Chapter 14 El lamento de Yadarme
Pum, pum, pum. Los golpes provenían de la puerta de entrada a las estancias privadas del presidente. Alexios se despertó sobresaltado y su primera mirada fue dirigida hacia la ventana, donde el cielo se mostraba con el azul mate que precede al amanecer.
Pum, pum, pum. Los golpes volvieron a escucharse y el presidente se levantó.
Tenía que ser algo muy importante para molestarlo a esas horas.
La última vez que ocurrió algo similar, había sido tan solo cuatro días atrás, cuando Andris lo despertó antes del amanecer para informarle de la fuga de los herederos en la Prisión de Ívelmer.
Cogió su bata de descanso, se puso las zapatillas y fue hacia la puerta.
Tras ella se encontraba el vicepresidente Andris Bóstoul, resollando, con cara de preocupación y nerviosismo, pero vestido de forma elegante, como siempre.
—¿Qué ocurre, Andris?
—Se trata de los herederos.
—¿Los han encontrado?
—Han atacado el pueblo de Yadarme.
Las palabras de Andris parecieron oprimir el pecho de Alexios, porque se quedó sin aire para continuar hablando durante unos pocos segundos.
—¿Yadarme, dices?
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Completamente —sentenció Andris—. Y han matado a numerosas personas, a media docena al menos, casi todas en una taberna donde estaban celebrando el Día de la Libertad. Orsius ya se prepara para viajar hasta allí y comenzar la investigación.
—Nosotros también iremos —anunció Alexios.
—¿Nosotros? —preguntó Andris sorprendido.
—Sí, avisa a la Escolta Presidencial, ellos nos acompañarán.
—Existe un problema —lo advirtió Andris.
—¿Cuál?
—La estación de traslado de Yadarme no está operativa. El conductor que estaba allí de servicio se encuentra entre las víctimas y hasta que alguien lo sustituya… Tendremos que viajar en tren si queremos ir.
—Que preparen el viaje en tren entonces —declaró Alexios sin dudar—. Disponlo todo, saldremos lo más pronto posible.
El presidente fue a cerrar la puerta, pero Andris la frenó con la mano.
—Alexios…
—¿Qué pasa? —preguntó impaciente.
Andris se acercó para que el escolta presidencial que estaba de servicio en la puerta no pudiese oírlo.
—Quiero hacerte una pregunta un tanto peliaguda…
—Dime.
—¿Crees que ha tenido algo que ver con todo esto tu visita al pueblo el otro día?
—No, no lo creo —contestó Alexios lacónico—. Voy a vestirme.
Sin decir nada más, cerró la puerta en las narices de Andris.
Tres cuartos de hora más tarde, el presidente salió de sus aposentos. Fuera, en la Gran Escalinata, ya lo esperaba Andris acompañado de los cinco miembros de la Escolta Presidencial.
—Buenos días, señor —lo saludó amablemente Ázur, el capitán de la Escolta Presidencial.
—Ha habido días mejores, créeme —reconoció Alexios.
—Sí, señor, disculpe.
—Ya está todo listo, presidente, la estación de traslado está reservada para nosotros y el tren ya espera en la Estación Norte —informó Andris, que en presencia de otras personas se tomaba una serie de modales que en privado no utilizaba para dirigirse a Alexios.
—Gracias, vicepresidente —dijo Alexios, utilizando el mismo tipo de locución—. Vayamos entonces.
Cuando bajaron el segundo tramo de escaleras se encontraron de bruces con Perseus Bábet, que subía todo lo deprisa que le permitía su ostensible cojera.
—Me gustaría ir con vosotros —anunció Perseus resollando.
—No es necesaria su presencia, gracias por su ofrecimiento —dijo Alexios sombrío y sin dejar de descender escalones.
—Pero soy el consejero de defensa y justicia, mi labor…
—Puede que su presencia nos ayude a esclarecer muchas cosas, ya me entiendes… —le susurró Andris al oído de Alexios.
—No vendrá —concluyó Alexios refiriéndose a Perseus en voz alta—. Alguien tiene que quedarse para recibir la información que pueda surgir, y él es el más indicado para ello.
—Como quiera, presidente —asintió Perseus Bábet resignado.
Varios guardias del palacio ya habían desalojado la plaza para custodiar el trayecto del presidente hasta la estación de traslado, cuyo conductor se encontraba esperándolos para enviarlos a la estación de tren y desde allí poner rumbo a la Comarca del Noroeste, hacia el pueblo de Yadarme.
Viajaron de tres en tres, que era el número máximo de ocupación que permitía esa cabina.
Primero lo hicieron tres miembros de la Escolta Presidencial para preparar la seguridad en la llegada del presidente a la estación de tren.
El presidente viajó junto a Andris y Ázur, y, por último, lo hizo el escolta restante.
Cuando el presidente y todo su séquito se encontraron en la estación ferroviaria, se dirigieron de inmediato y sin detenerse hacia un tren gris metalizado que tenía el escudo del Gobierno grabado en todos y cada uno de los vagones.
Un cordón de seguridad formado por decenas de cuero negro los custodió hasta la puerta del vagón, donde en su interior ya los esperaba Orsius Dónel junto a un puñado de hombres y mujeres que acompañaban a su capitán en el viaje.
Los pasajeros que esperaban en los andenes, se agolpaban para intentar ver al presidente.
A pesar de ello, no parecía que la noticia del reciente ataque se hubiese transferido aún a los medios, por eso la gente no conocía el suceso ocurrido en el pueblo de Yadarme, cuyo nombre (aunque no fuese la primera vez) estaba a punto de colmar todas las noticias.
El vagón en el que se hallaban era tan reconfortante como una sala de estar lujosa.
Las paredes estaban forradas de madera ornamentada y en lugar de los típicos asientos de los trenes convencionales, este albergaba unos sofás de cuero muy cómodos.
Las ventanas tenían cortinas de encaje y había una mesa larga en el centro.
El último en subir al tren fue un conductor de estaciones de traslado, que viajaba con el objetivo de volver a poner operativa la estación de Yadarme. Él fue ubicado en otro vagón distinto.
Ya era completamente de día cuando el convoy se puso en marcha.
Alexios no dejó de observar a través de los cristales a la gente que se apelotonaba en el andén, hasta que el tren giró a la derecha y desaparecieron del alcance de su vista.
Después se acomodó en el sofá, el trayecto sin escalas duraría aproximadamente cuatro horas.
Todos en el vagón permanecían en silencio, fingiendo estar distraídos, como debatiendo quién debía ser el primero en iniciar una conversación, pero no hizo falta. La puerta del vagón se abrió y un hombre y una mujer, vestidos de negro y blanco, aparecieron con unas bandejas y derrochando amabilidad.
—Buenos días, les traemos el desayuno —dijo el camarero.
—Oh, gracias, estaba hambriento —exclamó Andris, que fue el único que abrió la boca para decir algo.
Los camareros dejaron el desayuno sobre la mesa.
—Si necesitan algo más no duden en avisarnos —dijo la camarera.
—Que tengan un buen viaje —dijeron al unísono los camareros y se fueron cerrando la puerta corredera.
Andris echó azúcar en una taza de café con leche y cogió un par de magdalenas de la bandeja.
—¿No desayuna? —preguntó Andris mientras soplaba para enfriar su café.
—No tengo hambre —respondió Alexios decaído.
—El trayecto será largo —argumentó Andris.
—Sí, debería probar algo, señor —intervino Orsius mientras se levantaba el pasamontañas hasta la altura de la nariz para poder tomarse el café que acababa de atraer hacia él por medio de la arlasofía.
Alexios ni siquiera contestó, pero tuvo la sensación de que los demás no se atrevían a desayunar porque él no lo hacía.
El viaje se hizo demasiado largo para todos, dado el tenso silencio que imperó dentro del vagón en todo momento, tan solo roto por el propio traqueteo del tren sobre los raíles y el sonido del segundero de un reloj que había en la pared, el cual parecía ralentizar el tiempo.
Al llegar a Yadarme, un reducido grupo de cuero negro los esperaba en el andén de la pequeña estación.
El primer indicio de lo que había ocurrido durante la noche, lo encontraron bajo el porche de la estación de traslado, donde una mancha roja indicaba el lugar en el que habían asesinado al conductor.
Orsius envió a uno de sus hombres junto con el nuevo conductor para que este pudiese hacer su trabajo de forma segura, además de buscar algún tipo de huella que pudiera ayudar en la investigación.
En las calles no se veía ni un alma, era como si fuese un pueblo abandonado. Alexios dedujo que sus habitantes estarían encerrados en casa por miedo a un nuevo ataque de los herederos.
El grupo se encaminó hacia la taberna de Burlen. El capitán de los cuero negro lanzaba breves pero constantes miradas a Alexios, que reparó en ello.
La puerta de la taberna estaba abierta. Burlen se encontraba dentro, limpiando y recogiendo junto a su prima todos los desperfectos que había provocado el ataque de los herederos.
Cuando vieron entrar a esas personas con el presidente a la cabeza, Burlen y su prima dejaron lo que estaban haciendo. Alexios se acercó a ellos.
—¿Ocurrió aquí? —preguntó conociendo la respuesta.
—Hola, presidente, sí, ha… ha sido aquí —dijo Burlen, que no pudo aguantar el llanto, aunque por el aspecto que mostraban sus hinchados ojos, no había hecho otra cosa en las últimas horas.
Alexios se acercó a él y le dio un abrazo.
—Lo siento, lo siento mucho, de verdad.
—Usted no tiene la culpa —sollozó Burlen y dieron por finalizado el abrazo.
—¿Cómo ocurrió? ¿Qué dijeron los herederos? ¿Buscaban algo en especial, o simplemente les atacaron? —preguntó Alexios mostrándose muy interesado.
—Vinieron preguntando por Xalara Verdreven —contestó la prima al ver que Jonatan era incapaz de contener el llanto.
—¿Xalara Verdreven? —preguntó Alexios, aparentemente muy sorprendido, después cruzó una mirada fugaz con Andris.
—¿La conoce? —preguntó Orsius acercándose al presidente con una actitud indagadora.
—No, qué va, cómo la iba a conocer, no tengo ni idea —contestó Alexios, pero se le notaba nervioso.
—Ah… —declamó Orsius, que no parecía nada convencido y Alexios lo notó—. ¿Quién es Xalara Verdreven?