Chapter 14 El lamento de Yadarme #2
—Es una muchacha muy solitaria y extraña —explicó Burlen recuperándose un poco—. Vive con su madrina en las afueras, cerca del río, en una casa en medio de un claro del bosque. Su madrina fabrica los licores que se sirven aquí —explicó—. Y… y se la llevaron —se lamentó al borde del llanto.
—¿Se la llevaron? ¿Se llevaron a la tal Xalara? —preguntó Alexios sin poder ocultar su interés.
—No, a Aura, la madrina de la chica —sollozó Burlen—. De la muchacha no sé nada.
—¿A dónde se la llevaron? —intervino Orsius, que ya parecía harto por no ser el protagonista del interrogatorio.
—No lo sé, Aura estaba aquí en la fiesta y se la llevaron por la fuerza, supongo que irían a buscar a su ahijada. Pero no lo sé, no sé cuánta gente ha muerto, no lo sé… —Burlen volvió a derrumbarse y se abrazó a su prima.
—Dijeron que Xalara tenía algo que no le pertenecía —explicó la prima tomando el control de la conversación.
—¿Dijeron eso? —preguntó Burlen entre gimoteos—. Yo no lo oí.
—Sí, estoy segura de que el más delgado de ellos lo dijo. —confirmó la prima de Burlen.
—Eslamánder… —murmuró Orsius—. ¿Cuántos eran?
—No lo sé, la taberna estaba llena —gimoteó de nuevo Burlen.
—Me refiero a los herederos.
—Tres —aseveró la prima—. Dos hombres y una mujer. Eran ellos, los fugados, estoy segura.
—¿A qué hora llegaron?
—Cerca de la media noche, no sabría decirle la hora exacta —respondió ella.
—¿Qué hicieron? Me refiero a todo lo que dijeron o hicieron aparte de preguntar por Xalara Verdreven —se explicó—.
Quiero que me cuenten todo lo sucedido con la mayor exactitud posible —dijo Orsius sacando una libreta y un bolígrafo del bolsillo del pantalón—.
Vosotros —dijo refiriéndose al resto de los cuero negro—, salid a la calle y preguntad a toda la gente que os encontréis, pero no vayáis a la casa de esa tal Xalara, de eso me encargaré yo personalmente cuando termine mi trabajo aquí.
—Pero, capitán, los herederos podrían estar cerca de la casa, ¿no cree que sería más prudente acudir allí de inmediato? —arguyó uno de los cuero negro.
—Haced lo que os digo —ordenó Orsius con un tono que no admitía réplicas.
—A sus órdenes, capitán —saludó el cuero negro y se fue junto a sus compañeros.
Orsius se acercó a Alexios.
—No quiero ser mal educado, pero será mejor que nos dejen solos haciendo nuestro trabajo —le dijo en voz baja, tratando de mostrar profesionalidad.
—Está bien, nosotros vamos a dar una vuelta por el pueblo —dijo el presidente que, sin esperarlo, le habían brindado una magnífica oportunidad para ir a la casa de Xalara y Aura.
—De acuerdo. Tengan cuidado.
—Estoy bien protegido —dijo Alexios señalando a su Escolta Presidencial.
Había un cierto recelo en el tono que empleaba Orsius y Alexios lo notó, pero prefirió no opinar al respecto, no era el lugar ni el momento.
La Escolta Presidencial abandonó la taberna custodiando a Alexios y a Andris, y se dirigieron hacia el bosque, a pesar de las constantes trabas que puso Ázur, dada la peligrosidad que entrañaba abandonar las calles del pueblo, según su criterio.
Al llegar al claro donde se asentaba la casa de Xalara y Aura, comprobaron que estaba derruida y que sus escombros todavía humeaban.
El piso superior había desaparecido casi por completo, tan solo quedaba en pie parte del esqueleto formado por las vigas más gruesas.
Había fragmentos de teja desperdigados a varios metros de distancia, como si hubiesen explotado por el calor de las llamas.
Por su parte, el piso de abajo solo era un montón de ladrillos ennegrecidos.
Andris se fijó en Alexios, que observaba con atención algo que había tirado entre la hierba al lado de las ruinas. Desde allí no se apreciaba muy bien lo que era, aunque se intuía.
—¿Qué miras? —preguntó Andris mientras se acercaban.
—Hay algo tirado a la derecha de la casa.
Se acercaron un poco más y después todos se detuvieron, salvo Alexios, que siguió aproximándose muy despacio, como si no quisiera hacerlo pero no le quedara más remedio.
Lo que allí se hallaba era un cuerpo, y estaba tumbado boca abajo.
Alexios se agachó y comprobó que el cadáver estaba destrozado, pero a pesar del estado del cuerpo, confirmó que se trataba de Aura Duarte.
Levantó una mano del cadáver y vio que le faltaban casi todas las uñas, al parecer, los herederos la habían torturado hasta su último aliento.
Alexios se levantó, la escena era demasiado tétrica como para seguir observándola durante más tiempo. Andris se acercó al presidente, que parecía demasiado frío a pesar de lo que estaba viendo.
—¿Es… es ella? —preguntó Andris pavoroso y en voz baja, mirando el cuerpo de reojo y tapándose nariz y boca con un pañuelo de seda.
—Es Aura, la madrina, no es Xalara —ratificó Alexios con entereza.
—Menos mal… —dijo Andris, que parecía aliviado.
Alexios se acercó a las ruinas de la casa y miró por las ventanas sin cristales para comprobar que dentro no hubiese ningún cadáver más, aunque era imposible de confirmar entre tanta destrucción.
—No parece estar aquí —opinó Alexios.
—Quizás se la hayan llevado. Habrán descubierto de quién es hija y la han secuestrado —argumentó Andris—. Por eso han venido a por ella.
—Cállate, ahora no —le recriminó Alexios en voz baja, mirando de soslayo a su Escolta Presidencial, que se mantenían al margen, aunque muy atentos a todo lo que hacían.
Alexios se acercó a ellos.
—Volvamos al pueblo.
—¿Puedo preguntarle por qué hemos venido hasta aquí y cuál es la identidad de ese cadáver? —preguntó Ázur.
—No, no puedes —contestó Alexios con rotundidad—. Nosotros no hemos estado aquí, nadie puede saberlo, ¿queda claro? —dijo dirigiéndose ahora a todos los presentes, que asintieron al unísono.
Por el camino de vuelta se encontraron a una anciana que, después de arrojarse a llorar a los brazos del presidente, les informó de que todos los cadáveres de las víctimas se encontraban en la plaza principal del pueblo, y hacia allí se dirigieron.
Se introdujeron entre la muchedumbre que se aglutinaba en torno a la escultura de piedra del centro, la cual representaba al símbolo de La Resistencia, (una mano rodeada de cadenas rotas que sostenía una espada arlasófica en posición vertical).
Ázur hizo ademán de apartar a la gente para que dejasen paso al presidente, pero Alexios lo frenó de inmediato y fueron haciéndose poco a poco y con respeto, un hueco entre los murmullos de estupefacción, hasta que consiguieron llegar a la primera fila.
Allí los murmullos dejaban paso a los llantos de dolor de los familiares de las víctimas, que estaban arrodillados al lado de los féretros, situados estos a los pies de la escultura,
donde la placa de latón que albergaba los nombres de todos los caídos del pueblo durante el régimen del Lórdezeit se quedaba pequeña, pues ahora habría que sumar otros siete nombres.
Los ataúdes estaban abiertos y dejaban ver los rostros de todas las víctimas. Alexios se fijó en ellos, a simple vista ninguno tenía un aspecto parecido al que mostraba Aura, la cual faltaba allí para que la gente de su pueblo le mostrase sus respetos.
El presidente se acercó a los familiares para ofrecerles sus condolencias, pero no todos las aceptaron de buen grado, algunos incluso le echaron la culpa y él no los recriminó por ello.
De forma improvisada, el presidente se subió en la escultura de piedra.
—Señor, bájese, ahí arriba está demasiado expuesto —le pidió Ázur, pero Alexios no le hizo caso.
—¡Habitantes de Yadarme, siento mucho lo que ha ocurrido en vuestro maravilloso pueblo, y quiero anunciaros que estas personas serán enterradas con todos los honores en un funeral oficial, que se celebrará mañana en este mismo lugar a las doce del mediodía,
el Gobierno se hará cargo de todos los gastos!
Se escucharon algunos abucheos que pronto fueron acallados con aplausos.
Poco después del anuncio, Alexios, Andris y la Escolta Presidencial, regresaron a Bibrébem, esta vez ya por medio de la restablecida estación de traslado, sabiendo que al día siguiente tendrían que volver para el funeral.
Durante el transcurso de la tarde, el presidente se ocupó personalmente de convocar a todos los medios de comunicación con el fin de retransmitir el funeral en directo por televisión y radio.
Además, habló con numerosos floristas para que engalanasen la plaza de Yadarme.
También se ocupó de avisar uno por uno a cada miembro del Consejo, los cuales debían acudir obligatoriamente al funeral.
Alexios estaba decidido a enviar un mensaje de unión frente a la amenaza de los herederos.
Al regresar de Yadarme a última hora de la tarde junto al resto de su equipo, el capitán de los cuero negro, Orsius Dónel, pidió una audiencia privada con el presidente, que este aceptó de inmediato cuando fue informado de ello.
Eran en torno a las diez de la noche cuando Ázur avisó de que Orsius esperaba para ser recibido, y el presidente le dio permiso para que lo dejase entrar en su despacho. Alexios, que seguía con el mismo traje que llevó puesto durante todo el día, lo esperó sentado en su silla.
Ázur abrió la puerta que estaba conectada a la Gran Escalinata, por donde accedía todo aquel que no fuese el presidente, y junto a él apareció Orsius, que llevaba puesto su uniforme oficial, incluida la espada guardada en la vaina de cuero.
—Buenas noches, presidente.
—Buenas noches, capitán, ya veo que has regresado de Yadarme —saludó Alexios—. Puedes retirarte a descansar, ya no es necesaria tu presencia —le dijo a Ázur, que cerró la puerta dirigiendo una mirada severa a su homólogo de los cuero negro.
Una vez dentro y con la puerta cerrada, Orsius, a pesar de que aquello significaba quebrantar sus votos, se quitó el pasamontañas dejando su rostro al descubierto, al parecer consideraba innecesario llevarla puesta, ya que el presidente conocía su verdadera identidad.
Sin el pasamontañas, el aspecto de Orsius Dónel parecía aún más imponente.
Era un hombre muy alto y ancho de hombros, el poco pelo que le quedaba estaba lleno de hebras blancas, señal de que en poco tiempo ocultarían para siempre el color de su grasiento y escaso cabello.