó por el cristal del Gran Reloj, como tanto le gustaba hacer. Desde allí pudo vislumbrar que, a pesar de no ser demasiado tarde, pues apenas pasaban unos pocos minutos de las diez de la noche, la plaza se encontraba vacía.

Después de llevar un tiempo considerable absorto en sus pensamientos, vio en la plaza la figura de una persona que apareció como si lo hubiese hecho de la nada, llevando un paso apresurado y girando la vista hacia atrás en numerosas ocasiones, como si procurase no ser visto.

Una de esas miradas fue dirigida hacia el Gran Reloj.

Alexios retrocedió para apartarse del cristal, pero ya había reconocido a ese hombre, que no era otro que su amigo Andris Bóstoul.