Chapter 15 Una compañía indeseada
Volvía a estar tendida sobre el suelo, pero este era diferente. La hierba alta y húmeda había dejado paso a una superficie dura, rocosa e irregular.
Quiso incorporarse, pero todo le dio vueltas y tuvo que desistir en su empeño.
Como surgido de un pozo muy profundo, apareció en su memoria la imagen de los herederos atacando su casa, pero otro recuerdo más potente lo solapó de inmediato, los nukternozes…
La habían atacado, entonces debería estar muerta, tendría que ser uno de ellos.
Se miró las manos, y aunque las veía muy desenfocadas y oscuras, eran manos humanas, sus manos.
Todos sus recuerdos le parecían recientes y lejanos al mismo tiempo.
También acudió a su memoria aquel salón antiguo y su atmósfera arlasófica, y el anciano rey que le entregaba una espada a su hija.
La espada; Xalara comprobó aliviada que su arma seguía con ella, al lado de su cintura y dentro de la vaina, pero cuando buscó la mochila no la encontró.
Volvió a levantar la cabeza sin hacer caso de su mareo y entonces la vio.
La mochila estaba muy cerca, aunque no la tuviese colgada a su espalda, y comprobó que el libro de sus padres seguía en el interior después de palparlo.
Estaba bastante oscuro, pero atisbó una luz que parecía la de un fuego.
Con la tenue iluminación y sin estar del todo segura, creyó encontrarse dentro de una cueva.
¿Pero dónde estaba entonces? En Yadarme no había cuevas, al menos que ella supiese.
Se puso muy nerviosa e hizo un gran esfuerzo para ponerse en pie.
La cabeza se le iba para los lados, no tenía fuerzas, iba a desvanecerse.
De pronto alguien la sujetó antes de que se cayera.
Abrió los ojos todo lo que pudo para intentar espantar la niebla que le cubría la vista, pero cuando reconoció a quién tenía delante, sintió una tremenda necesidad de cerrarlos.
—¿Qué tal te encuentras? Creí que nunca te despertarías…
—¿Tú? —dijo Xalara, volviendo a sentarse en el suelo.
—Sí, ¿quién si no? —contestó con una amplia sonrisa.
Víliam Greyson, la persona a la que más odiaba, se encontraba a su lado.
—Entonces no estoy muerta —se confirmó a sí misma—, pero preferiría estarlo…
—No digas bobadas —replicó Víliam con una sonrisa resignada.
—Muerta antes que sufrir tu indeseada compañía —aseveró Xalara.
—¿Tanto me odias?
—¿Tanto te extraña? —contestó Xalara mientras se miraba la pierna, en la cual tenía una especie de vendaje improvisado, manchado de sangre seca.
—¿Qué tal tienes la pierna, te duele mucho? —preguntó Víliam.
—No es tu problema —respondió Xalara con rotundidad.
—Sí que lo es —rebatió el joven—. Yo te la he curado, o al menos lo he intentado.
Xalara miró a los ojos de Víliam, buscando en ellos la sinceridad, igual que cuando eran pequeños y el chico le gastaba bromas.
—¿Por qué dijiste que creías que no me despertaría? ¿Cuánto he dormido?
—Pues más de dos días.
—¡Dos días! —exclamó Xalara—. ¿Qué hora es?
—Las doce y tres minutos de la mañana —reveló Víliam tras consultar su reloj de muñeca—, aunque aquí dentro siempre parece la misma hora, es un poco agobiante, la verdad. ¿Qué te pasó? ¿Llegaron a atacarte los herederos? —se interesó de repente.
—¿Cómo sabes tú eso?
—Los vi, vi que te buscaban y cómo después atacaban tu casa, tenían a tu madrina.
—No solo me atacaron los herederos, fue mucho peor —admitió Xalara, todavía sorprendida porque Víliam tuviese esa información.
—¿Puede haber algo peor?
—Fueron ellos, los… —Xalara no se atrevió a terminar la frase.
—¿Los qué?
—Ya sabes, los nuk…
—¡Nukternozes! —gritó Víliam, completando la palabra que Xalara no se atrevía a pronunciar.
—¡Calla, idiota! No los nombres o vendrán —protestó Xalara dirigiendo una mirada temerosa hacia la oscuridad de la cueva, en la dirección donde suponía que estaba la salida.
—Los nukternozes ya no existen; estás mucho peor de lo que pensaba… —dijo Víliam sin poder disimular la risa, aunque parecía esforzarse por intentarlo.
—Pues han vuelto, ¿vale? Y deja de nombrarlos —discutió Xalara.
—Si fuera cierto lo que dices, ya habrían atravesado estas paredes de roca y se habrían presentado aquí después de nombrarlos, ¡¡nukternozes!!, ¿lo ves? Nada.
—¿Puedes dejar de llamarlos de una maldita vez? Además, eso no funciona exactamente así, no pueden aparecer durante el día.
—Has estado muy enferma y eso te ha generado alucinaciones. Los nukternozes desaparecieron con el Lórdezeit hace diecisiete años. Además, ¿cómo sabes que eran nukternozes? Por suerte nunca los vimos en persona, o al menos yo no los recuerdo.
—Lo he leído…
—En un libro —completó la frase de Xalara sonriendo—, seguro.
La chica volvió a mirarse la herida y destapó un poco el vendaje para ver su estado.
—¿Cómo la has curado?
—El marido de mi madre es dueño de la mayor red de sanadores de Las Cinco Comarcas y he aprendido algunos trucos de ellos. De hecho, tengo en mente convertirme en un sanador.
—¿Dónde estamos? —preguntó Xalara con frialdad.
—En una cueva.
—¿En serio? —comentó la muchacha con desagrado—. No me había fijado, gracias por confirmarme una obviedad.
—Estamos cerca de Yadarme, en realidad, creo que seguimos en el término de Yadarme, aunque nunca lo tuve muy claro… Mi padre me traía aquí cuando era pequeño, antes de que él… —Víliam se calló y el labio inferior comenzó a temblarle.
—¿Qué hacías en mi casa cuando la atacaron los herederos? —preguntó Xalara suspicaz.
—Pues verás, fui a la estación de traslado para regresar a Bibrébem y llegar a tiempo a la cena, allí se cena mucho más tarde que en los pueblos, ya que hay numerosos actos y…
—¿Podrías ir al grano? —se quejó la muchacha.
—Pero al llegar a la estación de traslado —prosiguió Víliam—, me encontré al conductor tirado en el suelo y sangrando por el pecho.
Cuando me acerqué vi que estaba muerto, y sin duda era una herida provocada por el ataque de una espada.
Entonces corrí hacia casa para enviar una carta a los cuero negro y avisarles del asesinato, pero por el camino me crucé a los herederos.
Llevaban a tu madrina y escuché que le preguntaban por ti.
Entonces supe que estabas en peligro y fui corriendo a coger la espada de mi padre —Víliam señaló la espada, que estaba apoyada sobre la pared de la cueva, y en la cual Xalara aún no había reparado—.
Cuando llegué a tu casa, estaba envuelta en llamas, fue entonces cuando te vi salir corriendo hacia el bosque.
Intenté perseguirte, pero te perdí la pista.
Xalara entendió que el hecho de haberse quedado cerca de la casa confundió a Víliam, aunque no se lo dijo.
—Pensé que irías al río, al lugar donde siempre vas a leer los domingos, pero allí no estabas.
Luego, desesperado por encontrarte, me interné a fondo en el bosque, y, unas horas después, vi unas chispas que subían hacia el cielo y corrí hasta el lugar donde habían salido.
Allí te encontré, tirada en el suelo, en una postura muy extraña, era como si no tuvieses huesos, y lo que más me asustó es que apenas tenías pulso.
Estabas pálida y fría como el hielo, y convulsionabas cada pocos segundos.
Nunca había visto unos síntomas así; sin duda te estabas muriendo.
No sabía muy bien qué hacer. Primero pensé en llevarte a mi casa, pero, además de estar muy lejos, supuse que los herederos seguirían buscándote por el pueblo, así que deseché la idea.
»Entonces me acordé de esta cueva, te cogí en brazos y te traje hasta aquí, donde sabía que al menos estaríamos ocultos.
No sé si fue la mejor decisión, pero así lo creí en ese momento.
Te apliqué algunas hierbas sobre la herida, aunque ninguno de mis intentos lograba mejorar tu estado.
Pero tras prender una hoguera todo cambió.
Fue entonces cuando de manera sorpresiva tu pulso se estabilizó, y…
bueno, ahora aquí estamos —concluyó derrochando orgullo.
—Bonita historia —dijo Xalara fingiendo indiferencia, aunque realmente estaba sorprendida y en el fondo también agradecida, pero no lo expresaría de ninguna forma.
—No voy a pedirte que me des las gracias por salvarte la vida, pero al menos podrías no ser tan borde conmigo —se quejó el muchacho.
—Te daré las gracias cuando te vayas y me dejes sola —aclaró Xalara—. Ya te dije que no quería volver a verte, así que vete, por favor.
—¿Y dejarte aquí sola y tan débil?
—Me las apañaré sin ti, no sería la primera vez que lo hago —dijo Xalara, que deseaba salir de allí para perder de vista a Víliam, pero era consciente de que a duras penas lograría dar unos pocos pasos.
—¿Tienes hambre? —preguntó Víliam—. Porque yo sí.
La muchacha no contestó.
—Tengo algo en el bolsillo —dijo metiendo la mano en él—. Está aplastado, pero servirá.
Víliam sacó un bollo relleno de crema y chocolate y se acercó para entregárselo.
—No quiero nada que sea tuyo —rechazó Xalara con desprecio, aunque en realidad deseaba poder llevarse algo a la boca.
—Venga, no seas tan orgullosa, come un poco, cogerás fuerzas y podrás largarte de mi lado, ¿no es eso lo que quieres? —dijo Víliam, como si estuviese utilizando una artimaña para engañar a una niña pequeña a comerse un plato de comida que no le gusta.
La chica miró con asco a Víliam, cogió el bollo y lo devoró en un instante.
—Lo sé, no es gran cosa —dijo encogiéndose de hombros—. Tenía otro, pero me lo comí yo a noche, fue un poco egoísta por mi parte, pero es que tenía mucha hambre y no sabía si tú…
—No he pedido que me des explicaciones —dijo Xalara cortante mientras se limpiaba el chocolate de los labios.
—Cerca de aquí hay una fuente de esas que manan del suelo, pero no dispongo de ningún recipiente para traerte agua —explicó el muchacho—. Seguro que dentro de unas horas ya habrás recuperado algo de fuerza y podrás ir tú misma.
Xalara se sentó en el suelo resignada y con la cabeza vuelta hacia un lado para no tener que ver al chico.
—Porque a casa supongo que no podrás regresar —promulgó Víliam de repente—. No quiero ser entrometido, pero ¿por qué te buscan los herederos?
Un rotundo silencio fue todo lo que obtuvo como respuesta por parte de Xalara.
—No tienes que contestarme si no quieres, pero comprenderás que toda esta situación resulta muy extraña, salvo que tú sepas algo que yo desconozco —inquirió Víliam.