El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 13 Los cinco nukternozes #3
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Chapter 13 Los cinco nukternozes #3

Sus bocas, carentes de músculos faciales, se movían como si estuviesen susurrando.

Xalara sabía a lo que se enfrentaba, no tenía ninguna duda, pues había leído mucho acerca de ellos.

Desenvainó la espada y la empuñó con las dos manos sin demasiada convicción.

Retrocedió unos pasos hasta darse de espaldas contra el tronco del álamo y, sin perderlos de vista, se confirmó a sí misma: «nukternozes».

Sin retrasarlo por más tiempo, se dio media vuelta y echó a correr.

No sentía el dolor de la pierna, no sentía nada en realidad, tan solo la necesidad de huir de ellos.

Pero a quién pretendía engañar, su vida estaba acabada, lo había leído innumerables veces, por mucho que corriera nunca podría escapar, no se conocía a nadie que hubiese sobrevivido a los nukternozes; si se te aparecían y te miraban directamente, estabas sentenciada.

Cuando volvió la vista hacia atrás, comprobó que los nukternozes permanecían impasibles y estáticos en el mismo lugar.

Aun así, continuó corriendo hasta perderlos de vista.

Sin embargo, después de atravesar maleza y varios álamos más, ahí estaban, otra vez se encontraban frente a ella, y se preguntó si habría vuelto al mismo sitio.

Estaba convencida de que no, así que ellos la habían perseguido.

Xalara sintió ganas de gritar, de echarse a llorar e incluso de vomitar, pero no hizo ninguna de las tres cosas, simplemente se limitó a respirar, una respiración entrecortada y dificultosa, pero que, al fin y al cabo, serían sus últimos alientos antes de morir, debía disfrutar de ellos.

Los nukternozes la observaban sin moverse, como si estuvieran esperando a que ella hiciese algo, por lo que Xalara pensó en volver a correr, en intentar escapar una vez más.

Fue entonces cuando uno de los cinco nukternozes se acercó a ella en un parpadeo y apoyó sus intangibles y alargadas manos sobre los hombros de la muchacha, quien, antes de quedarse paralizada, movió la espada para intentar atacar,

pero el arma simplemente lanzó un petardazo que se perdió en el cielo como si hubiese sido un pequeño fuego artificial festivo.

El nukternoz agachó la cabeza para dirigirla hacia la altura de Xalara y abrió su boca mostrando una enorme cavidad, al mismo tiempo los labios de la muchacha se separaron de forma involuntaria, pues ya no era dueña de su cuerpo.

Xalara sintió un aliento gélido que le recorría la garganta, le anegaba los pulmones y le penetraba en el corazón.

Sus ojos parecían a punto de estallar y sus pies se despegaban del suelo, y lo último que notó fue que su cuerpo se retorcía y se sacudía en el aire, en medio de un intenso dolor que amenazaba con quebrarle todos los huesos; después llegó la oscuridad.

Sin darse cuenta de cómo había sucedido, se encontraba en medio de un salón con las paredes hechas de piedra y argamasa.

En él había un trono de madera tallada situado delante de una chimenea apagada.

El salón estaba vacío de personas, pero repleto de arlasofía, una arlasofía que Xalara nunca había visto antes.

Una gigantesca lámpara de araña flotaba en el aire con las velas encendidas.

Revoloteando cerca del techo, vislumbró unas pequeñas esferas de cristal que contenían unas luces naranjas en movimiento, dejando tras de sí una estela luminosa y volumétrica.

No sentía el tacto de su cuerpo, era como si flotase, y tuvo la certeza de que estaba muerta.

De pronto recordó que algo similar ya le había sucedido en otra ocasión, tan solo unos días atrás en el río, cuando vivió con tanta intensidad un recuerdo suyo de la infancia junto a Víliam.

Pero esta vez era diferente, pues ella nunca había estado en ese salón y no formaba parte de su memoria.

De repente, la chimenea se prendió sola y una gran multitud de personas, vestidas con ropa de otra época, aparecieron en el salón como si lo hubiesen hecho por medio de una estación de traslado, agolpándose contra las paredes, dejando libre el centro donde se encontraba Xalara,

que los observaba asustada.

Sin embargo, ellos la ignoraban por completo, pues todos miraban hacia el trono. La muchacha los imitó.

En el trono ahora se hallaba sentado un hombre anciano, con un aspecto muy demacrado y decaído.

El anciano llevaba una corona plateada sobre la cabeza, la cual apenas parecía poder sostener dado el grado de inclinación de su cuello.

Enseguida, todos voltearon sus miradas hacia unas grandes puertas de madera situadas en el extremo opuesto al trono, donde acababa de aparecer una hermosa y joven mujer.

Era alta y tan pelirroja, que su pelo parecía besado por el fuego.

A pesar de ser tan esbelta, su rostro mostraba una profunda tristeza.

Todos los presentes hincaron la rodilla en el suelo ante el paso de la joven, que se dirigió lentamente hacia el trono, como si estuviese realizando una especie de ritual.

Xalara quiso apartarse en el último momento, pero no le hizo falta, pues la mujer la atravesó como si se tratase de un fantasma.

La joven pelirroja hincó la rodilla ante el anciano que se sentaba en el trono.

A continuación, un hombre robusto le acercó una espada arlasófica guardada en su vaina al anciano, y este la recogió con serias dificultades.

Xalara creyó reconocer aquella empuñadura.

—Hija mía —habló el anciano con una voz tan débil como un susurro—, te hago entrega de la espada Kalana, símbolo de nuestra familia y en la que están resguardadas todas las almas del Reino. Tuya es, y con ella has de proteger a tus súbditos.

El anciano estiró sus trémulos brazos y la espada flotó hacia su hija, quien, con el rostro bañado de lágrimas, asió la espada en el aire.

—Deja que se vaya la niña que llevas en tu interior, para convertirte en la mujer que necesitas ser —agregó el anciano en tono suntuoso.

La joven, después de asentir con respeto a su padre, se giró hacia sus súbditos sosteniendo la espada con las dos manos a la altura del pecho.

Todos la miraban arrodillados en el suelo y estiraron los brazos hacia arriba, con las palmas de las manos abiertas hacia el techo.

De ellas brotaron una multitud de luces plateadas que se elevaron en el aire, proporcionando a Xalara la escena más sublime que sus ojos hubiesen contemplado jamás.

Xalara apartó la vista del techo y dio un paso hacia atrás, pues la chica pelirroja se encontraba frente a ella y la miraba con fijeza; ¿cómo era aquello posible?

Luego, extendió los brazos hacia delante, con la espada en las manos, como si se la estuviese ofreciendo a Xalara, que no sabía muy bien qué hacer.

Entonces la mujer pelirroja estiró una mano y agarró la muñeca de Xalara.

Todo a su alrededor fue invadido por un potente destello de color plateado.

Sus ojos se entreabrieron, su vista estaba oscura y borrosa.

Se hallaba tumbada boca arriba, con las piernas y los brazos extendidos sobre una fría y húmeda hierba.

Unas manos aparecieron de la nada. No supo distinguir de quién eran, y de lo último que fue consciente antes de que todo se volviese a apagar, fue que esas mismas manos la levantaban del suelo.