El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 6 La herencia de sus padres
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Chapter 6 La herencia de sus padres

Xalara regresó a casa cuando la oscuridad de la noche mostraba sus credenciales.

A pesar de sus esfuerzos por evitarlo, la experiencia tan extraña que sufrió por la mañana protagonizó todos sus pensamientos durante el resto del día.

Ahora, con toda seguridad, también tendría que enfrentarse a una nueva bronca de su madrina por llegar tan tarde. Con esa premisa abrió la puerta.

Atónita, se detuvo nada más entrar, pues había tres sillas a la mesa, la cual estaba repleta de platos y cubiertos para tres personas.

Algunos de ellos Xalara nunca los había visto, y desde luego eran más nuevos que los que usaban habitualmente, de hecho, habría jurado que estaban sin estrenar a juzgar por la magnitud de su brillo.

La encimera estaba llena de comida y dos ollas sobre la cocina de leña despedían un olor exquisito.

Ataviada con su habitual mandil de cocina, Aura se encontraba en la encimera, terminando de decorar con una manga pastelera una tarta de nata y chocolate.

Debajo llevaba puesto su vestido de gala, el cual reservaba única y exclusivamente para utilizarlo cada año en la fiesta del Día de la Libertad.

Aura estaba tan concentrada en el pastel que no se percató de la llegada de su ahijada hasta que se giró para coger un poco más de nata.

—Ah, ya estás aquí —se sobresaltó al verla—. ¿Dónde has estado todo el día? Con la gente que anda suelta por ahí… solo se te ocurre a ti desaparecer por tanto tiempo —la abroncó Aura pareciendo histérica y urgida.

—Donde siempre, en el… —respondió Xalara apuntando con el dedo pulgar hacia atrás.

—Salí a buscarte y no te encontré, he estado a punto de mandar una carta a los cuero negro para denunciar tu desaparición.

—Pues he estado todo el día en…

—Ya está, da igual, sube ahora mismo a tu habitación y vístete como una persona decente —Xalara se miró la ropa, con un gesto que indicaba que así se encontraba perfecta—. Ponte el vestido de punto —agregó Aura sin dejar de lado la tarta, a la que le añadía un poco más de nata.

—¿Que me ponga qué? —preguntó Xalara, ceñuda.

—El vestido de punto y las medias negras —confirmó con autoridad—. Ya lo tienes todo encima de la cama, trata de no arrugarlo sentándote sobre él, y lávate un poco, que parece que vienes de una pocilga —añadió con gesto de repugnancia.

—Pero, ¿a qué viene esto? ¿Qué haces así vestida? ¿Y la tercera silla? —preguntó Xalara señalando todo lo extraordinario que había en la cocina.

—Esta noche tenemos la visita de una persona muy especial —dijo Aura más relajada, disminuyendo el tono de voz como si estuviese contándole un secreto.

Que Xalara recordase, en toda su vida las únicas visitas con comidas o cenas de por medio que habían recibido, eran las de Víliam y sus padres cuando ambos vivían.

Aunque en una ocasión hubo una excepción, pues cuando Xalara era muy pequeña, Jonatan Burlen comió una vez con ellas para dar el visto bueno a un licor creado por Aura.

—¿Tenemos una visita? ¿Nosotras? —preguntó Xalara con incredulidad, señalándose a ella misma y a su madrina.

—Sí, nosotras, y baja la voz.

—¿Por qué debería hacerlo? ¿Acaso vamos a dar cobijo a los tres herederos fugados? —ironizó Xalara, conteniendo la risa al ver la cara de estremecimiento de su madrina.

—¡Cállate, no digas tonterías! ¡No ves que no estamos para ese tipo de bromas! —susurró Aura mirando de reojo hacia la ventana, seguramente temiendo que los herederos se encontrasen fuera.

—Pues entonces dime quién viene —le pidió Xalara.

—Ya te lo he dicho, es alguien muy especial… —Aura echó un vistazo al reloj—, y me ha confirmado que llegará a las diez, así que sube y cámbiate.

—Pero…

—Ya está, no hagas más preguntas, sube arriba y ponte el vestido, ¡ya! —gritó Aura volviendo a acelerarse.

—Vale, pero no pienso ponerme ese ridículo vestido —replicó Xalara.

—Te lo vas a poner y no se hable más.

—Te digo que no voy a ponérmelo.

—A ver cómo te lo explico para que lo entiendas —dijo Aura acercándose a su ahijada, haciendo un gran esfuerzo por mantener a raya su enfado—.

La persona que viene hoy no es alguien como nosotras, es una persona muy distinguida e importante, y tú te pondrás ese vestido, igual que yo me he puesto el mío, porque como no te lo pongas…

—Aura le acercó la manga pastelera a la cara—, tú y yo vamos a tener serios problemas.

Xalara apretó los labios para reprimir su réplica, al fin y al cabo estaba intentando razonar con alguien irracional, por lo que asumió con rabia la orden, igual que le había tocado hacer otras muchas veces y se encaminó hacia la escalera.

—¡Espera! —bramó Aura.

—Tú dirás… —bufó de forma contenida y sin mirar a su madrina.

—Antes de que subas quiero dejarte claro algunas cosas —le advirtió Aura con el tono autoritario que empleaba cuando quería ordenarle algo importante—. Sé educada con la visita, no le hables de forma grosera e impertinente como lo haces siempre conmigo.

«Si derrocha la misma estupidez…» —pensó para sí misma Xalara.

—Si nadie te pregunta, no hagas comentarios, dedícate a cenar y punto —concluyó Aura.

—Puedes estar tranquila, ya sabes que no soy muy locuaz… —repuso irónica.

—Ya puedes subir —dijo Aura apuntando con la mirada hacia el final de la escalera.

—A sus órdenes… —susurró Xalara mientras subía al dormitorio.

En efecto, como ya le había anunciado Aura, tenía el vestido de punto gris estirado sobre la cama, al lado de unas medias negras que eran de su madrina y unos zapatos con algo de tacón. La muchacha, viendo que al parecer no le quedaba más remedio, se dispuso a ponerse el atuendo.

Ya era de noche cuando se enfundó en el vestido.

Se sentía ridícula y prefirió no mirarse demasiado en el espejo cuando fue al baño a lavarse la cara.

Volvió al dormitorio e intentó calzarse los zapatos, pero apenas le entraban en el pie.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que se los puso, de hecho, solo recordaba haberlos usado en una ocasión, durante un acto en la taberna de Burlen, donde Aura presentaba su nueva bebida llamada Daldron, e, igual que ahora, fue obligada a ponérselos.

Pero eso había sido por lo menos cinco años atrás y el tamaño de sus pies ya no era el mismo.

La puerta se abrió y entró Aura, ya sin el mandil.

—¿Qué tal vas? ¿Te falta mucho? —preguntó frenética.

—No me valen los zapatos —se quejó Xalara.

—Cómo que no te valen… si ya los has puesto otras veces…

—Una vez, y fue hace cinco años… —repuso Xalara con voz solemne.

—Pues tienes que ponértelos. Haz un esfuerzo, total, no vas a tener que caminar casi nada con ellos, solo tienes que aguantar durante la cena y estarás sentada.

—Eso digo yo, si voy a estar sentada, ¿qué más da los zapatos que lleve puestos?

—¡Basta! No seas terca y póntelos. Ya casi son las diez, tiene que estar a punto de llegar. Debería bajar ya.

—Si es que llega alguien… —susurró Xalara para sí misma mientras tiraba de la hebilla del zapato, intentando crear un hueco que no existía.

—¿Cómo dices? —preguntó Aura cuando se daba la vuelta para salir de la habitación.

—No, nada, nada, que parece que ya me entra el pie —disimuló.

—Pues claro. Venga, no tardes demasiado.

Aura se fue y arrimó la puerta sin llegar a cerrarla del todo.

Poco después, cuando Xalara por fin parecía lograr la gran hazaña de introducir sus dos pies en aquellos ceñidos zapatos, sonaron unos repetidos golpes en la puerta de la casa.

—Buenas noches, Aura —saludó la voz de un hombre que a Xalara le resultaba vagamente familiar.

—Buenas noches —respondió Aura con desmedida deferencia.

Las voces provenientes del piso de abajo dejaron de escucharse.

Movida más por la obligación y la intriga que por las ganas, Xalara abrió la puerta para bajar a la cocina, pero se detuvo en el umbral al oír la airada conversación que mantenían abajo en voz queda, aunque sin duda estaba siendo más audible de lo que creían sus protagonistas.

—Tiene derecho a saberlo, eran sus padres… —dijo exaltada la voz del hombre, que con cada palabra que escuchaba a Xalara le resultaba más conocida.

—Todavía no está lista —rechazó la fría voz de Aura—. ¿Crees que saberlo la ayudaría en algo? Pues no, todo lo contrario, te lo aseguro.

—Pero en unos días cumple la mayoría de edad, Aura. No crees…

—¿Y qué? —lo interrumpió ella—. Eso no quiere decir nada. La conozco, y créeme cuando te digo que no está preparada.

—Nunca la has dejado salir de aquí, jamás ha ido al colegio.

—Xalara ya tiene un oficio, y se le da bastante mejor de lo que ella piensa —arguyó Aura con un deje de orgullo en su voz, algo que por un momento desconcertó a Xalara, que seguía muy atenta la conversación.

—Es excesivo lo que has hecho con ella, la sobreproteges demasiado.

—¿Y qué pasa si lo hago? Tengo derecho a hacerlo, es como si fuera mi hija.

—Sí, pero no lo es.

—¿De verdad después de todo este tiempo, me vienes con esas?

El hombre resopló.

—Está bien, quizás tengas razón, pero ya no es una niña, lo terminará descubriendo tarde o temprano, solo es cuestión de tiempo que lo haga. No tiene ningún sentido seguir ocultándoselo, no vas a poder hacerlo eternamente —argumentó la voz del hombre aumentando el tono.

—¡Chtss! Baja la voz, podría venir en cualquier momento.

Xalara se quedó ensimismada en el umbral de la puerta de su dormitorio, rumiando todo lo que acababa de escuchar, hasta que la estridente voz de Aura la hizo volver a la realidad:

—¡¡Xalara!! ¡¡Baja ya!!

Salió del dormitorio dejando la puerta abierta y se dirigió muy despacio hacia la escalera. Caminaba tan intrigada, que apenas notaba el intenso dolor provocado por el roce de los zapatos en los talones.

Cuando puso un pie en la escalera, el tobillo se le dobló como si fuese de goma, y tuvo que agarrarse a la barandilla para no bajar rodando los escalones. Al llegar a media escalera, no pudo evitar quedarse petrificada tras ver quién estaba apoyado sobre la mesa de la cocina.

La voz masculina que había estado escuchando y que le resultaba tan familiar, no era sino otra que la del mismísimo presidente de Las Cinco Comarcas.