Chapter 12 Y hoy ya está aquí #2
—¿Eignus? —preguntó Aura extrañada al ver su cara.
—El mismo —confirmó este sujetando un vaso lleno.
Aura se levantó de la silla y Eignus le plantó dos besos sin dejar tiempo a que ella, con toda seguridad los rechazase.
—¿Qué tal? Cuanto… tiempo —balbuceó Aura.
—Sí, han pasado muchos años desde mi última visita a este maravilloso pueblo.
—La verdad es que estás exactamente igual, no me ha costado reconocerte —opinó Aura siendo afable.
—Sí, tú, en cambio… —dijo Eignus poniendo el semblante serio.
—Ya, estoy vieja, lo sé —admitió afligida.
—Nada de eso, solo estaba bromeando —dijo Eignus entre risas, se notaba en él las consecuencias del alcohol—. Estás incluso mejor.
Aura se sonrojó y miró al suelo.
—Supongo que el trabajo te ha impedido venir hasta aquí durante todos estos años —inquirió Aura llevando la conversación a un terreno en el que se sentía más cómoda.
—¿Vas a hablarme ahora del trabajo? —se quejó Eignus—. Ya veo que no has cambiado en ese aspecto. ¡Qué estamos de fiesta!
—Ya, bueno, no sé, es que el trabajo es lo más importante que tenemos —insistió ella.
—A mí se me ocurren decenas de cosas más importantes —rebatió Eignus.
—Sin el trabajo no podemos comer, al menos los que pertenecemos a la tercera clase.
—¿Bailamos? —propuso Eignus tratando de cambiar desesperadamente de asunto.
—¿Qué? —preguntó Aura, como si acabasen de sugerirle una terrible barbaridad.
—¡Qué si bailamos! —repitió él voceándole cerca del oído, creyendo que no lo había entendido.
—Yo no sé bailar —repuso avergonzada.
—Por eso, venga, vamos, que estamos de fiesta —dijo Eignus agarrándola por las manos y arrastrándola con él hacia la improvisada pista de baile.
—No, para, Eignus, no puede ser —protestaba Aura mientras forcejeaba tirando hacia atrás sin llamar demasiado la atención.
Pero él no cedió hasta introducirla entre el resto de personas que bailaban. Evitando cruzar miradas, Aura comenzó a moverse torpe y avergonzada, muy separada de Eignus, como si acercarse a él pudiera causarle daños terribles.
—Este baile exige que estemos más juntos —Eignus la acercó hacia él poniendo una mano sobre su cintura—, justo así.
Como impulsada por una fuerza que emergía desde lo más profundo de su interior (la cual en realidad provenía del alcohol ingerido), Aura se dejó llevar y empezaron a moverse de forma frenética siguiendo el ritmo de la música.
Al bailar chocaban contra otras parejas y grupos que les lanzaban miradas despectivas, pero también de sorpresa al ver a la discreta Aura Duarte bailar con un hombre e incluso parecer disfrutar con ello.
—No sabía que supieses bailar —dijo satisfecha una mujer de rostro cenceño que pasaba por su lado llevando dos copas llenas.
—Pues ya ves —respondió Aura con una media sonrisa a la prima de Burlen, que le guiñó un ojo y siguió caminando haciendo un gran esfuerzo para que no le tirasen las copas al suelo entre tanto meneo bailongo.
—¿Esa era la prima de Burlen? —preguntó Eignus al oído de Aura.
—Sí, así es.
—No la veía desde que era una niña, pero tiene el inconfundible gesto ceñudo de toda la familia —aseguró Eignus.
Aliviada, Aura escuchó cómo el ritmo de la canción se desvanecía hasta terminarse por completo, y se desligó de Eignus.
—Tengo que salir fuera —dijo sofocada y con el rostro más pálido de lo habitual.
—¿Ya te has cansado? Si solamente hemos bailado una canción.
—Necesito tomar el aire, no me encuentro muy bien.
—Vale, te acompaño —se ofreció Eignus.
—No, tranquilo, no es necesario, no quiero estropearte la noche.
—No lo haces, al contrario —argumentó él con un gesto que denotaba afecto, y Aura caminó hacia la puerta llevando tras de sí la estela de Eignus, mientras otra canción de ritmo acelerado comenzaba a sonar haciendo retumbar las paredes de la taberna.
En la calle, un hombre con el cuello muy corto y con gafas, que se apoyaba en una de las vigas del porche, agarró a Eignus por el brazo y Aura se detuvo a esperarlo para no ser descortés.
—¿Eres el pequeño Eignus?
—Eh… Sí —afirmó dubitativo.
El hombre le estrechó la mano con efusividad.
—¿Te acuerdas de mí?
—Lo siento, pero no —respondió Eignus a la vez que posó una mano sobre el hombro de Aura, indicándole que debían seguir avanzando, pero el hombre de gafas volvió a sujetarlo.
—Soy el señor Trust, el que te regalaba golosinas cuando eras pequeño —dijo como si tuviera que resultarle algo incuestionable.
—Sí, lo recuerdo —mintió Eignus.
El señor Trust sonrió complacido.
—¿Qué tal tu madre? No ha vuelto por aquí desde hace años.
—Murió el mes pasado.
Aura miró sorprendida a Eignus.
—Oh, como lo siento, era una gran mujer. Aún recuerdo cuando éramos pequeños y venía a ayudarnos al negocio de mis padres y…
—Más lo siento yo, pero tenemos un poco de prisa —dijo Eignus, tratando de deshacerse de la molesta compañía del señor Trust.
—Entiendo —comentó el señor Trust, mirando con una mueca picaresca a Aura—. Me alegro mucho por vosotros, te llevas a una gran mujer, y muy trabajadora —añadió dando golpecitos en el brazo de Eignus—. Así podrás ayudarla con esa muchacha tan rebelde que tiene en casa.
—No somos… —replicó Aura, pero Eignus le dio un ligero empujón en el hombro para alejarse del señor Trust, que entró en la taberna con el semblante fruncido.
—¿A ti qué te pasa? —protestó muy irritada—. ¿Por qué no me has dejado que le explique que tú y yo no somos nada?
—Qué más da lo que piense ese hombre.
—A mí sí me importa, y mucho.
—Vale, pues perdón.
Aura relajó su malestar con Eignus, acordándose de lo que acababa de decir este.
—No sabía lo de tu madre, lo siento mucho.
—¿Por qué ibas a saberlo? Si yo no te lo había dicho.
Ahora el que parecía crispado era Eignus. Aura no dijo nada más y se alejaron de la puerta.
—Tú tampoco me habías dicho que tenías una hija.
—No es mi hija, es mi ahijada —arguyó Aura, y se detuvo bajo una farola delante de la pared del almacén de la taberna.
—¿Pero vive contigo?
—Sí.
—¿Y sus padres?
—Murieron hace ya mucho tiempo —se apresuró en aclarar—, pero es una historia muy larga y triste —zanjó en medio de una arcada.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Eignus a la vez que la sujetaba.
—Es que no estoy acostumbrada a bailar, ni a beber… —admitió Aura, apoyándose con una mano sobre la pared.
—Tranquila, no pasa nada, unos minutos aquí fuera tomando el aire fresco y te sentirás como nueva —dijo Eignus, que se quitó la chaqueta para ponérsela sobre los hombros a Aura y protegerla del frío.
Ella pensó en quitársela al considerarlo un gesto demasiado atrevido y que podría atraer las miradas, pero no lo hizo.
—Bueno, háblame de ti —dijo Aura recomponiéndose—. ¿Qué te pasó para no volver a Yadarme durante todos estos años?
—Es una historia demasiado trágica —admitió Eignus—, no es el momento ni el lugar adecuado para contar algo así.
—Quiero oírla —Aura miró a Eignus directamente a los ojos—. Por favor.
Eignus miró al cielo, respiró hondo y suspiró antes de volver a mirar a Aura.
—La última vez que estuve aquí, ¿recuerdas que te dije que estaba saliendo con una chica de Bibrébem?
—Ha pasado mucho tiempo e historias de ese tipo las oía a diario cuando trabajaba detrás de la barra, pero sí, creo recordarlo —dijo Aura comenzando a hipar.
—Pues, cuando la Orden de los Herederos se hizo con todo, ella y yo decidimos casarnos.
Ya sabes, en aquel entonces parecía que todo iba a acabarse y la gente se apresuró por hacer cosas que tenían pensado para más adelante.
Yo al principio me opuse, porque como soy un dobleclase, creí que podría ponerla en peligro si contraíamos matrimonio, y lamentablemente tuve razón —la luz de la farola refulgía en los ojos vidriosos de Eignus, que tuvo que hacer una pausa para poder seguir hablando—.
Pocas semanas después de casarnos, en una mañana, mientras yo estaba trabajando en la radio, unos herederos, en medio de una de sus «purgas», fueron a casa y la asesinaron por estar casada con un dobleclase, así lo notificaron en una nota que tenía clavada en su pierna por medio de un cuchillo.
Después de un entierro clandestino, fui a casa de mi madre y, para protegerla a ella, decidimos huir de la ciudad y escondernos en uno de esos refugios evanescentes junto a otras siete familias, donde malvivimos hasta que esos canallas fueron derrotados y pudimos regresar a casa de mi madre.
Yo vendí el piso que compartía con mi mujer, nunca más fui capaz a entrar en él después de aquello.
—Es terrible, Eignus —dijo Aura con un gesto muy triste.
—No quise volver más a Yadarme —siguió contando Eignus—, por miedo a vuestro rechazo al ser de primera clase, o más bien por vergüenza después de todo lo que pasasteis.
—Pero…
—Sí, es una estupidez, lo sé, pero yo lo sentía así. Sin embargo, antes de morir mi madre, le prometí que regresaría a Yadarme y que depositaría sus cenizas en su casa natal; y aquí estoy —dijo Eignus secándose las lágrimas—. Ahora, dime, ¿qué has hecho tú todos estos años?
—Antes de nada —repuso Aura—, ¿cómo sabías que yo fabrico los licores que se sirven en esta taberna?
—Jonatan me lo dijo —confirmó Eignus—. Estuve aquí por la tarde tomando un café y le pregunté por ti.
—Pues entonces Burlen ya te lo ha contado todo. Mi vida desde la última vez que me viste se resume en eso, fabricar licores para esta taberna.
—¿Solo has hecho eso? No te creo.
—Es la verdad… trabajar, trabajar y trabajar para poder salir adelante.
—Es posible que estés un poquito obsesionada con el trabajo —le reprochó Eignus.
—Ya, para ti es muy fácil decirlo, asentado en la primera clase y con un buen sueldo de periodista.
—¿Fácil dices? —replicó Eignus enfadado—. Con lo que te acabo de contar, ¿te atreves a decirme que es fácil?
—No, no quería decir eso —se excusó Aura azorada.
—Pero lo has dicho —repuso ofendido.
—Vale, lo siento, pero de verdad que no quería expresar eso.
—Da igual —respondió Eignus con un gesto despreocupado.
—¿Qué tal marchan las cosas por la capital? —habló Aura, tratando de olvidar el momento de tensión.