El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 10 El Día de la Libertad #2
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Chapter 10 El Día de la Libertad #2

Más tarde, tras realizar la fórmula para desbloquear la cerradura, Aura abrió la puerta de la habitación, haciéndolo muy despacio y arrastrando algunos libros que estaban esparcidos por el suelo.

Ya llevaba puesto su atuendo de fiesta y portaba una olla con sopa que dejó sobre el escritorio, pisando por encima de los libros que cubrían el suelo de la habitación.

Volvió hacia la puerta, cerrándola lentamente para no hacer ruido, pero Xalara emitió un débil carraspeo y volvió a abrirla.

—Ah, estás despierta —dijo Aura con desdén—, creí que dormías.

Pero Xalara no respondió y continúo con los ojos cerrados e impasible ante la presencia de su madrina.

—Si tienes que ir al baño, este es el momento —le avisó Aura.

—No —respondió Xalara escueta, aunque en realidad lo estaba deseando.

—Me marcho entonces.

—¿Qué?

—Que me voy a la taberna de Burlen, a la fiesta —le informó Aura aumentando el volumen de su voz.

—Pues muy bien —repuso Xalara con total indiferencia.

—No quiero que hagas ninguna tontería.

—Vale.

—No intentes salir de la habitación, no podrás. Voy a volver a usar la fórmula de cierre, y ya habrás leído —hizo una pausa en la que se podía intuir su enfado—, que solo yo puedo desactivarla, así que no trates de hacerlo, porque no lo conseguirás.

—Descuida.

—Te he dejado algo de cena en esa olla que tienes sobre el escritorio —señaló.

—Perfecto.

Aura la miró con desconfianza, pues no se fiaba de la indolencia que exhibía su ahijada, sospechando que estuviese tramando algo.

—Creo que mejor voy a bloquear todas las ventanas de casa, sí, y por supuesto la puerta de la calle. Así me aseguraré de que no…

Xalara abrió los ojos por primera vez en toda la conversación, alzó un poco la cabeza y vio a su madrina convertida en una silueta negra por la luz del pasillo.

—¿Por qué no te largas de una maldita vez a esa estúpida fiesta y me dejas tranquila? —protestó la muchacha.

Tras lanzar una mirada recelosa a su ahijada, Aura cerró la puerta.

Xalara escuchó cómo volvía a bloquear la cerradura utilizando la fórmula dunoxdita, y a continuación sus pasos bajando las escaleras.

Pasados unos segundos oyó cómo se abría y cerraba la puerta de casa.

Luego volvió a apoyar la cabeza en la almohada, arrepentida de no haber aprovechado la oportunidad de ir al baño.

«No intentes salir de la habitación, no podrás». Esas palabras no dejaban de rebotarle en los entresijos de su exhausta mente. Como llegada desde muy lejos, acudió a su memoria la propuesta del presidente, donde le ofreció irse a vivir con él a Bibrébem, y supo entonces que era su única escapatoria.

Con el ánimo renovado, se levantó de la cama.

Las piernas le temblaban por la debilidad, pero no importaba, debía hacerlo cuanto antes.

Apartó con el pie algunos libros del suelo, encendió la lámpara y se sentó en el taburete, después abrió el cajón y sacó un folio en blanco y un bolígrafo azul.

Iba a mandarle una carta al presidente para decirle que aceptaba su propuesta. Con ese pretexto comenzó a escribir:

Estimado señor presidente:

Hace unos días usted me ofreció una gran oportunidad, y yo, además de rechazarla, fui muy desconsiderada con su persona, ofreciéndole una falta de respeto que no se merecía; por lo que en primer lugar quiero pedirle mis más sinceras disculpas.

En segundo lugar, le escribo para decirle que he decidido aceptar su propuesta y me gustaría llevarla a cabo con la mayor celeridad posible.

Se detuvo en aquel punto y sintió la tentación de informar que Aura la mantenía encerrada en el dormitorio, pero había algo en su interior que le frenaba para no despotricar de esa manera a su madrina, por lo que siguió escribiendo:

Le envío esta carta con la esperanza de que la propuesta siga en pie a pesar de mi menosprecio.

Con mis mejores deseos, Xalara Verdreven.

Releyó la carta varias veces antes de darla por finalizada y se levantó hacia la puerta, pero justo en ese instante, la realidad la golpeó con una fuerte bofetada.

Si Xalara se había hecho alguna vaga esperanza de que su situación mejoraría al escribir la carta, pronto comprobó lo equivocada que estaba, dado que ahora tendría que llegar a la cocina, meter la carta en un sobre de correo y lo más difícil todavía,

introducirla en el buzón situado en el exterior de la casa, algo que no tenía ninguna lógica, pues estaba encerrada en la habitación.

¿Cómo podía ser tan ingenua? A decir verdad, su idea de enviar una carta al presidente era un auténtico delirio por su parte. Se había dejado arrastrar por la desesperación y pensó que quizás no fuese tan inteligente como ella se creía.

Después su atención se desvió hacia la olla y su estómago empezó a gruñir exigiendo ser saciado, así que decidió hacerle caso y se tomó toda la sopa.

Eso hizo acrecentar sus ganas de ir al baño, hasta el punto de no poder aguantarlo, por lo que tuvo una repugnante y desesperada idea.

Cogió la olla, la puso en el suelo y, asqueada y avergonzada de sí misma, con las lágrimas anegándole los ojos, utilizó la olla como orinal.

Aquello era sin duda lo más humillante que había hecho nunca.

Al terminar, taponó la olla y la ocultó debajo de la cama, al menos así se ahorraría tener que ver el motivo de su vergüenza.

Volvió a tumbarse en la cama, se secó las lágrimas y cogió el libro de sus padres de la mesita, comprobando no sin asombro, que las tres calaveras ya no aparecían en la página derecha acompañando a la frase, sino que ahora lo hacían en la de la izquierda, desplazándose por la totalidad de la página.

—«¿Qué tratas de decirme?» —pensó mirando al libro.