Chapter 7 Una carta en el cajón #3
—Más bien escasas —reconoció un tanto abatido—, lo único reseñable, es que se ha podido confirmar que todos los presos pertenecientes al módulo siete de la torre uno, fueron asesinados, seguramente lo hicieron para no dejar ningún testigo.
—¿Se ha informado a sus familias?
—Sí, ya me he encargado personalmente de que se haga.
Ambos guardaron silencio durante unos segundos.
—Es increíble… —admitió Alexios.
—Pero cierto —asintió Perseus, con la mirada perdida en el suelo.
—En fin, estoy agotado —dijo Alexios—, mejor hablamos de esto mañana.
—Sí, yo también. Que descanses, buenas noches.
Perseus Bábet se marchó hacia el vestíbulo, acompañado del maletín que lo acreditaba como consejero de defensa y justicia.
Después de permanecer inmóvil durante unos segundos, el presidente comenzó a subir el primer tramo de escaleras.
El eco de unas risas provenientes del segundo rellano, llegó enseguida a sus oídos.
Allí, una pareja se besaba apasionadamente, apoyada sobre una de las columnas.
Alexios intentó pasar desapercibido, pero la mujer, que sujetaba sobre el antebrazo una chaqueta doblada, vio al presidente por el rabillo del ojo, apartando de un empujón al hombre que tenía sobre ella.
—Señor, lo siento, no sabíamos… —dijo la chica, y sus mofletes se enrojecieron—. Qué vergüenza…
—No pasa nada —la disculpó Alexios sin dejar de subir escalones.
—Esta es la chaqueta que he elegido para que se ponga durante el discurso de pasado mañana —dijo la chica mostrando con efusividad la prenda, en un claro gesto por infundir naturalidad al embarazoso momento.
—Ahora no, ya hablaremos de eso —zanjó Alexios sin girarse hacia ella.
—Como quiera, señor.
—Esto es una pesadilla… —masculló Alexios agobiado, cuando ya se había alejado de la pareja.
Tras subir unos cuantos escalones, al fin consiguió alcanzar la puerta que daba acceso a sus aposentos y se dispuso a abrirla, no sin antes echar un vistazo en rededor suyo para confirmar que estaba solo.
De momento no había nadie apostado en la puerta, aunque ya tendría que estar al caer el miembro de su Escolta al que le tocase hacer la vigilancia nocturna.
Alexios nunca estuvo de acuerdo en que sus aposentos tuviesen que ser custodiados día y noche, pero era el protocolo de seguridad establecido.
Ya dentro de sus estancias, la tenue iluminación nocturna que se colaba por las ventanas de cristal emplomado, le sirvió para caminar sin necesidad de encender la luz. Lo primero que hizo, fue acercarse a un repleto zapatero y se cambió el calzado mojado por unas confortables zapatillas de algodón.
Después de quitarse la ropa mojada y ponerse una bata de descanso, subió por una escalera en espiral hasta el tercer piso de sus aposentos, donde se ubicaba su despacho privado.
El despacho del presidente era un estudio muy amplio, con el suelo de un brilloso mármol marrón.
Tres escalones servían para subir a una plataforma octogonal y entablada, situada en el centro de la habitación, donde se encontraba una mesa de madera primorosa, que al mismo tiempo hacía las veces de escritorio, en el que, a ambos lados del hueco de la silla, albergaba sendas torres de cajones.
Alexios se acercó al centro del despacho, subió los tres escalones y pulsó un interruptor que había instalado en una de las ocho columnas que rodeaban a la plataforma, otorgando luz a una lámpara de araña que colgaba de la unión de los nervios de la bóveda.
A continuación, realizó el mismo procedimiento con una lámpara de mesa que tenía sobre el escritorio, adquiriendo el despacho una etérea iluminación anaranjada.
Después se sentó en la silla de madera tallada, donde el respaldo, asiento y reposabrazos estaban tapizados con cuero marrón.
Cogió un folio del montón que tenía sobre una esquina del escritorio, y con una pluma plateada comenzó a escribir.
Lo hizo durante casi una hora, y no solo escribió un folio, sino tres.
Cuando terminó, posó la pluma y abrió un cajón que quedaba a su izquierda, del cual sacó un sobre de correo.
Dobló con esmero los tres folios y los introdujo en el sobre.
Para sellarlo, acercó su mano derecha a la vela del calentador de lacre, puso su dedo pulgar e índice apretando la mecha y pronunció:
—Fairefol.
La mecha se encendió al instante y fundió el lacre rojo en el cucharón. Para cerrar la carta, Alexios utilizó un sello de latón que esculpió el escudo del gobierno en el lacre. Después volvió a esgrimir la pluma, y en el dorso del sobre apuntó: «PARA XALARA VERDREVEN (YADARME)».
Luego se levantó y se dirigió hacia un buzón de hierro negro que había colgado en la pared, situado entre dos ventanales.
Levantó la tapa con la intención de introducir el sobre en su interior, pero era consciente de que, si lo hacía, la carta aparecería en el buzón de la casa de Yadarme en pocos segundos.
Hizo ademán de introducirlo, pero algo en su interior le frenó los dedos para que no arrojasen la carta en el buzón.
Finalmente volvió a sentarse y abrió otro cajón del escritorio, esta vez uno de la derecha.
Fijó su vista en él durante unos segundos, antes de meter la carta en su interior, posándola encima de un plegado abrigo negro con capucha, donde ya reposaban una máscara de color azabache y un brazalete con el símbolo de la Orden de los Herederos.