Chapter 16 Tras el ataque
Llevaban caminando varias horas y el dolor que creía desaparecido, había regresado al maltrecho gemelo de su pierna.
Aunque no hacía alusión a su estado físico, Víliam era consciente de que Xalara caminaba cada vez más despacio. El muchacho también dirigía disimuladas miradas hacia el libro, no obstante Xalara, que se estaba dando cuenta, se aseguraba de poner freno a sus intenciones.
—El domingo, cuando nos vimos en el río, me fijé en que llevabas el libro que te regalé, me agradó mucho ver que todavía lo conservas y que lo sigues leyendo —dijo Víliam tratando de buscar su complicidad, pero ella seguía actuando como si caminase sola.
Xalara estaba absorta en una espiral de pensamientos negativos.
Las indicaciones del libro la tenían bastante confusa, pues no entendía por qué Víliam debía acompañarla en el viaje.
Sin embargo, de alguna forma y aunque sonase fantasioso, solo confiaba en ese libro, por lo que hasta que se demostrara lo contrario seguiría cumpliendo a rajatabla sus indicaciones.
También dudaba de si en realidad estaría entendiendo lo que el libro quería decirle, puede que simplemente estuviese interpretando de forma errónea la información que le mostraba.
Durante esas largas tandas de reflexión mientras caminaban, creyó entender el significado de las tres calaveras que aparecían en el libro, llegando a la conclusión de que representaban a cada uno de los herederos fugados.
Sin embargo, no había una cuarta calavera que simbolizase a Víliam como un heredero.
Paso tras paso fueron dejando a sus espaldas la ribera colmada de álamos tan característicos de la zona donde se asentaba el pueblo de Yadarme, para adentrarse en una gran llanura salpicada de robles, pinos y encinas.
Xalara sintió algo de vértigo al comprender que nunca había estado tan lejos de su casa.
Con asiduidad consultaba el libro, para asegurarse de que seguían la dirección correcta, pues en todo lo que llevaban recorrido no habían hallado ningún tipo de camino o sendero; «quizás el libro se encarga de llevarme por sitios seguros y alejados de la civilización» —pensó Xalara.
—¿Habías contado con que para llegar a Bibrébem debíamos comer y beber de vez en cuando? —le preguntó Víliam cuando el atardecer le ofrecía el relevo a la noche—. Como no encontremos algo pronto, nuestro viaje terminará mucho antes de lo esperado.
—Calla y sigue caminando, ya encontraremos algo de comer —replicó Xalara mientras consultaba una vez más el libro.
—¿No dice dónde podemos encontrar comida? —preguntó Víliam, haciendo referencia al libro.
La muchacha le dirigió una mirada muy fría.
—¿Crees que soy tan estúpido como para no darme cuenta de que consultas ese libro para saber por dónde ir?
—Solo es un libro de aventuras —explicó escueta.
—Venga ya, ¿es una especie de mapa o algo así?
—Deja de preocuparte por cosas que no te incumben.
—Claro que me incumben, viajo contigo, y estoy hambriento y sediento.
—¿Preferías haberte quedado atado de pies y manos en la cueva? —le insinuó Xalara—. Porque de ser así, podrías haberlo sugerido y no lloriquear como hiciste.
—Lo único que quiero es que me digas qué es ese libro y por qué vamos a Bibrébem y por qué quieres, no, mejor dicho, por qué me obligas a que vaya contigo —dijo Víliam muy furioso, la desesperación hizo que abandonara la mesura con la que había tratado hasta ahora a Xalara.
—Tenemos que avanzar un poco más, hasta que se haga de noche, después pensaremos en algo —le informó la muchacha.
—Prefiero que me conviertan los nukternozes antes que morir de hambre —protestó Víliam.
—¡No los nombres!
—¿Sabes si los nukternozes se comen? Porque si es así, no pararé de llamarlos hasta que aparezcan —dijo Víliam con un serio sarcasmo.
Xalara desenvainó su espada, se acercó a él y le puso la punta en la garganta.
—Si vuelves a nombrarlos una vez más, te destrozo el cuello —el rostro de Xalara era una máscara tejida de furia.
La punta de la espada emitió calor y Víliam se apartó hacia atrás, con una ampolla rojiza marcada a la altura de la nuez.
—Lo mismo me dijiste la última vez que los nombré, y la penúltima y la antepenúltima, y fíjate, aquí seguimos —dijo Víliam mirando a Xalara con aires desafiantes y disimulando con una mueca el dolor provocado por la quemadura.
—¿Te crees que yo no tengo hambre y sed?
Estoy igual que tú y además me duele otra vez la pierna —admitió ella—, pero ya te he dicho que pararemos cuando sea de noche y buscaremos algo de comer y de beber, hasta entonces dedícate a caminar y a callar —le reprendió Xalara y bajó la espada para volver a guardarla en la vaina.
A la hora del crepúsculo, subieron la pendiente de un escabroso valle con la intención de buscar un lugar donde poder pasar la noche. Al llegar arriba, vieron entre dos valles cercanos, una pequeña población con apenas medio centenar de casas, cuya iluminación se veía extraña y demasiado anaranjada.
—Parece como si estuviese en llamas —sugirió Víliam tratando de acercar el pueblo con sus ojos—. Tenemos que ir, allí está la comida que necesitamos, es nuestra salvación.
—O herederos —repuso Xalara mirando con el ceño fruncido al pueblo.
—¿En serio siempre tienes que pensar lo peor de todos y de todo?
—Es lo que he aprendido a lo largo de la vida, siempre que pienso mal de alguien o de algo, suelo acertar nueve de cada diez veces, es pura estadística —atestiguó Xalara con cierta altivez.
—Pues yo voy a ir, tú verás lo que haces —dijo Víliam, comenzando a caminar hacia el pueblo.
—¡No te muevas! —gritó Xalara echando mano a la empuñadura de su espada.
El muchacho siguió caminando ladera abajo. Parecía haberle perdido el respeto a Xalara viendo que sus amenazas siempre se quedaban en eso.
—¡Te he dicho que no te muevas!
Xalara desenvainó la espada y esta, después de que la muchacha la levantara y la ondeara en el aire, despidió un haz de luz sin que ella quisiera hacerlo, impactando en un arbusto a escasos centímetros de Víliam.
—¡Estás loca! —gritó el muchacho volviéndose hacia Xalara—. Voy a ir a ese pueblo, lo quieras o no. Si quieres matarme, adelante, puedes hacerlo, de todos modos moriré si no como algo pronto.
—Lo que quieres es comprobar si están ahí para entregarme —dijo Xalara con la voz temblorosa.
—Ya estoy harto de darte explicaciones, te he dicho la verdad, depende de ti creerla o no —dijo Víliam algo más calmado—. Si no quieres venir, por mí puedes largarte, pero yo voy a buscar comida.
Víliam volvió a darse la vuelta de forma repentina y echó a correr hacia el pueblo. Xalara se quedó mirándolo con la espada en ristre, debatiéndose entre seguirlo o dejarlo marchar.
El muchacho se topó con una pendiente tan pronunciada, que solo pudo bajar deslizándose por la empinada ladera del valle, sin poder utilizar los brazos para ayudarse.
Cuando se detuvo y logró volver a ponerse en pie (no sin serias dificultades), tenía las piernas y el trasero embarrados y comprobó que ya estaba a poca distancia del pueblo.
Desde esa posición se podía ver todo el desastre, confirmando las sospechas de los muchachos. Más de la mitad de las casas echaban humo, pero no por las chimeneas, sino de las casas en sí mismas, algunas incluso seguían produciendo pequeñas llamas.
A pesar de ello, Víliam no dudó ni un instante en entrar al pueblo, pero antes de hacerlo, alguien se abalanzó sobre su espalda y lo detuvo apartándolo contra un árbol.
—Me has dado un susto de muerte, creí… —dijo Víliam resoplando.
—¿Qué era uno de tus compañeros? —preguntó Xalara en voz baja, aunque no sin cierta sorna.
Víliam negó en silencio, mordiéndose el labio inferior.
—Voy a entrar.
—No, entraremos juntos —corrigió Xalara—, y si das una voz o intentas alguna estupidez, te aseguro que no volveré a fallar.
Caminaban a la par, despacio y tratando de hacer el mínimo ruido posible.
No se oía nada, salvo el crepitar de algunas vigas de madera que continuaban en brasas, pero sin ninguna evidencia de vida humana.
Un cartel con el nombre de la aldea: «Nórinpeil», colgaba sobre una estaca de madera al principio de la calle.
—Parece que haya habido un incendio —dijo Víliam, y Xalara notó que él también parecía asustado, lo que le hizo albergar dudas sobre el verdadero propósito de su antiguo amigo.
Sobre una empalizada de tablas onduladas encontraron a tres cadáveres con las manos clavadas a la tapia, sin ojos y con el rostro surcado por dos regueros de sangre.
A uno de ellos le habían marcado en la frente, seguramente con un cuchillo, el símbolo de la Orden de los Herederos.
Los chicos se detuvieron al instante y Víliam palideció tanto como lo hizo Xalara al ver la escalofriante escena.
De repente, tras ellos y desde uno de los tejados, saltó hacia el suelo un gato negro que tenía parte de su pelaje abrasado y, del susto, Xalara se aferró al brazo de Víliam.
Ella se dio cuenta enseguida y lo soltó con el rostro ruborizado.
Él, a causa del tremendo sobresalto, ni siquiera pareció ser consciente de que le habían sujetado el brazo.
El gato se alejó corriendo, difundiendo maullidos de dolor.
—Han sido ellos —expuso un atónito Víliam, que no recuperaba el color habitual de la cara—. Tenías razón, han estado aquí.
Aquello era algo evidente, no hacía falta que él lo apuntara.
—Vayámonos entonces —sugirió Xalara con la voz atiplada a causa del miedo.
—No, tenemos que buscar comida.
La muchacha continuaba tan horrorizada por la visión de esos tres cadáveres, que se vio sin argumentos para rebatirlo y se dejó llevar por la idea de Víliam.
Continuaron caminando en silencio, dejando atrás a los muertos.
Xalara tuvo que taparse nariz y boca con la solapa de su cazadora vaquera, para así filtrar las partículas de ceniza que los envolvían como si de una niebla se tratase.
Cuanto más se adentraban hacia el centro del pueblo, más se asemejaba a un escenario de guerra.
No quedaba ni una sola vivienda que no hubiese sido dañada de alguna forma, y a juzgar por el estado de la destrucción, ya habían pasado varias horas desde el ataque, aunque no demasiadas.