El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 5 Un recuerdo demasiado intenso #3
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Chapter 5 Un recuerdo demasiado intenso #3

El niño atravesó su cuerpo sin inmutarse y se colocó al lado de la pequeña Xalara, que lloraba con el rostro hundido entre las rodillas.

—Ahora no quiero hablar, Víliam —sollozó la pequeña Xalara al verlo de reojo.

Aun así, el niño se sentó junto a ella.

—No llores, no merecen tus lágrimas —le dijo Víliam.

—Ellos tienen razón, soy un bicho raro —lloriqueó la niña.

—Nada de eso, lo único que les pasa es que te envidian porque tú eres especial y ellos no, y eso les molesta —arguyó Víliam, poniéndole una afectuosa mano sobre el hombro a su amiga—. No tienes que hacerles ningún caso.

La niña forzó una débil sonrisa de agradecimiento.

Víliam sacó de la bolsa un regalo envuelto en un papel satinado de color naranja y se lo ofreció a Xalara.

—¿Qué es eso? —preguntó la pequeña Xalara sin prestar demasiado interés al regalo.

—Cógelo, es para ti.

—¿Para mí? —preguntó la niña, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano antes de coger el regalo.

—Ábrelo —dijo Víliam con una tierna sonrisa.

La pequeña Xalara desenvolvió el regalo, destapando un libro con las cubiertas amarillas, titulado El niño del Drácojor.

—Muchas gracias, Vili —agradeció la niña dibujando una amplia sonrisa—. ¿De dónde has sacado el dinero para comprarlo?

—Eso no se pregunta, Xalara —dijo Víliam entre risas.

—Ya, tienes razón, lo siento.

Víliam se levantó del suelo.

—Ven —dijo el niño ofreciendo su mano a la pequeña Xalara para ayudarla a levantarse—, vamos a dar una vuelta.

La Xalara de diecisiete años siguió a los dos niños sabiendo el lugar al que se dirigían.

Minutos más tarde, se encontraban en una zona donde el río se bifurcaba mediante un pequeño islote estrecho y rocoso, y donde el espesor del bosque era menos pronunciado. Víliam caminó hacia la pedregosa orilla seguido de su amiga.

—Qué bonito es este lugar, ¿verdad? —dijo el niño observando el paisaje con ojos refulgentes.

—Sí —asintió Xalara distraída mientras hojeaba por encima las primeras páginas de su nuevo libro.

—Sin duda lo echaré de menos —reconoció Víliam, y a la Xalara de diecisiete años le pareció que el niño estaba haciendo un gran esfuerzo para no echarse a llorar.

—¿Qué quieres decir? —preguntó la niña sin dejar de mirar el libro.

—Mi madre se ha comprometido con Donius Greyson. Es un distinguido señor de la élite y mañana mismo viajo a Bibrébem para empezar una nueva vida —informó Víliam visiblemente afectado y clavó su vista en la niña, esperando a ver su reacción.

—¿Qué? —preguntó Xalara, y esta vez cerró el libro para poner toda la atención en su amigo.

—Que me voy, Xalara, me marcho a vivir a Bibrébem.

—Pero… no puedes irte, tú… tú eres mi único amigo —lamentó Xalara con los ojos anegados en lágrimas.

—Lo siento, yo no quiero irme, pero mi madre me obliga, dice que es lo mejor para mí —Xalara comenzó a derramar sus lágrimas—.

Pero no te preocupes, te enviaré cartas todas las semanas, vendré a visitarte siempre que pueda y le pediré a mi madre que vengas a mi nueva casa siempre que quieras.

Mi madre dice que es una mansión enorme y seguro que hay algún dormitorio libre para que puedas venir.

Siempre seremos amigos y nunca me separaré de ti —dijo la última frase con la voz quebrada por la emoción.

—No creo que mi madrina me deje ir…

Víliam titubeó, sus marrones ojos recorrían nerviosos el rostro de Xalara y metió una mano en el bolsillo de su abrigo, del cual sacó un papel enrollado que volvió a guardar al instante.

—Mi madre es amiga suya, seguro que la convence para que te deje venir a visitarme. Bueno, me voy, adiós —añadió Víliam apresurado y se fue corriendo.

La Xalara de diecisiete años supo que lo hacía para que no pudiera verle las lágrimas, pero aquel día, con la inocencia de la infancia, no supo verlo y tuvo otra impresión muy distinta.

De pronto, los dos niños se disolvieron delante de Xalara y todo el entorno se desapareció con ellos.

Volvía a estar en el presente, sentada sobre la roca húmeda en la mañana nublada de abril, y lo hacía jadeando. Se sentía exhausta y un poco mareada, con la espalda y los brazos entumecidos; además le picaban los ojos y los sentía irritados.

A su lado y posado en el suelo, había un cuervo que la miraba con fijeza. Cuando Xalara cruzó su mirada con la del ave, esta desplegó sus alas negras y echó a volar graznando hasta perderse entre las copas de los árboles.

Xalara siempre había tenido la extraña sensación de que los pájaros, sobre todo los cuervos, la observaban y que a veces hasta la perseguían como si la estuviesen vigilando.

Se sentía ridícula ante tales creencias, pero no menos extraño era lo que acababa de ocurrirle.

Durante toda su vida, cuando rememoraba algo, dichos recuerdos eran muy vívidos.

Sin embargo, nunca le había ocurrido nada parecido.

Estar allí, en el escenario de sus recuerdos y presenciarlos como si se tratase de una mera espectadora, sin duda, era diferente a todo lo anterior.

Pero quizás estaba sacando las cosas de quicio y tan solo se había quedado dormida, produciéndose un sueño con Víliam por culpa de su reciente encontronazo.

Obligándose a creer en esa conclusión, decidió dejar de pensar en ello y abrió el manual de arlasofía.