El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 11 El mensaje del presidente
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Chapter 11 El mensaje del presidente

Faltaba poco menos de un cuarto de hora para entrar en directo y los nervios estaban a flor de piel. Las tres cámaras que captarían cada perfil del presidente pendían sobre unos cables apenas perceptibles, preparadas frente al atril de madera que se alzaba sobre el estrado.

El Salón de Conferencias del Palacio de la Sede refulgía como nunca, especialmente lo hacía el colosal escudo del Gobierno fabricado en acero y que presidía la pared detrás del estrado.

Varias bayetas flotaban movidas por el personal de limpieza que, desde el suelo y utilizando la arlasofía, le sacaban los últimos brillos para que luciese ante las cámaras.

Lo mismo ocurría con Alexios Kraus, a quien maquillaban y daban los últimos retoques a su traje, mientras él repasaba sobre el atril los apuntes de su inminente discurso.

—¡Doce minutos! —gritó un hombre repeinado que sujetaba bajo el brazo una carpeta blanca.

Los ojos del presidente se fijaron en el Gran Reloj.

—¿Alguien sabe dónde está Andris? —preguntó Alexios.

Todos los que escucharon la pregunta encogieron los hombros por respuesta.

—Yo creo que si le pones algo más de colorete sobre los pómulos evitarías que el brillo de las lámparas se le reflejara tanto —sugirió la estilista a su compañero, el cual torció el gesto con desaprobación.

—Si tú lo dices…

Alexios se pasó los siguientes minutos inquieto, releyendo una y otra vez el discurso, pero sin retener nada de él.

Sabía que este era el mensaje por el Día de la Libertad más importante desde que era presidente.

Todos anhelaban un anuncio esperanzador después de la inesperada y misteriosa fuga de los herederos de la Prisión de Ívelmer, que había supuesto la intranquilidad de los ciudadanos.

—¡Cinco minutos! —gritó el mismo hombre de la carpeta blanca, rescatando a Alexios de su enajenación.

El personal de limpieza se retiró y abandonó el Salón de Conferencias.

Por su parte, los estilistas revisaron una vez más al presidente y le desearon mucha suerte antes de dejarlo solo junto al atril.

Alexios se lo agradeció con una mueca escueta y guardó el discurso en el bolsillo de su chaqueta.

Casi siempre recitaba de memoria el mensaje, aunque en esta ocasión, con todo el lío de la fuga, apenas había dedicado el tiempo suficiente a estudiar el discurso escrito por su gabinete de prensa.

—¡Un minuto! ¡Todos prevenidos!

Las prisas se hacían evidentes entre los operadores de las cámaras.

La responsable del vestuario mantenía una expresión de desagrado mientras observaba al presidente, incluso después de tantos retoques y cuidados, continuaba sin estar satisfecha con el resultado final, pero, a decir verdad, ningún año lo estaba.

El presidente se colocó delante de una silla muy lustrosa a la que parecía no querer mirar; situada detrás del atril y pegada a la pared.

Según los responsables de cámara, partir desde allí era algo que favorecía la puesta en escena, a pesar de que Alexios tenía una opinión distinta.

La silla, conocida como la Silla Presidencial, ya que solo el presidente tenía el derecho de sentarse en ella, no era de su agrado, porque según su criterio, representaba unos valores con los que él no concordaba.

Pues esa silla no era otra que el antiguo trono del Reino de Bibrébem, habiendo sido modificado en algunos detalles para convertirlo en algo diferente.

Ese era el motivo, al menos el que él exponía de forma oficial, por el cual siempre la mantenía oculta bajo una manta que era retirada tan solo en las ocasiones en las cuales se celebraba algún tipo de acto en el Salón de Conferencias.

El presidente carraspeó varias veces, temiendo que su voz no fuera a escucharse de forma clara llegado el momento de hablar.

—¡Treinta segundos!

Alexios cerró los ojos y respiró profundo, intentando encontrar la calma, mientras la cámara principal se situaba en su posición siendo movida por el operador mediante la fórmula begagxio.

Las campanas que estaban conectadas al Gran Reloj, comenzaron a tañer señalando las nueve de la noche y, a pesar de encontrarse a unos cuantos metros por encima, su potencia retumbaba dentro del Salón de Conferencias.

—¡Cabecera!

Ahora mismo millones de personas estarían expectantes viendo o escuchando la introducción que precedía al mensaje del presidente, y aunque no los viese, Alexios podía sentir el peso de sus miradas.

Las campanas del reloj se acallaron.

—¡Y tres, dos, uno, estamos dentro!

Como estaba planificado, Alexios comenzó a caminar hacia el atril partiendo desde la Silla Presidencial.

Con el corazón bombeando sangre a toda velocidad por sus venas, subió el pequeño peldaño y se colocó en el atril, aferrándose a él con fuerza, como si le estuviese pidiendo ayuda para dar el discurso.

Soltó una mano y ajustó ligeramente la posición del micrófono, lo cual era un evidente gesto de inseguridad, dado que ya lo habían ajustado a la perfección anteriormente.

—Buenas noches —Alexios hizo una pausa y continuó—.

Hoy nueve de abril del año setecientos quince después de la Unificación, han transcurrido exactamente diecisiete años desde que vencimos a nuestros opresores, deshaciéndonos del yugo de la Orden de los Herederos,

y no ha habido ni un solo día en el que no haya recordado a todas esas personas que sufrieron bajo su tiranía y a las muchas que por su culpa ya no están con nosotros; hacia ellos y por ellos va cada año nuestro recuerdo,

reconocimiento y gratitud en este día —Alexios volvió a hacer de nuevo una pausa, esta vez más prolongada que la anterior, y tras observar un momento a los miembros de su gabinete de prensa, continuó con el discurso—.

»Me gustaría dirigirme a ustedes con el mismo tono festivo de todos los años, pero hace tres noches, ha ocurrido un hecho muy grave que no podemos ignorar y hacer como si no hubiese ocurrido nada —varios miembros de su gabinete de prensa torcieron el gesto mirándose unos a otros,

componiendo caras de asombro ante el inesperado giro en el mensaje del presidente, algo que no estaba previsto en el discurso que ellos habían escrito—.

Como ya sabéis, tres peligrosos herederos se fugaron de la Prisión de Ívelmer.

Sus retratos han sido difundidos a lo largo y ancho de Las Cinco Comarcas, y desde aquí quiero volver a recordarles que, si alguien los ve o tiene algún tipo de información sobre su paradero, ruego que por favor se pongan inmediatamente en contacto con las autoridades.

Ahora, me dirijo tanto a los fugados como a todos aquellos que planean romper la unión de nuestra sociedad, una unión que tanto tiempo y esfuerzo nos ha costado labrar, y les digo —el presidente miró desafiante a la cámara—, que no podrán con nosotros,

porque ellos son los pocos y nosotros los muchos —dijo levantando el dedo índice hacia el techo.

»A pesar de la preocupación que seguro les embarga en estos momentos, he de decirles que no deben tener ningún miedo, ya que con toda seguridad los fugados serán encontrados muy pronto, nuestras fuerzas de seguridad trabajan en ello sin descanso.

»No me quiero extender mucho más —dijo reemprendiendo el hilo del discurso prescrito—.

Mi deseo es que todos ustedes disfruten con la agradable compañía de sus seres queridos.

Hoy es un día para celebrar y no para estar preocupados, por eso les deseo un feliz Día de la Libertad. Disfruten. Buenas noches.

—¡Estamos fuera! —gritó el hombre de la carpeta desde el centro del salón, dando por finalizada la emisión en directo y con ella el mensaje del presidente.

Alexios bajó del atril y después del estrado, y caminó en dirección al Gran Reloj. Los miembros de su gabinete de prensa no tardaron en echarse encima de él, rodeándolo con caras de angustia para pedirle explicaciones por romper el discurso planificado y estereotipado.

—¡Señor! ¡Presidente! ¿Qué ha hecho? ¿Por qué no ha seguido el discurso al pie de la letra? —solicitaban las voces de unos y de otros.

Alexios se detuvo en seco, harto de sus reproches.

—Ahora quiero que me dejéis solo, por favor —les exigió en un tono contenido—. ¡Capitán!

El capitán de la Escolta Presidencial se acercó corriendo hacia su presidente.

—Saca a toda esta gente fuera, y no quiero que se me moleste hasta nueva orden, hoy no cenaré, ¿queda claro?

—Sí, señor, por supuesto, ¡escoltas del presidente!

La Escolta Presidencial al completo acudió a la llamada de su capitán, y se ocuparon de sacar a todas las personas del salón entre protestas de rechazo.

Por fin, Alexios se encontró solo en el Salón de Conferencias, con la única compañía del silencio, ese estado que tanto amaba y del que tan poco había disfrutado a lo largo de su vida.

Caminó flanqueado por las altas vidrieras, hasta llegar ante las elegantes escaleras de madera que permitían asomarse por el cristal del Gran Reloj, y subió por el tramo izquierdo.

No pasaba ni un solo día sin que el presidente subiera hasta allí para poder vislumbrar la inmensa ciudad de Bibrébem bajo sus pies.

Mirar a través de ese cristal le hacía sentir una extraña mezcla de emociones, porque, por un lado, le hacía sentirse grande al verlo todo desde allí arriba, pero a su vez, también le hacía sentirse muy pequeño ante ese inmenso entramado de calles,

luces y edificios que parecía no tener fin incluso visto desde un lugar tan elevado.

Todos los años, después del mensaje, tenía lugar en ese mismo salón una suculenta cena donde colocaban una mesa larga y a la que asistían los miembros del Gobierno con sus familias, pero este año Alexios la había suspendido,

argumentando que no encontraba motivos para celebrar mientras los herederos fugados siguiesen por ahí sueltos.

Aunque intentara disimularlo, la fuga de los herederos lo mantenía realmente preocupado.

Sentía una gran presión sobre él y realmente solo quería meterse en la cama, deseando que el nuevo amanecer le trajese mejores noticias.

De pronto, un hombre con la tez pálida, el pelo claro y un peinado no menos extravagante que su atuendo, compuesto por una gabardina de color beige y zapatos blancos, irrumpió en el Salón de Conferencias haciéndolo por la puerta de la torre del campanario sur.