El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 19 La reunión del Consejo
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Chapter 19 La reunión del Consejo

A medida que avanzaba el mes de abril, la primavera iba imponiéndose sobre la capital de Las Cinco Comarcas.

Brillaba el sol con fuerza, y por encima de las altas torres del Palacio de la Sede, el cielo empezaba a estar teñido con ese azul intenso que solo le confieren las estaciones estivales.

En los jardines privados del Palacio, los árboles, ya florecidos, infundían color a la macilenta construcción, y el césped había recobrado gran parte de ese verde que se disipa con las heladas del invierno.

El presidente exhalaba un aire reservado mientras caminaba por el claustro que envolvía los jardines.

—Veo que no desaparece tu vieja costumbre de pasearte en soledad antes de enfrentarte a una nueva reunión del Consejo.

—Las buenas costumbres nunca hay que perderlas —dijo Alexios, al tiempo que se giró hacia atrás para mirar a Andris—, me ayuda a despejar la mente.

—Más hoy con la mañana tan espléndida que nos brinda esta nueva primavera.

—Esperemos que no se tuerza —comentó Alexios, forzando una débil sonrisa de resignación, antes de volver a reemprender su marcha.

—¿Sigues firme en tu decisión de plantear esa nueva ley ante el Consejo? —preguntó Andris tras unirse al paseo del presidente.

—Sí, por supuesto —respondió Alexios, que tenía la vista orientada hacia la parte más alta de la torre que se alzaba frente a ellos, curiosamente hacia el lugar donde estaba ubicada la Cámara del Consejo—. No te convence, ¿verdad? —añadió.

—Claro que me convence, ¿qué hay más poderoso que el miedo a una muerte inminente para desechar la idea de hacer algo irresponsable?

—aseveró Andris con una sonrisa histriónica—.

Solo quería asegurarme de que eres consciente de la repercusión que traerá consigo.

Sin olvidar que no todos la aprobarán, ya sabemos que uno de ellos se verá afectado de forma directa.

—Más razón para hacerlo, así veremos la respuesta y expresión de cada uno. Puede que nos ayude a delatarlo.

—Puede ser… Pero son gente demasiado experimentada en el arte de la mentira; se dedican a la política, años de experiencia les precede.

—No todos los políticos somos unos mentirosos —razonó Alexios.

—Todos tenemos secretos ocultos en algún lugar de nuestra recóndita conciencia —repuso Andris—, donde los guardamos bajo llave para que no puedan hacernos daño.

—Cierto… —convino Alexios compungido, sabedor de que él tenía repleto ese recóndito lugar de su conciencia.

—Si tú crees que es lo adecuado, entonces es lo adecuado —terció Andris—. Eres el presidente, proponla, y luego ya te enfrentarás a las adversidades, en caso de que las haya.

—No es lo único que pretendo hacer en el día de hoy —dijo Alexios con un halo de misterio.

—Ilústrame.

—Después de la reunión voy a entrevistarme con todos los miembros del Consejo de forma individual y privada, asegurándome de que ninguno sepa que también he hablado con los otros.

—¿Puedo preguntar el motivo?

—Voy a intentar descubrir si alguno de ellos está realmente involucrado en la fuga de Ívelmer, si es que eso no queda claro en la reunión. ¿No es lo que querías? —añadió al ver el gesto de Andris.

—Sí, sí, por supuesto.

—Como has puesto esa cara…

—Es que no pensé que lo harías, eres demasiado buena persona para dudar de tu gente de confianza.

—Es verdad que no será fácil —reconoció Alexios agachando la mirada.

—¿Quieres que lo haga por ti? —se ofreció Andris—. Puedo interrogarlos y ahorrarte el mal trago.

—No —respondió el presidente—. Elegí a esas personas, si alguien tiene que delatarles soy yo.

—¿Y conmigo no piensas entrevistarte? También soy miembro del Consejo.

—¿Acaso no lo estoy haciendo ahora?

—Cierto —respondió Andris, esbozando una sonrisa—. ¿Qué harás si descubres que alguno de ellos está involucrado?

—Haré lo correcto, como siempre he tratado de hacer desde que soy el presidente. La justicia caerá sobre él, y lo hará con la nueva ley en la mano; si es que se aprueba…

—Si es que se aprueba… —repitió Andris.

Abandonaron la protección del claustro y se adentraron en el estrecho sendero adoquinado que hendía las áreas de césped dibujando diferentes formas.

Llegaron hasta una de las fuentes situada en la zona soleada del jardín y Alexios se sentó sobre la base de cemento.

A su espalda, el agua cristalina expulsada en vertical, formaba un pequeño arcoíris al ser traspasada por los rayos del sol.

—Sigo sin verte convencido —expresó el presidente.

—¿Te refieres con respecto a la aprobación de la ley o al posible éxito de las reuniones privadas?

—A ambas cuestiones.

—No es eso, es que… —dijo Andris, que retrasó su argumento—, creo que podrías ahorrarte las reuniones, por lo menos cuatro de ellas. Porque es Bábet, estoy seguro de que es él.

—¿Tienes pruebas?

—Todavía no.

—Entonces no hay nada más que hablar —dijo Alexios sonando rotundo—. Por cierto, ¿has hablado últimamente con Orsius?

—¿Con Orsius? No, qué va.

—No te lo había dicho… pero el otro día pidió una audiencia conmigo, en mi despacho.

—¿Y qué te contó? —curioseó Andris, dando por hecho que había aceptado el encuentro.

—Querrás decir qué me preguntó.

—No te entiendo.

—Me hizo muchas preguntas, bueno, quedó bastante claro que se trataba de un interrogatorio. Y lo peor de todo, es que insinuó que yo podría ser quien está detrás de la fuga de Ívelmer.

—Pero eso es un ultraje, me pondré de inmediato con los trámites para su cese —protestó Andris haciendo el ademán de irse.

—Espera.

—¿A qué quieres esperar? —preguntó Andris con ceño—. Ha estado en tu despacho y te ha culpado de un delito muy grave, me sorprende que no lo hayas cesado ya.

—Solamente lo insinuó.

—¿Qué diferencia hay?

—No vas a hacer nada, Andris, hoy no. Además, tú no puedes cesarlo, eso solo me compete a mí y a Perseus.

—Yo redactaré el documento y tú lo firmarás —especificó Andris.

—He dicho que hoy no… —zanjó Alexios—. Esperaré a ver qué ocurre en la reunión del Consejo y en las entrevistas privadas, y después valoraremos qué paso dar a continuación.

—Como quieras…

—Ahora déjame solo. Antes de ir a la reunión, me gustaría pasearme durante un rato más con la única compañía de mis reflexiones.

—Muy bien, nos vemos luego.

Andris se alejó arrancando susurros de los adoquines con sus zapatos blancos de diseño, y entró en el Palacio utilizando una de las puertas de roble que daban acceso a la torre de la Gran Escalinata, custodiada por el capitán de la Escolta Presidencial.

El presidente volvió a entrar en el claustro, recorriendo tres veces su longitud total antes de regresar a sus aposentos.

Cuando todavía estaba vistiéndose, unos golpes sonaron en la puerta. El presidente tardó más de lo normal en abrir.

—Señor, es la hora —le informó Ázur, el capitán de la Escolta Presidencial.

—Sí, voy enseguida, dame un momento para que pueda acabar de vestirme —dijo fingiendo conocer la hora.

Quizás su subconsciente deseaba que nunca llegase el momento, y por eso llevaba un buen rato haciendo y deshaciendo el nudo de la corbata delante del espejo. Una vocecilla en su interior le susurraba que cambiara la hora de la reunión, que retrasase todo lo posible el comienzo.

Poco después, Alexios, escoltado por Ázur, accedió a la Gran Escalinata y se dirigió hacia la Cámara del Consejo. Cuando el presidente entró en la sala, Andris, acompañado de un cuaderno y una pluma, ya esperaba sentado a la mesa de cristal, cuya forma imitaba el escudo del Gobierno.

La Cámara del Consejo era una amplia habitación con forma octogonal.

Ocho grandes ventanales con vidrieras traslúcidas proporcionaban una claridad que, al reflejarse en el suelo, cuyo material era un mármol tan primoroso que parecía de cristal, expandía la luminosidad llegando a cada rincón de la estancia.

Cuatro columnas que se apoyaban sobre unos pilares de piedra revestidos con madera de roble, servían de sustento para el techo, cuya estructura se abría en el centro para hacer sitio a un cimborrio que ayudaba a completar la iluminación natural de la cámara.

—Llegas algo tarde —saludó Andris con una sonrisa socarrona.

Alexios miró el reloj de madera que colgaba de la pared.

—Lo suficiente como para no ser el último.

—Sí, parece que se hacen de rogar los asistentes —dijo Andris tamborileando con sus dedos sobre la mesa acristalada.

El presidente ocupó su silla, la cual era más grande y lustrosa que el resto. Ázur se colocó a su lado quedándose de pie.

Acto seguido, apareció por la puerta un hombre muy alto y ancho de hombros, con una carpeta negra en la mano y que no aparentaba para nada la edad que tenía. Quizás era su perilla recortada la que le otorgaba ese aspecto tan juvenil a pesar de que estuviese ribeteada de hebras blancas.

—Presidente, vicepresidente, capitán —saludó cordialmente el hombre antes de ocupar su asiento en la mesa, aunque sus modales no se sentían muy verdaderos.

—Buenos días, Jérsivo —respondió Alexios.

Instantes después, hizo acto de presencia la consejera de educación, Fiona Vériva.

Una mujer con un rostro muy severo, que vestía una chaqueta de lana y una falda larga de color negro.

Era de una edad similar a la de Jérsivo Teimes, pero al contrario de su compañero en el Consejo, ella sí la aparentaba.

Tomó su asiento sin decir nada. Alexios se vio tentado de saludarla, sin embargo, cerró la boca un instante después de abrirla, sabía que Fiona tenía esa forma de ser tan sombría, pero que al menos se sentía sincera.

Un minuto después entraron otras dos mujeres, que llegaron juntas, manteniendo una charla amistosa. Ambas eran más jóvenes que el resto de asistentes en la sala y muy parecidas de edad entre ellas.

—Buenos días —saludaron a un tiempo y con un tono jovial, un tono que perdieron en el mismo instante en que ambas tomaron contacto con sus respectivas sillas, adquiriendo un gesto de seriedad.

—Buenos días, Dafne, Valeria —saludó Alexios, dirigiendo una sonrisa a cada una de ellas por separado.

Ya solamente faltaba una persona por llegar y lo hizo segundos después de que las dos consejeras de menor edad hubiesen tomado asiento.