El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 15 Una compañía indeseada #4
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Chapter 15 Una compañía indeseada #4

—Que la mochila, te está brillando —farfulló el muchacho, estupefacto.

Xalara interrogó a Víliam con la mirada antes de descolgarse la mochila de su espalda para comprobar que lo que decía era cierto: una luz nívea traspasaba el material de la mochila hacia el exterior.

La abrió, y un agradable calor salió disparado hacia sus manos y le llegó a la cara.

Sacó el libro y vio que la frase que había en la portada, brillaba y emitía un intenso calor.

Abrió el libro con recelo, las palabras en arlayino que significaban «el fantasma del tiempo» seguían apareciendo en la página derecha acompañadas de las tres calaveras parpadeantes.

Sin embargo, estas habían desaparecido de la página izquierda.

En su lugar, ahora había una estrella de cinco puntas y, lo que dejó a Xalara sin aire por un instante, es que una X mayúscula también surgió en la misma página, y unas huellas de pisadas intermitentes unieron ambos dibujos.

De pronto, en una esquina de la parte superior de la página izquierda, surgió el dibujo de una brújula que indicaba al sureste.

Ese libro parecía un objeto sacado de una historia de fantasía.

Xalara lo tuvo muy claro, la brújula indicaba la dirección en la que se encontraba la ciudad de Bibrébem, porque era la misma estrella utilizada en todos los mapas para indicar la ubicación de la capital y, la X, tenía que referirse a ella, a la inicial de su nombre.

¿El libro le estaba diciendo que debía ir a Bibrébem? «Te guío te advierto».

No podía negar que el único que tenía la capacidad de ayudarla en esos momentos, siempre y cuando contando que Huberto no hubiese sobrevivido, era el presidente Alexios Kraus, e ir a Bibrébem y solicitar su ayuda, era algo que ya se había planteado y que, de hecho,

ya había intentado hacer cuando estaba encerrada en su habitación y escribió una carta para enviarla al presidente.

Pero que diantres, ahora podría hacer lo mismo, solamente debía escribir una carta al presidente donde le contase todo lo ocurrido, seguro que este se prestaría gustoso a ayudarla.

Sin embargo, el libro dejaba claro que debía ir a pie, ¿si no por qué no le decía que le enviara una carta en lugar de aparecer unas huellas de pisadas?

Las indicaciones eran claras, si no habría mostrado el dibujo de una carta, un buzón, o algo así…

De pronto, como si el libro pudiese leerle el pensamiento, apareció el típico logo de la carta que tenían grabado todos los buzones, y unas llamas lo abrasaban una y otra vez.

¿Significaría eso que el libro trataba de decirle que desechase la idea de enviar una carta?

¿El fuego podría representar a Huberto diciendo que este vendría en su búsqueda?

¿Quería decir que la carta que le había escrito al presidente se había quemado en la casa?

Descifrar las claves del libro de sus padres le pareció de repente mucho más complicado de lo que creía, todas las indicaciones podían tener varias lecturas diferentes si se era lo suficientemente meticuloso para discurrirlas.

—¿Qué pasa? ¿Por qué brilla? —preguntó Víliam intrigado al ver que Xalara no articulaba palabra.

Casi en el mismo instante en que el muchacho se calló, una V apareció en la página del libro, justo al lado de la X, y entre ambas letras surgió una flecha que unía las dos iniciales.

La carta con el fuego se evaporó y las huellas de pisadas surgieron también de la V, uniéndose a las huellas que surgían de la X y a su vez con la estrella de cinco puntas.

¿Podía confiar realmente en lo que le decía ese libro?

Pero entonces lo tuvo claro en su interior, una vocecita interna se lo decía.

—Nos vamos de viaje —habló Xalara.

—¿Qué?

—A Bibrébem —ratificó.

—Estás de broma, ¿no? —dijo Víliam mirándola con los ojos como platos.

—Para nada, partimos enseguida.

—¿Caminando? —preguntó Víliam con el ceño fruncido.

—Exacto.

—Pues vamos a tardar un poco, porque debe haber por lo menos…

—Trescientos treinta y un kilómetros desde el pueblo de Yadarme, exactamente.

—¡Lo decía por tenerme atado!

—Eso ayudará a que tardemos más, sin duda.

—¿Te estás quedando conmigo?

—Ni mucho menos.

El libro dejó de refulgir, como si se sintiera satisfecho por haber conseguido su objetivo. La muchacha lo dejó en el suelo sobre la mochila y se acercó a Víliam.

—Voy a soltarte los zapatos, ni se te ocurra intentar alguna tontería —Xalara se recordó a sí misma a su madrina al hacer esa advertencia.

—No me atrevería —dijo sarcástico.

La muchacha se arrodilló en el suelo, le soltó los zapatos y se los ató individualmente.

—Podrías también soltarme las manos, ya que estás.

—Más quisieras.

—¿A qué viene este cambio de idea tan repentino? Es por ese libro, ¿verdad? —razonó Víliam poniéndose de pie con los zapatos ya liberados.

—¿Acaso no quieres venir? —arguyó Xalara sin mirarlo.

—Yo no he dicho lo contrario, pero me gustaría oír una explicación.

—Tanto si quieres como si no, ibas a tener que hacerlo, porque te iba a obligar.

—Es que no entiendo nada, hace un poco me querías dejar encerrado en la cueva y ahora me obligas a viajar a Bibrébem contigo.

—No te confundas, esto no cambia nada, sigo sabiendo lo que eres —le advirtió Xalara—, pero tienes que venir conmigo.

Recogió el libro del suelo, se colgó la mochila a su espalda y comenzó a caminar siguiendo las indicaciones de la brújula, llevando el libro en la mano.

—¿Acaso sabes cómo llegar a Bibrébem? —preguntó Víliam sin moverse del sitio.

—Tengo mis recursos —dijo Xalara con un tono enigmático—. Vamos, nos espera un largo camino.

—Ni que lo digas… —farfulló Víliam para sus adentros, aunque no parecía disgustado, y caminó hasta ponerse a la altura de la chica.