Chapter 18 Preguntas, evidencias y decisiones #5
Mientras pasaba las horas allí sentada, se le ocurrían decenas de ideas, una detrás de otra y a cada cual más sin sentido, que lo único que conseguían era provocarle un agotamiento mental.
—Para poder pensar bien necesitas alimentarte —dijo Víliam asomándose por la ventana a la hora de comer.
—Voy enseguida —respondió Xalara con desgana, pues tenía el estómago revuelto desde el desayuno; su estado de incertidumbre era el culpable.
Víliam tenía pensado decírselo, pero decidió ocultarle que la comida ya era escasa.
Tras haber fingido que comía, Xalara volvió a sentarse bajo el porche, y esta vez se llevó una manta con ella para paliar el frío.
Cuando la oscuridad de la noche comenzaba a hacerse notar, Víliam abrió la puerta y se sentó en una silla rayano al umbral, dejando por precaución medio cuerpo dentro del refugio, ya que no estaban seguros de si el porche contaba como parte de él.
La muchacha ni siquiera se dignó a dedicarle una breve mirada, pero sí supo de su presencia.
—A veces me resulta impensable poder vivir sin la arlasofía —comentó Víliam con intención de entablar una conversación—, una vez que aprendes a usarla es muy difícil no echar mano de ella para casi todo, no entiendo cómo lo hacéis en…
—Muy sencillo —intervino Xalara—, cuando nunca has tenido algo, no puedes echarlo de menos.
—Ya, pero hay algunos que en el pasado pudieron utilizarla con total libertad.
—Y seguro que muchos de ellos siguen usándola cuando nadie los ve —razonó la muchacha.
Se quedaron callados durante unos segundos.
—¿Qué tipo de arlasofía crees que tendrían los arlayinos? —preguntó Víliam.
—Un tipo de arlasofía que está fuera de nuestro alcance.
—Bueno, siempre nos quedarán los libros para poder llegar a conocerla —opinó Víliam.
—Eso no se encuentra en los libros, sino que debería ser parte de nuestra naturaleza, y no lo es —explicó Xalara.
—¿Tú también opinas que la arlasofía se ha deteriorado a lo largo de los siglos? —preguntó estupefacto.
—Pues sí.
—¿En serio? —profirió Víliam dibujando un gesto de asombro.
—Ya lo creo —confirmó Xalara sin inmutarse—, pero no por el motivo que dicen los herederos —aclaró—. A nosotros nos han llegado muy pocas fórmulas en comparación con las que seguramente tenían ellos —razonó sin evitar acordarse de la visión que había tenido cuando le atacaron los nukternozes.
El muchacho respiró aliviado tras escuchar la última reflexión de Xalara.
—Tuvieron que ser grotescas las guerras que mantenían los reinos de Árlay y Bibrébem en aquella época —comentó Víliam—. Solo de imaginarme a unos con espadas arlasóficas y a otros con espadas normales… me resulta bastante cómico, la verdad.
—Las espadas arlasóficas surgieron a partir de las espadas comunes —argumentó Xalara.
—Sí, claro…
—Es cierto, Jon Numco las tomó como referencia para crear las arlasóficas, ¿o no te has fijado en que son muy parecidas?
—¿Jon Numco?
—El creador de las espadas arlasóficas —refrendó Xalara—. La primera la fabricó en el año trescientos quince antes de la Unificación, si no me equivoco.
—Eres increíble, tía, te sabes hasta el año.
—Son muchas horas de lectura —dijo Xalara con un deje de complacencia.
—Yo pensaba que gran parte de la historia de Árlay había sido destruida por el Rey de Bibrébem después de la Unificación —dijo Víliam—, para borrar todo su recuerdo y conseguir así que con el tiempo todos pensasen que la arlasofía pertenecía a ellos de forma innata,
al menos eso nos dijeron en clase de historia.
—El Rey Erseo Sexto, sí —confirmó Xalara—, pero es imposible que pudiese acabar con una historia tan grande, aunque ya me parece una atrocidad si fue solo un uno por ciento de ella.
—¿Cómo crees que se produjo la desaparición de Árlay y que después la arlasofía fuese adquirida por todos?
—Solo existen leyendas en mi opinión —respondió Xalara.
—¿Y el origen de la arlasofía?
—¿La leyenda de Egon y Reia? —preguntó Xalara.
—Sí.
—Otra leyenda… —dijo quitándole importancia.
—¿Te la sabes?
Xalara miró de soslayo a Víliam dando a entender una respuesta afirmativa.
—Claro, que preguntas… —sonrió—. ¿Me la contarías?
—¿Para qué?
—Quiero escucharla, por favor.
No lo hacía de buena gana, pero aun así Xalara clavó los ojos en el cielo y comenzó a recitar:
—«Hace mucho tiempo atrás, hubo un joven pastor llamado Egon, que solía pasear a su rebaño cerca de las montañas del norte. Un día, Egon se sentó a descansar sobre una roca situada al lado de un precioso manantial. De sus aguas cristalinas emergió una melodiosa voz de mujer,
de la cual Egon quedó totalmente prendido. La voz le pidió que se sumergiera en el manantial para así poder estar unidos. Egon no se lo pensó, pues pronto amó a esa voz por encima de todo. Al hacerlo,
el agua se convirtió en un destello que enseguida se fundió para dar forma a una joven y hermosa mujer que se hacía llamar Reia. Egon y Reia no tardaron en casarse y fruto de ese amor nació su hijo, al que llamaron Draso, quien fue el primer portador de arlasofía».
—La recordaba más larga —comentó Víliam.
—Porque es más larga —respondió Xalara—, pero no la recuerdo al pie de la letra. Te la he resumido con mis palabras, siento no ser una gran narradora.
—De todos modos, es una historia preciosa.
—A mí me parece demasiado hecha por y para hombres —reflexionó Xalara.
—Solo es una leyenda —concluyó Víliam, que no quería entrar en una complicada discusión sobre género—. Vuelve dentro, aquí empieza a hacer mucho frío.
—Ve tú, yo me quedaré un poco más.
—Está bien, pero no tardes demasiado —dijo Víliam cerrando la puerta y dejándola sola con sus pensamientos.
La cena fue breve y Xalara se encargó de hacer la primera guardia. Por otro lado, Víliam parecía distante y ella sospechaba el motivo.
Más tarde, cuando Xalara disfrutaba de sus dos primeras horas de descanso, se levantó de la cama con un estremecimiento, como si acabase de tener una terrible pesadilla. Víliam estaba dormido, con la cabeza apoyada en la mesa y una manta puesta sobre sus hombros, pero se despertó por el sobresalto.
—¿Qué ocurre? —repuso Víliam, mirando el reloj con recelo.
—Tenemos que hablar.
El chico se incorporó aletargado, dejando caer la manta por detrás de su espalda. Xalara se sentó junto a él.
—Tú dirás… —dijo Víliam, que al parecer esperaba una buena reprimenda por haberse quedado dormido.
Xalara respiró profundo antes de empezar a hablar, como si le costase un gran esfuerzo pronunciar lo que iba a decir.
—Creo que deberíamos irnos.
—Eso es exactamente lo que yo pienso —convino Víliam con alivio—, deberíamos…
—Tenemos que ir a la Mansión Nórebol.
—¿Cómo dices? —preguntó Víliam, quedándose con la boca abierta.
—Lo que has oído —ratificó Xalara.
—¿No lo dirás en serio? —Víliam se quedó en silencio, esperando una respuesta que no llegaba—. Sí, lo estás diciendo en serio —asintió con decepción.
—El Fantasma del Tiempo se encuentra allí, es decir, el Lórdezeit, y es casi seguro que los herederos llevarán el libro hasta él, eso si no lo han hecho ya —se lamentó Xalara con aprensión—. Lo que está claro, es que cuanto más retrasemos la partida más se alejará el libro de nosotros.
—Pero si vamos hasta allí les estarás brindando en bandeja la parte que les falta —explicó Víliam, tratando de encontrar razones para disuadir a Xalara de su intención—. Es más, si tus sospechas son ciertas, ellos nos llevan varios días de ventaja.
—Tengo que recuperar ese libro cueste lo que cueste, en sus manos podría tener un poder devastador —insistió Xalara, tratando de convencer a Víliam—. Ahora entiendo lo que quería decir Huberto cuando me advirtió de que toda la sociedad estaba en peligro.
—Sí, todo eso suena genial, pero puede que el libro ya esté en Bibrébem. No sabemos nada, Xalara, nada. Esto nos viene grande, tenemos que pedir ayuda. Tal vez si mandaras una carta al presidente…
—Ya te he dicho que no puedo confiar en él.
—Es muy fácil, buscaremos un pueblo y utilizaremos un buzón. No te pido que te expongas, solo que enviemos una maldita carta al presidente.
—No sé si tendrá que ver algo con mis padres o si simplemente era una adulación, pero ese libro era mi responsabilidad y lo he perdido, así que tengo que recuperarlo.
—Sí, ya, pero…
—Mañana, con la primera luz del día, parto hacia la Mansión Nórebol, y lo haré contigo o sin ti, está decidido.
—Pero…
—Está decidido —sentenció Xalara con voz solemne y se metió en la cama.
No volvieron a hablar en toda la noche y tampoco hicieron más guardias.
Antes del amanecer, Xalara se despertó y se levantó de la cama para preparar su marcha. Víliam estaba despierto y de pie, mirándola como si fuese una sombra fantasmagórica.
—¡Qué susto me has dado! ¿Qué estás haciendo?
—¿No creerías que iba a dejarte sola ahora? —dijo el muchacho.
—No te he pedido que vengas.
—Y aun así lo haré.
Xalara le dio la espalda a Víliam para que no la viese sonreír.
—¿Con qué nos guiaremos? —preguntó Víliam.
—Hallaremos el camino —contestó Xalara, infundiendo a su respuesta una dosis de misterio.
Víliam sonrió, aunque realmente no sabía por qué.
Cuando el sol comenzaba a dorar las copas de los pinos más altos y tras tomar un pequeño desayuno, los muchachos salieron del refugio evanescente y este desapareció de inmediato, cambiando de ubicación.
A Xalara le produjo una extraña sensación de congoja el pensar que el refugio que tanto les había ayudado, pudiese estar en tan solo un segundo a cientos de kilómetros de distancia; sentía que era como despedirse de alguien al que le debes una.
Finalmente, los muchachos dejaron atrás el minúsculo valle donde habían pasado los últimos días; haciéndolo con un destino fijo, pero sin un rumbo marcado.