Chapter 18 Preguntas, evidencias y decisiones #4
—No me gustan las radios —expuso Xalara, que había acercado una silla a la ventana y observaba con preocupación la cantidad de agua que bordeaba el refugio evanescente, simulando que estaban sobre una isla en medio de un pequeño lago.
—Pero así podremos oír las noticias de la noche —explicó el muchacho.
—Por eso no me gustan las radios —razonó Xalara.
—Es muy posible que digan algo sobre los herederos. Puede que hayan atacado más pueblos o puede que los hayan atrapado; y además darán el pronóstico del tiempo.
Xalara no quiso ni imaginar que los herederos hubiesen perpetrado más ataques, pues tendría que sumar más víctimas a su cargo.
Esta vez la chica tuvo que encargarse de la cena, ya que Víliam estaba enfrascado en arreglar la radio, pues a pesar de aparentar un buen estado, ni siquiera llegaba a encenderse.
Faltaba poco para que fuesen las nueve de la noche, cuando Xalara puso los platos en la mesa para servir los huevos fritos que acababa de hacer, aunque más bien parecían unas tortillas cochambrosas al no disponer de aceite para cocinarlos,
sin pasar por alto el hecho de que Xalara era una cocinera nefasta.
—¡Lo tengo! —gritó Víliam tras encender la radio que al fin había logrado reparar.
Xalara no puso buena cara por ello, pero tampoco protestó, al fin y al cabo, Víliam tenía razón y en esos momentos les interesaba conocer lo que estaba aconteciendo en Las Cinco Comarcas.
Lo que en realidad le pasaba a Xalara, es que tenía miedo de oír malas noticias, unas malas noticias que repercutieran sobre ella.
Sin embargo, la señal de la radio era inestable y tampoco se escuchaba con demasiada claridad.
A las nueve en punto, como cada noche, comenzó a sonar la melodía previa al informativo. Al escucharla, Xalara evocó aquellas cenas tan lúgubres en su casa de Yadarme, las cuales añoraba aunque le costase admitirlo.
«Buenas noches, aquí comienza el informativo de las nueve, y hoy lo hacemos con la previsión meteorológica —la emisión se cortó durante unos cuantos segundos—. En la Comarca del Sureste las temperaturas entrarán en ligero ascenso a lo largo de la mañana y —la señal volvió a perderse—.
Hasta aquí la previsión del tiempo. Nos vamos a publicidad y volvemos enseguida con las noticias de actualidad.»
—¡Mierda! —tronó Víliam dando un puñetazo sobre la mesa, nada más sentarse a ella—. No pudimos escuchar la previsión del tiempo, aunque tampoco sabemos en qué comarca estamos.
—Seguimos en la Comarca del Noroeste.
—Yo no lo tengo tan claro, ya hemos recorrido…
—Te lo aseguro —zanjó Xalara.
La señal regresó:
«Continúa sin haber novedades en lo referente a la búsqueda de los herederos fugados, de los que nada se ha vuelto a saber desde su último ataque a la pequeña población de Nórinpeil, donde acabaron con la vida de todos sus habitantes.»
—Mira, ya sabemos algo —dijo Víliam complacido.
—Eso podría significar que ya tienen lo que querían —especuló Xalara con pesimismo, aunque aliviada porque de momento no hubiese que sumar más víctimas a su conciencia.
«También sigue la desesperada búsqueda de la joven Xalara Verdreven, de la que continúa sin haber ninguna pista. Cada día cobra más fuerza la hipótesis de que haya sido secuestrada por los herederos. Les recordamos que su descripción física es…»
La emisión volvió a esfumarse y los muchachos se miraron con fijeza y en silencio, como si se estuviesen leyendo sus más íntimos pensamientos.
Regresó de nuevo la señal:
«En las últimas horas, se ha filtrado que en la reunión del Consejo que se celebrará pasado mañana, podría decretarse una nueva y drástica ley en la lucha contra los herederos, para así…»
De pronto la radio pegó un chispazo, comenzó a salir humo de ella y la señal se apagó por completo; sin duda el aparato acababa de morir.
—¡Maldito aparato! —se quejó Víliam con la boca llena.
—No importa, ya nos hemos enterado de suficientes cosas —dijo Xalara con un deje calmado.
—Acaban de decir tu nombre en las noticias, ¿y no te sorprendes lo más mínimo?
—Ya lo suponía.
—¿Cómo que ya lo suponías? —inquirió Víliam.
—La anciana de Nórinpeil, cuando te mandó salir, aseguró que me había reconocido por la descripción que daban de mí en las noticias, y al parecer también hay carteles con mi cara pegados por muchos lugares.
—¿Y cuándo tenías pensado decírmelo?
—Se me había olvidado, tampoco creo que sea demasiado importante.
—A mí sí me parece que lo sea —replicó Víliam mosqueado.
—Es normal creer que me han secuestrado, atacaron mi casa y he desaparecido.
—Ya, pero de todos modos… —dijo Víliam, al parecer quedándose sin argumentos para rebatirlo—. ¿Cuál crees que puede ser esa nueva ley para luchar contra los herederos?
—Ni idea —contestó Xalara encogiéndose de hombros—. Podría ser cualquier cosa, con Alexios nunca se sabe.
—¿Lo llamas por su nombre? Vaya confianzas te traes con él, ¿no? —dijo Víliam sarcástico, que de repente, abrió tanto los ojos como dos ventanas—. Podrías enviar una carta al presidente contándole tu situación, seguro que él lo solucionaría todo.
—¿Te crees que no lo he pensado? —admitió Xalara, molesta—. Pero Huberto dijo que no hablara con nadie y eso incluye al presidente; aunque ya lo haya hecho contigo…
—Pasando por alto lo despectivo de tu comentario hacia mí, ¿confías más en un borracho solitario y puede que hasta loco, que en el presidente de Las Cinco Comarcas?
—De momento ese loco borracho arriesgó su vida por mí y es muy probable que hasta haya muerto por mí, cosa que el presidente no ha hecho todavía que yo sepa —rebatió Xalara a la defensiva.
—El presidente te entregó la herencia de tus padres y te ofreció una nueva y mejor vida, no tiene sentido que no confíes en él.
—¿Y quién dice que no me entregase el libro y la espada para que me fuesen arrebatados después por los herederos? ¿Quién dice que no me quisiera llevar con él a Bibrébem para matarme?
—Eso ya es tergiversar demasiado las cosas, incluso para una mente tan retorcida como la tuya —comentó Víliam con sarcasmo—. ¿Insinúas que no conoció a tus padres? ¿Crees que se lo ha inventado todo? —insistió al ver que el gesto de Xalara no mudaba.
—Supongo que él pensaba que al decirme eso, yo no rechazaría los objetos ni su ofrecimiento de ir a Bibrébem, puede que lo único que trataba de conseguir al hablar de mis padres era embaucarme.
—Ni siquiera doy crédito a que estemos teniendo esta conversación… —dijo el muchacho apoyándose contra el respaldo de la silla.
—No dejo de pensar en que mi vida era muy tranquila y solitaria, y de repente, llega el presidente a mi casa, me entrega dos objetos de lo más extraños y toda mi vida da un vuelco radical hacia peor, por lo que ya me espero cualquier cosa,
incluso que Alexios esté dentro de la Orden de los Herederos.
—Yo creo que la desesperación, sumada a todas esas historias ficticias que has leído en tus libros durante años, te sugestionan y te hacen creer en cosas imposibles… —opinó Víliam.
—Solo digo que no podemos descartar nada —aseguró Xalara—. Y lo mismo me dijiste cuando te hablé de los nuk… ya sabes que, y al final hemos descubierto que tengo razón.
—De momento no tenemos ninguna certeza —pero el tono asustadizo de Víliam delataba que él también lo creía posible.
—Vale, no quiero seguir discutiéndolo. Pero lo que sí es seguro, es que no enviaremos ninguna carta, punto y final.
—No solo se trata de ti —dijo Víliam afligido—, yo también estoy desaparecido.
Mi madre tiene que estar muy preocupada y seguro que piensa que me han hecho algo malo los herederos.
Pero el déspota de su marido no la dejará denunciar mi desaparición, fijo que está exultante por haberse deshecho del dobleclase.
Xalara no respondió para dar así el tema por cerrado.
La muchacha hizo la primera guardia y cuando Víliam la relevaba, la lluvia cesó de un momento a otro, como si alguien hubiese cerrado un grifo.
La noche dio paso a un día soleado, aunque con un surtido de pequeñas nubes que hendían el azul del cielo a gran velocidad, empujadas por el fuerte vendaval que aún continuaba azotando la zona; en el tercer día que Xalara y Víliam se disponían a pasar en el refugio evanescente.
En vez de quedarse dentro del refugio, después de tomar un ligero desayuno, Xalara sacó una silla y se sentó en el porche, pues a pesar de la intensidad del viento, deseaba sentir la caricia del aire fresco en la cara.
Tenía la espada envainada y apoyada sobre el suelo y la silla, a mano por si debía usarla.
No dejaba de mirar hacia los pinos, con la cada vez menor esperanza de que los herederos apareciesen.
¿Y si llegaran en ese momento? ¿Cómo les harían frente?
Porque por muy hábil que fuese Víliam con la espada (algo que todavía estaba por demostrar), él solo no podría vencer a tres peligrosos herederos y con total certeza, habilidosos en el arte de matar.
Su decisión de esperar a que los herederos se guiaran por el libro y regresasen en busca de la espada, le parecía cada vez menos buena y le asustaba haberse equivocado y que por culpa de ello, pudiese haber perdido el libro de forma definitiva.
No dejaban de asaltarle las dudas, y la actitud aventurera de Víliam solo ayudaba a acrecentarlas.
—Puede que nos hayamos equivocado al quedarnos aquí —dijo Víliam, asomando por la puerta a media mañana—. Quizás deberíamos cambiar el plan —sugirió sutilmente.
—No lo sé, necesito pensar… —alegó Xalara para quitarse de encima a Víliam.
Después de reflexionar largo y tendido en solitario, Xalara llegó a la conclusión de que no tenía certezas que la llevaran a seguir esperando, pero estaba decidida a pasar al menos un día más en el refugio.
Si al llegar la noche no había novedades, entonces sería el momento de replantearse la situación.
El resto de la mañana se la pasó contemplando el panorama desierto del pinar, donde tan solo se veían algunos conejos correteando de un lado para otro mientras se escuchaba el canto de diversas especies de pájaros.
Pudo ver cómo uno de ellos moría tras impactar contra las paredes invisibles del refugio evanescente, convertidas en una trampa mortal para ellos.