Chapter 8 Huberto Cóbelpot #2
Hizo un intento por evitarlo, pero, además de no lograrlo, él estuvo a punto de seguir el mismo camino que el rotativo.
Xalara, que lo vio de reojo, dio por hecho que el hombre también acabaría en el suelo.
El peculiar individuo tenía un aspecto desastrado.
Era delgado, con una gran maraña de pelo a media melena y su espesa barba dibujaba surcos en la cara.
Sus diminutos ojos parecían perdidos y hundidos en unas pronunciadas y rojizas ojeras.
Vestía una cazadora de pana de color tierra y unos vaqueros rotos.
Tras recomponerse un poco y dar el periódico por perdido, el hombre, con alguna dificultad que otra, cogió el vaso de cerveza que tenía en la barra y bebió hasta vaciarlo. Después de lanzar un sonoro eructo, dirigió su inestable vista hacia Xalara.
—Hola, Xalara, me gustaría hablar contigo —dijo el hombre con la voz rasgada y arrastrando las palabras en un claro signo de embriaguez.
A pesar de estar separados por al menos un metro y medio de distancia, a Xalara le llegó el hedor de su aliento, que apestaba a una mezcla de cerveza y tubería.
Haciéndolo muy despacio, la chica volcó la mirada hacia el hombre que la observaba con los ojos entrecerrados, como si tratase de enfocar su rostro.
Xalara estaba algo sorprendida de que conociera su nombre, pero pensándolo bien, iba a la taberna casi a diario desde que tenía doce años y que ella recordase, ese hombre solía estar casi siempre sentado en el mismo lugar de la barra, por lo que podría haber oído su nombre en cientos de ocasiones.
—Lo siento, quizás he sido demasiado brusco —volvió a insistir y profirió otro eructo, pero esta vez trató de disimularlo poniendo el puño cerrado sobre la boca.—. Me llamo Huberto Cóbelpot y me gustaría hablar contigo.
A Xalara le costó entenderlo, pero creyó haberlo hecho.
—Le conozco, y no tengo nada que hablar con usted —zanjó Xalara volviendo su vista al frente.
—Corres un serio peligro, los herederos vienen a por ti —soltó Huberto, realizando un gran esfuerzo por intentar hablar mucho más claro que en sus anteriores intervenciones.
—¿Cómo? —preguntó Xalara, que esta vez sí miró a la cara a Huberto.
—Lo que quiero decir… es que los herederos podrían estar viniendo a por ti en estos mismos momentos —concretó.
Una mujer con el pelo muy rizado pasó al lado de ellos, directa hacia la puerta, y Xalara esperó a que se alejara para contestar.
—¿No me digas? ¿Y por qué tendrían que hacerlo? —preguntó la muchacha con un tono burlón.
Un hombre vestido con un abrigo largo se levantó de una de las mesas y se apoyó en la barra detrás de Xalara, sacando la cartera para pagar el café.
—Ven, aquí hay demasiados oídos —dijo Huberto sin esconder una mirada ofensiva hacia el hombre—. Sígueme.
Huberto Cóbelpot realizó un gran esfuerzo para levantarse y por segunda vez en pocos minutos, Xalara estuvo segura de que acabaría cayendo de bruces al suelo.
Caminó anadeando y se introdujo en la parte de la taberna donde el techo era más bajo, en dirección a la mesa situada en la esquina del fondo.
Xalara se quedó inmóvil, dudando qué hacer, si seguir a Huberto o actuar como si no hubiese hablado con él, pero sin saber muy bien por qué, decidió seguirlo.
De camino a la mesa, oyó decir a un chico que estaba con su amigo tomando un café:
—Tal para cual… —en clara referencia a Huberto y a ella misma, porque los miraban con desfachatez mientras se reían con disimulo.
Huberto se tropezó con la silla y se golpeó con la esquina de la mesa en la cadera, Xalara, guiada por un acto reflejo, se acercó a él para ayudarlo.
—Estoy bien, estoy bien, solo ha sido un pequeño golpe, nada más —Xalara apenas entendió algo de lo que dijo.
Después de varios intentos, Huberto consiguió sentarse en la silla o más bien se dejó caer sobre ella.
—Lo siento, siento que tengas que presenciar este bochornoso espectáculo. Pero es que me ha debido de sentar mal la cerveza, estaría caducada o qué sé yo… —protestó Huberto entre amagos de arcadas.
Xalara lo miró de manera repulsiva, sabía que si Huberto vomitaba, ella iría detrás, porque era demasiado aprensiva para soportarlo.
Toda la taberna los observaba en ese momento.
—¿Qué miráis? ¿Acaso me meto yo en vuestras miserables vidas? —bramó Huberto, provocando que todos volviesen la mirada, dejando claro que temían a ese hombre. Xalara no pudo reprimir cierto regocijo al ver sus caras de pavor—. Siéntate, por favor.
Comenzaba a arrepentirse de haber aceptado la petición de Huberto, pero de todos modos decidió sentarse. Recelosa de que le vomitara encima en cualquier instante, apartó la silla de la mesa de forma disimulada.
Antes de poder articular palabra alguna, Huberto tuvo que repeler un par de arcadas más.
—Por dónde iba… a, sí, como te dije antes —habló Huberto por fin, arrastrando las palabras—, estás en serio peligro.
—¿Pero por qué?
—Ya te lo dije antes, los herederos podrían venir a por ti.
—Empezó asegurando que vendrían, ¿ahora ya lo pone en duda? —repuso Xalara mordaz.
—Esto no es ninguna broma, tu vida corre serio peligro, aunque, por otra parte, entiendo que no me creas, puede parecerte una auténtica locura, lo sé, pero la verdad es… —dijo a punto de darse contra la mesa al perder el apoyo del codo.
—La verdad es —continuó Xalara por él—, que usted está borracho y que me está molestando. Así que, adiós.
Xalara se levantó de la silla con la intención de dirigirse de nuevo hacia la barra para esperar el dinero de Burlen.
—No, espera, ven, por favor —pero Xalara no cedió—. ¡Es por tus padres! —dijo Huberto mucho más alto de lo que le hubiese gustado, a juzgar por su expresión tras decirlo.
Esas palabras surtieron un efecto inmediato en Xalara, que se detuvo al instante. El simple hecho de haber oído la palabra «padres» acababa de dar un vuelco de ciento ochenta grados a la situación, el problema es que toda la taberna también la había escuchado.
Xalara volvió a sentarse, ignorando las inquisitivas miradas que estaban clavadas sobre ella.
—¿Usted conoció a mis padres? —susurró.
—Sí —confirmó Huberto utilizando el mismo tono.
—¿Quiénes eran?
Huberto rio sagaz.
—Ya sabía yo que me ibas a hacer esa pregunta.
—¿Y bien…? —inquirió Xalara anhelante.
—No puedo, Xalara, es más, no debo decírtelo.
—¿Por qué no?
—Porque no te ayudaría en nada ahora mismo, y, además, no creo que yo sea el más indicado para hacerlo, no tengo derecho, esa es una gran responsabilidad que no me compete a mí…
—Cada vez que sale el tema de mis padres, no dejo de oír la palabra «no», y ya estoy harta, ¿sabe?
—Te comprendo, pero tienes que tener paciencia.
—No, créame, no me comprende —manifestó Xalara al borde del llanto.
—Sabes una cosa… han pasado casi dieciocho años… —dijo Huberto con añoranza—. Y aún puedo recordar la sonrisa de tu madre, ahora, la veo reflejada en ti.
—¿Yo me parezco a mi madre? —preguntó Xalara muy complacida por el comentario, apartando a un lado su hastío.
—Bueno, en realidad compartes rasgos de ambos, pero al menos puedo asegurarte que tienes su misma sonrisa.
Xalara sonrió.
—Pero no entiendo, según usted, los herederos vienen a por mí por culpa de mis padres, ¿qué tuvieron que ver ellos con esos herederos?
—Por ahora no puedo decirte mucho más, como te aseguré antes, no soy yo quien tenga que hacerlo; debería ser tu madrina.
—Pero ella no quiere, nunca ha querido hacerlo, se niega en rotundo a hablar sobre ellos.
—Sus motivos tendrá —argumentó Huberto—. ¿Nunca te has parado a pensar que quizás no te lo quiera decir para protegerte?
—¿Protegerme? —se ofuscó Xalara—. Ella nunca ha querido protegerme, solo piensa en sí misma, es una completa egoísta.
—Creo que en eso te equivocas.