Chapter 7 Una carta en el cajón #2
Pero la realidad era que el Gran Reloj situado en el centro de la fachada principal, señalaba las doce de la noche.
Cada campanada retumbaba con estrépito, haciendo vibrar hasta el mismísimo suelo adoquinado de la plaza.
Cuando sonaba la última campanada, el presidente llegó a la puerta del recinto vallado del Palacio, donde la Escolta Presidencial, compuesta por cinco miembros que vestían unos impolutos uniformes y pasamontañas de color blanco, con un monograma en el pecho formado por una E y una S entrelazadas,
aguardaba con preocupación su llegada.
—Señor —saludó con un gesto respetuoso el escolta que se encontraba al frente del grupo, el cual se diferenciaba de los otros porque su pasamontañas era de color dorado.
—Capitán… —le devolvió el saludo fríamente Alexios, cruzando la puerta del recinto vallado y sin detenerse, camino de los escalones que precedían a las grandes puertas de roble del Palacio de la Sede, situadas bajo un hermoso rosetón.
—¿Puedo saber dónde ha estado? —preguntó el capitán de la Escolta Presidencial mientras lo perseguía.
—No, lo siento, Ázur, pero esta vez no lo puedes saber, por eso me he escabullido sin que nadie me viera.
—Está bien, señor, como quiera —asintió el escolta visiblemente decepcionado—. Estábamos muy preocupados por usted, solo era eso.
—Lo sé, pero no podía deciros nada, y por favor —Alexios se detuvo en seco antes de entrar en el Palacio—, no quiero que se hable más de este tema, ya estoy aquí y estoy bien, fin del asunto.
—Sí, señor, como desee.
El presidente atravesó el imponente umbral de la puerta y se encontró en un espléndido vestíbulo, de un tamaño tan descomunal, que cabrían en él más de una decena de casas similares a la de Aura, donde, tan solo unos minutos atrás, había cenado Alexios.
El suelo de mármol reflejaba las enormes lámparas del techo, que colgaban desde las uniones de los nervios en la bóveda de crucería.
Las paredes laterales estaban formadas en gran parte por amplias vidrieras enmarcadas en arcos apuntados.
En medio del vestíbulo había una fuente: un estanque redondo de piedra servía de base a cinco figuras humanas de mármol blanco, que doblaban el tamaño natural y que sostenían en alto un escudo del Gobierno.
Las cinco figuras representaban a los miembros del Consejo de los Cinco, quienes en el año 403 d.U. fundaron Las Cinco Comarcas, después de que muriese el último Rey del Reino de Bibrébem, lo cual quedaba constatado en una pequeña placa de bronce al pie de las figuras.
A la derecha de la entrada, había un mostrador de madera, donde una mujer de mediana edad, con gafas y que recogía su pelo en un moño, se levantó al paso de Alexios.
—Buenas noches, señor presidente —saludó la mujer con una voz atiplada.
—Hola, Cloys —contestó escueto y sin mirarla, mientras caminaba hacia el otro extremo del vestíbulo, seguido muy de cerca por su Escolta Presidencial.
—Señor, mañana…
—Me gustaría continuar solo, por favor —le pidió Alexios al capitán de su Escolta—. No quiero que nadie me moleste, me retiro ya a mis aposentos.
—A sus órdenes, que pase usted una buena noche, señor —dijo Ázur ofreciendo un saludo de respeto, el cual imitaron de inmediato los otros cuatro miembros de la Escolta Presidencial.
Alexios asintió con fingida deferencia y entró en la nave que albergaba la Gran Escalinata del Palacio de la Sede, compuesta por cuatro tramos de escalera de piedra gris en cada una de sus cinco plantas, las cuales servían como nexo de unión para todo el edificio.
El presidente pasaba por allí a diario, e incluso lo hacía varias veces al día, pero, aun así, no podía evitar que sus ojos se fijasen hacia arriba cada vez que se encontraba en aquel espléndido lugar.
La monumental estancia estaba coronada por un cimborrio que albergaba extensas vidrieras, incluido el propio techo, que al ser transparente casi por completo, permitía ver el cielo y dotaba a la Gran Escalinata de una sobrecogedora iluminación natural durante el día.
El estridente sonido de una puerta abriéndose, seguido de unos retumbantes golpes en el suelo, estropeó el momento de contemplación al presidente.
Un hombre apareció proveniente del pasillo que unía la nave de la Gran Escalinata con la torre posterior del palacio.
Era alto, de mediana edad, entrecano y cuyos ojos claros mostraban signos de agotamiento.
Se ayudaba de un bastón para paliar su ostensible cojera y portaba un maletín similar al de Alexios pero de menor tamaño.
—Presidente —lo reclamó el hombre del bastón con una voz muy grave y altisonante.
—Ah, hola, Perseus, ¿qué haces aquí tan tarde? —dijo queriendo parecer cortés, aunque lo único que deseaba era irse cuanto antes.
—¿Está lloviendo? —preguntó Perseus al ver de cerca a Alexios.
—No —respondió este—, pero de donde yo vengo sí que lo hacía.
—Ah… —Perseus dejó la pregunta en el aire y siguió hablando—. Estaba en mi oficina, reunido con Orsius para consultar y estudiar las últimas novedades de la fuga —informó con ciertos aires petulantes.
—¿Está Orsius en el Palacio?
—No, ya se ha ido hace un buen rato —aseveró Perseus.
—¿Y cuáles son esas novedades? —preguntó Alexios.