Chapter 17 El refugio evanescente #4
En una esquina, había una litera compuesta por cuatro camas.
Al lado de la pared había un sofá de color marrón que, a pesar de estar algo roto parecía cómodo.
Víliam no tardó en sentarse en él, mirando a Xalara con cara de satisfacción.
También había una cocina de leña conectada a una chimenea, muy parecida a la que tenían en la casa de su madrina.
Xalara era consciente de que solo podrían prenderla por la noche, pues por el día el humo sería demasiado visible.
Al lado de la cocina había una minúscula encimera de mármol cubierta por una capa de polvo, y que además albergaba un pequeño fregadero cuyo grifo estaba bastante desprendido de su base.
Un armario grande y carcomido se situaba al lado de una de las ventanas.
La luz que emitían un par de pobres bombillas que colgaban del techo daban forma a una nube de polvo en suspensión.
Lo único que le faltaba era un baño, por lo que tendrían que hacer sus necesidades en la calle.
A pesar de este último inconveniente, Xalara tuvo que reprimir una sonrisa después de verlo todo.
Había leído tantas veces sobre ellos, que estar en el interior de un refugio evanescente le parecía algo superlativo.
Pero no se quería dejar arrastrar por ese sentimiento, pues tendrían que irse pronto y ella además lo haría antes, porque debía recuperar el libro de sus padres.
Después de unos minutos en los que Víliam derrochó un júbilo desmedido, el muchacho se quedó dormido en el sofá.
Xalara se mantuvo sentada a la mesa con el fin de evitar quedarse dormida, a la espera de este momento.
Cuando se puso en pie, las piernas se negaron a dar un solo paso más esa noche.
Pero estaba dispuesta a obligarlas si fuese necesario, pues la recuperación del libro de sus padres estaba por encima de todo en cuanto a rango de importancia.
Recorrió muy despacio y con unos calambres espantosos en sus piernas, el corto espacio que había desde la mesa hasta la puerta, la cual abrió accionando la manilla de la forma más suave que pudo, intentando no despertar a Víliam, que acababa de comenzar a roncar.
Se detuvo bajo el porche, concentrándose en escuchar algún tipo de sonido que pudiese alertarla sobre la presencia de los herederos, y, al comprobar que al menos no estaban cerca, comenzó a alejarse del refugio todo lo rápido que le permitía el dolor de sus piernas.
El refugio desapareció tras ella, quedando el sitio vacío a la vista, y no se resistió a estirar un brazo para poder tocarlo y descartar la terrible idea de que se hubiese esfumado.
No sabía hacia dónde ir, no tenía una mínima orientación de dónde estaba el lugar en el que había dejado la mochila, tan solo tenía claro que debía subir la pendiente, después sería un auténtico ejercicio de azar encontrar el sitio exacto, pero confiaba en hacerlo, tampoco le quedaba otra opción.
Tuvo que subir la pendiente a gatas, pues los calambres le prohibían hacerlo de otra forma.
Sin embargo, cuando estaba a medio camino de alcanzar la cima, una voz la detuvo.
—¿A dónde vas? —preguntó Víliam, del cual solo se veían la cabeza y parte de los hombros.
—¡Qué susto me has dado! —susurró Xalara, irritada—. Voy a por la mochila.
—Ya sé que hemos perdido la mitad de la comida que teníamos y es un serio contratiempo, pero ya nos las arreglaremos, no puedes arriesgarte solo por eso.
—Es que no es solo por eso —explicó impacientada—. Cierra la ventana y trata de dormir, regresaré enseguida.
—Es por ese libro, ¿verdad?
—¿Qué te he dicho? —rezongó Xalara con una mueca de dolor provocada por el movimiento brusco que hizo para girarse hacia la ventana.
—Ya iremos por el día a buscarla, ahora no vas a ver nada, solo les estás haciendo un favor a los herederos para que te encuentren.
—Tú no lo entiendes…
—Pues ayúdame a entenderlo, déjame ayudarte, sea lo que sea, no tienes que hacerlo tú sola, comparte tu carga conmigo.
—No puedo, yo… —la chica clavó los ojos en su izquierda.
—¿Qué miras? ¿Qué pasa?
Xalara, sin dar explicaciones, intentó regresar deprisa hacia el refugio, pero sus piernas ya habían dicho basta y la tumbaron al suelo.
—¡Vuelven! —exclamó en un susurro mientras comenzaba a gatear.
Víliam hizo ademán de salir por la ventana para ayudarla.
—¡No salgas! —le advirtió Xalara con un tono de voz más alto de lo que debía —. O el refugio desaparecerá.
—Es verdad, lo siento —admitió Víliam muy nervioso, y volvió a meter todo su cuerpo en el refugio, convirtiéndose en invisible para la chica.
El resplandor se acercaba y el encuentro era inminente.
A duras penas logró acercarse lo suficiente para que Víliam pudiera aferrarla y tirar de ella hacia el interior, cayendo encima del muchacho, con los rostros casi pegados. Así permanecieron durante varios segundos, paralizados mientras esperaban el desenlace.
—¿Te han visto? —preguntó Víliam susurrando, a pesar de ser consciente de que no podían escucharlo.
—No lo creo —dijo Xalara apartándose de él—. Aquí fue donde nos perdieron de vista y han vuelto para ver si habíamos regresado, quieren descartar esa opción. El peligro está en que acaben topándose con la pared del refugio.
—Ha sido una idea muy estúpida por tu parte salir a buscar la mochila —se enfadó Víliam.
Xalara no respondió y se levantó con mucha dificultad hasta poder sentarse a la mesa. Los herederos habían vuelto a alejarse, y esperaba que esta vez fuese de forma definitiva.
—Cierra la ventana y no enciendas las luces —ordenó Xalara, que parecía no poder mover ni un solo músculo—. Así veremos mejor lo que ocurre en el exterior.
Víliam se levantó y cerró la ventana, después se sentó frente a Xalara.
—¿Tan importante es ese libro como para tener que arriesgar tu vida por él? —preguntó Víliam con un tono muy manso, como si quisiese evitar una, con casi toda probabilidad, mala contestación.
—Al parecer sí.
—¿Al parecer?
—Eso me han dicho.
—¿Eso te han dicho? ¿Quiénes?
A continuación, y sin el uso de tapujos, Xalara le explicó cómo habían llegado el libro y la espada a sus manos, gracias a que el presidente en persona se encargó de llevárselos a casa, asegurando que era la herencia de sus padres.
También le dijo que Huberto Cóbelpot la había avisado del peligro que se cernía sobre ella con la fuga de los herederos, y cómo después, el Día de la Libertad, Cóbelpot acudió a su casa para ayudarla a escapar,
no sin antes advertirla sobre la tremenda importancia de no perder los objetos que le habían legado sus padres.
Además, le contó la particularidad que tenía el libro y admitió que estaba siguiendo sus indicaciones.
No supo muy bien el motivo, pero decidió no hablarle sobre El Fantasma del Tiempo.
—No sé qué decir, la verdad, me has dejado sin palabras, todo suena tan surrealista… —dijo Víliam, que parecía aturullado con tanta nueva y sorprendente información—. ¿Por qué me cuentas esto ahora y no lo has hecho antes?
—Porque antes no confiaba en ti —admitió Xalara con un tono áspero.
—Ya, supongo… —Víliam respiró profundo—. Bueno, tranquila, recuperaremos ese libro, sea como sea.
La muchacha asintió al borde de las lágrimas.
—¿Por qué yo no puedo ver el contenido de ese libro? —preguntó Víliam, como si se hubiera dejado algo en el tintero.
—Eso no lo sé…
Xalara se dejó caer sobre el respaldo de la silla y se quedó contemplando la ventana con una mirada que exhalaba una profunda preocupación.