Chapter 18 Preguntas, evidencias y decisiones #2
Sin embargo, por la noche, cuando estaba en la cama y abrí el libro, me mostró información por primera vez y, al traducirla con el diccionario, me sorprendió mucho que dijese: «El Fantasma del Tiempo».
Entonces busqué en el periódico para intentar adivinar algo más —dijo sin querer entrar en los detalles de que estaba castigada y encerrada en la habitación, y que utilizó la arlasofía de forma ilegal para salir—.
Había todo un artículo que hablaba acerca de esto, pero no pude leerlo al completo —volvió a ocultarle el hecho de que su madrina la hubiese pillado en el taller de licores—.
De todos modos, solamente decían tonterías, como casi siempre en el periódico Las Comarcas.
—¿Recuerdas exactamente lo que leíste? —preguntó Víliam, recuperando algo de color.
—Solo tonterías, créeme —dijo Xalara tratando de restarle importancia. Además de recordar muy poco de lo que leyó, pues con las prisas y el miedo a que la descubriesen, no había podido concentrarse demasiado en la lectura del artículo.
—Cuéntame esas tonterías, por favor.
—Decían algo así como que la fuga de Ívelmer era cosa de fantasmas, y que el único fantasma del que se podía probar su existencia era El Fantasma del Tiempo, y que en la Mansión Nórebol habían ocurrido sucesos extraños en los últimos meses y que unos chicos habían desaparecido allí y que…
—Drayan Dosten —dijo Víliam irrumpiendo en la narración de Xalara.
—Sí, creo que ese era el nombre de uno de los chicos que desaparecieron.
—No, él no desapareció —aclaró Víliam.
—¿Conoces la historia?
—Sí, salió en el informativo de la televisión, pero enseguida borraron la noticia de todos los medios y no se volvió a saber nada más. Al menos de manera oficial, porque los rumores son muy difíciles de acallar—explicó.
—¿Rumores?
—Según se rumorea —prosiguió el chico—, la orden de no volver a hablar más de ese asunto fue dada por el Gobierno.
Salvo al parecer en el periódico Las Comarcas.
A esos siempre les ha importado bien poco la opinión pública, por eso apenas se vende en la capital y sus artículos no tienen demasiada credibilidad, por no decir ninguna.
—Yo nunca escucho ni leo las noticias, desconecto cuando Aura las pone a la hora de cenar, siempre cuentan cosas malas y siempre son las mismas, aunque a veces tengan diferentes escenarios y protagonistas —dijo Xalara,
explicando el motivo por el cual quizás ella no supiese nada acerca de aquellos sucesos.
—¿De verdad que nunca habías visto nada acerca de El Fantasma del Tiempo en todos los libros que has leído? —preguntó Víliam, ceñudo—. Aunque con los años fue decayendo, en su momento fue algo muy sonado.
—Pues no —respondió Xalara, molesta de que hubiera algo, al parecer importante, que ella desconocía. Desde que se había alejado de casa, todo parecía una cura de realidad para ella.
—Bien, pues escucha con atención —dijo Víliam utilizando un tono seductor—.
El mismo día en que Alexios Kraus anunció la muerte del Lórdezeit, al llegar la noche, el Gran Reloj del Palacio de la Sede comenzó a moverse sin ningún tipo de control, quiero decir, que las agujas giraban y giraban a toda velocidad sin marcar ninguna hora en concreto.
Durante mucho tiempo trataron de arreglarlo.
Llevaron a los mejores maestros relojeros de Las Cinco Comarcas, y ninguno supo dar explicación a lo que sucedía.
Porque lo más extraño de todo, es que por el día, el reloj regresaba a un estado normal y marcaba la hora exacta como si nada hubiese pasado, y al llegar la noche, de nuevo enloquecía.
Muchos dijeron que solo podía tratarse de cosa de fantasmas, y desde entonces, al supuesto fantasma que habitaba en el Gran Reloj del Palacio de la Sede, se le denominó: El Fantasma del Tiempo.
Supongo que fue porque se trataba de un reloj… —añadió.
—¿Te estás quedando conmigo? —preguntó Xalara, escéptica.
—Y eso no es todo… —continuó Víliam—. Aquello estuvo ocurriendo durante todos estos años, hasta hace algunos meses, en los que el Gran Reloj dejó de comportarse así y desde entonces ha vuelto a ser un reloj normal durante el día y también durante la noche.
Siempre se ha transmitido la leyenda de que el Lórdezeit nunca se fue del todo y que, en realidad, era su espíritu el que habitaba en el interior del Gran Reloj, dado que, según muchas teorías, el Lórdezeit fue asesinado en el Salón de Conferencias, donde está situado el reloj.
—Mira… —dijo Xalara aprovechando que Víliam parecía tomarse un respiro—. Si es cierto lo que dices sobre ese reloj, hay que reconocer que es algo muy extraño, pero que seguro tiene algún tipo de explicación sensata, algo que no tenga que ver con estúpidas teorías fantasmales.
Víliam negó sin decir nada.
—No he terminado todavía… ahora viene la otra parte de la historia.
—A ver… —dijo Xalara, que parecía reacia a creerlo.
—Esos chicos que supuestamente desaparecieron en la Mansión Nórebol, según dijo Drayan Dosten, que era su amigo y que en teoría entró junto a ellos aquella fatídica noche en la mansión, fueron asesinados por una especie de fuerza invisible que provenía de un reloj,
aunque él me parece que utilizó la palabra «convertidos» en vez de asesinados.
Los cuero negro fueron hasta allí para comprobar si la historia de Dosten podía tener algo de veracidad, pero nadie creyó su testimonio, aunque muchos piensan que en realidad los cuero negro quisieron ocultar la verdad.
Pero Drayan Dosten aseguró una y otra vez su historia, y lo hizo hasta el día en que se suicidó tirándose por la ventana del ático de su edificio.
Por lo que dijo del reloj, muchos han querido forzar las cosas y relacionarlo todo con la leyenda de El Fantasma del Tiempo, pero yo creo que solo son tonterías y que, en realidad, Drayan Dosten estaba chalado y fue él quien mató a sus amigos y ocultó sus cuerpos en algún lugar.
Ahora la que estaba pálida era Xalara.
—Eslamánder dijo que él no podía hacerles daño porque se encontraba atrapado en un reloj —soltó la muchacha.
—¿Cómo?
—La pasada noche, cuando los herederos nos encontraron en el pinar y nos ocultamos de ellos, ¿no oíste lo que discutían?
—La verdad es que estaba tan cagado, que apenas podía oírme a mí mismo —argumentó Víliam.
—Bueno, pues —continuó Xalara—, Briana Kéitel le dijo a Eslamánder…
—No entiendo cómo puedes reconocerlos con el rostro tapado.
—¿Me vas a dejar continuar o no? —profirió Xalara irritada.
—Sí, sí, perdón.
—Como te decía, Briana Kéitel le dijo a Eslamánder que necesitaban encontrarme a mí y que si no él —dijo poniendo énfasis al pronunciar la palabra «él»—, los convertiría.
Entonces Eslamánder le dijo que «él», se encontraba muy lejos de aquí y que además estaba atrapado en un reloj, por lo que no podría hacerles daño.
—¿Crees que con «él» se referían precisamente a «él»? —preguntó Víliam con un gesto nervioso.
—Tengo que reconocer que, por muy absurdo que todo esto me parezca… sí, creo que con «él», se referían al Lórdezeit, o al Fantasma del Tiempo, supongo que los dos son la misma persona —dijo Xalara estremeciéndose al escuchar sus propias palabras.
—Pues qué bien todo… —dijo Víliam con una sonrisa de angustia.
—¿Cuántos dices que eran los chicos que desaparecieron en la Mansión Nórebol? —preguntó Xalara.
—No lo he dicho.
—¿Cuántos?
—Cinco, me parece.
Xalara contuvo un aullido poniéndose la mano en la boca.
—¿Qué pasa? —preguntó Víliam con un tono cada vez más asustadizo.
—Eran cinco… —murmuró Xalara.
—Sí, ¿y qué?
—Los nuk… que me atacaron, eran cinco…
—No sigas con esas…
—Drayan Dosten dijo que una fuerza invisible desde un reloj había convertido a sus amigos, y Briana Kéitel dijo que, si no me atrapaban, «él» los convertiría y acabaría con ellos, y luego está el libro que…
Víliam saltó del sofá y se dirigió hacia la puerta.
—¿A dónde vas?
—Necesito tomar el aire —respondió el muchacho con la voz entrecortada mientras salía a la calle.
No volvieron a hablar sobre ello en toda la noche, pero ninguno fue capaz de conciliar el sueño, al menos de forma continuada.
Las nuevas y estremecedoras evidencias los habían sumido en un estado de agitación difícil de soportar.
Especialmente fue complicado de asimilar para Xalara, quien nunca había creído en cosas extrañas que no se pudiesen explicar con argumentos lógicos y razonables.
Pero ahora estaba obligada a abrir los ojos a sucesos que habitaban mucho más allá de la razón y que, por desgracia, repercutían sobre ella de manera irremediable.
Cuando Víliam despertó a la mañana siguiente, se alertó al ver que Xalara no estaba en el interior del refugio.
Bajó tan deprisa por la escalera de las literas, que resbaló en los últimos peldaños y se cayó golpeándose con fuerza en la cadera.
De pronto escuchó el distinguible estruendo que produce un ataque lanzado con una espada al estallar contra una superficie sólida.
Víliam se levantó del suelo cojeando y se asomó por la ventana, respirando aliviado al ver que Xalara se encontraba fuera, sola e ilesa.
En el exterior, donde la mañana era fría y la niebla humedecía el paisaje, Xalara practicaba movimientos con la espada. Víliam abrió la ventana.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó asustando a Xalara, que dirigió la espada hacia él—. Tranquila, soy yo —dijo asomando también los brazos al exterior y zarandeándolos de forma ostentosa.
—No podía dormir —dijo ella volviendo a su práctica.
—He escuchado el estallido —comentó Víliam—. No sabes utilizarla, podrías hacerte daño.
—Ya, pero no todos tenemos el privilegio de que nos enseñen a utilizar la espada, aunque sea de forma ilegal y clandestina —apuntó Xalara con retintín.
—¿Quién ha dicho que yo sepa utilizarla?
La muchacha le dirigió una mirada de circunstancias.
—Sí, vale, sé utilizarla, y reconozco que se me da muy bien, pero también tengo que admitir que no me gustan las armas. ¿Para qué quieres aprender a utilizarla?
—Es obvio, ¿no? Cuando nos encontremos con los herederos tendremos que enfrentarnos a ellos para recuperar el libro.