Chapter 19 La reunión del Consejo #3
—Bábet está detrás de la fuga de Ívelmer —contestó Andris, que terminaba de redactar el acta para después poder pasarla a limpio—. Siempre lo creí y hoy se ha confirmado.
—Es que no tiene ningún sentido, siempre ha sido un hombre honorable. Fue miembro de la Escolta Presidencial y después de la O.C.H. —expuso Alexios.
—¿Recuerdas lo que le ocurrió a Bábet cuando estaba en la Escolta Presidencial durante la Noche de la Conquista? —preguntó Andris—. El Lórdezeit atacó el Palacio de la Sede y mató a la presidenta que él se supone que debía defender.
—No pudo hacer nada para remediarlo, sus fuerzas eran muy inferiores.
—Sí, ya, pero toda la Escolta Presidencial fue asesinada, toda, excepto él.
—Tuvo esa suerte.
—¿Suerte? —repuso Andris—. No creo en la suerte, puede que se uniera al Lórdezeit para que le perdonara la vida, puede que vendiese a la presidenta a cambio de salvar su vida…
—Está cojo por culpa de aquello.
—Yo no digo que no luchase, pero ¿en qué bando lo hizo? —Alexios parecía estremecerse al creer en esa posibilidad—. ¿Quién dice que no entrase posteriormente en la O.C.H. como un espía? —prosiguió Andris—. Recuerda que no sería el único que lo hizo.
—De ser así, es muy posible que yo me hubiese enterado —dijo Alexios, tratando de buscar desesperadamente argumentos para seguir creyendo en la inocencia de su consejero.
—No creas ni por asomo que el Lórdezeit revelaba todos sus movimientos, ni siquiera a ti, no seas ingenuo.
El presidente volvió a sentarse en la silla. Parecía abatido, pues no podía negar que las razones que le estaba dando Andris para creer en la culpabilidad de Perseus eran cada vez más convincentes.
—Huyó con su familia a un refugio evanescente, estuvo escondido de la Orden —siguió alegando Alexios.
—Eso es lo que él te ha dicho, la cuestión es, ¿te dijo la verdad?
En silencio, Alexios negó con la mirada perdida en su propio reflejo que le devolvía la mesa de cristal.
—Déjame acompañarte en los interrogatorios a los consejeros, te seré de gran ayuda.
—Está bien —dijo Alexios tras meditarlo un instante—, me acompañarás en las entrevistas, pero las preguntas las haré yo.
—No me atreveré a interrumpirte —dijo Andris, y el presidente no supo si habló con seriedad o con un tono mordaz; a veces y a pesar de todos los años de amistad, le costaba distinguirlo.
—Empezaremos después de comer —dijo Alexios levantándose de la silla.
—Si quieres puedo ocuparme de convocar a los consejeros —se ofreció Andris—. Me encargaré de enviarles misivas privadas citándolos en horas distintas.
—Vale, queda bajo tu responsabilidad —aprobó Alexios.
—¿En qué orden los citaremos?
—Decídelo tú mismo, no tiene demasiada importancia con tal de que Perseus sea el último.
—Coincido —asintió Andris.
—Voy a descansar un poco, la tarde promete ser larga y ajetreada —dijo Alexios sin entusiasmo, y caminó hacia la puerta donde ya lo esperaba Ázur.
Después de una comida en la que el presidente apenas probó bocado, Andris llegó a sus aposentos para informarle de que Fiona Vériva sería la primera consejera en acudir.
La tarde se nubló de forma inesperada, como si el clima se empeñara en infundir más sombras a la ya de por sí oscura atmósfera que reinaba en ese despacho, dada la situación que enfrentaban.
A las tres y diez, Ázur picó en la puerta.
—Señor, acaba de llegar la consejera Fiona Vériva.
—Hazla pasar.
—Buenas tardes, Fiona —la saludó Alexios.
La consejera de educación entró con la misma ropa que llevaba puesta durante la mañana.
—Dejémonos de formalismos y vayamos directo al grano, mis nietos me esperan en casa —dijo la consejera con acritud—. ¿A qué viene esta reunión tan secreta?
—Siéntese, por favor, seré breve.
—Me encuentro muy bien así, gracias.
—Como quiera —dijo Alexios—. Voy a hacerle unas preguntas.
—Desembuche.
—¿Dónde se encontraba usted durante la noche del seis de abril?
—Vaya, eso sí que es ir directo al grano, ya veo que esto es un interrogatorio.
—Por favor, limítese a contestar a lo que se le pregunta —medió Andris, y Alexios lo miró con un gesto de recriminación.
—¿De verdad creen que yo me voy a poner a liberar a unos herederos?
—¿Niega entonces su implicación en la fuga? —inquirió Alexios.
—Esa noche estaba en mi casa durmiendo, igual que todas las demás. No he vuelto a salir con nocturnidad desde que murió mi marido, y han pasado muchas noches desde entonces.
—Le creo —dijo Alexios—. ¿Tiene sospechas de que alguno de sus compañeros en el Consejo pueda estar involucrado en la fuga de los herederos?
—No lo sé, yo respondo por mí, pero si quiere que le sea franca, no, no creo que ninguno de ellos pueda estar involucrado en tal fechoría.
—Muy bien.
—¿Puedo irme ya?
—Sí, ya puede irse, pero recuerde que…
—Nadie puede saber que he estado aquí —farfulló Fiona completando la frase mientras abandonaba el despacho.
—¿Qué opinas? —preguntó Alexios a Andris una vez que volvieron a estar solos.
—Simplemente, Fiona Vériva —respondió conciso—. No tuvo nada que ver, ni sabe nada, estoy seguro.
—Bien, ¿a qué hora has citado al segundo?
—A Valeria, a las cuatro.
—Pues nos toca esperar —dijo Alexios, consultando el lustroso reloj de péndulo que colgaba de la pared sobre la puerta del despacho.
—Estamos perdiendo el tiempo, el que está involucrado es Perseus, deberíamos detenerlo ya y ahorrarnos todo esto —opinó Andris.
—Aunque quisiera, tampoco podemos arrestarlo, eso debería correr a cargo de los cuero negro —replicó Alexios.
—Te equivocas, el presidente puede promulgar una orden de arresto. Eres el máximo mandatario, el hombre con más poder de Las Cinco Comarcas —dijo Andris con énfasis, como si a Alexios se le hubiera olvidado.
En el transcurso de la tarde se fueron sucediendo el resto de entrevistas, aunque sin destacar nada reseñable, pues todos los consejeros se declararon inocentes, asegurando no saber nada del asunto.
Tan solo Jérsivo suscitó alguna duda sobre la veracidad de su confesión, ya que se pasó todo el interrogatorio sudando.
Pero el consejero de transportes era un hombre de carácter nervioso, por lo que no le dieron demasiada importancia.
Sin embargo, aún faltaba la entrevista que habían catalogado como la más importante. A las ocho en punto, Perseus Bábet anunció su llegada antes de que Ázur le diera paso, pues los golpes que su bastón acometía contra los escalones eran demasiado sonoros.
—Buenas noches, Perseus —saludó Alexios.
—Buenas tardes —respondió el consejero, al mismo tiempo que miró hacia el ventanal que había tras la escalera de caracol, por el que se colaba la sombría luz de una puesta de sol destilada por una maraña de nubes grises.
Perseus, que vestía un refinado abrigo negro, tan largo que le acariciaba los tobillos, se sentó cruzando la pierna buena sobre la coja, entrelazó los dedos y apoyó sutilmente las dos manos sobre las rodillas, todo ello después de haber puesto, no sin cierto descaro,
el bastón sobre la mesa del despacho.
—¿A qué se debe el honor de esta invitación? ¿Ha habido noticias sobre los herederos fugados?
—Siento decir que no —contestó Alexios.
—Era una pregunta retórica —explicó Perseus—. De haber sido así, ya me habrían informado.
Alexios miró a Andris de soslayo, sorprendido por la actitud que exhibía Perseus.
—Queremos, digo, quiero —rectificó Alexios de inmediato—, hacerle unas preguntas.
—Si lo que pretenden es que cambie de opinión con respecto a la ley de la pena de muerte, están perdiendo el tiempo, mi honor me hace ser fiel a mis principios. Además, ¿qué importa? Ya lo han conseguido.
—No va sobre eso, se lo aseguro. Sin embargo, ahora que lo menciona, sí que tiene mucha relación con el honor.
—Me encantan las conversaciones que tratan sobre el honor —admitió Perseus con una enigmática sonrisa—. Aunque el concepto de honor es demasiado complejo como para tratarlo a la ligera.
—¿Dónde estaba usted la noche del seis de abril? —preguntó Alexios de forma directa, cansado de los preliminares.
—Ya veo por dónde va a transitar el curso de esta suntuosa conversación —dijo el consejero, descruzando la posición de sus piernas—. Puedo asegurarle que no estaba en la prisión de Ívelmer, desde luego.
—¿Niega entonces cualquier tipo de relación en lo concerniente a la fuga de Ívelmer?
—Por supuesto que lo niego —respondió Perseus adoptando un gesto más serio.
—Usted es el consejero de defensa y justicia y, por lo tanto, el responsable de la seguridad, de entre otras entidades, las prisiones —expuso Alexios—. Supongo que conocía la ubicación secreta de las celdas donde estaban encerrados los herederos.
—Supone bien —afirmó Perseus.
—También tiene mucha gente trabajando a sus órdenes, incluida una amplia red de informadores.
—¿A dónde quiere ir a parar?
—¿Quién ayudó a los herederos en su fuga?
Perseus no contestó, sino que se quedó mirando a Andris, el cual se percató de ello y levantó la vista hacia el consejero.
—A esa pregunta solo contestaré si el señor vicepresidente tiene la amabilidad de abandonar este despacho.
—¿Puedo preguntar el motivo? —dijo Alexios con desconcierto.
—Le responderé cuando él se haya ido —insistió.
—Señor Bóstoul, váyase a descansar, su trabajo ha concluido por hoy —Andris miró confuso a Alexios, esbozando una sutil sonrisa cargada de estupefacción—. Por favor —le exigió el presidente con un gesto de rotundidad.
Haciéndolo muy despacio, Andris se levantó y recogió su cuaderno, sin apartar la vista de los ojerosos ojos azules de Perseus, quien, desafiante, no rehuyó la batalla de miradas. La tensión entre ambos persistió hasta que el vicepresidente salió del despacho, prorrumpiendo un sonoro portazo.
—Bien, ya estamos solos, ahora contésteme a la pregunta.
—Antes de nada y si no le importa, quiero hacerle yo una pregunta —solicitó Perseus—. Cuando mira hacia su mano derecha ¿qué es lo que ve? —añadió de inmediato para no dar a Alexios la oportunidad de rebatirlo.
—¿Es otra pregunta retórica?
—No —dijo Perseus sonriendo—, esta vez no.
—¿Un acertijo, quizás?
—Tampoco.
—¿Entonces?