El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 12 Y hoy ya está aquí
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Chapter 12 Y hoy ya está aquí

De camino a la taberna, Aura vislumbró agradada las luces de colores que cruzaban las calles, tiñendo el pueblo de un fulgurante ambiente festivo.

Convergió en su trayecto con varias personas (casi todas iban en pareja) que se dirigían hacia las dos únicas tabernas del pueblo.

Igual que Aura, vestían sus mejores trajes, reservados durante todo el año para esa noche.

Ella tuvo la certeza de que algunos la observaban de reojo y con miradas inquisitivas.

No sabía muy bien el motivo, suponía que fuese al ver a toda esa gente feliz en pareja, pero cada año durante este día, se acordaba más que nunca de Horalio Lámber, quien había sido su marido antes de que él la abandonara.

Siempre ocultó la existencia de Horalio en Yadarme, nunca le contó a nadie que una vez estuvo casada.

Sin embargo, Xalara lo había descubierto hacía unos años cuando, según ella, encontró por error una carta en la que Horalio se despedía para siempre de Aura.

En aquella ocasión castigó a Xalara a una semana sin libros.

Aura conoció a Horalio durante su estancia en el Centro de Reclutamiento de Lúgardark, donde realizó la E.D.M.O. acudiendo de forma voluntaria aunque obligada por sus recios padres. Más tarde, los dos años de estancia en Lúgardark serían recordados por Aura como los más felices de su vida.

Al terminar la E.D.M.O. Aura se llevó a su novio a Josmon, su pueblo natal, con la intención de presentárselo a sus padres, quienes de inmediato rechazaron por completo su relación con el joven, considerando que no era un chico apropiado al no haber sido elegido previamente por ellos.

Le prohibieron seguir saliendo con él y echaron al joven de casa, exigiéndole bajo espantosas amenazas que no volviese a acercarse a su hija.

Aura se enfrentó a sus padres por ello y la castigaron encerrándola en su habitación.

Pero su encierro solo duró unos pocos días.

Durante una noche, cuando sus padres dormían, Aura, utilizando una silla, rompió la ventana de su dormitorio y escapó.

Días más tarde, cuando los dos jóvenes volvieron a encontrarse, se casaron en secreto, usando como testigos a dos amigos de Horalio.

Después empezaron a vivir una vida de matrimonio en la casa de Horalio, donde vivía solo desde la prematura muerte de sus padres.

Allí trabajaban cultivando un huerto de hortalizas, las cuales vendían a tiendas y vecinos.

En ese tiempo Aura comenzó a crear sus primeras bebidas, siendo animada y aleccionada por una vecina que se dedicaba a ello.

Eran felices, pero con el paso de los meses quisieron tener un hijo y, por mucho que lo intentaron, Aura no conseguía quedarse embarazada. Horalio le echaba la culpa a ella y se fue distanciando poco a poco de su mujer.

Finalmente, Horalio se hartó y echó a Aura de su lado, poniendo fin a su breve matrimonio.

Hundida y rota de dolor, regresó a casa de sus padres, les pidió perdón por lo que había hecho y ellos volvieron a admitirla de nuevo en su hogar.

Sin embargo, Aura no soportaba su compañía después de todo lo ocurrido y tampoco era capaz de olvidar a Horalio, por lo que decidió irse de Josmon y empezar una nueva vida lejos de allí.

Reunió todo el dinero que tenía y viajó a la Comarca del Noroeste, donde acabó en el pueblo de Yadarme.

Allí buscó trabajo y fue cogida como camarera en la taberna de Burlen por los padres de Jonatan (actual dueño de la taberna), hospedándose como interna en una de las habitaciones que estaban situadas encima del negocio.

Con el paso del tiempo, formó una gran relación con un matrimonio de ancianos que frecuentaba la taberna.

Los ancianos, que no tenían familia, le cogieron un gran cariño a Aura y, al morir los dos casi de forma seguida, le dejaron en herencia la casa de su propiedad, situada a las afueras del pueblo; entonces Aura dejó su habitación en la taberna y se mudó a su nueva casa.

Continuó como camarera en la taberna, pero poco después emergió la Orden de los Herederos y el Lórdezeit se hizo con el poder de Las Cinco Comarcas. Nunca más volvió a saber nada sobre Horalio, pero ni el tiempo ni la distancia pudieron conseguir que se olvidara de él.

Aura apartó esos recuerdos a un lado cuando dobló la esquina y se encontró en la calle donde, al fondo, estaba la taberna de Burlen y escuchó la música que salía del interior.

Varias personas reían y bebían en la calle a pesar de que la noche no invitaba demasiado a hacerlo, pues era especialmente fría para tratarse de primavera.

Pasó al lado de unos hombres que bebían sentados sobre el escalón de una de las casas del barrio, y estos murmuraron alguna clase de agravio al que ella no quiso responder.

Apretó el paso hacia la puerta de la taberna, que en ese momento se abrió y salió un hombre fornido, con la corbata atada a la cabeza y dando tumbos.

Aura entró en la taberna, pero todavía tuvo tiempo de ver cómo el borracho vomitaba sobre la pared de una casa contigua.

Dentro, el ambiente era de un tremendo jolgorio.

Habían retirado todo el mobiliario, excepto una mesa y sus dos sillas, que estaban apartadas en una esquina frente a la puerta.

Por encima de la barra colgaba una pancarta de «Feliz Día de la Libertad», similar a la que tenía Aura en casa y, de las lámparas de araña, además de las suyas, pendían otras bombillas de varios colores.

La taberna estaba llena con gente de diferentes edades, y a Aura le disgustó ver a menores de edad, lo cual creía que era muy desconsiderado e intentó averiguar de quién eran hijos.

Una de las chicas que reconoció se trataba de Ana Grian, la hija de la kiosquera, cuya madre no parecía estar presente en el festín.

La música estaba demasiado alta para su gusto.

Todos bailaban, bebían y reían muy alegres.

Aura se esforzó en hacerse un hueco entre las parejas y grupos de baile con el fin de alcanzar la concurrida barra, donde Burlen, con el semblante alegre aunque sin poder esconder un mohín de cierto agobio, no paraba ni un segundo de llenar vasos y copas con los licores creados por Aura.

Ella observó orgullosa cómo la gente disfrutaba de sus sabores y aromas y, también (aunque de eso no sintió tanto orgullo) de la alegría desmesurada que imponían en sus cabezas.

Al verla, Burlen se acercó a ella con una enorme sonrisa.

—Buenas noches, Aura. Feliz Día de la Libertad, otra vez.

—Igualmente, Jonatan —dijo Aura inclinándose sobre la barra para hacerse oír entre el sonido de la música y el griterío de la gente.

—¿Qué te pongo?

—Una copa de drónder, por favor.

—Vaya, hoy vamos fuerte, se nota que es un día grande —dijo Burlen con sorna y Aura sonrió ruborizada—. Enseguida te la pongo.

Burlen cogió la botella del estante, la destapó y vertió el contenido sobre un vaso largo, todo ello con una soltura y habilidad que resultaba sorprendente de ver. Aura sacó su cartera.

—Oh, no, ni se te ocurra, invita la casa. Por cierto, en cuanto a la deuda… mañana le doy el dinero a Xalara.

—Vale —respondió Aura—, mañana cuando yo te traiga el pedido ajustamos cuentas.

—¿No va a venir Xalara?

—No.

—¿Y eso?

—Está indispuesta —contestó Aura escueta y con un tono de rotundidad al mismo tiempo.

—De acuerdo —respondió Burlen, pero su gesto dejaba claro que no se lo creía.

—Hay mucha gente. Este año parece que… —dijo Aura intentando mantener una conversación, pero Burlen se fue a servir a otros clientes que esperaban a ser atendidos dando golpes sobre la barra.

Entre los que esperaban, se encontraba el enorme y viejo Bon Meilon, que llevaba puesta una chaqueta tan amplia, que más bien parecía una túnica de color marrón verdoso.

Estaba sentado hacia el medio de la barra y parecía que ocupaba dos sillas.

A su lado tenía una enorme jarra que Burlen le llenó de cerveza, mientras Meilon aplaudía desatado al ritmo de la vertiginosa música, haciendo que le temblase la papada.

Aura volvió a internarse entre la gente y se sentó a la única mesa, sola, en una esquina, apartada del resto de personas que parecían ajenas a su presencia, pero al menos estaba cerca de la chimenea, algo que agradecía después del frío que sufrió en su trayecto hasta la taberna.

Su vista se detuvo en una pareja de jóvenes que se besaban al lado de una columna, pero apartó enseguida la mirada, asqueada ante aquel derroche de lascivia.

Si de ella dependiese, promulgaría una ley que prohibiera cualquier acto lujurioso que se diese en lugares públicos, especialmente si era protagonizado por menores.

La puerta de la taberna se abrió y Aura volvió el cuello para observar a dos matrimonios que entraron agarrados del brazo.

Conocía a una de las parejas, no vivían muy lejos de su casa, de hecho, su vivienda era la primera que se encontraba justo al final del camino que transcurría hasta llegar a la urbanización del pueblo; la otra pareja supuso que serían familiares.

Aura los saludó levantando la mano cuando pasaron a su lado, pero ni siquiera se fijaron en ella y, agraviada, volvió a bajarla de forma disimulada, haciendo como si le picara una de las cejas.

Después comenzó a dar palmas sin ningún entusiasmo al compás de la música.

Una hora más tarde, Aura ya se había tomado tres copas de drónder y comenzaba a beber la cuarta que, para cambiar, la había pedido de whaiste n.º 3, ya que era una bebida mucho más suave.

Sentía la vista un poco difusa y si movía el cuello se mareaba.

Ya no sabía si continuaba bebiendo para celebrar el Día de la Libertad o más bien para olvidar que estaba allí sola y que nadie le hacía caso.

Cuando el espectro de su exmarido amenazaba con volver a sobrevolar su angustiada mente y arrastrarla con él a las tinieblas del pasado, una voz de hombre, con el tono muy grave (exagerado a propósito), sonó al lado de su oído derecho:

—¿Es usted la que realiza estos sabrosos licores?

A punto de atragantarse mientras bebía y antes de que le diera tiempo a girarse para ver quién era el dueño de aquella lóbrega voz, un hombre alto, con el pelo entrecano peinado hacia atrás mediante algún producto de belleza y vestido con chaqueta y pantalones negros además de una camisa blanca,

se colocó frente a Aura rescatándola de sus propios pensamientos.