Chapter 8 Huberto Cóbelpot
El sótano estaba sumido en el silencio, un silencio tan tenso que ni las paredes parecían poder contener durante demasiado tiempo.
El silencio habría sido completo de no ser por el suave murmullo de la palpitante llama del destilador y su intermitente goteo dentro del matraz, o por el leve suspiro que emitía el vapor de las ollas borboteando encima de los quemadores, y el continuo traqueteo de frascos y botellas.
Aura mezclaba ingredientes en un mortero sobre la mesa más alejada a la escalera, mientras Xalara se encontraba rellenando botellas del barril que recogía el producto final después de pasar por todo el proceso de destilación.
Ambas se daban la espalda y las dos lo hacían a conciencia, pues la sorprendente visita de la pasada noche no había traído nada beneficioso a su ya de por sí tensa y distante relación, sino que la había enturbiado aún más.
A Xalara le sorprendía que Aura aún no la hubiese reprendido por haber dejado al presidente tirado en la cocina, y estaba convencida de que el motivo por el cual no lo hacía, era que su madrina también estaba disgustada con él, puesto que había intentado robarle a su ahijada o, mejor dicho,
a su empleada.
Aura le dirigía en contadas ocasiones miradas de reojo, pero ella no sentía ni la más ínfima intención de hacer lo mismo con su madrina.
Xalara apenas pegó ojo en toda la noche, ya que se pasó hasta bien entrada la madrugada observando el libro y el arma que le habían dejado sus padres en herencia, tratando de encontrar alguna señal que arrojase algo de luz a toda esa oscuridad que envolvía lo concerniente a sus orígenes.
Estaba convencida de que esos dos objetos no podían ser simplemente lo que parecían, algo estaba oculto en ellos y no pararía hasta descubrirlo.
El poco tiempo que pasó durmiendo, lo hizo soñando de forma vívida una y otra vez con la cena y repitiéndose dentro de su cabeza las mismas palabras en bucle: «Tus padres hicieron algo, algo que no gustó a los que mandaban…»
. ¿Quiénes habían sido sus padres y qué fue lo que hicieron?
¿Cómo era posible que hubiesen sido amigos del presidente?
Odiaba más que nunca a Aura por ocultárselo.
Tampoco podía olvidar el sorprendente ofrecimiento del presidente, que le propuso la oportunidad de irse a vivir con él.
Realmente eso era lo que deseaba, alejarse de Aura y vivir una nueva y mejor vida lejos de ella, pero no así, no de esa manera.
Además, como le dijo al presidente, para vivir rodeada de mentiras ya tenía a su madrina.
La muchacha era incapaz de no pensar en todo ello. Su cuerpo estaba presente en el sótano, sin embargo, su mente se encontraba en otro lugar y en otro tiempo. Una botella de drónder se le escurrió de las manos cuando trataba de encorcharla y se cayó al suelo, desparramando parte de su contenido.
—¡Mierda! —exclamó Xalara.
—Déjala —le ordenó Aura acercándose a ella por detrás—, ya lo limpio yo. Tú coge la caja que hay al lado de los barriles y llévasela a Burlen.
Xalara obedeció con falsa mansedumbre, pero en ningún momento compartió mirada alguna con su madrina, cuyo semblante era una fiel representación del desagrado, a pesar de no demostrarlo con palabras. La muchacha cogió la caja y subió por las escaleras.
—Y que no se te olvide decirle a Burlen que te pague, que el sábado tampoco me pagó a mí. Se lo perdoné por todo lo que ocurrió, pero ya no le paso ni una más, así que ya sabes, dile…
Pero cuando Aura se giró para mirar a Xalara, esta ya había desaparecido por el hueco de la escalera.
El trayecto que separaba la casa del pueblo fue muy tranquilo, por suerte no se cruzó con nadie y además se le hizo muy corto.
Estaba tan absorta en sus pensamientos, que ni siquiera reparó en ello de forma consciente cuando ya estaba en la calle en la cual, al fondo, se encontraba la taberna de Burlen.
Encima de la acera, frente a la taberna, se encontraba una chica recién entrada en la pubertad, morena y muy delgada, vestida con un abrigo gris y un gorro granate descolorido.
En su cintura tenía atada una cartera de odre.
Estaba subida sobre una caja de madera y rodeada por varias personas que la miraban y escuchaban atentamente.
La joven sostenía en su mano un ejemplar del diario Las Comarcas y gritaba con entusiasmo para promocionar su venta:
—¡El Fantasma del Tiempo ayuda a los presos de Ívelmer a escapar! ¡Compren el diario Las Comarcas y descubran todos los detalles!
Las voces de la hija de la kiosquera llegaban como ecos lejanos a los oídos de una Xalara que caminaba distraída hacia la taberna, con la mirada fija en el suelo de la estrecha callejuela.
Al acercarse a la puerta de la taberna, el choque con el hombro de un señor de pelo blanco y bigote pronunciado, la hizo salir de su ensimismamiento.
—Mira por dónde vas —gruñó el hombre contra el que había chocado.
Xalara no se disculpó, pero sí se vio atraída por el discurso de la chica que vendía los periódicos, y se detuvo a escucharla manteniéndose un poco al margen.
Al estar cerca, pudo comprobar que la portada del periódico estaba casi toda ocupada por una foto del Gran Reloj del Palacio de la Sede, acompañada del titular: «ES ObrA DE EL FANTASMA DEL TIEMPO».
Además, en la parte inferior de la plana, aparecían las fotografías y nombres de los tres herederos fugados.
—¡El Fantasma del Tiempo está detrás de la misteriosa fuga de Ívelmer! ¡Compren Las Comarcas y descubran cómo se llevó a cabo la sorprendente fuga de los herederos!
Un hombre rubio se acercó a la hija de la kiosquera.
—Dame uno, por favor —pidió el hombre.
La chica descolgó un ejemplar del soporte que tenía a su lado, repleto de periódicos colgados mediante pinzas.
—Es un mupio, si es tan amable.
El cliente sacó de su bolsillo un pequeño billete dorado, en el cual aparecía la cara de Alexios y, al verla, a Xalara se le vino a la mente el gesto de regocijo que compuso el presidente cuando le ofreció que se fuese a vivir con él a Bibrébem, convencido de que aceptaría su propuesta.
Un hombre y una mujer que estaban frente a Xalara, cuchicheaban al oído:
—Este periódico nunca ha sido muy verídico que digamos, como para creernos semejante patraña… Vamos, no perdamos el tiempo escuchando tonterías —dijo el marido a su esposa.
Cuando se marchaban observaron con ceño a Xalara, que les devolvió la mirada con determinación.
Sabía que en el momento en que se alejaran lo suficiente comenzarían a despotricarla, dirían algo así como: «Ahí está esa Verdreven, la chica solitaria y extraña», pero hacía ya mucho tiempo que ese tipo de comentarios no le incomodaban.
Estaba acostumbrada a ser el blanco de murmuraciones desde que era muy pequeña y había aprendido a asumirlos de la mejor forma, aunque tenía que reconocer que no le gustaba que lo hiciesen.
—¡El Fantasma del Tiempo resurge! ¡Compren Las Comarcas y descubran toda la verdad! —volvió a gritar derrochando carisma la hija de la kiosquera, que lanzó una mirada de soslayo a Xalara, lo que provocó que esta se fuese y entrara en la taberna.
El interior de la taberna estaba cargado de humo de leña, que se podía apreciar levitando cerca del techo.
Además del olor a humo, también podía distinguirse el aroma del café recién hecho, creando una mezcla un tanto extraña.
Todo ese batiburrillo de olores impregnó el olfato de Xalara e hizo que arrugase la nariz.
Ella era partidaria de otro tipo de aromas, sobre todo del que desprendían las páginas de un libro.
La taberna tenía un aspecto entre melancólico y acogedor, con una decoración muy antigua, ya que apenas había sido reformada en los dos últimos siglos.
Jonatan Burlen la heredó de sus padres y estos de los suyos, y así sucesivamente desde hacía varias generaciones de la familia Burlen.
La barra, de oscura y restregada madera, estaba situada entre dos columnas de ladrillo pintadas de color blanco, al igual que las paredes, que estaban cruzadas por vigas y decoradas con un alto rodapié de madera, similar a la que recubría la base de la barra.
A pesar de que gran parte de las mesas estaban ocupadas, sus voces no eran demasiado audibles, era como si todos se hablasen con susurros y Xalara creyó que lo hacían sobre ella, pero no eran más que tontas suposiciones suyas, pues la mayoría ni siquiera se percató de su llegada.
El enfoque de su mirada viajó de las personas que ocupaban las mesas, a las columnas que flanqueaban la barra y en cuyas caras exteriores estaban pegados los carteles de «Se busca» de los herederos fugados, con sus fotografías y nombres.
Jonatan Burlen estaba limpiando la barra con una bayeta húmeda.
Mostraba un aspecto algo grotesco con la combinación que le conferían aquel mandil negro y la camisa de rayas, y en su oreja izquierda tenía un pendiente de aro metálico que oscilaba con su brusco movimiento de brazo.
Al levantar la vista hacia Xalara tiró una taza de café vacía que estaba encima de la barra, haciendo que cayera al suelo y se rompiera.
La muchacha no le dio ninguna importancia y posó la caja sobre la barra, pasando con sus botas por encima de los fragmentos de la taza.
—Buenos días, sí, espera un momento, enseguida te traigo el dinero —dijo Burlen apurado, como queriendo hacer varias cosas al mismo tiempo.
Xalara no dijo nada, pues el tabernero ya se había encargado de hacerlo por ella antes de desaparecer por la puerta situada detrás de la barra.
La chica se giró hacia atrás y observó de reojo los rostros de las personas que ocupaban las mesas.
Con el fin de entretenerse, trató de descifrar sus temas de conversación.
Pero no dejó que ese pensamiento se hiciese fuerte en su mente, al fin y al cabo, no le importaba lo más mínimo.
A su derecha, sentado a la barra y al lado de la columna, había un hombre con el rostro oculto tras un ejemplar del periódico Las Comarcas, el cual tenía casi pegado al rostro, como si le costase leerlo.
No era de extrañar, pues cuando Xalara se fijó en él, se dio cuenta de que el periódico estaba al revés.
El hombre apartó el periódico de la cara y se le cayó al suelo, como si de repente se hubiese quedado sin fuerza en las manos.