El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 7 Una carta en el cajón
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Chapter 7 Una carta en el cajón

Empezaban a caer las primeras gotas de lluvia cuando Alexios se alejaba de la casa donde había cenado. La tormenta, que no avisó de su llegada, acudía fiel a su cita con el pueblo de Yadarme en torno a la medianoche.

Desprovisto de paraguas y habiéndose dejado olvidado el sombrero en casa de Aura, Alexios tuvo que protegerse de la lluvia colocando la maleta sobre la cabeza, pero se vio obligado a apretar el paso ante la repentina fuerza que tomó el temporal.

Una vez inmerso en las calles del pueblo, trató de ir pegado a las casas, donde la fuerza de la tormenta era menos eficaz.

Su intención era evitar ser visto, lo que implicaba tener que desviarse lo máximo posible de las tabernas.

Pero no estaba acostumbrado a deambular por aquellas calles, y sumado a la poca visibilidad y las prisas por escapar del aguacero, se equivocó y fue directo hacia una calle que lo colocó frente a una taberna, donde un pequeño grupo de borrachos cantaban y bailaban bajo la lluvia.

A pesar de que Alexios se apresuró en poner la maleta delante del rostro, era difícil que pasase desapercibido, pues por allí no estaban acostumbrados a ver gente vestida con esas pintas.

Uno de los borrachos, un hombre rollizo con el pelo largo y barba descuidada, lo reconoció y corrió hacia él para detenerlo.

—¿De verdad es usted o he bebido tanta cerveza que ya me produce visiones? —preguntó el borracho, que se anadeaba a un lado y al otro para impedir el avance de Alexios, mientras sus compañeros de borrachera se desternillaban de la risa.

—Sí, tienen que ser las cervezas, seguro —respondió Alexios y, aprovechando el desconcierto, esquivó al hombre que en esos momentos expulsaba espuma de cerveza por la nariz mientras se partía de risa.

El presidente siguió corriendo por la calle, chapoteando con sus zapatos de cuero y deseando que el alcohol hiciese su trabajo en la memoria de aquellos hombres.

—¡Eh, no se vaya, páguenos una ronda, que seguro que usted tiene más dinero que nosotros!

—bramó otro de los borrachos entre los vítores de sus compañeros de taberna, cuando Alexios ya doblaba la esquina.

Los gritos se perdieron en la distancia, mezclándose con el repiqueteo que la intensa lluvia producía al rebotar contra el asfalto.

Tras recorrer algunas calles más y ser asustado por un par de gatos empapados que se enzarzaban detrás de un contenedor, por fin vislumbró el camino de tierra, iluminado por unas farolas que trazaban una línea recta a través del bosque y concluían en la estación de tren.

Allí, un convoy, al parecer vacío, se preparaba para emprender el último viaje de la noche.

Alexios corrió por el camino, teniendo que esquivar algún que otro charco que ya se estaba formando.

Sin embargo, no fue hasta el tren, sino que viró a la derecha, hacia una pequeña construcción de bloques pardos que estaba apartada del camino, y en la cual había tres puertas.

Las de los laterales eran metálicas y tenían grabado el escudo del Gobierno, y una de ellas indicaba: «Llegadas» y la otra: «Salidas».

Esta última tenía al lado e incrustada sobre un hueco en la pared, una palanca con varias ruletas añadidas a ella y algunos botones.

En cambio, la puerta del centro era de madera y estaba pintada de gris oscuro, además de tener una ventanilla de cristal situada a la altura de los ojos.

Anclado a la cornisa del tejado había un letrero luminoso que rotulaba el nombre de: «YADARME».

Alexios no se detuvo hasta estar bajo el amparo del porche, que se sostenía sobre dos columnas cilíndricas de hormigón. La copiosa cena se le subía a la garganta a causa de la carrera, y tuvo que ponerse una mano sobre la boca para intentar reprimir las náuseas.

Tras recobrar el aliento, zarandeó la campana situada delante de la puerta de madera, donde una silueta se acercó al cristal empañado de la ventanilla.

La puerta no tardó en abrirse, revelando a un hombre de baja estatura y ataviado con un uniforme azul, en cuyo hombro izquierdo tenía cosido el logo del Gobierno, que también estaba presente en la gorra del mismo color.

En el pecho y por medio de un imperdible, llevaba colgada la acreditación que atestiguaba su licencia como conductor de estación de traslado.

—Buenas noches, señor, ¿ya de regreso?

—Sí, así es —confirmó Alexios, tratando de contener las arcadas que seguían importunándolo.

—¿Se encuentra usted bien?

—Sí, tan solo un poco indispuesto.

—Está empapado, entre, encenderé la estufa y podrá secarse antes de volver —le ofreció amablemente el conductor.

—No, se lo agradezco, pero tengo que regresar cuanto antes.

—Como desee, señor.

—Por cierto, gracias por su discreción.

—No hay nada que agradecer, señor, ha sido un gran honor complacerle —admitió el conductor a la vez que pulsó un botón en el mecanismo de la puerta—. ¿Pero seguro que se encuentra bien?

El presidente asintió con una sonrisa forzada, justo en el momento en que la puerta metálica lindante al mecanismo se elevó al techo, dejando a la vista una cabina tan refulgente que parecía un espejo, con las paredes, techo y suelo completamente lisos,

sin ningún tipo de adorno o protuberancia visibles.

Tan solo destacaba una pegatina de color negro que simulaba dos huellas de pies pegada en el centro del suelo.

—Pues el viaje hasta Bibrébem son… 120 mupios, si es tan amable… —dijo el conductor estirando el brazo con la mano abierta para recibir el dinero.

—Soy el presidente, no creo que pagarte sea necesario —dijo con un deje de altanería.

—Uy, sí, señor, lo siento, no me daba cuenta, es la costumbre, discúlpeme, por favor, es que estoy un poco nervioso ante su presencia y como casi siempre trabajo en una de las estaciones de Bibrébem,

estoy habituado a hacer este gesto cientos de veces al día —explicó el conductor con las mejillas coloradas.

—No hay nada que disculpar, no es la primera vez que me ocurre algo parecido —dijo Alexios impaciente por abandonar aquel lugar.

—Ha sido un gran honor conocerle en persona, señor —dijo el conductor quitándose la gorra en señal de respeto cuando el presidente se introdujo en la cabina.

Luego pulsó uno de los botones haciendo que la puerta volviera a cerrarse.

A continuación, giró varias ruletas y pulsó algunos botones más, al parecer sin ningún sentido, pero que para él sin duda lo tenía.

Por último, movió la palanca más grande hacia abajo.

Dentro de la cabina, emergió una gélida voz de mujer, como si estuviese allí, al lado del presidente.

—Bienvenido a la Red de Estaciones de Traslado del Gobierno de Las Cinco Comarcas.

El destino escogido es: —la voz hizo una pequeña pausa—.

Palacio de la Sede, Plaza del Rey Xenón Primero, Bibrébem, Comarca Central —otra pausa—.

Por favor, coloque los pies sobre la marca del suelo mirando hacia la puerta de la cabina, manténgase erguido y no se mueva de la marca, no abra los brazos y cierre los ojos; en breves momentos se encontrará en su destino.

Alexios cumplió a raja tabla todas las instrucciones y, al instante, una luz plateada y muy intensa inundó la cabina. Al mismo tiempo se produjo un sonoro chispazo y el presidente y su maleta desaparecieron.

Cuando volvió a abrir los ojos instantes después, se encontraba en una cabina similar a la de la estación de traslado de Yadarme, pero esta triplicaba en tamaño a su antecesora y tenía tres marcas en el suelo en lugar de solo una.

La misma voz femenina de antes volvió a sonar dentro de la cabina:

—Ha llegado a su destino, esperamos que haya tenido un buen viaje y que vuelva a utilizar nuestros servicios muy pronto. Desde la Red de Traslado del Gobierno de Las Cinco Comarcas le deseamos que pase buena noche.

Inmediatamente después, la puerta de la cabina se abrió.

Lo primero que vio Alexios fue a un gran número de guardias con uniforme azul oscuro, apostados en la puerta y mirándolo con fijeza.

—¿Me dejan pasar, por favor?

—Señor, estábamos muy preocupados por usted, llevamos más de una hora buscándolo por todo el Palacio.

—Señor presidente, señor presidente —bramó una voz áspera que surgía de entre los guardias.

El conductor de la estación de traslado, de una edad cercana a la jubilación, intentaba hacerse un hueco para que pudiese ser visto por el presidente.

—Estos… guardias, llevan más de media hora interrogándome entre injurias y terribles amenazas. Exijo una disculpa acorde a mi sufrimiento.

—Señores… este hombre —dijo Alexios poniendo una mano sobre el hombro del conductor para tratar de calmarlo—, no les ha dicho dónde me encontraba porque yo se lo había ordenado, no quería que nadie supiese mi paradero, porque estaba en un viaje de asunto privado.

—Sí, ya, pero, señor, entiéndanos, creíamos… —repuso uno de los guardias.

—Se acabó, no quiero que se hable más de este tema —zanjó Alexios.

—Señor presidente, exijo una indemnización por los daños y perjuicios sufridos contra mi persona —persistió el conductor de la estación de traslado.

Alexios echó mano a su bolsillo, apoyó la maleta en el suelo y sacó una cartera.

—Tome, con cinco de cien bastará —dijo Alexios entregándole al conductor unos billetes de color granate que tenían su cara.

—Gracias, señor presidente, pero, de todos modos, nadie podrá quitarme este mal rato que he pasado.

Mi mujer no se lo va a creer cuando se lo cuente.

Que tenga que aguantar yo estas cosas cuando solo me quedan dos meses para jubilarme…

—gruñó el conductor de la estación de traslado mientras entraba en su oficina.

Alexios avanzó y los guardias formaron un pasillo para dejarlo pasar.

Tras ellos emergió el Palacio de la Sede del Gobierno de Las Cinco Comarcas en todo su esplendor, iluminado por los cientos de bombillas exteriores que enfatizaban cada tramo de su formidable figura.

El Palacio estaba situado en medio de una plaza inmensa, rodeado de grandes edificios que, por otra parte, parecían nimiedades en comparación con su tamaño.

Justo en ese momento y como si se tratase de una bienvenida a su presidente, las campanas comenzaron a tañer en los altos campanarios, los cuales sobresalían unos cuantos metros por encima del resto de la edificación.