El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 14 El lamento de Yadarme #4
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Chapter 14 El lamento de Yadarme #4

Cuando llegaron al pueblo, el día estaba bastante gris, e incluso había algo de niebla, otorgando al ambiente un carácter de siniestralidad que ya era bastante palpable por el hecho en sí de tener que oficiar un funeral multitudinario.

Aquí y allá había carteles con la cara de Xalara anunciando su desaparición. Estaba claro que Orsius y su equipo habían trabajado durante toda la noche distribuyendo los retratos para ayudar en la búsqueda de la chica.

La plaza estaba preciosa. Cada vecino había cedido sus sillas y las habían engalanado con telas y sábanas blancas.

Las sillas estaban colocadas en hileras, dejando un pasillo central entre dos mitades.

Gran parte de los asientos ya estaban ocupados por los habitantes del pueblo y otros muchos llegados de poblaciones cercanas.

Había gente de todas las edades y todos parecían haber escogido sus mejores galas, como si se tratase de la celebración del Día de la Libertad.

Sin embargo, sabían que aquello no tenía nada que ver, de hecho, eran conscientes de que el Día de la Libertad jamás volvería a ser lo mismo para ellos, porque cada año en este pueblo se recordaría la matanza que se perpetró.

Todos miraban con gran interés al presidente y a los miembros del Consejo, a los que la gran mayoría tan solo conocían por las fotografías en los periódicos, ya que casi nadie de los presentes disponía de un aparato de televisión dado su alto precio.

Las sillas más adelantadas estaban ocupadas por los familiares de los fallecidos, y en la misma fila habían reservado otras siete para los principales miembros del Gobierno.

También había una fuerte presencia de los cuero negro, aunque Orsius estaba ausente y Alexios agradecido de que así fuera.

Existía cierto recelo a un nuevo ataque de los herederos, dado que seguían en paradero desconocido y, aunque habían sido peinados todos los alrededores del pueblo y había vigilancia en cada una de las entradas, el peligro era real y no se debía ignorar.

El presidente y sus consejeros se sentaron en las sillas reservadas. De fondo se escuchaba el permanente susurro del gentío, parecido al ruido que produce una cascada de agua.

Las cámaras estaban colocadas para captar cada ángulo y no perderse ningún detalle de la ceremonia. Un periodista pidió permiso para acercarse y le preguntó a Alexios si podía hacerle unas preguntas, pero este lo rechazó argumentando que después ofrecería un pequeño discurso.

Varias personas se levantaron y se colocaron frente a la escultura de La Resistencia. Pronto empezaron a cantar una melodía cuya entonación sonaba tan triste que provocaba escalofríos, y todos los asistentes giraron sus cabezas hacia el pasillo que había entre las sillas.

Los féretros, cubiertos por banderas blancas con el escudo del Gobierno bordado en hilo negro, aparecieron flotando y desfilando lentamente por el pasillo, siendo sostenidos en el aire por la arlasofía de numerosas personas que caminaban por debajo con las manos levantadas.

Alexios parecía buscar cuál de ellos albergaba el cuerpo de Aura, pero era imposible adivinarlo puesto que todos eran iguales.

Los ataúdes fueron finalmente depositados con sumo cuidado a los pies de la escultura, y el coro acalló sus voces.

Durante los siguientes minutos, algunos familiares de las víctimas leyeron o recitaron dedicatorias de despedida a sus seres queridos.

Cuando los familiares pusieron fin a su intervención, el presidente se levantó acompañado de los miembros del Consejo.

Todos se dirigieron al centro del pasillo, colocándose al lado de los féretros, donde el presidente tomó la palabra.

Hacía tan solo dos noches que había dado su discurso, pero este lo consideraba más importante.

—Habitantes de Las Cinco Comarcas, y hoy especialmente, queridos vecinos del pueblo de Yadarme.

Elena Manton, Jonior Endáin, Gustavo Zorien, Persos Zorien, Alicia Esténer, Eignus Gould y Aura Duarte —dijo enfatizando el último nombre—.

Son las últimas víctimas de una lacra que ya creíamos desaparecida, pero que ha regresado para avisarnos de que nunca podemos bajar los brazos ante aquellos que intentan romper nuestra sociedad —hizo una pausa—.

No sé qué decir a los familiares de los fallecidos para ayudar a reconfortarlos, quizás no existan las palabras para hacerlo, pero lo que sí puedo aseguraros es que siento una gran pena por vuestra pérdida,

y deciros que estamos aquí para apoyaros en todo lo que sea necesario —se produjo un emotivo y prolongado aplauso, luego el presidente miró retador a las cámaras—.

Ahora me refiero exclusivamente a los herederos y sus simpatizantes.

Hoy estoy aquí para declararos la guerra, y os digo que no habrá piedad para vosotros.

Os prometo que pagaréis muy caro vuestros crímenes. Alexios se calló.

Todos parecían esperar algo más de su presidente a juzgar por sus expresiones, y tan solo unos pocos se aventuraron a dar algunos tímidos aplausos, a los que pronto se unieron los del resto de asistentes, aunque algunos de ellos se sintiesen fingidos.

Al dar por finalizada la ceremonia, los féretros abandonaron la plaza de forma similar a como habían llegado, y marcharon acompañados de sus seres queridos para recibir sepultura en el cementerio del pueblo, donde las cámaras no acudieron para preservar su intimidad.