El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 16 Tras el ataque #2
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Chapter 16 Tras el ataque #2

Llegaron a una pequeña plaza donde, en el centro, había una sencilla fuente revestida de cemento.

Al lado de la fuente se encontraba el cadáver de una mujer, que aún mantenía su inerte mano aferrada a un asa de cristal de lo que se suponía que fue una garrafa antes de estallar en decenas de pedazos.

Víliam se inclinó y bebió prolongados tragos de agua de la fuente, después dejó el sitio a Xalara que, tras mirar de reojo al cadáver con una mueca de horror, bebió agua con avidez.

—Voy a hacer una cosa, no te alarmes ni me ataques por ello —la avisó Víliam.

—¿Qué vas a…?

—¡¡Holaaaa!! ¡¡Queda alguien con vida!! ¡¡Hay algún superviviente en el pueblo!!

Los gritos de Víliam solo fueron contestados por los ecos de su propia voz.

—¡Cállate! —susurró Xalara.

—¡Hay alguien vivo todavía! —insistió una vez más el muchacho.

—No hay nadie, los han matado a todos, ¿no lo ves? —rezongó Xalara, que al decir esas palabras tomó conciencia de la magnitud de la tragedia.

—Había que intentarlo —aseguró Víliam—. Tenemos que buscar comida por las casas.

Xalara no se opuso a su sugerencia a pesar de que los herederos podrían estar refugiados en alguno de esos hogares, puede que esa fuera la intención de Víliam, por eso decidió desenvainar la espada, aunque la dejase apuntando hacia el suelo.

Entraron en una de las casas que se mantenían en mejor estado y lo que se encontraron dentro, superó las expectativas del horror.

Una familia entera se encontraba sentada en el sofá y todos estaban muertos, incluido un bebé que yacía en los brazos de su madre como si estuviese durmiendo.

Víliam vomitó sobre el suelo entablado de la casa.

Xalara sintió algunos mareos y salió corriendo a la calle.

Aquello era más de lo que podía soportar y tuvo la absoluta certeza de que esa imagen la acompañaría el resto de su vida.

—No pienso entrar en más casas —le dijo a Víliam con gran dramatismo una vez que él también salió a la calle—, no voy a robarle a esta pobre gente.

—¿Todavía sigues creyendo que soy uno de ellos? ¿Me crees capaz de hacer eso? —balbuceó el muchacho.

No respondió nada, pero Xalara quiso creer que por mucho que hubiese cambiado Víliam, no podía haberlo hecho tanto como para perpetrar tales actos.

Había leído y oído muchas historias sobre las crueldades que los herederos hicieron durante su mandato, pero una cosa era leerlo y otra muy distinta presenciarlo con sus propios ojos; Aura tenía razón en eso al menos, igual que la tuvo al hablar sobre los nukternozes.

—Debemos buscar comida —insistió Víliam—.

A esas personas ya no les hace falta, pero a nosotros sí.

Ya has visto de lo que son capaces, tenemos que estar con fuerza para enfrentarnos a ellos —Xalara tenía la mirada perdida y parecía no escuchar nada de lo que Víliam le estaba diciendo—. ¿Estás bien? ¿Me oyes?

—¿Eh? Sí, sí —asintió lentamente, pero seguía sumida en una especie de trance que la mantenía paralizada.

Víliam caminó de nuevo hacia la casa, pero la voz de Xalara le hizo detenerse.

—Es por mi culpa, todo esto es culpa mía —comentó Xalara, todavía con la mirada perdida.

—¿Qué? ¿Por qué dices eso?

—Me buscan a mí, toda esta gente ha muerto por mi culpa.

—Eso no es verdad —dijo Víliam, pero no fue capaz de disimular la duda que había en su voz.

Xalara recordó las palabras de Huberto y supo que debía seguir adelante, no podía detenerse, aquello iba más allá de ella.

Sacó de la mochila el libro de sus padres para buscar ayuda, pero seguía mostrando lo mismo que la última vez que lo consultó.

Debía hacer lo que le indicaba el libro, si había pertenecido a sus padres, entonces sería como hacerles caso a ellos.

Pero en realidad, tampoco sabía lo que fueron sus padres, puede que hubiesen sido unas malas personas.

¿Por qué todo tenía que ser siempre tan complicado?

—Suéltame, por favor —le pidió Víliam acercándose a ella, aprovechando el momento de debilidad emocional por el que atravesaba la muchacha—. Ya has comprobado que no soy uno de ellos.

—No, esto no cambia nada —respondió Xalara con autoridad, aunque ya no estaba segura de si seguía desconfiando de él por creer que era un heredero o por odio y venganza personal.

Víliam profirió un bufido de desespero.

—Al menos busquemos comida.

—Ya te lo he dicho, no voy a robarles —contestó Xalara.

—No es robar, es sentido común.

Xalara abrió la boca para decir algo, pero una tos ronca proveniente de una casa con la puerta entreabierta los interrumpió.

—Podría ser una trampa —avisó Xalara, pero Víliam ya había abierto la puerta con el pie.

Cuando asomaron por el umbral, se encontraron a una anciana en el pasillo que había tras la entrada, sentada en el suelo y con la espalda apoyada sobre la pared. Tenía las dos manos puestas sobre el mandil ensangrentado a la altura del abdomen. Víliam entró deprisa y se agachó al lado de la mujer.

—Aparte las manos, déjeme ver la herida.

Por la cara que puso Víliam, Xalara supo enseguida que no tenía solución.

—Sí, lo sé, chico, sé que me estoy muriendo, no hace falta que me vea la herida, huelo la muerte cuando está cerca —dijo la anciana tras ver su gesto.

—Lo siento, pero parece demasiado grave —reconoció Víliam—. Tal vez si tuviese aquí algunos utensilios de sanador quizás aún podría…

—Aunque los tuvieras, creo que me servirías de poca ayuda con las manos atadas al cuerpo, muchacho —apuntó la anciana y rio expulsando un hilo de sangre por las comisuras de la boca—. ¿Quiénes sois? ¿Cuál es vuestro nombre?

—Yo me llamo Víliam y ella es…

—Ana Grian —respondió Xalara adelantándose al chico con el primer nombre que se le ocurrió.

La anciana volvió a reír.

—¿Por qué vas atado? ¿Qué es algún tipo de juego nuevo que tenéis los jóvenes en la capital? Tú no pareces de allí, chica —agregó levantando la mirada hasta Xalara, frunciendo el ceño al verle la cara.

—Porque no lo soy —confirmó.

—Qué romance tan peculiar. Parecéis una de esas parejas sacadas de una historia romántica para adolescentes.

—Entre nosotros no hay nada —trató de asegurar Xalara de inmediato.

—¿No? Pues él está loco por ti.

—¿Qué dice, señora? Nada de eso —aseguró Víliam, pero sus colorados pómulos sugerían lo contrario.

La anciana volvió a reír y tosió con fuerza expulsando más sangre.

—Yo también tuve una historia de amor entre clases —les informó—.

Mi marido era de tercera clase y yo de la élite, trabajaba en mi casa como cocinero.

A pesar de que mi familia estuvo en contra, me casé con él y, como regalo de boda, me desheredaron y me desprendieron de mi apellido.

Ya veis cómo eran las cosas por aquel entonces.

Años después, los herederos mataron a mi esposo.

Él se sacrificó para que yo pudiese escapar hacia uno de esos refugios evanescentes, me salvó en todos los sentidos en los que se puede salvar a una persona.

Después de la caída de esos canallas, regresé a esta casa donde había sido tan feliz junto a él, pero nunca pude volver a serlo sin su compañía —la anciana volvió a toser y derramó una lágrima, dejando tras de sí un rastro de ceniza húmeda en el rostro—.

Siento aburriros con historias de vieja moribunda, pero el pasado es el lugar más apetecible de visitar cuando la muerte está tan cerca.

—Nos preguntábamos si usted sería tan amable de proveernos con algo de comida —dijo Víliam, teniendo poco tacto con la anciana tras contar su triste historia.

—Coged todo lo que queráis, o más bien lo que podáis, los herederos se llevaron algunas cosas, pero creo que no entraron en el sótano —dijo apuntando con la vista a una puerta al fondo del pasillo—, y allí es donde tengo la mayor parte de mis provisiones.

Víliam no esperó más y fue al sótano.

—Vamos, chica, no te quedes ahí pasmada, ve a ayudarle, no creo que pueda hacer mucho sin tener las manos operativas —dijo la anciana utilizando un tono muy hosco.

—No quiero robarle, señora —explicó Xalara.

—No lo haces, te lo estoy dando yo.

—¡Ven y ayúdame, yo no puedo con las manos atadas!

—Ve, no seas tonta, ayuda a tu novio.

—No somos… da igual —dijo Xalara, que miró a la anciana con el rostro tenso y se fue a ayudar a Víliam.

En el sótano y repartida en tres estanterías, había la suficiente comida como para sobrevivir varios días, incluso semanas, si se administraba bien.

Además, había una mochila donde poder guardar y transportar las provisiones y también varias botellas para poder llenarlas de agua.

Después de todo lo vivido aquella noche, Xalara por fin sintió un hilo de esperanza.

Mientras ella cargaba las dos mochilas (la suya y la de la anciana), Víliam se dedicaba a comer todo lo que podía utilizando solo la boca.

—Se arregló nuestro problema —dijo Víliam mientras masticaba con la boca llena.

—Uno de los muchos que tengo…

—No te sientas mal por ello, la pobre mujer nos ha ofrecido su comida como acto de buena voluntad.

Tras llenar las mochilas de comida, un par de botellas y algunos utensilios de cocina, subieron de nuevo al pasillo, donde la mujer continuaba con vida, aunque estaba aún más débil.

—¿Os ha servido? —preguntó en voz muy baja.

—Sí, señora, muchas gracias —contestó Víliam con un tono de voz desmedido, como si la anciana se hubiese vuelto de pronto sorda.

—¿Cómo fue? ¿Cuándo estuvieron aquí los herederos? —preguntó Xalara.

La anciana ofreció a la chica un rostro de circunstancias.

—Fue por la tarde, después de comer. Yo me encontraba escuchando la radio y comencé a oír gritos en la calle, así que salí para ver qué sucedía.

Algunas casas ya estaban ardiendo cuando lo hice y esos malnacidos perseguían a varias personas, vi cómo mataban a tres de mis vecinos —hizo una pausa—.

Entré en casa para resguardarme, si es que eso era posible, pero antes de que pudiera esconderme abrieron la puerta, y la heredera, esa que se hace llamar Briana Kéitel, entró aquí con otro grandullón.

Él me dio un puñetazo en el estómago y, para rematarme, ella me lanzó un rayo.

Ocurrió todo demasiado deprisa —volvió a toser—. ¿Hay algún superviviente más?

—No, que sepamos —informó Víliam—, al parecer están todos muertos.