Chapter 13 Los cinco nukternozes
Quizás era porque hacía mucho tiempo que no estaba sola en ella a esas horas, pero la casa crujía por todas partes y las tuberías parecían murmurarse secretos en medio de aquel silencio.
En el exterior el ambiente estaba totalmente calmado, no se oía el viento haciendo batir las ramas de los álamos, ni tampoco parecían escucharse los habituales ruidos nocturnos del bosque.
Era como si todo se redujese a esa casa y en concreto a ese dormitorio.
Xalara continuaba tumbada en la cama, mirando al techo, sin pensar en nada y en todo al mismo tiempo.
Empezaba a tener sueño, pero decidió que antes de dormir volvería a consultar el libro de sus padres.
Lo cogió de la mesita, donde lo tenía abierto, y comprobó que seguía mostrando lo mismo.
Por puro instinto posó las yemas de sus dedos sobre las palabras en arlayino, notando que tanto estas como las tres calaveras, emitían bastante calor, provocándole la duda de si eso ya ocurría anteriormente o si se trataba de una novedad.
Con esa pregunta (una más) rondándole la mente, cerró el libro, volvió a dejarlo sobre la mesita y adoptó su posición preferida para conciliar el sueño.
—Este ha sido tu mejor día de cumpleaños. Felicidades, Xalara, ya eres mayor de edad —se dijo a sí misma de forma irónica, mientras sacaba una mano por debajo de las sábanas para apagar la lámpara que tenía sobre la mesita, provocando que la oscuridad imbuyera al dormitorio.
Cayó en un sueño profundo mucho más deprisa de lo que esperaba.
Nada más dormirse, se vio envuelta en una pesadilla en la que aparecía junto a Víliam en la orilla del río. Él le pedía que lo acompañara a la fiesta del Día de la Libertad y, tras rechazarlo de forma abusiva, oyeron un fuerte estruendo y ambos se giraron para ver de dónde provenía.
Xalara abrió los ojos y se encontró de nuevo en su cama.
Miró el reloj, no había llegado a dormir ni diez minutos.
Tras unos segundos, oyó un estrépito proveniente de la cocina.
No eran ni las doce y media. Le resultaba muy extraño que Aura hubiese regresado tan pronto.
Su madrina no era ni mucho menos de las que se quedaban de fiesta hasta el amanecer, pero tampoco recordaba que hubiese llegado nunca antes de las dos de la madrugada.
Aguzó el oído, pero no se oyó nada más y no le dio demasiada importancia al ruido, «habrá venido antes este año» —pensó.
De pronto se escucharon pasos subiendo las escaleras y fue entonces cuando estuvo segura de que no se trataba de Aura.
Estaba tan acostumbrada a oír la forma de pisar los escalones de su madrina, que podría distinguir sus pasos entre un millón.
Fuera quien fuese, lo que estaba claro es que subía corriendo.
Se incorporó en la cama con apremio. Los pasos se detuvieron delante de la puerta de su dormitorio, entonces ella se puso en pie.
De inmediato adoptó una posición de ataque.
Una vez había leído sobre defensa personal y recordaba cómo hacerlo.
Temblando de pies a cabeza, se plantó delante de la puerta, preparada para asestar un golpe a quien entrara en su habitación.
De repente, la cerradura de la puerta explotó y Xalara dio un salto hacia atrás, utilizando los brazos para protegerse de los fragmentos de madera que salieron disparados hacia ella a causa de la explosión. Con el corazón encogido, se giró para ver quién había hecho explotar la cerradura.
La puerta se abrió como a cámara lenta, y entre la humareda de la habitación y la oscuridad del pasillo, surgió la figura de Huberto Cóbelpot, que se asomó al dormitorio y lanzó algo sobre la cama; Xalara reconoció al instante que se trataba de la espada que le habían dejado sus padres en herencia.
—Vamos, vístete, tienes que huir —dijo Huberto con premura, que sorprendentemente parecía estar sobrio, aunque bastante sofocado.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó Xalara tosiendo por el humo que permanecía en el interior del dormitorio.
—Los herederos vienen a por ti —le informó Huberto como si lo que contase fuera algo esperado.
—¿Qué está diciendo?
—Coge la espada y el libro que te dejaron tus padres, tienes que llevarlos contigo.
—Espere un momento, ¿cómo sabe usted…? —preguntó Xalara extrañada.
—No hay tiempo para dar explicaciones, tu vida corre serio peligro —dijo Huberto escueto—. Los herederos están en Yadarme y se dirigen hacia aquí.
—Le exijo que se vaya ahora mismo de mi casa o enviaré una carta a los cuero negro, esto es allanamiento de morada, irá a prisión por ello.
—Y tú al cementerio como no te des prisa —sentenció Huberto sin dudar—. Han atacado la taberna y ahora se dirigen hacia aquí, ya saben dónde estás —añadió tratando de convencer a Xalara, que se rio.
—Claro, es allí de donde vienes, ahora se entiende todo, estás completamente borracho, como siempre —dijo Xalara, aunque poco convencida de sus palabras al ver la claridad con la que se expresaba Huberto, muy diferente a su anterior encuentro.
—¡No seas cínica, esto va mucho más allá de ti o de mí! ¡Toda la sociedad y su sistema de vida, está en juego! —gritó Huberto poniéndose realmente furioso.
—Está completamente chalado. ¡Váyase de mi casa! —gritó Xalara no menos iracunda y con ganas de echarse a llorar de impotencia.
—¡Entra en razón, por favor! —suplicó Huberto—. Mientras discutimos, estamos perdiendo el poco tiempo que tenemos antes de que lleguen.
Xalara recogió la espada de la cama, la desenvainó y amenazó a Huberto con ella.
—Si no se va ahora mismo de mi casa tendré que matarle, se lo aseguro —dijo Xalara fingiendo denuedo, pero el temblor de su mano blandiendo la espada mostraba todo lo contrario.
—¿En serio vas a matarme, Xalara? —preguntó Huberto con una mueca de burla.
—Si es necesario lo haré.
Huberto rio enfadado.
—Yo no soy el enemigo, sino ellos —dijo apuntando a la ventana.
De pronto y como si Huberto lo hubiera anticipado, se escucharon gritos lejanos y el inconfundible sonido de explosiones.
Xalara se giró lentamente hacia la ventana y los gritos volvieron a escucharse. La muchacha, con el semblante corrompido por el miedo, volvió a mirar a Huberto sin decirle nada, esperando a que él lo hiciese primero.
—Vamos, vístete, y no te olvides de coger la espada y el libro. Te espero abajo, ¡rápido! —dijo Huberto, y salió arrimando la puerta.
Volvieron a escucharse gritos y explosiones, y cada vez lo hacían más cerca, por lo que Xalara no perdió el tiempo.
Se quitó el pijama casi arrancándoselo a jirones y abrió el armario ropero, del que sacó unos pantalones vaqueros, una camiseta granate de manga larga y una sudadera gris con capucha.
Se vistió lo más rápido que pudo. Por último, se calzó las botas que tenía debajo de la cama.
A continuación, cogió una mochila que tenía en el armario y se apresuró a meter en ella el libro de sus padres. Acto seguido cogió la espada, la envainó y salió a toda velocidad del dormitorio, pero tuvo que volver para coger su cazadora vaquera.
Mientras bajaba las escaleras intentó ponerse la cazadora, pero entre las prisas sumadas al pánico, no acertaba a hacerlo; tampoco es que ayudase demasiado tener las manos ocupadas con una mochila y una espada.
En la cocina y a oscuras, Huberto, que había corrido todas las cortinas (o tal vez ya lo hubiese hecho Aura antes), vigilaba nervioso el exterior a través de la ventana que había al lado de la puerta. Se giró hacia Xalara cuando la escuchó bajar por las escaleras y la agarró del brazo.
—Bien, escucha atentamente lo que tengo que decirte —la apremió Huberto—.
Irás a mi casa, allí no podrán encontrarte.
Para ello debes salir en una dirección noreste.
No te detengas hasta encontrar un arroyo muy pequeño.
Allí girarás a la derecha siguiendo el curso del arroyo, hasta que veas un álamo partido por la mitad y ennegrecido por un rayo.
Después gira a la derecha y camina durante diez minutos, hasta que te encuentres de frente con unas zarzas muy altas y amplias. Allí, si te fijas bien verás…
—¿Pero usted no viene conmigo? —preguntó Xalara con un gesto de sorpresa y pavor al mismo tiempo, mientras seguía tratando de ponerse la cazadora.
—No puedo —aseveró Huberto—, tengo que quedarme aquí y proteger a Aura, si no te encuentran a ti, la tomarán con ella. No te inquietes, iré en cuanto me asegure de que está a salvo.
—Vale, pero, ¿cómo vas a defenderla sin un arma? —se preocupó Xalara.
—Como te decía… —dijo Huberto ignorando la pregunta—, encontrarás unas zarzas muy altas y verás un pequeño túnel a la altura del suelo, arrástrate por él, mi cabaña está al otro lado y tiene la puerta abierta, entra en ella y escóndete.
Xalara terminó por fin de ponerse la cazadora vaquera y se colgó la mochila al hombro, después se dirigió hacia la puerta, pero Huberto volvió a agarrarla por el brazo girándola hacia él.
—No hables con nadie —dijo el hombre.
—Vale.
—Júrame que pase lo que pase, veas lo que veas y escuches lo que escuches, no regresarás a esta casa bajo ningún concepto.
—Pero…
—Bajo ningún concepto, Xalara. Júralo.
—Lo juro —dijo Xalara, aunque su tono no se escuchó demasiado esclarecedor.
—Que no te roben los objetos de tus padres, si te los quitan…
—No lo harán.
—Nunca olvides esto, Xalara, protégelos. Con tu vida si es necesario —añadió Huberto con un tono trágico y la muchacha sintió como si estuviera despidiéndose para siempre.
Xalara asintió y se giró hacia la puerta, pero Huberto volvió a sujetarla.
—Una cosa más —hizo una breve pausa—. Sobrevive.
Xalara asintió de nuevo e hizo ademán de abrir la puerta, justo cuando la ventana situada sobre la encimera estalló bajo un halo de luz plateada. Los herederos habían llegado.
La chica se detuvo junto a Huberto y, antes de que les diese tiempo a asimilarlo, otro haz de luz venía directo hacia ellos.
—¡Al suelo! —gritó Huberto agachándose y arrastrando con él a Xalara.
A continuación, una oleada incesante de rayos comenzó a colarse por el hueco de la ventana, haciendo estallar todo lo que se encontraban a su paso, llenando de cristales y añicos de porcelana la cocina.
Varios cascotes de yeso se desprendieron de la pared y cayeron sobre Xalara, que se cubrió la cabeza con los brazos.