El Fantasma del Tiempo (Arlasófica 1) Chapter 5 Un recuerdo demasiado intenso #2
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Chapter 5 Un recuerdo demasiado intenso #2

—¡Xalara, espera, por favor! —gritó Víliam a la chica, que se distanciaba de él dándole la espalda—. ¿Qué vas a hacer el Día de la Libertad? —ella siguió sin hacerle caso y entonces él exclamó—: ¿Te gustaría acompañarme a la fiesta que da Burlen en su taberna?

Xalara esta vez se frenó y se volteó hacia él.

—¿Perdón? —inquirió arqueando las cejas.

—Que… quería saber si serías tan amable de hacerme el gran favor de acompañarme a la fiesta en la taberna de Burlen el Día de la Libertad —preguntó Víliam ruborizado, atropellando las palabras—. Se… sería un gran placer para mí.

Xalara lo miró negando con la cabeza, a la vez que mostraba una sonrisa cargada de reprensión.

—¿De verdad quieres ir a la fiesta con una mugrienta chica de la tercera clase? ¿Qué opinarán tus distinguidos amiguitos de la élite?

—En realidad… yo nunca te he llamado así, y no son mis amigos, solo son unos estúpidos arrogantes con los que tengo la desgracia de compartir mi tiempo —alegó visiblemente apesadumbrado—. Además, ya han regresado a Bibrébem.

—Todo esto es una broma para volver a burlaros de mí, ¿verdad? ¿De quién fue la genial idea? Déjame adivinarlo… Zolian.

—Xalara… —dijo Víliam dando un par de titubeantes pasos hacia la chica—. Ya sé que no me he comportado muy bien contigo. De hecho, me he comportado como un auténtico idiota todos estos años, pero me gustaría arreglarlo y que, con el tiempo, quizás… pudieses perdonarme.

—¿Perdonarte…? —exclamó indignada—. Ayer mismo me agarraste para que la engreída de Samanta Zolian me rompiese la nariz, y un día después, ¿me pides que te perdone y que te acompañe a una estúpida fiesta?

—Verás… es más complicado de lo que crees, yo nunca…

—Mira, Víliam, déjame en paz, mejor ahórrate lo que sin duda sería un alegato muy agudo —dijo Xalara volviendo a darse la vuelta para marchar.

—Xalara, de verdad que… —insistió Víliam persiguiendo a la chica.

—¡¡Lárgate, no quiero volver a verte jamás!! —estalló Xalara volteándose hacia el muchacho, que se detuvo, la miró afligido, asintió asimilativo y se marchó.

Xalara no se movió del sitio hasta asegurarse de que Víliam se encontraba solo y que allí no había nadie más escondido tras la maleza riéndose de la escena.

Después, y tras ver cómo el muchacho se alejaba hasta perderse de vista entre los árboles, se sentó sobre una roca frente a un recoveco del río en el que sus aguas permanecían estancadas.

Cogió una piedra del suelo y la tiró con rabia hacia el agua, llegando a salpicar sus botas.

Se quedó con la vista fija en las hipnotizantes ondas que se formaron y las lágrimas saltaron de sus ojos, derramándose sobre la portada del libro al que se aferraba con las dos manos.

Xalara observó la portada y limpió las lágrimas con el dedo, justo en ese momento, todo a su alrededor se volvió difuso y por un instante creyó desvanecerse.

Al recuperar la vista tan solo unos instantes después, se encontraba en el mismo lugar, pero los álamos estaban desnudos, cuyas hojas cubrían el suelo formando una alfombra de tonos ocres.

El río bajaba parsimonioso y mucho menos caudaloso que hacía unos segundos.

Por no contar que ahora estaba de pie, frente a una niña vestida con un abrigo de color verde apagado y el pelo recogido en una diadema.

La niña estaba sentada sobre una roca, absorta en la lectura de un libro forrado de azul y sin ningún título aparente.

Xalara se estremeció al darse cuenta de que esa niña se trataba de ella misma.

Reaccionando a la perplejidad inicial, se percató de que ya no tenía el manual de arlasofía consigo.

Apabullada y asustada a partes iguales, se inclinó hacia su yo del pasado e, indecisa por lo que pudiese ocurrir, estiró el brazo para tocarle el hombro.

Sin embargo, su mano atravesó a la niña como si esta fuese un fantasma, y no se movió ni pareció sentir su presencia.

Lo mismo ocurría si intentaba tocar el libro, el álamo o la propia roca, únicamente el suelo parecía sólido para ella, pero a pesar de todo, tampoco notaba su tacto bajo la suela de las botas; era como una extraña sensación de estar flotando.

—¿Hola? —saludó para probar si la niña podía oírla, pero estaba claro que no era así, porque su yo del pasado no hizo ningún tipo de movimiento, ni siquiera pestañeó.

Cuando todavía trataba de encontrar una explicación a lo que estaba sucediendo, unas risas infantiles llegaron a sus oídos provenientes del camino.

Dos niños y una niña, vestidos con abrigos raídos, acababan de detenerse al ver a la pequeña Xalara leyendo.

Fue entonces cuando la Xalara adolescente recordó qué día de su pasado estaba presenciando.

—Mirad quién está ahí, Xalara Verdreven, el bicho raro —anunció la niña, que tenía los ojos azules y el pelo cobrizo.

—Leyendo, como siempre —soltó con voz muy aguda el niño que era más delgado y que tenía el rostro pálido y retraído.

—No sabe hacer otra cosa la pobre… —añadió socarrón el otro, que era más rollizo.

Los tres niños rieron y se acercaron corriendo hasta la pequeña Xalara, que estaba tan concentrada en la lectura, que no se había percatado de su presencia.

—¡Bicho raro, bicho raro, eres un bicho raro! —cantaban con júbilo y al unísono mientras rodeaban a Xalara—. Bicho raro, bicho raro…

La niña del pelo cobrizo se abalanzó sobre la pequeña Xalara y le arrebató el libro que estaba leyendo.

La Xalara de diecisiete años intentó recuperarlo enseguida, pero impotente, solo pudo comprobar cómo sus manos atravesaban el libro y la mano de la niña, que mantenía el libro en alto mientras que con el otro brazo sujetaba a la pequeña Xalara para que esta no pudiera levantarse del suelo.

Después tiró el libro al río mientras se desternillaba de la risa.

El trío infantil, tras concluir su fechoría, se marchó corriendo del lugar, dejando sola a la pequeña Xalara que, desconsolada, contemplaba cómo su libro era arrastrado por la corriente y terminaba siendo engullido por el río, sin que ella pudiese hacer nada para evitarlo.

—¿Habéis visto la cara que ha puesto? ¿Lo habéis visto? —se burló el niño más grueso mientras se alejaban riendo.

—No me extraña, he tirado al río a su único amigo.

La Xalara de diecisiete años se dio media vuelta, anticipando lo que pasaría a continuación, y, en efecto, como ella vaticinaba, un niño muy menudo y con la cara repleta de pecas, se acercaba con una bolsa de tela blanca en la mano.