Chapter 17 El refugio evanescente
—Ya me tienes donde querías —dijo Xalara, que seguía sentada en el suelo de Nórinpeil a merced de Víliam—. ¡Adelante, hazlo!
—Levántate, por favor.
—¿No tienes agallas para hacerlo? —preguntó Xalara sin levantarse.
Víliam no respondió, simplemente se limitaba a mirarla con el ceño fruncido, como si estuviese atenazado por la duda.
—Eres demasiado cobarde para matarme —declaró Xalara a punto de echarse a llorar—. Siempre escondiéndote detrás de otros.
—Enséñame el libro.
—No lo voy a hacer.
—Sí, si yo te lo ordeno —replicó Víliam ofendido—. Por si no te habías dado cuenta, dos espadas te están apuntando a la cara.
El muchacho, viendo que Xalara no iba a colaborar, se aproximó a ella sin retirar la amenaza de las espadas y le arrebató la mochila para después extraer el libro.
—¿Solo tiene una página? —preguntó tras abrirlo—. Dos, para ser más exactos.
Xalara supo a continuación que el contenido de sus dos páginas había dejado a Víliam estupefacto a juzgar por el gesto que compuso, algo que no le extrañó, pues a ella le había ocurrido lo mismo.
—Está en blanco —dijo Víliam poniéndole voz a su pensamiento.
—¿Cómo que está en blanco? —preguntó Xalara sorprendida, más de lo que le habría gustado mostrar.
—No pone absolutamente nada, está vacío —dijo Víliam, enseñándole el libro abierto a Xalara, pero ella sí que veía las dos páginas con rótulos y dibujos, al parecer los mismos que antes—. ¿Tanta importancia le das a un libro en blanco como para estar consultándolo cada dos minutos?
—Siempre ha estado vacío —mintió Xalara con naturalidad, esforzándose por disimular su asombro.
—Pues no lo entiendo —dijo el muchacho negando, su rostro era una máscara de incredulidad—. ¿Por qué lo miras tanto entonces? ¿Qué pone aquí? —preguntó dando pequeños golpes con los dedos en la portada.
—Ni idea —respondió Xalara encogiéndose de hombros e intentando hacer alarde de una gran interpretación.
—¿Es arlayino?
—Dímelo tú. Creía que os enseñaban el arlayino en las escuelas de Bibrébem, con eso de que sois descendientes de Árlay… —apuntó Xalara con aversión.
—Sí, pero nunca se me dio demasiado bien —se excusó Víliam algo vilipendiado.
—Pues a mí no me preguntes, te aseguro que nadie me ha enseñado una lengua muerta.
—Es tuyo —dijo Víliam lanzándole el libro a Xalara, que lo atrapó en el aire con las manos.
A continuación, el muchacho también le devolvió la mochila y Xalara guardó el libro en ella con premura—.
Esto es lo que vamos a hacer —prosiguió Víliam—.
Como hemos visto, los herederos son capaces de lo peor, así que vamos a esperar a que lleguen los cuero negro, les contaremos la situación y les pediremos ayuda.
—¡De eso nada! —protestó Xalara poniéndose en pie de un salto.
—Si te buscan solo es cuestión de tiempo que te encuentren y acabarás igual que la gente de este pueblo.
—No me encontrarán.
—No seas necia, lo harán tarde o temprano, son guerreros experimentados y tú una simple adolescente —le garantizó Víliam.
—Yo no voy a quedarme —insistió la muchacha con obstinación.
—Tal vez si me contaras lo que realmente ocurre… dos mentes siempre piensan mejor que una sola —argumentó Víliam.
—Depende de las mentes —replicó Xalara.
El muchacho expresó una media sonrisa de contrariedad.
—No sé qué es lo que te traes entre manos, puede que ni tú misma lo sepas, pero yo estoy aquí para ayudarte, así que deja de verme como un enemigo.
—Víliam —dijo Xalara con voz melosa, acercándose a él con el puño cerrado como si fuese a darle un puñetazo—, ya sé que no eres un heredero, ahora me doy cuenta.
Has podido matarme o robarme en infinidad de ocasiones y aun así no lo has hecho; te pido perdón por ello —los ojos de Víliam comenzaron a brillar.
Se encontraban a pocos palmos de distancia cuando Xalara dio un paso hacia atrás y lanzó un puñado de ceniza a los ojos del muchacho, dejándolo indefenso. Xalara aprovechó el momento para recuperar su espada y salir corriendo. Después enfiló la pendiente del valle y se alejó del pueblo.
Al abandonar el calor que le proporcionaban las brasas de las viviendas y la ceniza en suspensión que estas producían, sintió un intenso frío que le asaeteó la garganta, recordándole a los síntomas que sufrió durante el ataque de los nukternozes.
Esto la paralizó durante unos instantes e hizo que buscase algún indicio de su presencia, pero seguía escuchando todos los sonidos, por lo que descartaba que estuviesen cerca.
En el cielo la luna batallaba por hacerse un hueco entre un grupo de nubes sueltas.
La poca claridad que se filtraba a través de ellas fue aprovechada por Xalara para abrir otra vez el libro y comprobar que seguía mostrando la misma información, aunque había un cambio significativo, pues la V era ahora mucho más grande y además parpadeaba.
Aun así, estaba decidida a no continuar al lado de Víliam a pesar de lo que dijese el libro, el cual metió en la mochila.
Un sobresalto en forma de empujón vino a continuación surgido desde detrás de un roble. Fue tan inesperado, que cuando quiso darse cuenta de lo que pasaba, ya se encontraba tumbada boca arriba y Víliam estaba encima de ella atándole las manos con fuerza.
—¿Con qué derecho te crees para tratarme así? —le recriminó Xalara resistiéndose a ser atada.
El chico se levantó del suelo y se separó de ella, pero una cuerda los mantenía ligados.
—¿Vas a tenerme atada por una correa como si fuera tu animal de compañía?
—No hay demasiada diferencia de lo que has hecho tú conmigo hasta hace bien poco, ¿recuerdas? —argumentó Víliam, que todavía seguía rascándose los enrojecidos ojos.
—¡Suéltame! ¡Quiero estar sola, quiero seguir sola!
—Cálmate un minuto, te voy a dejar libre, pero antes tienes que escuchar lo que tengo que decirte.
—¿Libre? —protestó la muchacha—, es muy fácil decirlo sin estar atado por una cuerda.
—Yo llevo nueve años atado por una cuerda —refutó Víliam con disgusto—. ¿Sabes por qué mi madre y yo tuvimos que irnos a Bibrébem?
—Por dinero y poder, igual que todos los demás… —dijo Xalara con voz inexpresiva.
—No tienes ni idea —dijo Víliam ayudando a la chica a ponerse en pie— ¿Olvidas que soy un dobleclase?
—¿Y qué? —respondió Xalara mirándolo con fijeza.
—Te crees que lo sabes todo por haber leído muchos libros, pero te equivocas, no conoces casi nada de lo que ocurre fuera de tu habitación.
En Bibrébem ser un dobleclase está visto casi como un delito, y por eso tuve que borrarme el apellido de mi padre, algo que para mí fue como si me hubiesen arrancado una parte de mi alma —manifestó afligido—.
En Yadarme no teníamos ni para comer, sin mi padre el negocio de hortalizas se fue a la ruina.
Entonces, fruto de la desesperación, mi madre pidió ayuda a sus padres.
Ellos aún no le habían perdonado por casarse con un hombre de la tercera clase, por la deshonra que supuso para su familia, y le dijeron que la única forma de enmendar su error, era que recapacitase y se casara con un hombre, según ellos, digno de su apellido, como finalmente así ocurrió.
Después el… mi… —hizo una pausa—, el marido de mi madre, me presentó a esos idiotas.
Los odio, odio a Samanta Zolian y odio a sus estúpidos amigos.
Siempre me han tratado con desprecio, me llaman Buendi de forma despectiva para que no se me olvide mi origen, como si eso fuese posible…
También se ven obligados a ser mis amigos, y creo que en realidad me odian tanto como yo a ellos.
»Pero esos idiotas no son comparables con el trato al que me somete él —prosiguió—.
El marido de mi madre siempre me ha menospreciado, seguramente por no ser su hijo, pero sobre todo por ser el hijo de un tercera clase.
Siempre me está juzgando y para él nunca soy lo suficientemente bueno en nada.
El día que se casó con mi madre, durante el banquete, me apartó de la gente y me llevó a un lugar donde nadie pudiera vernos ni oírnos y, ¿sabes lo que me dijo?
«Tú nunca vas a heredar mis riquezas. Te permitiré vivir en mi casa y llevar mi apellido porque no me queda más remedio, pero tendrás que hacer todo lo que yo te diga. Te olvidarás de tus puercas raíces y de tus amigos de tercera clase, si es que los tienes, algo que dudo mucho.
Ahora tendrás nuevos amigos y repudiarás todo lo que tenga que ver con tu asqueroso pasado. Si no obedeces a todo lo que te digo, un día, pagaré a alguien para que se encargue de ti y fingiremos que todo ha sido un robo. Si le cuentas a alguien esta conversación que hemos tenido, bueno,
entonces será tu madre la que sufra las consecuencias».
Xalara escuchó todo en riguroso silencio. El tono empleado por Víliam era de absoluta franqueza, nadie podía mentir tan bien.
—Llevo años viviendo en un fingimiento constante —continuó Víliam—.
Cada día tengo que esconder lo que de verdad pienso, lo que de verdad soy.
Cuando íbamos a Yadarme y os tratábamos de esa manera…
—el muchacho se mordió el labio inferior y cerró los ojos—.
Para mí era una auténtica tortura, pero si no lo hacía, ellos me delatarían ante él.
Ya sé que suena demasiado egoísta y que no es razón suficiente para justificar todo el daño que te he causado.
No creo que tenga perdón, pero al menos estoy más tranquilo sabiendo que ahora conoces la verdad.
Seguidamente, Víliam desató las manos de Xalara.
—Ahora si quieres puedes mandarme a la mierda, golpearme hasta cansarte e incluso matarme, estás en todo tu derecho y lo entenderé. Pero si todavía tengo alguna mínima oportunidad de resarcirme, me gustaría acompañarte y ayudarte en tu propósito, sea el que sea.
Xalara no contestó nada, tan solo se limitó a mirar al chico y se dio la vuelta para seguir su camino. Él entendió eso como una respuesta afirmativa al ofrecimiento de ayudarla, algo que confirmó al seguirla y ver que ella no puso ninguna objeción en que lo hiciese.
El resto de la noche se la pasaron caminando sin llevarse ningún tipo de sobresalto, tan solo los sonidos de algunos animales nocturnos rompieron la calma que imperó en todo momento.