Chapter 16 Tras el ataque #3
—Así que soy la última habitante con vida de Nórinpeil —dijo sonriendo de forma macabra.
—Eso parece —confirmó el chico.
—¿Puedes darme un poco de agua, muchacha?
—Sí, claro —afirmó Xalara.
—Coge uno de esos vasos que hay en el fregadero de la cocina. Aunque no lo creáis, morir da mucha sed.
Xalara le trajo el vaso y la mujer bebió con su ayuda hasta vaciarlo.
—Yo os he dado todo lo que he podido, ahora quiero que vosotros me deis algo a cambio.
—Lo que sea —asintió Xalara incorporándose tras dar de beber a la anciana.
—Quiero que me ayudéis a acabar con este sufrimiento.
—¿Cómo dice? —preguntó Xalara con una mueca de espanto.
—Quiere que la matemos —intervino Víliam.
—Ya, gracias —dijo Xalara mordaz.
—No discutáis, chicos, no merece la pena.
—No voy a matarla —dijo Xalara—. No pienso cometer esa atrocidad.
—Vamos, chica, tienes dos espadas y solo te basta una de ellas para ayudar a una pobre anciana.
—No, no puedo hacerlo, lo siento, pero no puedo —dijo negando de manera muy ostensiva.
—Lo haré yo —se ofreció Víliam dando un paso al frente.
—Tú estás atado —apuntó la anciana.
—Pues que me suelte.
—No —negó Xalara—. Lo siento, nos vamos, muchas gracias por todo y lamento lo que les ha pasado.
—Te entiendo, muchacha, no te atreves a hacerlo, ya está, no tienes que disculparte por ello.
Xalara tiró de Víliam para llevárselo.
—Un momento —dijo Víliam—, tenemos que avisar a los cuero negro de lo que ha ocurrido aquí, ¿tiene usted los medios para enviar una carta?
—Sí, mirad en uno de esos cajones —indicó la anciana.
—¿Estos de aquí? —preguntó Víliam señalando con la mirada el mueble que había en el pasillo.
—Ahí tenéis todo lo necesario —confirmó la anciana.
—Lo haría yo, pero… —dijo Víliam intentando llamar la atención de Xalara.
—Yo lo haré.
La muchacha sacó del cajón un sobre, papel y boli.
Se sintió muy tentada de escribir la carta al presidente para pedirle ayuda, pero desestimó la idea enseguida.
También pensó en escribir a Huberto, pero no sabía su dirección y dudaba que tuviese un buzón, así que escribió la carta a los cuero negro.
—¿Dónde está el cuartel más cercano? —preguntó Xalara.
—Nórdelen —indicó la anciana.
Xalara terminó de escribir la dirección en el sobre y se dispusieron a abandonar la casa.
—Gracias, señora —dijo Víliam.
—Tú, espera —dijo la anciana.
Los dos se detuvieron.
—No, chico, tú sal, tengo que hablar con ella, de mujer a mujer.
Víliam arrugó el semblante.
—Pero hay que enviar la carta —apremió el muchacho—, quizás todavía puedan salvarla.
—Ya nadie puede salvarme. Haz lo que te pido y sal fuera.
—Está bien, esperaré fuera —Víliam asintió y salió de la casa algo contrariado.
—Ven, muchacha, agáchate y ponte a mi lado, mi voz ya no da para mucho más.
Xalara obedeció a la anciana.
—Sé quién eres.
—Me llamo Ana Grian, ya se lo he dicho.
—No, tu nombre es Xalara Verdreven.
Las palabras de la anciana le cayeron como un jarro de agua fría.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó estupefacta.
—No quise decírtelo delante del chico, porque parece que no confías en él —especificó—.
Te están buscando, al parecer hay carteles con tu cara por todas partes, pero a este pueblo tan pequeño no los han enviado.
Sin embargo, en cada informativo de la radio, te describen de manera muy detallada, supe en cuanto te vi que eras tú.
Te buscan porque creen que te han secuestrado los herederos.
Pero esos malnacidos también te buscan. Los herederos preguntaban por ti, y no pretendo saber por qué, pero no dejes que te atrapen o lo lamentarás.
—Gracias por decírmelo.
—Deja que te diga una cosa más, haz caso a esta anciana que nota como se le escapa la vida.
—Usted dirá.
—Ese chico te quiere, se le ve en los ojos.
—No, es imposible que él me quiera —negó sacudiendo la cabeza.
—No seas ingenua, sus ojos te desean. Voy a darte un consejo, no te alejes de la gente que te ama, ábreles tu corazón, Xalara —la voz de la anciana se fue apagando con cada palabra, hasta que se extinguió por completo con un último estertor y sus ojos miraron sin ver a Xalara,
que se los cerró de inmediato.
No tenía ganas de llorar, pero sí quería gritar. Quería dejar salir toda esa impotencia que sentía en lo más profundo de su ser, al mismo tiempo que notaba cómo el peso de una muerte más se apoyaba sobre sus hombros.
Cuando salió a la calle, llevando las dos mochilas consigo, una a cuestas y la otra en la mano, vio a Víliam, que estaba sentado con las piernas cruzadas sobre una piedra grande y esculpida en forma de asiento en la casa de enfrente, bajo la luz de una farola que parpadeaba.
—¿Habéis acabado ya? —preguntó el joven con hastío.
—Ha muerto —anunció Xalara en voz baja.
—Vaya, lo siento por ella, creo que era una buena persona —dijo el joven con un afligimiento apreciable.
Xalara no quiso añadir ningún comentario y se dirigió al buzón, que estaba amarrado en la pared, justo al lado de la puerta, e introdujo la carta que iba dirigida al cuartel de los cuero negro más próximo al pueblo.
—Tenemos que irnos antes de que lleguen los cuero negro —expuso Xalara tras comprobar que la carta se había enviado.
—No te preocupes por eso, aquí no hay estación de traslado, y tampoco parece haber ningún pueblo cerca, tardarán bastante en llegar, no creo que lo hagan antes del amanecer.
—Me da igual, tenemos que irnos.
—¿No decías que al llegar la noche pararíamos a descansar? Pues es de noche y este me parece un buen lugar para hacerlo.
—¿Rodeados de fuego, cenizas y cadáveres?
—¿Ahora te dan miedo los muertos?
—No voy a entrar en otra estúpida discusión contigo —zanjó Xalara, un tanto sorprendida al ver el tono que empleaba Víliam para referirse a las víctimas—. Ya encontraremos otro sitio para descansar, pero no aquí.
—A mí me parece que es un buen sitio —insistió él con terquedad.
—Ya, pero es que aquí no importa lo que a ti te parezca, sino lo que me parezca a mí.
—Entonces ve tú sola, yo me quedo.
—Deja de comportarte como un crío y levántate de ahí —dijo Xalara, echando mano a la empuñadura de su espada a modo de advertencia.
—No.
Ella desenvainó la espada y se acercó a Víliam.
—He dicho que vamos.
—Adelante, puedes hacerlo, no importará demasiado que encuentren otro cadáver más en este pueblo —dijo Víliam, y Xalara no supo distinguir si lo hizo en un tono de burla o de seriedad.
—¿A ti qué te pasa? Querías comida y ya la tenemos, ¿qué quieres ahora?
¿Dormir en casa con tu mamá? Pues no, estamos en un pueblo que ha sido destrozado por los herederos, cubierto de cadáveres y su sangre aún está fresca, y tú pretendes quedarte aquí a dormir como si no pasara nada. ¿No será que los estás esperando?
—No puedes irte sin mí.
—¿Ah, no? —dijo Xalara, consciente de que él tenía razón, pues el libro indicaba que Víliam debía seguir a su lado, o eso suponía.
—Si no es cierto lo que digo, ¿por qué no te vas? Solo soy una carga para ti.
Xalara profirió un sonoro bufido de impaciencia y se acercó a Víliam para agarrarlo y obligarlo a levantarse.
Él se levantó, pero sorpresivamente tenía las manos desatadas.
Se abalanzó sobre Xalara y le quitó la espada, haciendo que en el forcejeo la chica cayera al suelo.
Víliam le puso la espada en la garganta de inmediato.
—Tú te lo has buscado, Xalara.
—¿Cómo te has desatado? —preguntó atónita.
—Usé una madera en brasas para derretir el cinturón —explicó con un tono victorioso.
—Vale, devuélveme mi espada —dijo Xalara desde el suelo.
—Eso mismo te iba a decir yo.
—Dame la espada, Víliam —insistió ella.
—Nunca había cogido una espada tan liviana, aunque parece bastante antigua —dijo Víliam observando el arma.
—La espada es mía, así que devuélvemela, Víliam, por favor.
—Has utilizado un «por favor», es todo un orgullo que te rebajes a hacerlo —dijo mordaz.
—Vamos a dejarnos de niñerías, devuélveme la espada.
—Devuélveme tú la mía.
—Esto no es un juego —aseveró Xalara.
—Nadie dice que lo sea —argumentó Víliam.
—Vale, está bien —cedió Xalara, y lentamente hizo ademán de entregársela, pero en el último momento intentó desenvainarla.
Sin embargo, Víliam estuvo mucho más rápido y le dio una patada a la espada, haciendo que se desprendiera de la mano de Xalara y cayera detrás de ella, levantando una ligera nube de ceniza.
El chico corrió y recogió la espada del suelo antes de que pudiese hacerlo Xalara, haciéndose con el control de las armas.
—Ahora mando yo —alardeó Víliam, sujetando las dos espadas y apuntándolas hacia Xalara.