Chapter 11 El mensaje del presidente #3
—¿No crees al menos que sería mejor ponerlos bajo vigilancia sin que ellos lo sepan hasta que todo esto se aclare? —sugirió Andris—. Podrías encargárselo a gente de tu confianza, al capitán de la Escolta Presidencial, por ejemplo.
—Todo esto me parece absurdo —negó agobiado el presidente.
—Sí, todo es muy extraño… —Andris miró de nuevo a través del cristal del Gran Reloj—. Al final va a ser cierto lo que dice ese estúpido periódico y todo va a ser cosa de fantasmas, de El Fantasma del Tiempo para ser más concretos —añadió con una mueca socarrona.
El comentario no tuvo gracia para Alexios, dado su gesto de estremecimiento, más bien era como si El Fantasma del Tiempo perturbase su tranquilidad.
Hubo unos segundos en los que nadie dijo nada.
—Nunca hemos hablado acerca de cómo lo hiciste… —soltó Andris.
El presidente se quedó callado, sin dejar de observar la ciudad y, tras un largo silencio dijo:
—¿Crees que merezco estar aquí?
—¿Te refieres a estar aquí arriba? ¿En estas escaleras? ¿Conmigo? —preguntó Andris con sarcasmo.
—Ya sabes a qué me refiero —contestó Alexios utilizando un tono solemne.
Andris se giró hacia su amigo.
—Alexios, hay pocas personas con honor y lealtad en la capital, y tú eres una de ellas.
—Sí, pero mi pasado…
—Todos tenemos un pasado, pero lo importante no es lo que hemos hecho, sino lo que estamos dispuestos a hacer —replicó Andris.
—Pero nada puede borrar ese pasado —refutó Alexios—, ni tan siquiera todos los actos de bondad que hagamos en el futuro.
Andris puso las manos sobre los hombros del presidente.
—Tú has llenado de luz una ciudad que estaba oscura, y con ella has iluminado el total de Las Cinco Comarcas; no se me ocurre nadie que merezca estar aquí si no eres tú.
Andris miraba a su amigo con ternura, acercándose cada vez más a su rostro, tanto, que Alexios podía contar todas las imperfecciones en la piel de su cara.
—Parece que se avecina tormenta —dijo Alexios después de atisbar un relámpago al noroeste de la ciudad, lo que aprovechó para desligarse del abrazo de su amigo, quien no parecía querer darlo por finalizado aún.
—¿Te refieres en sentido figurado o…? —preguntó Andris.
—No, he visto caer un rayo, de verdad —aseguró Alexios.
El tronido se escuchó en ese instante, corroborando su comentario.
—Vaya, espero que no llegue —se quejó Andris con un deje de contrariedad—, tengo planes para esta noche y no me gustaría que una inoportuna tormenta me los estropease. Además, ¿la previsión no decía que la noche sería despejada?
—¿Vas a salir de fiesta? —inquirió Alexios intrigado.
—Bueno, llámalo fiesta, llámalo reunión… —contestó Andris haciéndose el interesante.
—Últimamente sales casi todas las noches, antes no lo hacías tan a menudo.
—Bueno, pues hoy especialmente, que es el Día de la Libertad, aunque algunos no lo quieran celebrar —dijo Andris guiñando un ojo a su amigo.
—No me parece mal que lo hagas, pero sabes el cargo que ostentas, que no te vean demasiado, no olvides que eres Andris Bóstoul, el vicepresidente del Gobierno de Las Cinco Comarcas —dijo Alexios medio en serio.
—Cómo olvidarlo… No es como cuando éramos adolescentes, ¿te acuerdas?
—Alexios sonrió con sorna—. ¿No me dirás que no añoras aquellos tiempos cuando éramos el grupo Los Cuatro?
—preguntó Andris con encanto—. Esas noches en La Guarida, con la música a todo trapo, cuando no teníamos preocupaciones políticas, ni nos importaba si la sociedad entera se iba al garete.
—Quién nos iba a decir en aquel entonces que hoy íbamos a estar aquí, sobre estas lustrosas escaleras, observando la ciudad bajo nuestros pies y teniendo bajo nuestra responsabilidad a todas las personas que la colman —reflexionó Alexios con un revoltijo de emociones y recuerdos en su mente—.
Nadie, ya te contesto yo. Es increíble los giros que puede llegar a dar la vida.
—¿Recuerdas cuando aquel señor de bigote corrió por la Calle Eintrag sin pantalones después de que se los quitásemos? —preguntó Andris con tono jovial.
—Eso es algo difícil de olvidar —respondió Alexios entre risas—. Si cierro los ojos, aún puedo verlo corriendo, dando voces e insultándonos.
—Aquel día quizás nos pasamos —opinó Andris.
—Qué va…
—Vaya, ¿qué has hecho con el Alexios presidente? —comentó Andris sarcástico—. El Alexios presidente habría condenado a su homónimo adolescente a cadena perpetua por haberle robado los pantalones a ese pobre hombre.
Ambos se miraron fijamente y prorrumpieron sonoras carcajadas, cuyo sonido se amplificaba en el gran espacio del Salón de Conferencias.
—Qué rápido pasa el tiempo —reflexionó Alexios, después de recuperar la seriedad—, me parece algo tan efímero…
Andris compuso una media sonrisa y guardó un silencio reflexivo antes de volver a hablar:
—Horas, minutos, segundos; todo regido por el movimiento de tres manecillas: una más grande, una más pequeña y la otra más delgada, y sin embargo, todas giran en la misma dirección, danzando en perfecta sincronía mientras consumen todo a su alrededor.
El tiempo es muy relativo, depende de la percepción que tengas sobre él, e incluso de la luz o la oscuridad que haya en su entorno.