El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 6 La herencia de sus padres #2
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Chapter 6 La herencia de sus padres #2

Alexios Kraus tenía el pelo entrecano peinado hacia un lado, con una barba casi nívea y muy bien recortada.

Sus remarcadas ojeras mostraban el peso del cargo que llevaba ostentando durante tantos años.

Debajo de su abrigo negro, tenía una corbata gris salpicada con puntos blancos, y a Xalara le pareció más delgado de lo que aparentaba en las fotos del periódico.

—Hola, Xalara, qué gusto conocerte —expresó Alexios Kraus con lo que parecía un tono de afecto.

—El gus… gusto es, mío, señor —balbuceó Xalara, que no daba crédito a lo que veían sus ojos, y por un momento creyó que quizás todo fuese un efecto secundario de lo que le había sucedido en el río esa mañana, algo que descartó cuando el presidente, no sin antes cambiar de mano un bombín negro,

se acercó a ella para estrechar la suya.

La muchacha miraba inquisidora a Alexios y percibió que los ojos del presidente reflejaban la misma sensación de curiosidad hacia ella.

—¿Cenamos? —intervino Aura rompiendo el tenso momento.

La cena transcurrió demasiado lenta para Xalara, pero al menos ella había pasado desapercibida, cumpliendo a rajatabla todo lo que su madrina le había ordenado: no abrir la boca en ningún momento; bastante tenía ya con recordar una y otra vez la discusión entre el presidente y su madrina.

Aura y Alexios se pasaron toda la cena charlando sobre política y economía.

Como era de esperar, su madrina no había desaprovechado la oportunidad de tener al presidente del Gobierno sentado a su mesa, para reprocharle y exigirle nuevas y mejores leyes que llevasen más y mejores beneficios para la gente menos pudiente.

Alexios supo salir airoso de todos y cada uno de los temas sin tener que llegar a discutir, haciendo palpable que sabía hablar y defenderse como un político.

También Aura supo encontrar el momento para mostrar su preocupación y miedo por la fuga de los herederos, a la que el presidente trató de restarle importancia argumentando que estaban muy cerca de atraparlos, aunque a Xalara le pareció que no estaba siendo sincero.

—La tarta está exquisita, de verdad, Aura, muy buena —dijo Alexios saciado, limpiándose los labios con la servilleta tras comer el último trozo de pastel que le quedaba en el plato.

Aura sonrió gratificada.

—¿Quieres más? Aún queda mucha.

—No, no, gracias, pero ya he tenido suficiente —dijo palmeándose la barriga—. Además, no quiero que penséis que he venido hasta aquí para cenar como un glotón, estoy aquí por algo mucho más importante.

—¿Quieres tomar una copa de alguno de mis licores? —le ofreció Aura, que parecía querer posponer el final de la cena—. Ayuda a hacer la digestión.

—No, de verdad, muchas gracias. No quiero ser desconsiderado con tu trabajo, pero la bebida me nubla la mente y necesito mantenerla bien despierta —explicó Alexios.

—Como quieras, de todos modos te regalaré una botella cuando te vayas.

Aura se levantó de la mesa, retirando la bandeja con la tarta restante a la encimera, y a Xalara le pareció que su gesto denotaba apocamiento, como si no quisiera ser testigo de lo que fuera a suceder a continuación.

—En fin, después de diecisiete años, ha llegado la hora —anunció Alexios como si fuese a dar un discurso ante la prensa, poniendo toda su atención en Xalara, que se sintió por un momento abrumada—.

Xalara, te preguntarás qué hago yo aquí y no es para menos, no todos los días se presenta el presidente del Gobierno a cenar en tu casa —agregó un tanto ufano, pero su sonrisa delataba que lo decía en un tono jocoso.

Con el brazo, el presidente apartó los platos hacia un lado para hacer hueco en la mesa.

Xalara se fijó en que había ensuciado la manga de su chaqueta al hacerlo, pero no se atrevió a decírselo.

A continuación, Alexios estiró su brazo derecho hasta sacarlo fuera de la mesa, con la palma de la mano orientada hacia el suelo.

—Begagxio.

Una maleta negra, bastante grande y con el símbolo plateado del Gobierno grabado en una de sus caras, se elevó desde el suelo hasta la mano del presidente cuando este cerró los dedos.

Hasta ese momento, Xalara no había reparado en la presencia de una maleta bajo la mesa, y se sintió un poco estúpida por ello.

—Tus padres dejaron esto en mi poder antes de morir —Alexios colocó la maleta sobre la mesa, con las cerraduras mirando hacia él—, y me hicieron prometer que te lo entregaría cuando cumplieses la mayoría de edad, y aunque aún falten dos días, he querido dártelo hoy.

Entenderás que, debido a problemas de agenda con todo el lío de los actos festivos, me resultará imposible venir a tu cumpleaños.

El presidente se quedó mirando a Xalara como esperando un gesto de disculpa, un gesto que no llegó, pues ella estaba tan intrigada por ver qué le habían dejado sus padres, que su mente ya solo se encontraba en el interior de esa maleta.

—Oxditadunta —pronunció Alexios, al tiempo que colocaba sus dos manos frente a las cerraduras de la maleta y las giraba en el sentido de las agujas del reloj.

Las cerraduras apenas tardaron un segundo en abrirse tras emitir un sonoro chasquido.

Después, el presidente giró la maleta sobre la mesa y la empujó hacia Xalara, que no pudo evitar mirar a su madrina para ver su gesto.

Aura se limitaba a estrujar con fuerza un trapo que tenía entre las manos, mientras observaba la maleta con desdén, como si esta le hubiese hecho algo malo.

Entonces, Xalara volvió a fijar su vista en la maleta.

Las ganas de abrirla y el miedo que sentía por ver el contenido, pugnaban en su interior en una danza de dudas, pero Alexios puso fin a ese sentimiento después de abrir la maleta.

Ante los ojos de la muchacha apareció un libro que, a juzgar por el deterioro de sus cubiertas de cuero oscuro, Xalara habría apostado a que tenía décadas de antigüedad.

Luego se fijó en la portada, donde había una inscripción, tan desgastada que apenas era perceptible.

La joven, totalmente atrapada por la curiosidad, abrió el libro y, para su decepción, estaba compuesto por tan solo dos gruesas páginas en blanco.

Sin decir nada al respecto, posó el libro en la mesa a un lado de la maleta, y vio que en su interior todavía albergaba algo más, oculto bajo una tela aterciopelada de color negro.

Antes de destapar lo que quiera que fuese aquello, miró a Alexios, que le ofreció un gesto silencioso de aprobación.

Al descubrir la tela, Xalara se encontró una espada arlasófica envainada, en cuya bruñida empuñadura se reflejaba de forma molesta la luz de la lámpara del techo.

La muchacha sacó el arma de la maleta, haciéndolo con una extrema delicadeza.

Aunque dejándose llevar por la emoción del momento, olvidó por un instante lo que tenía entre sus manos y dio un fuerte tirón para extraer el arma de la vaina.

Al hacerlo, la espada expulsó un pequeño haz de luz que pasó rozando la cabeza del presidente, y fue a estrellarse contra el mueble sin puertas que estaba colgado sobre el fregadero, a la altura del estante donde guardaban las tazas.

Varias de ellas explotaron en añicos y el mueble quedó colgando tan solo de uno de los dos amarres que lo anclaban a la pared, haciendo que varias tazas, vasos y platos cayesen sobre la encimera y el suelo, produciendo un gran estruendo al romperse.

—¡¡Cuidado!! —gritó Aura con los ojos tan abiertos como dos ventanas.

De inmediato, Xalara bajó la espada, la introdujo de nuevo en la maleta y miró asustada a Alexios, que se mantenía inmóvil y con el rostro tan pálido que, por un momento, la muchacha creyó que estaba muerto.

—¿Te encuentras bien? —le preguntó Aura, que no estaba menos lívida que él.

—¿Eh? —reaccionó el presidente, entornando lentamente los ojos hacia Aura, pero sin mover el cuello.

—Te preguntaba si estabas bien —dijo acercándose con recelo al presidente.

—Sí, sí, no ha sido nada —dijo echando mano a su pelo, cuyo olor a chamusquina había invadido la estancia—, por suerte solo me ha rozado

—Lo siento, señor, no quería…

—No te preocupes, Xalara, no ha pasado nada, pero por el momento, lo mejor será que la metas en la vaina.

¿No querrás pasar a la historia como la matapresidentes?

—dijo soltando todo el aire y con una sonrisa que a Xalara le pareció más fingida que sincera, dada la expresión de susto que aún mantenía el presidente—.

Además, ya sabes que hasta que no seas mayor de edad y saques la licencia no podrás usar la arlasofía, aunque bueno, aun así tampoco podrás usar la espada.

Como ya sabrás, hoy en día es ilegal para cualquier persona que no sea miembro de las Fuerzas de Seguridad.

Por cierto, ¿has pensado en estudiar algo o dedicarte a alguna cosa en particular?

—¿Qué importa lo que yo quiera? —respondió Xalara mientras envainaba la espada con sumo cuidado dentro de la maleta—.

Total, nunca he ido al colegio y no tengo dinero para pagarme una beca de estudios.

¿Por qué me dejaron esto mis padres? ¿Qué tienen de especial un libro sin palabras y una simple espada?

—añadió cambiando radicalmente el asunto de la conversación.

—No lo sé, Xalara —hizo una pausa—, pero te puedo asegurar que para ellos tenían un gran valor, sobre todo para tu padre, él me insistió mucho en que debía entregártelos.

—¿Y por qué…?

—Xalara, escúchame, volviendo al hilo anterior…

—dijo Alexios de forma perentoria, y la muchacha entendió que al presidente le apetecía lo mismo hablar sobre sus padres, que a ella de planes futuros que no existirían jamás—.

En primer lugar, quiero decirte que entiendo que desees quedarte a vivir con Aura y trabajar con ella, al fin y al cabo, es tu madrina, te ha criado y tienes una vida a su lado, pero, a pesar de eso, me gustaría que tuvieras otra alternativa y que te vinieses a vivir conmigo —hizo una pausa—.

Te concedo una beca para que puedas estudiar en la Universidad de Bibrébem y consigas el oficio que te guste, me han dicho que eres inteligente —sonrió—.

Además, podrás sacarte la licencia para usar la arlasofía en la mejor academia de la ciudad.

Entiende esto como mi regalo de cumpleaños por tu mayoría de edad —dijo cogiéndola de la mano al pronunciar la última frase.