Chapter 9 El Fantasma del Tiempo
Era la primera noche desde hacía una semana y media, en la que no se presentaba una tormenta sobre el pueblo de Yadarme.
Xalara se pasó todo el día tirada en la cama, boca arriba, mirando al techo sin mirar, abstraída por completo en sus cada vez más numerosos y retorcidos pensamientos, creyendo que nada de lo que le estaba ocurriendo era justo ni tenía sentido alguno.
A media tarde, la puerta de la habitación se había abierto durante unos pocos segundos, y desde el pasillo y siendo arrastrada por el suelo, entró una bandeja que contenía un plato de macarrones, una pequeña rebanada de pan y un vaso de agua.
Sin embargo y a pesar de haberse levantado de la cama para colocar la bandeja encima del escritorio, no probó bocado, pues tenía el estómago cerrado por el disgusto.
Estaba tan desolada, que ni siquiera le entraron ganas de abrir un libro, solo sintió la necesidad de ponerse el pijama, porque, al fin y al cabo, si tenía que pasar allí muchas horas, al menos lo haría lo más cómoda posible.
A las diez menos cuarto de la noche, oyó que la cerradura se accionaba de nuevo y se incorporó en la cama para mirar hacia la puerta, que se abrió muy despacio y con un débil chirrido provocado por las viejas bisagras.
Ellas también parecían querer aportar su granito de arena a la lúgubre atmósfera que se respiraba en el dormitorio.
—Puedes salir al baño, tienes cinco minutos —dijo la voz de Aura desde el pasillo, pero Xalara no vio a su madrina.
La muchacha, que hasta que no se levantó de la cama no fue consciente de la tremenda necesidad que sentía de ir al baño, caminó recelosa hacia la puerta.
Aura se encontraba en el último escalón, con los ojos fijos en Xalara, y esta dedujo que, si intentaba huir, su madrina la empujaría hasta arrastrarla de nuevo a la habitación, y como ya había comprobado, tenía más fuerza que ella.
Hizo sus necesidades y regresó al dormitorio sin intentar nada extraño.
Una vez dentro, se quedó en el umbral y quiso decir algo, pero Aura le cerró la puerta en la cara y la atrancó con llave al instante, dejando claro que no tenía, al menos por el momento, ninguna intención de apiadarse de ella y dejarla salir y, al parecer, tampoco de dignarse a darle algo de cena.
Pero eso no le importó demasiado, ya que seguía sin tener apetito y los macarrones del mediodía continuaban intactos en la bandeja.
Volvió a tumbarse en la cama e intentó quedarse dormida, deseando que transcurriera el tiempo y que llegase lo más rápido posible el día de pasado mañana, cuando Aura, después de pasar el día festivo, levantaría su encierro a la hora del desayuno, aunque fuese para encerrarla en otro sitio distinto,
pues la necesitaba para trabajar en la destilería.
Soñó con su visita matutina a la taberna de Burlen, donde había mantenido una extraña conversación con Huberto Cóbelpot, pero los hechos estaban distorsionados.
En la pesadilla no había mesas ni sillas, y Xalara se encontraba tumbada boca arriba, sobre los trozos de la taza que Burlen había roto y que se le clavaban en la espalda causándole un gran dolor.
Todos los presentes, incluido Burlen, miraban a Xalara, reían y aplaudían mientras Huberto Cóbelpot, a su lado, vomitaba sobre ella sin parar y sujetaba un vaso de cerveza en cada mano.
Después, todos empezaron a comentar al unísono: «La bicho raro y el borracho, son tal para cual», repitiendo lo mismo una y otra vez.
Más tarde, Aura apareció por la puerta de la taberna sin parar de decir: «Vas a pasarte toda la vida encerrada en la habitación, porque creía que eras más inteligente».
—¡No, dejadme en paz, soy mucho más inteligente que todos vosotros! —gritaba Xalara, impotente por no poder levantarse del suelo, resbalando una vez tras otra en medio del charco de vómito con olor a cerveza.
Alexios apareció por la puerta situada tras la barra, llevando consigo la maleta donde le trajo la herencia de sus padres.
—Dejadla, no veis que sus padres hicieron algo que no gustó a los que mandaban…
De repente abrió los ojos y se encontró de nuevo en su habitación.
La luz de la luna se colaba por la ventana, proyectando dos rectángulos cubiertos de rombos alargados sobre el suelo entablado.
Durante unos segundos tuvo esa extraña sensación de cuando no sabes si sigues soñando o ya no.
Con el fin de apartar el amargo recuerdo de la pesadilla, cogió de la mesita el peculiar y antiguo libro que le dejaron sus padres en herencia, compuesto por dos únicas páginas en blanco.
Tras observar la portada y leer el título: «Dera semgoe dera duitmone», lo abrió y pudo comprobar con decepción, que las dos gruesas páginas seguían vacías, y no entendía el motivo de su lamento, puesto que no existían motivos razonables para pensar que aquello no fuese así.
Cerró el libro, pero justo cuando las dos partes se unían por completo, ocurrió algo.
Xalara creyó ver unas letras en una de las páginas, volvió a abrirlo de inmediato y, en efecto, cuatro palabras que parecían componer una frase, se encontraban escritas en la página de la derecha: «Lor bataib nade siram».
Estaban escritas en tinta negra y en un idioma que al principio Xalara no supo distinguir, pero que de pronto le pareció que era arlayino, una lengua muerta utilizada en una civilización antigua, pero que era necesaria para crear arlasofía.
Sin tiempo para poder asimilarlo, tres calaveras parpadeantes surgieron alrededor de la frase, lo que hizo que la muchacha soltase el libro por el espanto que le produjo, como si este le hubiese quemado las manos.
Emocionada e intrigada a partes iguales, volvió a coger el libro, se levantó de la cama y se calzó las zapatillas.
Luego posó el libro sobre el escritorio, apartando la bandeja con los macarrones hacia un lado para hacer sitio, y buscó el diccionario de arlayino en la estantería que tenía colgada sobre la esquina del dormitorio, para comprobar si sus sospechas eran ciertas y, en ese caso,
averiguar qué significaban esas palabras.
A continuación, abrió el cajón del escritorio y tras remover algunas cosas, sacó un folio en blanco y un lapicero para apuntar la frase en él; después buscó en el diccionario el significado de las palabras.
Debajo de «Lor», escribió «el», debajo de «bataib», tras encontrar la palabra en el diccionario, escribió «fantasma», pasó las páginas con rapidez y debajo de «nade» puso «del», y, por último, debajo de «siram», escribió la palabra «tiempo». Todo unido formaba la frase: «el fantasma del tiempo».
Por un instante, Xalara creyó que se le había parado el corazón al recordar a la hija de la kiosquera y la portada del periódico que vendía, la cual noticiaba algo sobre El Fantasma del Tiempo.
Volvió a buscar entre los libros de la estantería y esta vez cogió el manual de arlasofía (camuflado), lo posó en el escritorio y empezó a pasar páginas con rapidez y decisión, como si ya supiera exactamente dónde encontrar lo que buscaba.
Después caminó hacia la puerta llevando el manual abierto en su mano izquierda, y se detuvo un momento acercando la oreja hacia el tabique que separaba su habitación de la de Aura, antes de leer en voz muy baja:
Fórmula: Oxditadunta.
Utilidad: esta es la fórmula de apertura, sirve para abrir puertas o cualquier otro objeto que utilice un mecanismo de cerradura, cerrojo o similares, siempre y cuando no haya sido cerrado previamente por medio de la fórmula dunoxdita,
en cuyo caso solo podrá ser abierto por la persona que la haya formulado previamente.
Advertencia: solo una persona con la licencia en vigor podrá realizar esta fórmula.
El Gobierno de Las Cinco Comarcas no se hace responsable del uso indebido de esta fórmula en particular, sabiendo que quien infrinja la ley, podría ser castigado con elevadas multas económicas y, en casos graves o muy graves, podría terminar acarreando penas de prisión.
Instrucciones de uso: manteniendo siempre el contacto visual, coloque la palma de su mano, o, en su defecto, manos, a escasos centímetros del mecanismo que desee abrir (siempre sin ningún obstáculo que interceda entre la mano y el mecanismo).
A continuación, con los dedos ligeramente flexionados y ejerciendo un poco de tensión, gire la mano en el sentido que siguen las agujas del reloj, al mismo tiempo que pronuncia de forma clara la palabra oxditadunta.
Si el proceso se ha realizado de forma correcta, el mecanismo se abrirá al instante.
De no ser así, por favor, repita de nuevo el mismo procedimiento.
Xalara dejó de leer y siguió las instrucciones al pie de la letra, colocó su mano sobre la cerradura tal y como se explicaba en el manual y pronunció:
—Oxditadunta —a la vez que giró su mano en la dirección de las agujas del reloj.
Probó a abrir la puerta, pero seguía completamente cerrada y volvió a realizar el mismo proceso, obteniendo un resultado semejante.
Entonces decidió dejar el manual sobre el escritorio y volvió a probar.
Esta vez lo hizo más despacio; puso toda su concentración en la cerradura, ejerció un poco más de fuerza al doblar los dedos y, tras girar la mano y pronunciar la fórmula, sintió un leve cosquilleo en las yemas de los dedos y se escuchó un chasquido proveniente de la cerradura.
Accionó la manilla y la puerta se abrió ante Xalara, que compuso un gesto de total satisfacción.
Era la primera vez en su vida que utilizaba la arlasofía, aunque a pesar de su gozo, en el fondo se sentía un poco culpable por haber infringido la ley.
La muchacha salió muy cautelosa de su dormitorio.
Con toda la delicadeza que pudo, cerró la puerta con llave para que pareciese que ella continuaba en el interior.
Caminó muy despacio por el pasillo, apoyándose sobre la punta de los pies para hacer el mínimo ruido posible.
Se detuvo ante la puerta del dormitorio de Aura, que estaba casi cerrada, salvo por una mínima rendija, y comprobó que su madrina se hallaba completamente dormida a juzgar por su pausada y profunda respiración.
Siguió avanzando y bajó por las escaleras, intentando acariciar cada escalón, aunque a pesar de ello emitían algún que otro crujido bajo su peso.