Chapter 14 El lamento de Yadarme #3
—Qué ambientación tan acogedora —comentó Orsius tras observar con una curiosidad desmedida cada rincón del despacho.
—Me alegra que te guste —dijo Alexios sin ningún tipo de entusiasmo—. Siéntate, por favor —Orsius se sentó en una silla que dejaba frente a frente a ambos hombres en la mesa octogonal—. ¿Y bien? ¿Qué querías contarme? ¿Has averiguado algo?
—He averiguado tantas cosas… que no sabría ni por dónde empezar —Orsius hablaba con aires ufanos e intrigantes a su vez, lo que descolocó al presidente.
—Pues tú dirás…
—No sé si sería… digamos… —se rascó la barbilla—, correcto exponer mis investigaciones abiertamente.
—Eres tú quien ha pedido audiencia conmigo, y yo soy tu presidente —alegó Alexios.
—Sí, eso es cierto, pero a pesar de ello, no hay una ley escrita que me obligue a tener que facilitar datos de una investigación en curso, ni siquiera al que es mi presidente —añadió.
Alexios rio, pero no porque le hiciera gracia el comentario.
—Aun así, le contaré algunas cosas, si es que usted está interesado en conocerlas, claro…
—No le voy a obligar, capitán, suya es la decisión —dijo Alexios utilizando un lenguaje cortés, ya que empezaba a tomarse mal el tono de Orsius, el cual sonrió, seguramente por el cambio en el trato del presidente—. ¿Ha adivinado quiénes ayudaron a los herederos a escapar?
—Parece más preocupado por eso que por las víctimas de Yadarme —sugirió Orsius.
—No es eso, solo que…
—Algo intuyo —terció Orsius—, sí, pero todavía no puedo demostrarlo, de lo contrario…
—¿Quiénes intuye que fueron?
—Insiste en hablar en plural, ¿tan seguro está de que fue más de una persona?
—No, pero eso… se supone, ¿no?
—Mi trabajo no se basa en suposiciones…
—Pues entonces dígame, ¿qué opina?
—Opino que tuvo que ser algún, o quizás algunos miembros importantes de la sociedad, eso es seguro.
—¿Alguien del Gobierno?
—¿Por qué dice eso?
—Me han llegado rumores de que es lo que usted cree —explicó Alexios.
—Entonces, de ser así, podría tratarse de cualquier miembro del Consejo, incluso —hizo una pausa más prolongada de lo habitual—, podría tratarse de usted mismo.
Alexios volvió a sonreír de forma irónica.
—¿Te atreves a culparme en mi propio despacho, Orsius? —le recriminó Alexios, volviendo a tutear al capitán de los cuero negro.
—No, no, señor, faltaría más —dijo Orsius sin alterar lo más mínimo su tono y ritmo de voz—. Tan solo quiero hacerle unas preguntas rutinarias, como parte de la investigación, ya sabe, puro trámite.
—Puedo negarme si quiero.
—Por supuesto, de momento está en todo su derecho de guardar silencio —arguyó Orsius—. Sin embargo, no hacerlo podría entorpecer mis avances en la investigación.
—¿Qué preguntas son esas? —accedió Alexios tras meditarlo un segundo.
—La primera y más importante es la siguiente: ¿Cómo murió el Lórdezeit?
Alexios no esperaba ni por asomo esa pregunta y dibujó una rígida mueca en su pálido semblante.
—Esa misma pregunta me la han hecho muchos antes que usted, y mi respuesta siempre ha sido y será la misma: es un secreto de Estado, y los secretos de Estado están bajo la custodia y supervisión del presidente y este solo las revelará a quien crea oportuno,
siempre y cuando sea miembro directo del Gobierno de Las Cinco Comarcas —advirtió Alexios.
—Vaya, parece que me esté leyendo al pie de la letra nuestra querida Constitución —adujo Orsius.
—Yo mismo escribí el artículo —corroboró Alexios.
—Me consta, y me parece muy curioso que lo hiciera nada más convertirse en presidente; pero yo también conozco nuestras leyes, soy el capitán del Departamento de Seguridad y Defensa de Las Cinco Comarcas, no lo olvide.
—Y usted no olvide que yo soy el único, junto al consejero Bábet, que podría desprenderle de su cargo —le advirtió el presidente, visiblemente crispado.
—Eso es cierto, la cuestión es, ¿lo hará?
—Sí, si sigue culpándome de algo que no he hecho.
—Yo no le he culpado de nada, señor, faltaría más, tan solo le he hecho una pregunta, simplemente estoy haciendo mi trabajo —aseguró—. Nuestra Constitución también dice que nadie está por encima de la ley, ni siquiera el presidente, ¿no es así?
Alexios asintió sin decir nada.
—Vuelvo a preguntarle entonces, señor presidente, ¿cómo murió el Lórdezeit?
—Alexios guardó silencio—. No sé si lo habrá oído alguna vez, quizás no, pero hay ciertas…
leyendas, que dicen que un creador de nuk…
usted ya me entiende, no puede morir a menos que se destruya previamente a todas sus creaciones.
—Lo siento, pero no creo en leyendas —aclaró Alexios, aunque su gesto exhibía una cierta inquietud después de oír esa teoría. El capitán, que era muy perspicaz y tenía mucha experiencia en interrogatorios, lo supo apreciar.
—¿Qué sabe usted acerca de El Fantasma del Tiempo?
—¿Ahora va a preguntarme sobre fantasmas, capitán? —respondió Alexios con sarcasmo.
—¿Y por qué no? ¿No cree en ellos? —preguntó Orsius permaneciendo serio.
—Si quiere que le conteste a esa pregunta con franqueza, le diré que los fantasmas no existen.
—¿No cree que existan?
—No.
—Después de todas las cosas que hemos visto, ¿no cree en fantasmas?
—No —repitió Alexios, que estaba perdiendo la paciencia.
—¿Y cómo me explica usted entonces el extraño comportamiento del Gran Reloj tras la supuesta muerte del Lórdezeit?
—¿Supuesta? —preguntó Alexios indignado.
—Bueno, nunca vimos su cadáver. Por cierto, esto me lleva a hacerle otra pregunta, ¿dónde se encuentra su cadáver?
—Ese también es un secreto de Estado —explicó Alexios mirando a la mesa.
—Ya, supongo… ¿Lo mató usted?
—¿A quién?
—Al Lórdezeit.
—No le voy a contar secretos de Estado por mucho que me insista, capitán.
—Casi nunca o quizás nunca, no podría asegurarlo ahora mismo, le he escuchado pronunciar la palabra «Lórdezeit», parece un tema tabú para usted. ¿Acaso tiene miedo de que regrese su fantasma para vengarse?
—¿No serás tú el que tenga más ganas de que regrese? —se defendió Alexios atacando.
—¿Quién era usted y a qué se dedicaba antes de ser presidente? Su pasado también es un misterio —contraatacó Orsius sin hacer caso de la insinuación.
—¿Tanto le interesa mi vida privada? ¿Qué es un cuero negro o un periodista de la prensa del cotilleo?
—Supongo que sería un miembro de la O.C.H. aunque no hay pruebas que lo atestigüen —continuó Orsius.
—No tiene que haberlas.
—¿Por qué nunca dieron detalles sobre la operación llevada a cabo para derrocar a la Orden?
—No veo por qué habría que hacerlo, no era necesario.
—¿Por qué se convirtió usted en presidente? Hasta donde yo sé, nadie le eligió.
Alexios se levantó.
—Es tarde, y mañana tengo que enterrar a siete personas, como comprenderá, no es plato de buen gusto. Váyase de mis aposentos, le acompaño hasta la puerta.
Alexios caminó hasta la puerta del despacho y Orsius lo imitó unos segundos después.
—Quería hacerle una última pregunta, por favor.
—Venga, hágala y váyase.
—¿Qué le parece que haga pública la desaparición de Xalara Verdreven y que distribuya carteles por todos lados para tratar de encontrarla?
Su madrina ha sido asesinada, su casa destrozada y no hay rastro de la chica, por lo que es muy probable que los herederos se la hayan llevado secuestrada —dijo Orsius, que acababa de sacar un retrato dibujado de Xalara.
—O que haya escapado —replicó Alexios, disimulando su asombro al ver el gran parecido del dibujo con la verdadera Xalara.
—También podría ser —admitió Orsius—, es una de las hipótesis que barajamos.
—Es su trabajo, usted sabrá qué es lo mejor —resolvió Alexios sin poder ocultar su irritación y acompañó a Orsius por las escaleras que bajaban hasta la puerta de salida hacia la Gran Escalinata.
—Quiero que sepa que soy consciente de que esta mañana ha visitado las ruinas de la casa de Xalara Verdreven. Que pase usted una buena noche —dijo Orsius, y se fue cerrando la puerta sin darle a Alexios la oportunidad de articular palabra alguna.
El día siguiente amaneció soleado en Bibrébem. Los medios de comunicación, floristas y demás decoradores, habían partido hacia Yadarme en tren a primera hora de la noche para que todo estuviese listo a la hora del funeral.
El presidente, acompañado por su Consejo y la Escolta Presidencial, viajó a Yadarme por medio de la red de traslado.