Chapter 18 Preguntas, evidencias y decisiones
A la mañana siguiente, cuando todavía era temprano y sin tener la musculatura de las piernas recuperada, Xalara, tras haber despertado a Víliam para avisarlo y discutir sobre quién era el más idóneo para desempeñar la misión de recuperar el libro, salió del refugio evanescente.
Con esa premisa, volvió a internarse en el extenso pinar, donde lucía un sol mañanero.
Le costó más de tres cuartos de hora encontrar el lugar exacto donde había perdido la mochila, y eso que estaba bastante más cerca del refugio de lo que pensaba.
La mochila seguía enmarañada en la rama y en la misma posición en que la había dejado.
Pero su alivio duró el mismo tiempo que tardó en llegar hasta ella y comprobar que se encontraba vacía: sin comida, sin agua y sin utensilios, pero sobre todo, sin el libro.
Lo primero que pensó fue en la posibilidad de que quizás los herederos podrían estar vigilándola, habiendo dejado la mochila como señuelo para esperar a que ella regresase y así poder darle caza, robarle la espada y asesinarla, poniendo fin a la persecución.
Xalara deseaba que se cumpliera su teoría, porque sin el libro ya nada tenía sentido.
Pronto se dio cuenta de que allí no había nadie.
Buscó por los alrededores y llegó al lugar donde tenían previsto pasar la noche, con la esperanza de que los herederos hubiesen regresado y se hallasen durmiendo.
Sin embargo, tuvo que volver al refugio evanescente sin lo que había salido a buscar, además de sin esperanzas.
Cuando llegó al pequeño claro donde estaba el refugio, empezó a tantear las paredes en busca de la puerta, pero la puerta ya estaba abierta y unos brazos invisibles tiraron de ella hacia dentro.
—¿Y bien? ¿Has encontrado la mochila? —preguntó Víliam, y en su voz se podía distinguir la angustia por saberlo y el alivio de verla a salvo.
—Sí.
—¿Y el libro?
—No.
—¿Qué quieres decir?
—Creo que es muy fácil de entender, estaba la mochila, pero no estaba el maldito libro, ¡lo que me lleva a deducir que lo han cogido! —gritó Xalara con fiereza y lamento, desesperada porque a Víliam le costase entender algo tan obvio.
El muchacho retrocedió varios pasos hasta encontrar una silla de la mesa, en la cual se sentó muy abatido.
—¿Qué vamos a hacer ahora?
—Creo que deberías desechar tu idea de ser sanador y convertirte en periodista —respondió Xalara con desprecio—, porque a lo único que te dedicas es hacerme preguntas y a cada cual más tonta.
—Yo no tengo la culpa de que hayas perdido el libro —dijo Víliam levantándose de la silla—. Siempre parece que todo es culpa mía, y ya estoy harto.
—Pues vete, vamos, ¿a qué esperas? —dijo Xalara apartándose de la puerta—. Lárgate de una maldita vez, yo no te he pedido que estés aquí conmigo, desde el primer momento te dejé bien claro que quería estar sola.
—Sí, pero el libro decía que debía ir contigo, y por eso me dejaste quedarme a tu lado, corrijo, me obligaste a quedarme a tu lado.
—¡Sí, es cierto, pero por si no te habías dado cuenta, el libro ya no está! —bramó Xalara.
—Vale, vamos a tranquilizarnos —dijo Víliam volviendo a sentarse a la mesa—. Analicemos la situación.
—No hay nada que analizar, he perdido el libro, se acabó —aclaró Xalara, y se sentó en otra silla.
—Tú siempre tan optimista —se quejó Víliam.
—Sí, soy pesimista, lo reconozco. ¿Crees que eres el único que has tenido problemas en tu vida?
—Yo no he dicho eso.
—¿Sabes por qué nunca fui a la escuela, lo cual derivó en que terminasen llamándome bicho raro desde que tengo recuerdo? —profirió Xalara.
Víliam, que miraba a la mesa, alzó la vista hacia los ojos de la muchacha y negó sin decir nada.
—No, por supuesto que no —Xalara hizo una pausa y respiro profundo—.
Nunca fui a la escuela porque Aura no me dejó hacerlo.
Siempre ha querido mantenerme sola, alejada del resto, argumentando que era para protegerme, pero ¿protegerme de qué?
Cuando era pequeña, yo quería ir a clase, aprender cosas nuevas y educarme como todos los demás, pero solo me dejó relacionarme contigo, porque tus padres eran las únicas personas con las que ella tenía algún tipo de amistad, si es que Aura puede llegar a percibir ese sentimiento o cualquier otro,
algo que dudo bastante dada su frialdad innata.
—No lo sabía… —manifestó el muchacho en voz baja.
—¿Alguna vez te has preguntado quiénes eran mis padres? —cuestionó Xalara con voz tonante.
—Sí… —admitió e hizo una pausa—. Pero mi madre me dijo que no te preguntase sobre ellos, me decía que te pondrías muy triste si lo hacía.
—Claro, eso también lleva el sello de Aura, como no.
—Xalara, yo creo…
—Tengo dieciocho años y todavía no sé quiénes fueron mis padres, porque nadie quiere decírmelo.
No sabes lo duro que es. Cuando le pregunto sobre ellos, la contestación de Aura es siempre la misma, «que no estoy preparada para conocer la verdad» —dijo imitando la estridente voz de su madrina—.
Me he pasado toda la vida anhelando tener algo de mis padres, algo que me aferrase a su existencia, a su verdad.
De niña soñaba con que apareciesen por la puerta y me llevasen a un lugar mejor, donde poder ser alguien normal.
Y ahora que por fin tengo algo de ellos, voy y lo pierdo.
Me siento como si los hubiese traicionado, pero no sé a quién.
—Entiendo todo lo que quieres decir, excepto una cosa.
—¿Cuál?
—Que tú nunca serás normal, Xalara, porque tú eres especial.
La muchacha, tras unos segundos en los que no se sabía cómo iba a reaccionar, esbozó una media sonrisa, con los ojos anegados en lágrimas.
—Ayúdame a recuperar ese libro, Víliam, y hagamos que esos herederos no se salgan con la suya. Salvemos a la sociedad, aunque muchos no se lo merezcan.
Víliam se puso en pie.
—Bien, pues aquí estamos, dos jóvenes marginados por sus familias, y por los demás —añadió con un deje de humor—.
La bicho raro y el dobleclase, perdidos en medio de la nada, dentro de un refugio evanescente y dispuestos a salvar a toda una sociedad que no se lo merece —concluyó con fingida exaltación.
Xalara no pudo contenerse y los dos dieron rienda suelta a sus risas; fue como una especie de renovación en la moral de ambos.
—Si queremos recuperar el libro, tenemos que cambiar nuestra estrategia —dijo la chica tras parar de reírse.
—Explícate, ya sabes que no soy tan listo como tú —alegó Víliam con un tono de buena sintonía.
—Debemos dejar de ser los perseguidos para convertirnos en los perseguidores —explicó Xalara—. Tenemos que ir en su búsqueda.
—Se me ocurre una cosa… —dijo Víliam timorato.
—Adelante, suéltala.
—Ellos necesitan la espada, ¿no? Y no la tienen, y, el libro, según dices, ayuda y guía a las personas a conseguir lo que necesitan.
—Claro —dijo Xalara cayendo de repente—, si necesitan la espada, el libro los guiará hacia aquí.
—Exacto, y entonces podremos arrebatarles el libro; o pueden matarnos, pero vamos a ponernos en la mejor de las situaciones.
—Puede que después de todo no seas tan tonto —dijo Xalara sarcástica.
—No entiendo a qué viene esa cara de perplejidad —respondió Víliam empleando el mismo tono.
—Esperaremos aquí, solo es cuestión de tiempo que el libro los traiga hasta nosotros, aunque…
—¿Qué pasa?
—Siempre y cuando puedan ver y en ese caso entender sus indicaciones, claro.
—Sé optimista por una vez, aunque solo sea por fastidiarme.
—Lo seré, para variar… —dijo Xalara.
El día fue transcurriendo sin demasiadas novedades, por no decir ninguna.
Xalara se pasó toda la tarde impaciente, sin dejar de caminar de un extremo al otro del refugio y asomándose por las ventanas cada pocos intervalos de tiempo.
Al anochecer, Xalara comenzaba a estar desanimada y dudaba de si habían tomado una buena decisión quedándose allí.
Para intentar animarse, recordó que el libro con ella tampoco actuó de forma instantánea, dado que tardó unas cuantas horas en mostrarle algo de información, por lo que era muy probable que el libro necesitase un tiempo de adaptación a su nuevo dueño, o algo así.
Víliam se encargó de la cena, que consistió en un par de salchichas con un trozo de pan duro para cada uno, el cual trataron de reblandecer introduciéndolo en el horno de la cocina de leña.
Cuando ya hacía algunos minutos que habían terminado de cenar, Xalara, mientras miraba por la ventana acodada en la repisa, recordó que aún le quedaba por contarle algo a Víliam, algo sobre el libro y que quizás podría ser importante.
—Víliam.
—¿Sí…? —respondió soñoliento desde el sofá.
—Todavía no te he contado algo acerca del libro.
—¿El qué?
—En realidad son dos cosas.
—Pues tú dirás —dijo incorporándose en el sofá hasta quedar sentado, poniendo toda su atención en las palabras de la chica.
—El libro está escrito en arlayino, quiero decir, que el libro, cuando muestra palabras, son en arlayino.
—Tiene lógica, porque el título de la portada está escrito en arlayino, entonces… —dijo sin mostrar ninguna sorpresa—. ¿Y lo otro?
—La primera vez que abrí el libro, y en otras ocasiones sucesivas, estaba totalmente en blanco. No fue hasta unas horas después, un día después creo, cuando me mostró la primera información.
—¿Y cuál fue?
—«Lor bataib nade siram».
—Qué quiere decir…
—El Fantasma del Tiempo; y también aparecieron tres calaveras que parpadeaban al lado de la frase.
Víliam palideció sin articular palabra.
—Vaya, ¿tan grave es? —preguntó Xalara con una mezcla de ironía e intriga al ver su reacción.
—¿Nunca has oído hablar de ello? —dijo Víliam en voz baja, como si tuviese miedo de que alguien pudiera escucharlo.
—¿Sobre qué?
—El Fantasma del Tiempo —confirmó bajando aún más la voz.
—En realidad algo sí que he oído —Víliam se quedó callado, esperando la explicación de Xalara, que prosiguió—.
Cuando fui a la taberna a entregar el pedido diario, exactamente el mismo día en que Huberto Cóbelpot me advirtió del peligro que la fuga de los herederos tendría sobre mí —aclaró—, en la puerta estaba la hija de la kiosquera vendiendo periódicos,
y los promocionaba gritando el titular de la portada.
Decía que El Fantasma del Tiempo había ayudado a los herederos a escapar de Ívelmer, pero no le di ninguna importancia.