El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 17 El refugio evanescente #2
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Chapter 17 El refugio evanescente #2

La última mirada que se dirigieron antes de proseguir el camino, sirvió para expresar lo que cada uno pensaba del otro y, por el momento, eso era más que suficiente para ambos.

Al amanecer, se detuvieron para desayunar y descansaron alrededor de una hora, después continuaron con su viaje.

Pronto dejaron atrás la pequeña cadena de valles en las que estaba ubicada la aldea de Nórinpeil y se encontraron ante una extensa llanura con terrenos mucho más adustos.

Pasaron cerca de algunos pueblos, pero no se acercaron a ninguno.

Tampoco lo necesitaban, pues disponían de dos mochilas repletas de víveres, además ahora Xalara sabía que su rostro era público y no podía arriesgarse a que la reconocieran.

La muchacha consultaba el libro cada vez que Víliam o ella misma se separaban cuando iban a hacer sus necesidades. Había perdonado a Víliam, al menos en su interior, pero aún no estaba segura de poder contarle el misterio del libro, eso podía esperar.

El muchacho dirigía intermitentes miradas de soslayo hacia Xalara, cuestionándose si estarían siguiendo la dirección correcta para llegar a Bibrébem, sin embargo, no se atrevió a preguntarlo.

Sabía que Xalara, aunque no lo hubiese hecho de palabra, lo había perdonado y por eso no quería poner en riesgo la paz que tanto le costó labrar.

Ella no era de ese tipo de personas a las que les gusta mostrar sus sentimientos a las primeras de cambio.

Siempre tuvo una gran independencia hacia los demás y le costaba crear relaciones emocionales y expresarse de forma abierta.

Su carátula de «chica mala» solo era un escudo que ella misma se había forjado a lo largo del tiempo para protegerse de sus propias debilidades.

Al ocultarse las últimas luces del día, se detuvieron para cenar y descansar bajo el amparo de una espesa extensión de pinos. Llevaban más de cuarenta y ocho horas sin dormir y casi no habían dejado de caminar, por lo que el cansancio había hecho mella en ambos jóvenes de forma significativa.

Tras una cena compuesta por unas pocas salchichas crudas, dado que prender un fuego llamaría demasiado la atención, acordaron que pasarían allí la noche.

—Tenemos que dormir por turnos, alguien debe quedarse de guardia —sugirió Xalara.

—De acuerdo, yo haré la primera —se ofreció Víliam con gran entusiasmo—. Tú descansa, en dos horas te avisaré.

Xalara se soltó el reloj de la muñeca.

—Es tuyo —dijo ofreciéndoselo a Víliam—. Ahora te hará falta.

—No, ahora es de ambos —dijo recogiendo el reloj y guardándolo en el bolsillo del pantalón—. Lo utilizaremos los dos.

Xalara se tumbó en el suelo utilizando la mochila como almohada. No era el lugar más reconfortante donde pasar una noche, pero al menos podían agradecer que las temperaturas eran más suaves que en días anteriores. Poco después de apoyar la cabeza sobre la mochila, Xalara se dejó vencer por el sueño.

Unos delicados zarandeos la despertaron dos horas más tarde, pero para ella fue como si solamente hubiesen transcurrido un par de minutos.

—Quería dejarte más tiempo, pero no aguanto más —explicó Víliam con un tono apaciguador.

—No importa, es lo acordado —dijo Xalara después de recoger el testigo del reloj.

El muchacho le dirigió varias miradas de recelo mientras se acomodaba la mochila para que hiciese las veces de almohada.

—No me voy a ir si es lo que estás pensando —profirió Xalara al percibir su actitud desconfiada—. Puedes dormir tranquilo, te despertaré en dos horas.

Víliam emitió un débil sonido que se quedó a medio camino entre una palabra y un gruñido, y se tumbó de la misma forma en que lo había hecho Xalara, quedándose dormido incluso más rápido que ella.

La muchacha se sentó en el mismo lugar en el que había estado Víliam, atrapando el reconfortante calor que su cuerpo había dejado.

Corría una suave y templada brisa que, donde ellos estaban, era apenas perceptible, pero sí hacía mecer con suavidad las copas de los pinos más altos.

Xalara clavó su mirada en el cielo, y llegó a la conclusión de que ellos eran insignificantes bajo la inmensidad de aquel manto de estrellas.

Con el paso de los minutos, mantenerse despierta se volvió demasiado complicado y decidió levantarse para tratar de espantar el sueño.

La oscuridad que en esos momentos atenazaba al pinar era casi impenetrable, por lo que tuvo que desechar su intención de consultar el libro, pues no estaba dispuesta a utilizar la arlasofía para crear una fuente de luz que delatase su ubicación.

El impulso de caminar la llevó a alejarse unos cuantos pasos de la posición de Víliam.

No quería hacerlo demasiado por miedo a no saber volver, pues su situación de clandestinidad no era la más idónea para ponerse a vocear en busca del chico.

Al menos estaba agradecida de que el dolor de la pierna hubiese desaparecido por completo, haciendo evidente que la herida por fin había cicatrizado.

Cada ligero movimiento o ruido extraño era tomado por Xalara como una señal de alerta, pero sabía que el lugar donde se encontraban estaba repleto de animales e insectos que trajinaban en medio de la noche.

Aun así, deseó que todos se fuesen a dormir a sus madrigueras para que dejaran de asustarla a cada momento, creyendo que podría tratarse de algo que conllevara un peligro mucho mayor que el simple garbeo de unos animales nocturnos.

Siguió caminando con paso muy lento, ahora describiendo círculos alrededor de la posición de Víliam y cambiando de dirección cada vez que completaba una vuelta entera.

Se rascaba los ojos para eliminar el escozor que le provocaba la falta de sueño, cuando oyó algo diferente:

¿Era el sonido de una pisada sobre la hojarasca que cubría el suelo?

Xalara frenó su paseo y se quedó en total silencio, incluso se aguantó la respiración para escuchar con más claridad.

No se oía nada, quizás se lo había imaginado, hasta que volvió a escuchar el inconfundible sonido de pisadas.

Al instante, unas voces delataron que eran pisadas humanas y un ligero resplandor plateado osciló entre los pinos.

Xalara caminó hasta Víliam intentando no hacer demasiado ruido y zarandeó al chico para que se despertara.

—¿Ya han pasado las dos horas? —preguntó Víliam con voz soñolienta y los ojos cerrados.

—No, pero se acerca alguien —dijo Xalara con la voz apresurada.

—¿Quién?

—No lo sé, podrían ser ellos.

Tras oír esto, Víliam se incorporó dando un brusco respingo y su vista se dirigió hacia el resplandor, que ya estaba muy cerca de su posición.

—¿Qué hacemos? —preguntó Víliam acelerado mientras se ponía en pie.

—No lo sé… —dijo Xalara a la vez que recogía la mochila y la espada del suelo.

—Correr —propuso Víliam mientras terminaba de ponerse la mochila a cuestas.

—No —dijo Xalara, y lo agarró por el brazo para detener sus intenciones.

—¿Cómo que no? —protestó Víliam mirándola con ceño.

—Si corremos oirán nuestros pasos, ya están casi encima. Ven, camina despacio.

Caminar despacio se antojaba complicado en medio de aquella situación de tensión. Xalara condujo a Víliam hasta colocarse detrás de un pino que tenía el tronco muy grueso, y se ocultaron con la esperanza de que no los hubiesen visto ni oído todavía.

—Son ellos —confirmó Xalara mirando a Víliam, que asintió en silencio, con la espalda apoyada contra el tronco.

Dos de los herederos llevaban activada la fórmula volter para proporcionarles luz y los tres iban enmascarados.

—Aquí no hay nadie —se quejó uno de los herederos mirando en derredor suyo.

—Juraría que oí ruidos —se lamentó la ordinaria voz de mujer de Briana Kéitel, que sonaba muy distorsionada.

—Sería un estúpido bicho —dictaminó Eslamánder.

—Quizás era ella… —insistió la heredera.

—Llevamos días buscándola y estamos lejos de su casa. La chica puede estar en cualquier lugar de Las Cinco Comarcas, o estar de nuevo en su asqueroso pueblo de tercera clase, quién sabe. Las posibilidades que tenemos de encontrárnosla son tan remotas…

—No, dijeron que era astuta —alegó Briana—, no puede haber regresado a casa, no si nos vio en ella como parece el caso.

—Yo sigo diciendo lo que dije desde el principio, creo que murió en las llamas —opinó Eslamánder—. Estaría durmiendo y el fuego la pilló de improviso en la cama.

—Registramos los escombros y allí no había nadie —aseguró Briana—. ¿O no lo recuerdas?

Tras oír el alegato de la heredera, Xalara sintió un poco de paz en su interior en medio de toda la preocupación que la embargaba, creyó que quizás, después de todo, Huberto hubiese logrado escapar con vida de las llamas. Esa sería una muerte menos que sumar a su ya repleta conciencia.

—Puede que su cuerpo quedase reducido a cenizas —continuó Orfeus defendiendo su argumento.

—Eso es imposible, las llamas no fueron tan agresivas como para convertir un cuerpo humano en cenizas en tan poco tiempo.

—Si tú lo dices…

—Para encontrarla, tenemos que pensar como lo haría una chica inteligente de dieciocho años —adujo Briana Kéitel.

—Pues a tu hermano no le preguntes —dijo Orfeus con sarcasmo.

Jerom, que a su espalda cargaba una mochila enorme, emitió un rugido que se asemejó al de un oso pardo de las montañas del norte.

—No te permito que insultes a mi hermano —dijo Briana iracunda, dando un paso hacia Orfeus y colocando su mano sobre la empuñadura de la espada.

—Disculpa, Jerom, no era mi intención ofenderte —dijo Orfeus con un tono cargado de ironía, a lo que el heredero grandullón contestó con un gruñido semejante al anterior.

—Vamos a pensar —dijo Briana calmando su propio ánimo—. ¿A dónde iríais si fueseis una adolescente asustada?

—Este es un buen sitio para descansar, ¿por qué no dormimos aquí y ya mañana seguimos pensando? —sugirió Orfeus.

—Porque cada instante que pasa sin encontrarla, estamos mucho más cerca de que él nos convierta y acabe con nosotros —reflexionó Briana con un deje de pánico en su voz.

—Él se encuentra a cientos de kilómetros de distancia, atrapado en un reloj, no puede hacernos ningún daño —explicó Orfeus con cierta displicencia.

—¿Acaso osas desafiar su ira? —preguntó Briana con indignación.

También Jerom pareció enfurecerse, ya que emitió un nuevo gruñido.