Chapter 8 Huberto Cóbelpot #3
—¿Y usted qué sabe? —dijo recuperando su hastío.
—Sé más de lo que crees.
—Pues entonces dígamelo —insistió Xalara, que había adoptado la estrategia de intentar aprovecharse del estado de embriaguez de Huberto para sonsacarle información.
—Xalara, no insistas.
—Tan solo dígame cómo se llamaban, solo eso.
—Dime tú una cosa, ¿estarías dispuesta a irte de casa esta misma noche?
—¿Irme de casa? ¿A dónde?
—A la mía, conmigo —respondió Huberto—. Te esconderé hasta que termine esta situación y los herederos vuelvan a ser encerrados, de ese modo estarás protegida; yo puedo protegerte —agregó al ver el semblante de estupefacción de Xalara.
—¿Me está pidiendo que me vaya con usted esta noche? —preguntó Xalara, sin dar crédito a lo que oía.
—Sí, así es —confirmó sin tapujos—. Te estaré esperando a las doce en punto detrás de tu casa, y no se lo digas a nadie.
La muchacha soltó una desagradable risotada.
—¿Qué quiere secuestrarme o algo así?
—¿Cómo?
—Usted ni siquiera conoció a mis padres, tan solo trata de embelesarme para hacerme quién sabe qué.
—Por favor, Xalara, no digas estupideces —por un momento Huberto pareció ruborizado más allá de su borrachera.
—Con las historias que cuentan sobre usted…
—También dicen de ti que eres un bicho raro —replicó Huberto con un deje de reproche—. ¿Lo eres?
Xalara respiró profundo y soltó:
—Lo único que sé de usted es que es un borracho y que todo esto es absurdo.
—Debes confiar en mí —insistió Huberto—, si permaneces en casa estarás en serio peligro, y no solo tú, sino también toda la sociedad.
Un desagradable hilo de saliva se descolgó de la boca de Huberto y se le adhirió a la barba.
—Mírese, si hasta se le cae la baba, me das asco —dijo Xalara con un gesto de repugnancia y se levantó de la silla.
Huberto se estiró y la agarró por la mano con fuerza para evitar que se fuera.
—¿Qué hace? Suélteme —murmuró Xalara iracunda, sin levantar la voz para no llamar demasiado la atención.
—¿Si te digo cómo se llamaban tus padres, volverás a escucharme?
Xalara observó la mano surcada de venas de Huberto y después lo miró al rostro, asintió y volvió a sentarse.
—¿Cómo se llamaban? —lo apremió.
—Antes prométeme que me escucharás y me harás caso.
—Lo prometo —dijo escueta.
Huberto la observó con suspicacia durante unos segundos.
—Está bien —accedió—. Tu madre —hizo una pausa—, se llamaba… —Huberto entornó los ojos hacia la derecha, dejando la boca abierta con el nombre de la madre de Xalara suspendido en sus cuerdas vocales.
Alguien se acercaba hacia ellos como una auténtica posesa.
—Vamos —le ordenó Aura sorprendiendo por detrás a Xalara, a la que agarró con fuerza del brazo para levantarla de la silla.
—¿Qué pasa? ¿Qué haces?
—He dicho que vamos —insistió Aura con ímpetu.
—Hazle caso a tu madrina —intervino Huberto expresando docilidad.
—Tú mejor cállate y ahógate en un barril de cerveza, que es para lo único que sirves —arremetió Aura sin ningún tipo de pudor.
—Quizás tengas razón… —admitió Huberto acongojado de repente.
Xalara se levantó y cruzó la taberna, siendo casi arrastrada por su madrina hasta la puerta, mientras iban dejando atrás una estela de susurros y miradas.
Burlen apareció detrás de la barra con varios billetes en la mano.
—¡Eh, oye, eh, el dinero! —las llamó sacudiendo los billetes en alto.
Pero no le hicieron ningún caso y salieron de la taberna. Burlen corrió tras ellas.
—¡Os dejáis el dinero! —insistió desde la puerta, pero ellas ya se alejaban calle arriba y ni siquiera se giraron para mirar al tabernero.
Cuando llegaron a casa, Aura obligó a Xalara a subir las escaleras y entró con ella en el dormitorio.
Hasta ese momento, Xalara desconocía que su madrina fuese dueña de tanta fuerza.
Tras unos instantes de desconcierto, Aura se pasó las manos por el pelo y se abalanzó sobre Xalara, empujándola contra la pared y ejerciendo una fuerza desmesurada sobre sus hombros.
—¿Por qué estabas hablando con él? ¿Qué te dijo? —preguntó Aura sofocada y roja por la rabia.
—¿Te has vuelto loca? —exclamó Xalara, que nunca había visto a su madrina en ese estado de nerviosismo.
—¡¡Qué te dijo!! —tronó Aura, golpeando la pared con la palma de la mano.
—Nada importante, solo es un pobre borracho.
—Es un hombre peligroso, un demente capaz de lo peor, ¿y a ti no se te ocurre otra cosa que sentarte con él a una mesa y ponerte a hablar?
Aura soltó a Xalara y se giró hacia la pared opuesta, dándole la espalda a la muchacha.
—Creía que eras más inteligente, Xalara —Aura profirió un sonoro suspiro cargado de desencanto—. No me dejas otra opción.
—Pero… —Xalara se calló porque no supo qué decir.
Sin añadir ni una sola palabra más, Aura salió de la habitación dando un tremendo portazo y su ahijada escuchó cómo cerraba con llave.
Xalara estaba encerrada, pero también asustada tras ver la reacción de su madrina. Se dejó caer resbalando la espalda por la pared hasta acabar sentada en el suelo. Luego miró hacia la ventana, donde la silueta de un pájaro, el cual no supo distinguir, se acababa de posar en el alféizar.