Chapter 5 Un recuerdo demasiado intenso
Xalara se despertó de un sobresalto, como si le hubiesen accionado una bocina al lado del oído.
A pesar de que en el dormitorio hacía algo de frío, ella estaba sudada y jadeaba como si hubiese estado corriendo, pues acababa de tener una terrible pesadilla en la que unos seres sin rostro la perseguían de noche por el bosque.
Tras sentir un inmenso alivio al comprender que todo había sido una simple pesadilla, se percató de que ya era de día y de que estaba tumbada sobre la cama, sin haberse metido en ella y vestida con la ropa del día anterior, incluidas las botas, las cuales habían ensuciado de barro el cobertor.
Miró hacia el reloj con la vista enturbiada y tuvo que restregarse los ojos para asegurarse de que marcaba las diez y diez.
Enseguida supo que era domingo, y por eso Aura no la había despertado.
El domingo era el único día que no trabajaban y, para Xalara, era sin duda el mejor de la semana.
Solía levantarse más tarde de lo habitual y se pasaba gran parte del día leyendo en el río, donde podía descansar y abstraerse del yugo de su madrina y del suplicio de tener que soportar el nauseabundo olor de las bebidas al que se veía sometida a diario.
Después de comprobar la hora, se dejó caer hacia atrás sobre la almohada, con la firme intención de seguir descansando, pero al mirar al suelo, vio un libro tirado con la sobrecubierta desprendida, dejando a la vista el verdadero libro que ocultaba:
Fórmulas Arlasóficas (No apto para menores de edad).
La muchacha se levantó de la cama como si intentara escapar de sus garras.
Al agacharse notó un pálpito de dolor en la nariz, la cual continuaba dolorida por el golpe de Samanta Zolian.
Recogió del suelo el manual, camuflándolo deprisa con el forro de El Niño del Drácojor y lo puso encima del escritorio.
Luego miró por la ventana para comprobar que no llovía, aunque todo indicaba que volvería a hacerlo pronto, lo cual era una fatalidad para ella.
Se acercó al armario ropero para cambiarse de atuendo y se detuvo al ver que una diminuta araña se descolgaba de forma sutil desde el techo por delante de su cara.
Xalara estaba acostumbrada a las arañas, ya que la madera del techo tenía muchos años de antigüedad y esos insectos solían aparecer a menudo a través de las rendijas.
Tras deshacerse de la molestia, abrió el armario y observó con desgana su escaso vestuario.
Nada de lo que vio le llamó la suficiente atención como para decidir cambiarse de ropa, por lo que simplemente se acercó al perchero que tenía al lado de la puerta y cogió su cazadora vaquera, la cual era su prenda favorita, a pesar de estar muy desgastada por tanto tiempo de uso.
Salió al pasillo, no sin antes coger el manual de arlasofía camuflado, enfiló las escaleras y se frenó al ver a Aura, que estaba sentada a la mesa, muy concentrada en su cuaderno de cuentas mientras escuchaba de fondo un programa de cotilleo en la radio.
Xalara auguraba que su madrina estaría haciendo precisamente eso, pero la fuerte discusión de la noche pasada aún estaba muy reciente y le habría gustado no tener que encontrársela tan pronto, evitando así el peligro de tener una nueva reyerta matutina.
A media escalera, Xalara se tropezó advirtiendo que tenía los cordones de una de sus botas desatados, lo que hizo que Aura levantara la vista hacia ella.
«Hay una noticia de última hora —anunció el locutor de la radio cortando la emisión del programa de cotilleo—. Al parecer, esta noche se ha producido una importante fuga en la Prisión de Ívelmer. Conectamos con el Palacio de la Sede,
donde en estos momentos comparece en rueda de prensa el presidente del Gobierno.»
Aura, que ya estaba dispuesta a recriminarle algo a su ahijada, se levantó a toda prisa hacia la radio para subirle el volumen, lo que Xalara aprovechó para sentarse y atar los cordones.
»Buenos días —sonó la voz del presidente—.
Comparezco para informarles que la pasada madrugada, se ha producido la fuga de tres de los cuatro herederos que estaban encerrados en la Prisión de Ívelmer bajo régimen de alta seguridad.
Aún no sabemos quién o quiénes han podido ayudarles desde fuera, pero estamos investigándolo.
Así mismo, he de decir también, que han sido distribuidos carteles con la cara de los tres fugados por la totalidad de Las Cinco Comarcas.
Si alguien los ve o sabe algo sobre su paradero, por favor, no lo duden y acudan de inmediato a las autoridades, bien de manera presencial o, si no les es posible, envíen una carta—hizo una pausa—.
No quiero que cunda ni mucho menos el pánico, pues no hay motivos para ello, pero estamos hablando de tres individuos muy peligrosos y mientras que no sean encontrados, lo mejor es que extremen las precauciones, en especial si viven en lugares cercanos a la Prisión de Ívelmer.
En esas zonas, si no es estrictamente necesario, es mejor que no salgan de sus casas y mantengan puertas y ventanas cerradas por medio de la arlasofía.
Ruego la máxima cooperación ciudadana para que demos con el paradero de los fugados lo más pronto posible.
Por el momento eso es todo. Que tengan un buen día.
Xalara, aunque escuchó la noticia, no le prestó demasiada atención y tras atarse los cordones bajó las escaleras con paso ligero hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —sonó la estridente voz de Aura haciendo que Xalara se detuviera frente a la puerta cuando ya iba a agarrar la manilla.
—A dar una vuelta —contestó lacónica y abrió la puerta.
—Espera.
—¿Qué?
—¿No desayunas?
—No tengo hambre.
Xalara salió a la calle.
—¡Espera!
—¿Qué quieres? —se quejó, asomándose al interior y profiriendo un bufido de exasperación.
—¿No has oído las noticias?
—¿Qué noticias? —soltó Xalara fingiendo no haber escuchado el comunicado del presidente y adivinando lo que le diría a continuación su madrina.
—Los herederos que estaban en régimen de alta seguridad, se han fugado de la Prisión de Ívelmer esta pasada noche —citó Aura agregándole un tono de gran dramatismo, como solía hacer siempre que contaban algo de calado en las noticias.
—Pues vale —zanjó la muchacha manifestando un total desinterés y agarró la puerta para cerrarla.
—No te alejes mucho de la casa.
—Tranquila, no tengo amigos que me esperen muy lejos de aquí.
Xalara cerró la puerta y, al momento, se abrió una ventana.
—Y no desaparezcas durante todo el día como acostumbras a hacer, los herederos podrían andar merodeando por aquí cerca —le advirtió Aura desde la ventana.
—Sí, ya lo creo, de todos los sitios en los que podrían estar, probablemente este pueblucho sea el más sospechoso de todos, no me cabe duda —argumentó Xalara mordaz mientras se alejaba por el sendero embarrado.
Segundos después, caminaba ensimismada en dirección al río, entre los altos álamos y bajo un cielo plomizo que se resistía a la lluvia.
Desde el día anterior, notaba una permanente y extraña sensación de disgusto. El recuerdo de su último encontronazo con Víliam y sus arrogantes amigos percutía su mente sin apenas descanso.
Xalara Verdreven no era ese tipo de personas a las que un simple encuentro desafortunado la dejaba afligida, pero con Víliam todo era distinto.
Él había sido su único amigo y a su lado pasó los pocos momentos felices de su vida, y ver en lo que se había convertido la embargaba de tristeza.
Ya habían pasado casi nueve años desde que Víliam se despidió de ella, y, desde luego, después de tanto tiempo se había hecho a la idea de que ya no era el mismo.
Víliam era lo que la sociedad denominaba como un dobleclase, es decir, hijo de una madre y un padre pertenecientes a diferentes clases sociales (siempre y cuando uno de ellos fuese de tercera clase), y tras la muerte de su progenitor se había marchado a vivir a Bibrébem con su madre,
después de prometerse esta con un hombre miembro de una de las familias de la élite.
Desde entonces, se borró el apellido de tercera clase de su padre para adquirir el ilustre apellido de su padrastro.
Sin embargo, lo que más dolía a Xalara, era sin duda el hecho de que actuara con esa indiferencia hacia ella, como si no la conociese de nada.
Además, había traído a la estúpida y engreída Samanta Zolian al pueblo, la cual le había hecho la vida imposible a Xalara cada vez que se cruzaban sus caminos.
Pero el día anterior su enemistad subió de nivel, puesto que Víliam la sujetó para que Zolian pudiese pegarle un puñetazo, y eso había terminado por dinamitar, si es que aún le quedaba algo, todo rastro de apego hacía él.
Hasta ese momento y a pesar de todo, nunca sintió realmente odio hacia Víliam, pero ahora lo sentía de verdad, y los recuerdos junto a él eran como un veneno que quería extraer de su memoria.
Al llegar al río, comprobó que su caudal bajaba muy crecido, algo que no le sorprendió para nada, pues con las lluvias caídas durante toda la semana aquello era lo más lógico.
Pero lo peor de todo, es que su habitual lugar de lectura durante los domingos, se encontraba anegado por el agua.
La muchacha se vio obligada a buscar otra ubicación y de inmediato se le vino a la mente otro lugar, uno al que solía ir a leer cuando era pequeña.
Sin embargo, hacía mucho tiempo que ya no iba allí, pues los recuerdos que se aglutinaban en ese sitio y que en el pasado fueron felices, en la actualidad se habían convertido en todo lo contrario.
A pesar de todo y tras debatirlo con su conciencia, decidió ir.
Al llegar y cuando se acercó a la orilla, desde detrás de uno de los álamos salió alguien. Xalara chocó contra él sin saber quién era, y cayó al suelo impulsada hacia atrás. Instantes después, Víliam Greyson la ayudaba a levantarse cogiéndola de las manos.
—Lo siento, ¿estás bien? —se preocupó Víliam—. Ya veo que sigues viniendo aquí los domingos.
Xalara sacudió las manos de forma brusca y se apartó hacia atrás al ver su cara. El muchacho se agachó para recoger el libro del suelo mientras su examiga le dirigía una mirada injuriosa.
—¿Este libro no es el que yo te…?
Ella le arrebató el libro de las manos y se alejó sin responder.