Chapter 19 La reunión del Consejo #2
Perseus Bábet, el consejero de defensa y justicia, entró en la Cámara del Consejo con su habitual paso de ostensible cojera, ayudado de su bastón, levantando ecos del mármol que rebotaban en las paredes de la cámara como si emanasen de la misma piedra.
—Ruego me disculpen, señores, señoras, presidente. —dijo a la vez que ponía su maletín sobre la mesa de cristal—. He estado ocupado revisando algunos documentos.
—No pasa nada, Perseus, es mejor venir bien preparados —dijo Alexios, que se le notaba más nervioso de lo que le gustaría—. Ahora ya estamos todos. Capitán, puede irse.
Ázur dedicó un saludo cortés a su presidente y abandonó la sala de inmediato, cerrando tras él y con un sonoro estrépito, las puertas de doble hoja.
Antes de tomar la palabra e iniciar la reunión, Alexios escrutó los semblantes de todos sus consejeros, como si tratase de adivinar solo por sus gestos y miradas, quién de ellos era culpable y quién inocente.
En cierto modo se sentía un completo desconocido en la compañía de aquellas personas en las cuales había volcado toda su confianza, una confianza que en esos momentos parecía habérsela dejado olvidada en un lugar muy lejano, y a su lado tan solo veía los rostros de posibles difamadores.
—Bueno, señoras, señores, vamos a dar comienzo a la reunión del Consejo —habló Alexios—. Pido que por favor zanjemos los asuntos de menor importancia cuanto antes, para dar paso a un anuncio muy importante que quiero hacerles y que requiere de su opinión y voto.
Los consejeros miraron a su presidente con caras de intriga y también de tensión, aunque ya intuían algo sobre una nueva ley, pues Alexios se había encargado de filtrarlo a la prensa con la intención de suavizar el impacto emocional que seguro tendría una medida tan drástica.
—Empecemos por usted, Dafne.
La consejera de la naturaleza era una mujer con un rostro sin aparentes imperfecciones. Vestía una blusa de color verde botella, demasiado llamativa para lo que muchos en la capital consideraban como un vestuario apropiado.
—Bien —dijo Dafne, con una voz muy suave y aguda—, después de las últimas restricciones que aprobamos, se ha producido alguna que otra protesta por parte de miembros del colectivo de recolección de hortalizas en la Comarca del Sureste.
Pero mis intermediarios ya han zanjado el asunto sin demasiadas complicaciones, prometiéndoles cambios muy pronto.
—Me alegra oírlo —dijo Alexios—. Usted, Fiona.
—Sin novedades —escupió Fiona Vériva con un tono opuesto al de su compañera en el Consejo—.
Tengo algunas medidas para mejorar el sistema educativo, pero me las guardo para otra ocasión.
Ya llevan meses esperando a ser tratadas, no pasa nada porque esperen un poco más en mi maletín, queda claro que hoy no es el día más apropiado para ello.
—Se lo agradezco, señora Vériva —reconoció el presidente—. Jérsivo.
—Bueno, nada nuevo —dijo el consejero de transportes poniendo y quitando la goma de su carpeta de forma muy nerviosa—. Ya saben que el descuento de la próxima semana en los billetes de tren está en marcha, y parece que de momento está siendo todo un éxito.
—Bien. No nos viene nada mal un repunte en ese sector. Valeria —dijo Alexios, mirando a su consejera de economía.
—Sí —dijo la consejera, rebuscando acelerada en su maletín a la vez que se recolocaba el largo chaquetón sobre sus hombros—.
La última subida de impuestos ha ocasionado que las arcas del Gobierno hayan aumentado.
Sin embargo, he recibido algunas amenazas de ciertos colectivos en mi buzón, todo sin demasiada importancia —concluyó tras guardar un folio con una gráfica que al final no mostró.
—Espero que no pase a mayores, intentaremos bajar los impuestos antes de que finalice el año —apuntó Alexios.
Valeria asintió.
—Perseus —nombró Alexios, mirando con frialdad al consejero de defensa y justicia, que parecía absorto en sus pensamientos, y al cual había dejado para el último momento a propósito—, espero con impaciencia alguna novedad de calado.
—Pues lamento decir que no hay ninguna, señor —informó Perseus algo ufano—.
Numerosos efectivos de los cuero negro se han sumado en las últimas horas a las labores de captura de esos malnacidos.
Trabajan sin descanso, pero de momento no hay nada nuevo.
Tampoco de la chica desaparecida en Yadarme —añadió.
El gesto de Alexios se torció al oír las ausentes novedades con respecto a la desaparición de Xalara Verdreven.
—Esta situación no puede alargarse, tienen que aparecer ya —instó el presidente con efusividad.
—Es lo que intentamos.
—Pues intentarlo con más ímpetu.
—Hacemos lo que podemos.
Alexios negó con la cabeza, intentando deshacerse de su propia tensión.
—Discutir aquí sentados no nos va a servir para que aparezcan antes —zanjó Alexios, secándose el sudor de las manos de forma disimulada en el pantalón—. Esto me lleva al siguiente y más importante punto del día.
Todos clavaron sus miradas en el presidente, excepto Andris, que lo hizo sobre Perseus Bábet.
—Tras una profunda reflexión, he decidido poner sobre la mesa una nueva ley que ayude a detener estos actos de alzamiento que parecen estar ocurriendo a escondidas en la ciudad, por parte de herederos que nunca fueron identificados y que pretenden acabar con nuestro actual sistema de Gobierno.
—Son solo rumores —intervino Perseus—, chismorreos que se hablan en las calles y tabernas.
—Chismorreos o no, algo se está urdiendo desde la fuga de los herederos y pretendo acabar con ello de raíz, antes de que comience a propagarse demasiado.
—Deberíamos estar concentrados en la búsqueda de los herederos fugados —recriminó Perseus—, y no en combatir sombras.
—Eso mismo podría reprocharle yo a usted, señor Bábet —contestó Alexios con severidad.
—¿Y qué nueva ley es esa? —preguntó Fiona Vériva con su adusto e impertérrito gesto, rompiendo la discusión.
—Pretendo implantar la pena de muerte para toda aquella persona que esté involucrada en asuntos concernientes a la Orden de los Herederos —recitó Alexios del tirón, prestando especial atención al rostro de Perseus, que parecía contener la respiración a la vez que su ira.
—Cuente con mi beneplácito —expuso rápidamente Fiona sin alterar su voz y semblante; parecía que hubiese sido algo tan sencillo como tener que otorgar su aprobación a un plato de comida.
Alexios asintió a su consejera con un gesto de agradecimiento.
—¿Los demás qué me decís? —preguntó el presidente.
—La pena de muerte fue derogada en el seiscientos sesenta y nueve después de la Unificación, supongo que en esta misma cámara en la cual nos encontramos, y ¿ahora nosotros pretendemos volver a aprobarla?
—protestó Perseus Bábet irguiéndose en su silla—.
Me parece un insulto a aquellas personas que trataron de hacer de Las Cinco Comarcas un lugar mejor.
Esto que propone usted es retroceder al pasado.
Andris tosió de una forma peculiarmente extraña, pero permaneció con los ojos clavados en su cuaderno, donde no dejaba de anotar apuntes para realizar el acta. Sin embargo, el presidente entendió el gesto.
—No estamos aprobando la pena de muerte —arguyó Alexios—, solo lo hacemos en el caso de los herederos o alguien que tenga que ver con ellos, no será así para el resto de procesados por la justicia.
—Lo siento, pero no formaré parte de esto, no cuente con mi voto —sentenció Perseus cruzándose de brazos.
—Está en su perfecto derecho —dijo Alexios con reticencia.
—Parece que en esta mesa hay algunos que tienen miedo a la muerte —intervino Andris sin levantar la vista del cuaderno.
—Al parecer de eso usted sabe mucho, ¿verdad, señor vicepresidente? —contestó Perseus al darse por aludido.
—¡Ya basta! —gritó Alexios poniendo fin a la discusión—. No voy a tolerar que esto se convierta en un patio de colegio. ¿Los demás qué decís? ¿Algo que añadir antes de proceder a votar?
Nadie parecía querer añadir nada.
—Bien, si no tienen nada más que decir, procederemos con la votación. Vicepresidente, por favor.
—¡Que alcen una mano los miembros del Consejo que estén a favor de la aprobación de la nueva ley propuesta por el presidente! —dijo Andris utilizando un tono de voz excesivamente elevado.
Fiona Vériva fue la primera en levantar la mano, Alexios y Víliam lo hicieron justo después. Dafne, tras mirar a Valeria, alzó la mano tímida y lentamente.
—Que alcen ahora la mano los miembros del Consejo que estén en contra de la aprobación de la nueva ley —se apresuró a decir Andris viendo la actitud titubeante de Dafne.
De inmediato, Perseus alzó su mano, Jérsivo lo imitó al momento y Valeria no quiso votar, permaneciendo en una posición neutral, aun a sabiendas de que su voto sería añadido a la mayoría.
—Bien —habló Andris—, en vista de lo votado, con la totalidad del Consejo aquí presente y tras haber recibido cuatro votos a favor, dos en contra y una abstención, queda oficialmente aprobada la ley de la pena de muerte contra los herederos, que yo, Andris Bóstoul,
como vicepresidente del Gobierno de Las Cinco Comarcas, me comprometo a redactar con el apoyo mayoritario del Consejo.
La nueva ley será publicada mañana mismo en los medios de comunicación por el presidente del Gobierno, el señor Alexios Kraus, que ofrecerá una rueda de prensa desde el Salón de Conferencias en una hora todavía por determinar.
El presidente se puso en pie.
—Doy por finalizada la reunión del Consejo, pueden irse.
—Es una atrocidad —manifestó Perseus con un tono de reconvención cuando se levantaba de la silla.
Alexios hizo oídos sordos al comentario. Ahora tenía serias sospechas de que Perseus Bábet fuera quien estaba detrás de la fuga de Ívelmer, sospechas que siempre habían sido refrendadas por Andris, pero que él se había negado a aceptar.
Los miembros del Consejo abandonaron la cámara en completo silencio, ya llegaría el momento de las críticas cuando nadie pudiese oírlos.
—¿Qué te ha parecido? —preguntó Alexios una vez que se aseguró de que estaban solos.