Chapter 12 Y hoy ya está aquí #4
Los tres herederos se adentraron en la taberna, donde todos se habían agolpado hacia los lados, dejando libre el espacio del centro.
—Mira, Jerom, en la foto te sacan más guapo de lo que eres —dijo Orfeus al heredero que aún no había hablado, indicando con la punta de la espada su fotografía en el cartel de «Se busca».
El heredero aludido rio con una risa muy fanfarrona, que sonaba muy siniestra al estar distorsionada.
—Yo, sin embargo, salgo perjudicado —argumentó Eslamánder.
Una de las mujeres que se agolpaban contra la barra soltó un gemido de pánico.
—Ya casi me había olvidado de vosotros —dijo Orfeus mirando hacia la mujer y colocándose en el centro de la taberna—.
Buenas noches. Creo que ya todos nos conocéis, y lo último que deseo en estos momentos es pasar más tiempo aquí dentro entre mugrientos tercera clase, por lo que me voy a saltar lo que con toda seguridad habría sido un solemne acto de presentación y voy a ser muy directo —hizo una pausa y giró en
redondo, mirando a todas las personas que se encontraban a su alrededor—. ¿Dónde está Xalara Verdreven?
Aura creyó que se le había detenido el corazón al oír el nombre de su ahijada en boca de uno de los herederos. Los murmullos colmaron la taberna.
Orfeus volvió a mirar en rededor suyo, esperando una respuesta que no llegaba, mientras Briana amenazaba con su espada a varias personas y su hermano hacía lo mismo con las del otro lado.
Eslamánder se giró bruscamente y se acercó a la barra, donde varias personas se separaron para hacerle un hueco.
Con la punta de la espada, acarició la prominente papada de Bon Meilon, que inclinó la cabeza hacia atrás y se apreció cómo tragaba saliva.
Para alivio de Bon, la punta de la espada no se detuvo ahí, sino que avanzó hacia la barra y volcó varios vasos que desparramaron su contenido sobre la restregada madera.
El heredero siguió caminando y se detuvo frente a una mujer que se agarraba con fuerza al brazo de su marido.
—¿Dónde está Xalara? ¿No está por aquí? ¿Sabes dónde vive? ¿No?
La mujer abrió la boca para decir algo, pero antes de que pudiese articular palabra alguna, Orfeus le lanzó un rayo que le estalló sobre el pecho, salpicando de sangre el rostro de su pareja y de las personas que estaban cerca, quienes no se movieron a pesar de todo.
Al contrario que al otro lado de la taberna, donde muchos chillaron aterrorizados e intentaron huir, pero Briana y Jerom se lo impidieron.
Orfeus Eslamánder siguió caminando, dejando a su espalda a la mujer herida, con su marido abrazándola en el suelo mientras ella perdía la vida entre sollozos de agonía.
El heredero parecía estar disfrutando mucho con el miedo que infundía en esas personas de tercera clase, y para nada tenía prisa por terminar a pesar de haberlo argumentado anteriormente.
—¿Tú lo sabes? —le preguntó a un hombre que temblaba de pies a cabeza—. Tiene algo que no le pertenece —pero no se detuvo ni un segundo a esperar una respuesta y siguió caminando.
Apartó a unos chicos con el brazo y se dirigió hacia la hija de la kiosquera, que continuaba subida en la caja de madera donde había estado cantando.
Orfeus la agarró por el brazo y, de un brusco tirón que parecía haberle arrancado la extremidad del cuerpo, la bajó de la caja.
Su amiga, que estaba a su lado, se abalanzó sobre el heredero para intentar defenderla.
—¡Déjela!
Orfeus la apartó de un fuerte empujón.
—¡Déjela en paz! —siguió gritando la muchacha después de chocar contra una mujer que estaba tras ella.
Jerom corrió hacia allí y agarró a la muchacha por el cuello, que enseguida comenzó a mostrar signos de asfixia.
—Tienes una voz preciosa —le dijo Orfeus a la hija de la kiosquera—, nunca pensé que alguien con tu linaje pudiese cantar así, me has sorprendido. Pero, ¿sabrías cantarme dónde está Xalara Verdreven?
La hija de la kiosquera miró a su amiga, que luchaba para intentar zafarse de Jerom mientras su rostro iba perdiendo el color.
—Vaya, parece que has perdido tu talento de un momento a otro —dijo Orfeus mordaz al ver que la muchacha no despegaba los labios—. Tranquila, yo te ayudaré a recuperarlo.
Aterrada, la hija de la kiosquera levantó la vista hacia la máscara de color negro azabache de un Orfeus que, en ese momento, la agarró por el cuello y levantó su arma, dispuesto a asesinarla.
—Te lo preguntaré solo una vez más, ¿dónde está Xalara Verdreven?
La muchacha, con un débil tosido, apuntó con su dedo al frente y dijo:
—Esa mujer lo sabe, la que está debajo de la mesa.
Orfeus soltó a la hija de la kiosquera y se giró para mirar a Aura, que seguía agazapada bajo la mesa sobre la que reposaba el cadáver de Eignus.
—¡Soltad a mi amiga! —exigió la hija de la kiosquera.
Jerom Kéitel partió el cuello de la chica y la hija de la kiosquera comenzó a gritar horrorizada, pero el heredero se acercó a ella enarbolando la espada y se calló al instante, transformando sus agudos alaridos en débiles y circunspectos sollozos de lamento.
Briana se acercó hacia la mesa y sacó a Aura a rastras, tirándola de los pelos. Orfeus llegó hasta las dos mujeres y preguntó:
—¿Y tú quién eres?