Chapter 13 Los cinco nukternozes #2
La cortina tras la que vigilaba antes Huberto, comenzó a arder al ser alcanzada por un haz de luz y la estancia pronto se llenó de humo que apenas permitía respirar.
Xalara oyó que lo mismo parecía estar ocurriendo en el piso de arriba, y, por un momento, se formó en su mente la triste imagen de su querida colección de libros convertida en una pira.
Abajo, el fuego de la cortina se propagó al mueble que tenía al lado y, con una velocidad insultante, alcanzó el techo de madera. La pancarta de «Feliz Día de la Libertad» se desprendió envuelta en llamas y cayó sobre la mesa, emitiendo un olor muy desagradable.
—¡¡Vamos, Xalara, huye, rápido, huye!!
La muchacha se armó de valor impulsada por las palabras de Huberto y reptó hasta la puerta.
Allí se puso de cuclillas y un haz de luz pasó rozándole la cabeza para terminar estallando en la pared tras ella, dejándola un poco aturdida además de provocarle un fuerte pitido en los oídos que le impedía escuchar con claridad los gritos de desespero que Huberto no dejaba de lanzarle.
Por fin consiguió abrir la puerta estirando el brazo. Justo en ese momento, a su espalda se escuchó un escalofriante crujido.
La muchacha miró hacia atrás y vio a Huberto sepultado por una viga del techo y otras tablas que había arrastrado con ella. De inmediato intentó ayudarlo, pero Huberto abrió los ojos en medio de una cara teñida de polvo y, entre gestos de dolor dijo:
—Huye.
Xalara no lo escuchó, pero leyó sus labios.
El calor de las llamas se estaba convirtiendo en insoportable y, sintiéndose muy mal por ello, abandonó a aquel hombre a su suerte y volvió a arrastrarse hacia la puerta.
Esta vez no se puso en pie hasta encontrarse en la calle, pero cuando quiso echar a correr le resultó imposible, pues una astilla de madera, que no había notado hasta entonces, le había perforado el pantalón y el gemelo de su pierna izquierda, provocándole un dolor muy agudo y punzante.
No sin serias dificultades, se apartó cojeando de la casa, cuyo piso superior también estaba envuelto en llamas.
Atravesó el huerto de su madrina y saltó la pequeña valla de ladrillo que rodeaba a la vivienda.
No se detuvo hasta encontrar refugio tras el grueso tronco de un álamo y se sentó para estudiar su desesperante situación.
Desde allí escuchó las voces de los herederos y se asomó tímidamente para verlos.
Se llevó una desagradable sorpresa cuando vio que la heredera Briana Kéitel (la reconoció por su baja estatura) sujetaba a Aura, que tenía las manos atadas y la amenazaba con la espada.
A pesar de ello, su madrina parecía estar en buen estado físico.
—Te has pasado, Jerom, la chica está dentro, solo teníamos que hacer algunos destrozos, no incendiar la casa —se quejó Orfeus enfurruñado; el símbolo de la Orden de los Herederos refulgía en el pomo de su espada.
—La chica importa bien poco, de todos modos, la íbamos a matar —replicó Briana tratando de defender a su hermano, que hizo un gesto de asentimiento a sus palabras.
—Sí, pero el libro está con ella y puede que se esté quemando. Si se destruye, ya conocéis las consecuencias… —agregó Orfeus titubeante.
—¡¡Xalara!! —gritó Aura llorando desesperada, y Briana le dio un puñetazo en el estómago que hizo que se doblara de dolor.
La muchacha tuvo el enorme impulso de contestar a su madrina, de decirle que no estaba en casa, que se encontraba a salvo de las llamas, pero sabía que era una locura hacerlo.
—Mirad dentro —propuso Briana, pero el tono de su voz denotaba que sabía que Orfeus llevaba razón al quejarse.
—Si está arriba ya no hay solución —argumentó Orfeus.
—Esta mujer dice que no está en casa —repuso Briana con un deje poco convincente.
—Esa asquerosa tercera clase —dijo Orfeus corrigiendo a su compañera—, dirá lo que haga falta para que no le hagamos daño a su ahijada, pero mírala, está rota de dolor porque sabe que la chica sigue dentro, si hasta acaba de gritar su nombre.
Orfeus y Jerom se acercaron a la casa para buscar a Xalara.
Tenía que actuar ya, si los herederos comprobaban que no estaba en el interior de la vivienda, entonces la buscarían por fuera y acabarían encontrándola, solo era cuestión de tiempo.
Se miró la herida de la pierna y supo lo que debía hacer, aunque la idea no le agradara lo más mínimo.
Agarró con decisión la astilla, metió la otra mano en la boca para morderla y ahogar un posible lamento, y tiró de la astilla hasta liberarla de su gemelo.
Tuvo que reprimir un aullido de dolor, mordiéndose la mano con tanta intensidad que se hizo sangre en los nudillos.
Probó a levantarse, comprobando que ya podía apoyar la pierna con bastante soltura.
Fue entonces cuando echó a correr alejándose de los herederos, con la esperanza de que no le hiciesen daño a su madrina.
Alternó momentos en los que corría con otros en los que caminaba.
Así lo hizo durante al menos veinte minutos, pero no encontraba el arroyo que Huberto le indicó.
Al menos creía que estaba lo suficientemente alejada como para no correr peligro, aunque si lo pensaba con frialdad, ¿dónde estaría realmente segura ahora?
Jadeando como no lo había hecho nunca, se detuvo y apoyó las manos sobre las rodillas para descansar.
Cuando recuperó el aliento observó a su alrededor, dándose cuenta de que no le sonaba de nada esa parte del bosque, aunque estaba demasiado oscuro para confirmarlo.
No vio en su huida ningún tipo de camino ni sendero, por lo que se encontraba en un lugar que la gente no frecuentaba.
Tampoco sabía si en verdad había corrido hacia el noreste como era su idea, de todos modos, sabía que regresar no era una opción.
Se lo había jurado a Huberto después de que este hubiese insistido mucho en ello, y, tras ver la brutalidad con la que se desenvolvían los herederos, entendió el motivo.
El estado de la herida se complicó después de molestarla y el dolor, hasta ese momento llevadero, comenzaba a transformarse en agudo.
Sentía miedo, pues estaba perdida, dolorida y sola en el bosque en medio de la espesa noche.
Pero lo peor sin duda era que tres herederos la buscaban para matarla y no sabía con certeza el motivo, pero al parecer, todo estaba relacionado con los objetos que sus padres le dejaron en herencia.
Por el momento no iba a hacer nada, al menos esperaría al amanecer para tomar una decisión firme.
Se acercó hasta un álamo y se sentó en el suelo apoyando la espalda sobre el tronco. La hierba estaba demasiado alta y eso le producía inquietud, pues podría ocultar cualquier animal o insecto sin que ella pudiera verlo.
Cuando volvió a tener conciencia de su situación, habían pasado ¿minutos, horas?
Pues no tenía reloj y allí el tiempo parecía transcurrir tan lento…
Tiempo… El Fantasma del Tiempo… ¿Tendría algo que ver en todo lo que le estaba ocurriendo?
¿Cabía la posibilidad de que existiese dicho fantasma?
Qué estúpida estaba siendo por pensar algo así.
Sin importar el tiempo que hubiera pasado, lo que sí tenía claro es que se había quedado dormida y que el sol aún no anunciaba su llegada.
No se había puesto la cantidad de ropa necesaria para soportar las condiciones de frío y humedad que se estaban dando, y eso provocaba que sufriera temblores y escalofríos.
Intentó remangarse el pantalón, pero no pudo hacerlo puesto que se había pegado a la herida.
De todos modos, no era necesario verla para saber que su aspecto había empeorado, porque el dolor era notorio incluso estando en reposo y la sangre estaba extendida por toda la pantorrilla.
Los sonidos nocturnos del bosque que tanto le gustaban cuando los escuchaba desde la cama, en ese momento, provocaban en ella todo lo contrario al placer.
El lejano ulular de lechuzas y búhos estaba consiguiendo que se le pusiera el vello de punta.
Las hierbas se movían por el contacto con algunos animales, seguramente conejos y liebres, pero Xalara también pensó que podría tratarse de serpientes; la sola idea le hizo estremecerse.
Para animarse, se volvió a decir a sí misma que debía aguantar hasta el amanecer, seguro que después lo vería todo con mucha más claridad y volvió a dormirse, aunque no de forma voluntaria.
Volvió a despertarse en medio de una repentina sacudida, con la espalda y el cuello entumecidos por la forzada postura que mantenía sobre el tronco del álamo.
Se encontraba tan mal, en todos los sentidos de la palabra, que tuvo la horrible sensación de que ya no se levantaría jamás de allí, y se imaginó su esqueleto vestido con la ropa que llevaba puesta, apoyado sobre el tronco con la misma postura y fusionado con el árbol por el paso de los años.
Se llevó las manos a la cara para llorar, cuando todos los sonidos parecieron apagarse de forma progresiva, hasta el punto de que, a los pocos segundos, no oía absolutamente nada, ni siquiera su propia respiración; el silencio le había atrapado todos los sentidos.
No muy lejos, oscilando entre los árboles y la maleza, surgió una niebla densa y concentrada. Lo más llamativo es que era fosforescente, enfatizando las siluetas de los árboles con un aura fantasmagórica. La niebla avanzaba hacia Xalara de una forma que parecía premeditada.
A medida que se acercaba, la niebla se tornó en unas figuras espectrales, las cuales emitían un vaporoso resplandor blanquecino que, sin embargo, no producía claridad alguna.
Los espectros atravesaban los árboles a medida que avanzaban, y estos no parecían inmutarse por su contacto.
Xalara percibió entonces el inquietante susurro de una especie de canto fúnebre, que se colaba por sus tímpanos causándole una sensación escalofriante.
Se obligó a ponerse en pie y distinguió lo que tenía delante.
Los espectros eran cinco y estaban frente a ella, detenidos a unos escasos metros de distancia.
Tenían un aspecto muy parecido al de un esqueleto humano, pero con varias diferencias apreciables.
Todos compartían el mismo tamaño y flotaban cerca del suelo.
Además, se podía ver a través de sus cuerpos.
Su piel, por llamarla de alguna forma, era nacarada, arrugada y putrefacta.
Los seres miraban con fijeza a Xalara a través de sus cuencas vacías y oscuras.