Chapter 11 El mensaje del presidente #2
—He pedido que no se me moleste, creo que lo he dejado bastante claro antes —avisó Alexios con un tono acusador, pero sin despegar la mirada de la ciudad.
—¿Eso incluye hablar con tu mejor amigo? —preguntó el hombre que acababa de entrar por la puerta. Su voz era un susurro potente, agudo y rasgado.
Alexios desvió la mirada del cristal.
—Hola, Andris.
—Vaya, menudo entusiasmo al verme.
—No, solo que creí que sería algún miembro de mi escolta.
—¿Estás de broma? —dijo Andris, mostrando una amplia y ambarina sonrisa rodeada por una perilla de color platino—.
Si uno de ellos entrase aquí después de haberles dado la orden de no molestarte, lo cogerías por el cuello, lo pondrías con la espalda pegada al cristal del reloj y lo golpearías con una patada tan fuerte que rompería el cristal y se precipitaría al vacío,
mientras tú compondrías una delirante sonrisa de placer observando la caída.
Alexios no pudo evitar sonreír y volvió a observar la ciudad.
Andris subió las escaleras, haciéndolo muy despacio y con aires petulantes. Sus lúcidos zapatos apenas despertaban susurros de la madera. Se colocó al lado de Alexios y miró a la ciudad en una postura similar a la del presidente.
—Imponente, ¿verdad? —comentó Alexios con aire melancólico.
—No puedo llevarte la contraria —afirmó Andris con rotundidad—. ¿Por qué no quieres cenar hoy?
—No lo sé, supongo que ha sido un día agotador —respondió Alexios, como queriendo no dar demasiadas explicaciones.
—Más razón para hacerlo, ¿no crees? —discrepó Andris sin dejar de mirar la ciudad.
—Supongo…
—¿Qué te preocupa tanto? ¿Es por la fuga?
Alexios calló durante unos segundos, después miró a Andris.
—¿Se sabe algo nuevo?
—¿De verdad quieres hablar de eso ahora? Estamos de fiesta, Alexios —replicó Andris sonriendo.
—Andris, por favor…
—Está bien… —dijo Andris, como si fuese un niño cediendo a una petición de su padre—. Perseus cree que entraron varias personas desde fuera para ayudarles a escapar, pero…
—¿Pero?
Andris miró al presidente.
—Yo disiento, creo que la ayuda externa fue llevada a cabo por una sola persona, alguien con un cargo muy ostentoso —opinó.
—¿De quién sospechas? —preguntó Alexios con avidez.
—Va, no me hagas demasiado caso, por ahora solo son conjeturas mías —dijo, y volvió a observar la ciudad.
—Dime, Andris, ¿de quién sospechas?
—La verdad, yo pienso que podría haber sido cualquier miembro del Consejo, pero pienso que se trata del propio Perseus.
—¿Perseus? —se sorprendió Alexios—. ¿No hablarás en serio?
—Totalmente —asintió—. No aseguro que fuera él, pero tengo muy claro que pudo ser cualquiera de ellos y creo que Orsius opina lo mismo que yo, pero no se atreve a decirlo todavía.
Me parece que oculta algo, como si no quisiera que nosotros conociésemos toda la información y las pruebas de que dispone.
—Explícate.
—Si sospechase de Perseus o de cualquier otro miembro del Consejo y tuviese alguna prueba en su contra… claramente no lo diría delante de nosotros, dado que también somos miembros y por lo tanto susceptibles de ser sospechosos.
—Sí, eso está claro —admitió Alexios.
—No lo sé, lo que sí tengo claro es que fuera quien fuese el que entró esa noche en Ívelmer, tuvo que ser una persona con mucha autoridad, alguien a quien los guardias dejasen entrar sin ningún tipo de impedimento y después, una vez dentro y fruto de su confianza, los mató a todos;
con la ayuda de los herederos, por supuesto —hizo una pequeña pausa y volvió a mirar a Alexios—.
Según Orsius, hasta ahora se sabe que hubo varias batallas en diferentes zonas de la prisión y que todos los guardias fueron asesinados, además de la heredera Jeisa Suard y los presos del módulo siete perteneciente a la torre uno.
Sin olvidar a la pobre conductora de la estación de traslado que estaba haciendo su turno.
—¿Se sabe cuál fue la estación de origen? —preguntó Alexios, como si se le acabará de ocurrir la solución al misterio.
—Todos los conductores de estaciones de traslado que trabajaron en los tres turnos del día, afirman que ningún viaje fue con destino a la Prisión de Ívelmer —informó Andris—.
Lo que nos lleva a deducir que, o bien el sospechoso llegó a la prisión unos días antes y esperó el momento idóneo para atacar, o que alguno de los conductores está mintiendo.
—¿Y no cabe la posibilidad de que fuese uno de los propios guardias el traidor? Uno que estuviese comprado o suplantado por alguien de fuera.
—Esa no es una posibilidad —aseguró Andris—, ya que todos los guardias que tenían su turno asignado durante estos meses están muertos.
—Lo digo porque en teoría solamente los guardias de Ívelmer, y según tengo entendido no todos, conocían la verdadera ubicación de las celdas de alta seguridad —indicó Alexios.
—También una persona con mucho poder e influencia podría haberse hecho con la información secreta de la ubicación, y Perseus, al fin y al cabo, en fin…
las prisiones son parte de su responsabilidad como consejero de defensa y justicia que es —insistió—.
Yo creo que lo más sensato es que empiecen a interrogar a los miembros del Consejo, y que lo hagan cuanto antes.
Tú podrías dar la orden —agregó Andris insinuante.
—No daré una orden así —rechazó Alexios, cada vez más confundido—. Quiero partir con la premisa de que todos son inocentes.